No fuerzo mi poesía. Sólo la dejo salir cuando en mi cabeza no queda espacio para ella, cuando forcejea con mis manos para que pulse las teclas que le darán voz, que le darán permiso para existir. Es una de las cosas que más me gustan de la literatura: su existencia depende exclusivamente de nosotros. De algún modo, eso nos convierte en dioses.

***

Domingos. Cuántas lecturas caben en esa palabra.

***

—No me gusta que seas tan retórica.

—Ni a mí.

***

La felicidad es tan ocasional que por lo general aparece sin previo aviso: es invierno y empiezan a caer las primeras gotas, precedidas por el olor inconfundible de la lluvia, que cobra fuerza a cada minuto. Coges la taza de café con ambas manos, calentándolas mientras soplas y miras a través de la ventana. Oyes la risa de unos niños a los que, al igual que a ti, la tormenta ha cogido por sorpresa. Corren en busca de un techo rápido y eventual. Sonríes. No necesitas más.

***

—Dime la verdad.

—Por qué.

***

Cuanto más leo, más me pregunto si debería dedicarme a esto.

***

Hay una doble pena en perder a alguien: la de haberlo perdido y la de saber que la vida sigue a pesar de todo. Lo peor es que la segunda suele poder con la tristeza y no se hace esperar demasiado. Entonces pensamos: qué luto más efímero.

***

Los vencejos… Su llegada.

***

Hasta aquí unas breves notas sobre quién soy. Quién me iba a decir que me podría resumir en tan pocas líneas.