Blanco o negro

Era un artista. Un artista del método. Realismo, lo llamaba. Todo acontecimiento podía inscribirse en un método basado en la más estricta racionalidad. Escribía siempre siguiendo una misma pauta, un mismo sendero en línea recta que, además, estaba señalizado con flechas que indicaban una única dirección.

Así fue hasta que empezó a quedarse dormido.

Al principio nunca se quedaba dormido. ¿Cómo podría permitírselo, si vivía de la escritura? Se sentaba frente al portátil con un café bien cargado y comenzaba su trabajo. Cuando el sueño intentaba arrimarse, daba otro sorbo a su café. Y cuando lo terminaba, se llenaba de nuevo la taza. Así una y otra vez, durante muchos días, bastantes meses y algunos años. Aquello que escribía –no viene a cuento entrar en detalles– tenía un gran éxito. Llenaba su ego y su bolsillo. Y lo único que tenía que hacer era seguir las mismas pautas una y otra vez, pero extrayendo distintas fotografías de la realidad. El problema llegó cuando esa rutina comenzó a resultarle pesarosa. En realidad, no se trataba exactamente de la rutina, pero él no lo sabía aún.

***

Era una soñadora. Una soñadora del método. Ilusión, lo llamaba. Todas las cosas podían mirarse con una perspectiva diferente y totalmente irracional, siempre y cuando con ello se lograse huir de la realidad y vivir en una –digamos– dimensión más amable. Bailaba siempre con una sonrisa en el rostro ante cientos de espectadores que admiraban su gracilidad y delicadeza. Cuando se metía en la cama, siempre hacía algo antes de dormir: ensoñar. Sus pensamientos se perdían en un mar de agradables e inexistentes recuerdos; imaginaba escenarios, ocasiones, oportunidades…

Así fue hasta que su pie se torció.

Sus pies no le fallaban nunca. No eran parte de ella: eran ella. Le resultaba más difícil dar un paseo por la ciudad que danzar al son del Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. La danza apenas le daba para vivir, pero eso era algo que siempre había carecido de importancia, pues tenía la gran fortuna de dedicar su vida a su pasión. El problema llegó cuando se torció ese pie y sus ensueños comenzaron a desvanecerse como una nube de polvo.

***

Los párpados le comenzaban a pesar sobre los ojos. La taza de café estaba vacía y no tenía ganas de levantarse para llenarla de nuevo. La historia que estaba escribiendo le empezaba a resultar casi vomitiva. Como siempre, partía de hechos reales para escribir sus afamadas historias; en esta ocasión, tocaba narrar un suicidio colectivo en un barrio marginado. Era estremecedor, pues lo peor no era el suicidio en sí, si no la falta de sentido que tenía. Aquellas personas se quitaron la vida por un simple error. Por una mala interpretación. No. No era la rutina lo que le resultaba pesaroso… Era la realidad de aquel maldito mundo.

Aquel día no luchó contra el peso de sus párpados. Los dejó caer y se quedó dormido en el sofá. Fue entonces cuando comenzó a soñar (que no a ensoñar).

***

En cualquier otro momento de su vida, habría empezado su primer día de trabajo con una sonrisa en el rostro. Pero al torcerse el pie, sus ensueños se torcieron con él, sus sueños desaparecieron y murieron sus aspiraciones. Ahora tenía que (mal) ganarse la vida de otra manera. Y la única que le ofrecieron fue servir como camarera en una cafetería.

La realidad del mundo le sacudió el rostro como si de una bofetada se tratase. ¿Cómo había podido ser tan ilusa? ¿Cómo podía haber vivido de sueños y ensueños durante tanto tiempo? Ahora, cuando llegaba a casa, cenaba algo, se metía en la cama y se dejaba vencer por el sueño. No merecía la pena vivir de ilusiones. No era prudente dejarse llevar por la imaginación.

***

Por supuesto, no era la primera vez que soñaba. Como les ocurre a todos los seres humanos, su subconsciente se manifestaba mientras dormía. Pero desde luego, nunca había tenido sueños como los que tuvo desde aquella primera noche en la que dejó que sus párpados le vencieran. Lo normal era pensar que, dedicando el tiempo que dedicaba a escribir sus historias, soñase con ellas de algún modo, lo que le llevaría sin duda a tener pesadillas gobernadas por los muertos. Sin embargo, soñaba cosas muy diferentes. Soñaba con situaciones hermosas; con recuerdos de su infancia; con personas y cosas que no existían –al menos que él supiese– y que le proporcionaban un estado de felicidad efímero, pero intenso.

Fue así como empezó a ensoñar antes de dormirse por las noches. Fue así como, por cuenta propia, comenzó a crear en su cabeza historias que no habían ocurrido (o sí, pero nadie las conocía). Como comenzó a darse cuenta de que no se puede vivir en un estado de realidad inquebrantable y perpetua pretendiendo ser feliz.

***

Casi se movía automáticamente. A veces, se sentía en parte máquina. Recogía una mesa y servía otra. Como un círculo vicioso que no terminaba nunca. Hacía unos días que había guardado sus objetos de danza en una caja que dejó al fondo del armario. Había sido como guardar la mejor parte de su vida para siempre, a sabiendas de que estaba muerta. De que no volvería a repetirse. Y asumiendo que no viviría una parte mejor.

***

Al día siguiente de su primer ensueño, lo primero que hizo nada más levantarse fue eliminar el borrador de su última historia (la del suicidio colectivo). La llevaba realmente avanzada, pero al deshacerse de ella sólo pudo sentir una enorme satisfacción. Había decidido comenzar una nueva historia; una historia nacida de sus ensueños, sus ilusiones, su imaginación. Una historia que no tuviese ninguna relación con los hechos reales, con el mundo real. Para ello, pensó que sería adecuado romper su rutina, así que, sin pensarlo dos veces, se puso el abrigo, cogió la cartera, un blog de notas y la pluma, y salió de casa.

***

Como una autómata, se dirigió a la siguiente mesa para servir café. Tras hacerlo, miró al hombre que la sonreía con agradecimiento y dio un pequeño respingo. Apenas podía creer en aquella coincidencia. Se trataba de un escritor que había logrado cosechar un enorme éxito escribiendo historias basadas en hechos reales. El caso es que a ella nunca le había llamado la atención ese tipo de lectura, hasta que se torció el pie. Precisamente, llevaba en el bolso un ejemplar de su último libro, que ya estaba terminando de leer.

***

Por alguna razón, el rostro de la camarera le resultó conmovedor. No sabría decir si se debía a la armónica combinación entre belleza y melancolía que éste reflejaba. El respingo que dio al verle le llevó a pensar que probablemente le habría reconocido, lo cual fue, sin duda, la perfecta excusa para iniciar una conversación.

–¿Sabe quién soy? –le preguntó con amabilidad.

–Sí –respondió ella tímidamente.

–¿Ha leído alguno de mis libros? –en los ojos de aquella mujer podía percibir un deje de inquietud que no sabía muy bien cómo interpretar.

–Varios –se limitó a decir.

La mujer se dispuso a darse la vuelta para llevarse la bandeja con la cafetera. Al hacerlo, él pudo percibir cómo cojeaba levemente del pie izquierdo.

–¡Espere! –la llamó casi por impulso. Ella se dio de nuevo la vuelta y, entre dudas, terminó acercándose a la mesa–. ¿Por qué no se sienta un momento y me comenta su impresión sobre mis historias? Siempre es gratificante conocer las opiniones de mis lectores.

–Verá… –la melancolía no dejaba de estar presente en su rostro; era una perfecta contradicción con su belleza–. Estoy en horario de trabajo y…

–No se preocupe por eso –zanjó él–. Siéntese, por favor.

De nuevo la duda en su rostro, siempre con esa tristeza sosegada. Casi con un movimiento automático, se sentó frente a él, la cabeza gacha y un tono rosáceo en las mejillas corroboraban su timidez.

–Cuénteme –le pidió él–. ¿Por qué le gustan mis historias?

***

Esa pregunta tan directa la cogió por sorpresa. Debía decidir –y rápido– si ser sincera o no con el famoso escritor, aunque anónimo para ella hacía muy poco tiempo. No se lo pensó demasiado: en sus ojos pudo ver un interés real por conocer su respuesta. No había motivos ni razones para no ser sincera.

–Verá… –intentó ordenar sus pensamientos–. El caso es que apenas han pasado tres semanas desde que comencé a leer sus historias. Sin duda, su fama le precede y ya había oído hablar de ellas, pero no me habían llamado la atención hasta hace poco.

El escritor se quedó atónito. Casi como si hubiese visto un fantasma. Entonces una sonrisa empezó a crecer en su rostro hasta convertirse en risa.

–Discúlpeme –dijo tras sosegarse–. Esto me parece… Bueno, me parece una coincidencia increíble. Verá, hace poco que he decidido dejar de escribir este tipo de historias. Precisamente, esta mañana he eliminado el borrador de la última que estaba escribiendo.

–Oh… –no se esperaba esa revelación.

–No sé muy bien por qué cuento esto a una desconocida pero… –dijo él mientras fijaba la mirada en su taza de café–. He pasado toda mi vida siendo un realista. Viendo las cosas tal y como son en realidad, sin dejar espacio a sueños, a esperanzas. Un día, me quedé dormido mientras escribía esa última historia y me dejé arrastrar por sueños realmente hermosos. Fue entonces cuando empecé a ensoñar. Y ahora comienzan a nacer en mí historias inexistentes que sólo ocurren en mi imaginación y que no tienen nada que ver con la realidad. Eso me proporciona mucha paz, ¿sabe?

Cuando levantó la mirada de la taza de café, se encontró dos ojos llorosos observándole intensamente. No sabía qué podía haber dicho para provocar esa reacción en la mujer. Antes de poder decir algo para arreglar la metedura de pata, un hilo de voz salió de su garganta casi con un anhelo desesperado.

–Qué curioso –sonrió por primera vez–. Usted, escritor, renuncia al realismo en detrimento de la imaginación. Yo, bailarina (al menos lo era), renuncio a la imaginación a favor de la realidad. ¿Cree en la posibilidad de que pueda existir un punto medio? ¿Un punto de equilibrio entre realidad y ensoñación? ¿Entre aceptación y negación? ¿Entre la oscuridad y la luz?

–No. No lo creo –respondió él–. Al menos, no por ahora.

 

Bailarina Degas
Edgar Degas, Danseuse debout, ca. 1877.

 

2 respuestas a “Blanco o negro

    1. Hola Cristina.

      En primer lugar, gracias por escribir. Siempre es gratificante compartir impresiones con mis lectoras y lectores. Estoy de acuerdo contigo en que puede haber un punto medio (aunque sea muy difícil de conseguir en todos los aspectos). El problema es que ellos no lo han encontrado todavía. Creo que por eso te ha debido sorprender tanto el final: porque no es un final.

      Un placer. Buena semana a ti también.

      Ana Fernández

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