El silencio de sus ojos

 

Es terrorífico

el silencio de sus ojos.

Es un desnudo,

una amalgama de antojos.

 

Ya advirtió el cordero

que el lobo es pendenciero,

pero no quise escucharlo,

aún consciente de mi imprudencia.

 

Y el ocaso me acongoja,

abriendo tras de mí una puerta.

Traspasarla o no, es asunto mío.

 

El lobo, ese maldito cretino,

puede aguardar a su presa.

Que la presa se deje atrapar,

es cosa de ella.

 

Zurbarán, Agnus Dei
Francisco de Zurbarán, Agnus Dei, 1640.

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