El sombrero

 

Hacía frío aquella noche.

Era un frío meditabundo que no se veía sometido a las violaciones del viento, al cual casi se le echaba en falta por la inquietud que provocaba el silencio reinante. Era una noche cualquiera de un día cualquiera en una calle cualquiera. Todas las persianas estaban bajadas y sólo el ligero sonido que provocaba al titilar una farola rompía la locura de semejante escenario. Ni siquiera hacían presencia los coches, tan tendentes a entrometerse en la calma mundana.

Fue ella quien rompió la paz con sus tacones. Le satisfacía saber que a esa hora exacta en esa calle exacta sólo su silueta osaba perpetrar la teatral solemnidad que sacudía al resto del mundo. Tras caminar unos pasos, se detuvo en el mismo lugar de siempre, cobijada bajo la marquesina de un edificio –valga la redundancia– cualquiera. Ese era su instante predilecto. Aquel en el que se sentía sola, dueña, reina, emperatriz. Como acostumbraba, se encendió un cigarro largo y comenzó a darle caladas, mezclándose el humo con el vaho causado por el frío.

Sin embargo, aquella noche su ritual se vio sacudido por la imprevisión: bajando la lóbrega calle, un hombre con gabardina y sombrero parecía deleitarse con el invernal abrazo que le otorgaba el orbe.

Lo primero que hizo ella fue maldecirlo en voz baja. ¿Cómo se atrevía aquel infame desconocido a arrebatarle su calle, su hora? Acto seguido, maldijo en un susurro a la farola, que ya hacía tiempo podría haber reventado para no resaltar su figura bajo la también maldita marquesina, que no cubría ni por asomo al completo su cuerpo, mucho menos sus tacones rojos.

Prolongó sus caladas –por la indignación– e intentó mirar hacia otro lado. Como un niño que se esconde bajo las sábanas porque cree que hay un monstruo bajo su cama y de ese modo no le hará ningún daño. Por supuesto, fue en vano.

–Disculpe, señorita –la voz del desconocido le habría resultado reconfortante en otro contexto; era una voz de barítono, el punto medio de las voces–. ¿Tiene fuego?

Ella no respondió. Se limitó a prender una cerilla con elegancia y encender el fino puro del caballero nocturno, al que no consiguió ver el rostro. Consciente de la introversión de la dama, el hombre le agradeció el gesto con un leve movimiento del sombrero y emprendió de nuevo su camino, calle abajo.

Todo había pasado. Ya no tendría que volver a ver a aquel desalmado que había destruido la paz de su momento, de su instante. Pero entonces los labios de ella se abrieron y de su boca salieron, precipitándose, palabras nacidas de la más absoluta ausencia de premeditación.

–Este es mi momento. Y ésta, mi calle –. Se limitó a decir.

El caballero se dio la vuelta y se acercó un poco, visiblemente intrigado.

–¿Disculpe?

–Ya lo ha oído: esta hora es mía. Esta calle también.

–El tiempo no es de nadie –replicó él, casi con socarronería–. Las calles son de todos.

Tras esto, el hombre prosiguió su camino, dejándola con la boca entreabierta y el rostro colorado. No habría sabido adivinar qué fue lo que le molestó más. Si la arrogancia del desconocido, su falta de asombro o su falta de vergüenza.

 

***

 

Pasó el tiempo preciso para que la mujer repitiese su ritual. Ni por asomo tenía la intención de amedrentarse tras la aparición de ese cretino. Una vez más llegó a su calle, a su hora. Se detuvo bajo su marquesina y se encendió su cigarrillo largo. No podía existir sensación más placentera que la de fumar rodeada de frío; y de silencio. Mientras fumaba, miraba hacia arriba; luego hacia abajo. Y así hasta que se consumió el cigarro. Tenía por costumbre no abusar de ese vicio insano e injustificado, pero esa noche –sin saber muy bien por qué–, se concedió una tregua y se encendió otro.

A medio camino del filtro, una silueta apareció calle arriba. Era la figura del desconocido. La misma gabardina. El mismo sombrero. Ella se irguió y dio una prolongada calada al cigarro. En esta ocasión no miró hacia otro lado, sino directamente al allanador de su momento.

Como si le divirtiese su actitud, el hombre la saludó con el sombrero y se detuvo lo suficientemente cerca como para irritarla, pero lo suficientemente lejos como para no dejarle ver su rostro, sino únicamente el reflejo de una sonrisa llena de presunción.

–Buenas noches –dijo con una cortesía que a ella le resultó insultante–. Disculpe, pero esta hora es mía.

–Pero… ¿qué está diciendo? –preguntó ella, denotando perplejidad.

–La otra noche, me comunicó cuál era su hora –respondió él, impasible ante la confusión de la dama–. Hoy he tenido la cortesía de retrasar mi paseo nocturno y me la encuentro aquí, en la que afirma que es su calle, pero en una hora que no le pertenece.

–¡Fue usted quién dijo que el tiempo no es de nadie! –saltó ella a la defensiva, sin saber muy bien qué decir.

–Menuda contradicción… –el caballero se levantó un poco el sombrero para frotarse la frente; ella se acercó sutilmente para adivinar su rostro, pero sólo pudo percibir el brillo de un ojo verde–. Permítame preguntarle (y perdone mi indiscreción) a partir de qué hora puedo pasear por esta calle sin perturbar su momento.

–Cuando le dije “esta hora es mía”, era evidente que me refería a los sesenta minutos que forman una hora completa –respondió ella, orgullosa de su explicación improvisada.

–Oh, vaya… ¡Cuánto lo lamento! –contestó él con teatralidad; tras ello, se serenó y se dispuso a poner fin a esa conversación absurda–. Lo tendré en cuenta a partir de ahora. Pasearé cuando su hora –completa– se haya esfumado.

Una vez más, se despidió con el sombrero –ese maldito sombrero que impedía ver su rostro– y retomó su paseo, calle abajo.

–¿Por qué le gusta pasear a estas horas, por esta calle, con este frío? –ella misma no podía entender por qué le hacía esa pregunta.

El desconocido se giró levemente y, aún con el sombrero, ella pudo sentir cómo su mirada la atravesaba como un rayo.

–¿Para qué querría saberlo? –de nuevo el atisbo de sonrisa, a medio camino entre la diversión y la socarronería–. Nuestros caminos no volverán a cruzarse.

–Tiene usted toda la razón –replicó soberbia, apartando de él su mirada y dirigiéndola a la pared de enfrente de su marquesina.

El hombre dio unos pasos hacia ella. De nuevo, quedó lo suficientemente cerca como para incomodarla, pero lo suficientemente lejos como para que esos ojos verdes sólo irradiasen un suave brillo que anunciaba una revelación instantánea y perecedera.

Me gusta el frío del invierno –comenzó, apenas en un susurro–. Me gusta la noche. Me gustan los puros. Pero sobre todo, me gusta la soledad que ansío y añoro durante el día. La oscuridad y el frío me encumbran. Estar solo me hace despojarme de mi vileza o, lo que es lo mismo, de mi condición de ser humano. Lo que más me gusta de todo, es la ironía de saber que la soledad es mi mejor compañera, pues ella es la única que me permite ser dueño de mí mismo.

Tras sus palabras, el desconocido prosiguió su camino. La mujer se sorprendió al notar que sus labios temblaban. Siguió la silueta de aquel hombre hasta que desapareció en las sombras de la calle que, hasta ese momento, había considerado sólo suya.

 

***

 

Llegó la tercera noche. Ella estuvo en su calle, a su hora, bajo su marquesina. Encendió el primer cigarrillo sin prisa. Cuando pisó la tercera colilla con el zapato, miró su reloj y comprobó que su hora había pasado ya. Miró calle arriba, esperando a que apareciese la silueta del desconocido de ojos verdes, sombrero y gabardina.

Su pitillera estaba vacía cuando comenzó a amanecer.

 

***

 

Repitió su nuevo ritual durante mucho tiempo. Lo repitió consciente de que la soledad que tanto había anhelado antaño, había sido remplazada por una obsesión casi compulsiva: la de levantar el sombrero del desconocido y perderse en sus ojos verdes para demostrarse que no estaba sola.

Pero el hombre se perdió aquella segunda noche en que reveló a una absoluta desconocida la misma esencia de su alma. Se perdió en la calle y se perdió en el tiempo. Se perdió en la mirada de ella y en sus tacones rojos. Se perdió en el mundo y fuera de él. Se perdió en su soledad. Se perdió en su sombrero. En ese maldito sombrero que fue, sin duda, el culpable de todo.

 

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Fotografía (detalle): Brassaï (Gyula Halász) (1899-1984).

 

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