Automatismo

 

El título de una historia se pone al final.

Da igual lo que diga la gente. Es absurdo pensar que a partir de un indicio, de una idea prácticamente inexistente, cobre forma algo tan importante como es lo que sea que termina siendo esto. No se trata de pensar, ni de cavilar a partir de una base impuesta por una mente perturbada. Se trata más bien de sentir, de dejar actuar a los dedos sobre el teclado, casi improvisando las palabras a medida que nacen en el documento en blanco.

Ahora, por ejemplo, ni siquiera premedito lo que estoy diciendo. Simplemente me rindo a la capacidad persuasoria de mi cerebro. Continúo improvisando y dejando hacer, sin arraigos, sin ataduras. Siento melancolía, dicha, miedo, orgullo, venganza, dolor, placer. Siento muchas cosas y no tengo ni idea de cuál de ellas será la que termine por ser constructora de este relato. Es muy posible que ni siquiera esto termine cobrando forma. Es probable que termine siendo un borrador, un borrador impreso, arrugado y olvidado en la papelera que tengo a mi derecha, bien a mano, casi una canasta en la que encestar –y acertar– mis constantes frustraciones.

Son muchos los que piensan que improvisar es difícil. Eso es sólo porque no se dejan llevar por la situación, el momento, la circunstancia, el espacio, el contexto que les rodea. Ahora estoy en mi habitación –mi despacho si lo prefieren los prejuiciosos–; estoy sentada frente al portátil, con una pequeña luz violácea palpitando en mi móvil porque alguien me ha hablado. La ignoro porque estoy sucumbiendo, siendo sólo semiconsciente de ello, al magnetismo que me suscita el sonido de las teclas. Cuanto más rápido escribo, más parecen sonar y mayor placer me produce el sonido. Es por ello que, muy posiblemente, a medida que leas notes cómo lo que digo resta en su sentido y se convierte en una bacanal de ideas, de pensamientos, actitudes, deseos, emociones.

El caso es que, como creo que decía al principio, me resulta absurdo hablar de títulos en una obra no ya inacabada, sino nonata. Llegados a este punto, en que ya suman 354 palabras las que he escrito sin mucho sentido, podría empezar a escribir algo que tenga lo que suelen tener los relatos: un inicio, una trama y un desenlace, grosso modo. Podría contaros la historia de una joven muchacha que se pierde en una ciudad desconocida, que es raptada y que se enamora de su secuestrador o algo así. O podría contaros el recorrido diario que hace un perro abandonado para conseguir comida con el fin de que sus costillas dejen de verse tanto a la luz del día. Podría relatar también cómo nací, cómo crecí y cada uno de los episodios que me han hecho infeliz o dichosa a lo largo de mi corta vida; aunque no me gustan los relatos autobiográficos, al menos por ahora.

Lo que pretendo deciros es que podría contar mil historias distintas, pero me estoy dejando llevar por primera vez. Llamadlo si queréis experimento (no creo que exista palabra más justa para describir esta barbaridad). Mis dedos actúan casi por sí solos y no dejo que mi cerebro piense más de la cuenta. Además, levanto un muro para que mis emociones no penetren en esta página, pues en ese caso el experimento sería nulo.

Hemos llegado hasta aquí y me pregunto qué narices habré escrito hasta ahora. Quizás me dé por leerlo una vez que mis dedos dejen de moverse. Me pregunto si alguien, en su sano juicio, habrá seguido leyendo hasta aquí. Sobre todo, me pregunto si alguien en su sano juicio espera que esto que escribo adquiera alguna especie de sentido metafórico, o racional o qué sé yo.

No, lector o lectora, si es que realmente sigues leyendo. Te repito que esto es un experimento. ¿Cuál es su fin? No tengo ni la más mínima idea. Supongo que me querré demostrar a mí misma lo que soy capaz de hacer (o mejor dicho, de no hacer) cuando no dejo lugar a emociones ni pensamientos. Cuando escribo 679 palabras sin tener ni maldita idea de qué quieren significar, o de si llegarán a significar algo. Puede incluso que, a estas alturas, resulte ya pesaroso de leer. Casi repulsivo, pedante. Me da igual. Esto lo escribo sólo para mí. Eso no significa que no lo vaya a publicar. Sería tontería no hacerlo después de siete minutos escribiendo sin pensar.

Parece que vacilo, pero realmente me está costando bastante más de lo que creía. No es que ahora quiera dar la razón a aquellos que dicen que improvisar es realmente difícil. Pero renegar de tus emociones y de tus pensamientos para ver qué es lo que escriben tus dedos sobre el teclado es ciertamente terrorífico. No sé si alguien lo habrá hecho alguna vez (seguro que sí), pero tampoco sé si terminas acostumbrándote una vez que ya lo has hecho por vez primera. Claro, esta es la primera vez que improviso absolutamente algo de lo que escribo. Es la primera vez que dejo actuar a mis dedos solos, sin mediar en ellos nada más que la parte del cerebro que les obliga a moverse y a pulsar sobre las teclas que necesito que pulsen para relatar esta sarta de estupideces.

Aunque ahora que lo pienso… ¿Por qué no iban a responder estas 889 palabras a mis deseos si es mi propio cerebro el que ordena a mis dedos que pulsen estas teclas y formen estas palabras? Joder, me está empezando a dar miedo el experimento. Estoy empezando a escribir muy deprisa y no puedo parar. Ahora no tengo aquí la mente, tan sólo mis dedos escriben casi frenéticos sobre el teclado, que comienza a quejarse. No puede ser muy normal esta improvisación si yo me siento lejos y fuera de este relato, si yo ni siquiera soy capaz de recordar de qué hablo en el párrafo anterior.

Dadme un segundo. Voy a leer el principio.

Se me había olvidado. Al principio hablo de que los títulos se ponen al final de la historia, y no antes de contarla. Bueno, ahora mismo no podría estar más de acuerdo con esa primaria afirmación que he querido hacer al principio de este relato. Pero… ¿Cómo puedo titular a esto? Si no hay inicio, trama ni desenlace. Si no cuento ninguna historia. Si no hay emociones de por medio. No hay pensamientos. No hay nada. Sólo palabras que enlazan las unas con las otras queriendo tener algún sentido. Queriendo demostrar que mis dedos tienen autonomía propia. Como si mi cerebro no estuviese formando parte de todo este circo…

En fin, lo dicho, ¿cómo título esta locura? Estoy ya en 1113 palabras. No sé cómo he llegado hasta aquí. Sólo sé que han pasado muy pocos minutos desde que empecé a escribir y que ahora tengo miedo porque he descubierto una parte de mí misma que no conocía. Una parte que no piensa. Una parte que sólo actúa sobre las teclas y que no se detiene a pensar en las consecuencias de un relato que ni siquiera es tal cosa. Que ni siquiera se ha detenido a pensar en si se repite demasiado, pues le da lo mismo hacerlo, ya que esto no deja de ser un experimento.

Si has llegado hasta aquí, eres un lector con todas las letras. Enhorabuena. No sé qué he escrito y sin embargo aquí estás, en las últimas líneas. Sabiendo (pues debes saberlo a estar alturas) que he escrito esto en minutos contados, de manera automática y sin pensar. Y aun así me has querido leer. Sin duda, el mérito no es mío. Es tuyo.

 

Autómata Hopper
Edward Hopper, Automat, 1927.

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