18 de septiembre

 

A Dani

 

Hace unos años éramos niños.

Pero no lo sabíamos.

Nos limitábamos

a robarnos caricias

cuando otros observaban

y a entregarnos todo

cuando el  mundo era nuestro.

 

Hoy nos acucian

las arrugas en el rostro

para recordarnos

cuán cruel es el tiempo.

 

Hoy nos regalamos besos

en cualquier escenario

a sabiendas de que

no se repetirán nunca.

 

Hoy es un día cualquiera,

en un mes cualquiera.

Pero lo salva el recuerdo

de un primer beso

bajo la sombra concedida

por un pino piñonero.

 

Hoy quiero regalarte

una promesa tan funesta

como la imagen de un perro callejero

que se consume por el hambre

y tan dichosa como el color

de nuestro otoño.

 

Te prometo que no diré:

“Para siempre”.

Te prometo que no aclamaré:

“Te querré eternamente”.

Te prometo que no susurraré:

“Toda la vida a tu lado”.

 

No será para siempre,

no te querré eternamente,

no será toda la vida a tu lado,

porque eso nos hará olvidar

el esmero y el cuidado,

el esfuerzo y el detalle,

el enamorarnos cada día.

 

Y si algo he aprendido en

este sendero que he trazado

con tu silueta,

es que nos amamos porque

somos los opuestos por excelencia.

Dos piezas de un puzle.

Una blanca. La otra negra.

 

Que prefieras mi olor,

a mis besos.

Que prefieras acariciarme un pecho,

a la mejilla.

Que prefieras una cachetada,

a un abrazo.

Amor, te mataría por

todas esas cosas.

Y sin embargo son rarezas tuyas

 y sólo tuyas, así que las añoro

cuando no estás conmigo.

 

Que la bestia que hay en ti

se obceque en ocultar

la luz que llevas dentro.

Que quieras rescatarme

como a una princesa en apuros

cuando soy yo quien

te rescata de ti mismo.

Que te empeñes en disfrazar

tu inocencia con anécdotas vacías.

Son esas cosas las que no entiendo,

pero no por ello ceso en mi empeño

de amarte más cada día.

 

No hay declaración de amor

más perturbadora. Lo sé.

Pero te escribo oscuro

porque soy oscura,

salvando esos momentos en

los que la luz de tu paciencia

derrota a mi perpetua melancolía.

 

Tengo algo que pedirte:

embriágame de sonrisas,

de cuentos a medianoche,

de lascivia y romanticismo,

de sueños y realismos.

Embriágame de ti y quizás entonces

sea nuestro amor eterno,

aunque nunca lo sepamos.

Embriágame de ti y quizás entonces

viajemos de la mano

a un mundo perfecto en el que

nada importe, salvo nosotros.

Aunque nos cueste calmar

el frío del otro.

Aunque no se abra sobre

nuestras cabezas el

paraguas de la certeza y

nos moje la lluvia de la

incertidumbre.

 

Así es como te quiero.

A mi manera.

Con la esperanza de que

los sueños rotos ambicionen

el participio del deseo.

 

doisneau_kiss.jpg
Fotografía: Robert Doisneau, El beso, 1950.

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