Desde muy pequeña sentí una irresistible inclinación por la escritura, provocada en parte por la pasión que siento hacia lectura, que lleva manifestándose desde mi más tierna infancia. Mi madre todavía recuerda cómo memorizaba los cuentos que ella me leía cuando tenía dos años. Ahora, soy lo que se dice una adicta, así que me sumerjo en grandes clásicos al mismo tiempo que experimento con  diversos abanicos literarios. Pero, con vuestro permiso, me abstendré de destacar autores o títulos, pues quiero reservar un espacio al misterio, por pequeño que éste sea.

Nací el 11 de febrero de 1992. Me gusta el 11 de febrero; es el mismo día en que comienza su diario Martín Santomé en La tregua de Benedetti. También fue el día en que Ernesto Sabato fue propuesto, por tercera vez, como candidato para el Nobel de Literatura. Me encantan estas coincidencias. Han tenido que pasar los años y, con ellos, las vicisitudes, pero por fin me he decidido a autodenominarme escritora y a compartir algunos de mis poemas, relatos y ensayos con el único fin de que los disfrute quien quiera hacerlo. Además soy historiadora del arte e irremediablemente, esto ejerce sobre mí una enorme influencia, no sólo como persona, sino también como autora. Es por ello que cada uno de mis escritos lleva como inseparable compañera una obra de arte. Reconozco que la mayoría pertenecen al mundo de la pintura, por la que siempre he sentido predilección, pero creo que lo importante es el rigor que procuro respetar en su selección, pues al igual que mis palabras ponen algo de manifiesto, también lo hacen la pintura, la escultura, la arquitectura o la fotografía, ya sea como complemento o como soporte visual para ellas.

No busco seguidores. Puede que sea demasiado ambiciosa para anhelar tal cosa. Lo que quiero son lectores y lectoras. Muchos pensarán que es lo mismo, pero son posiblemente los contrarios por excelencia en el mundo que nos ha tocado vivir.

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Ana Fernández Ortega