El roedor

 

Ciertas noches inconciliables con el abrazo del sueño, embarga el silencio los rincones de mi pieza y me entrego dócil a la locura ofrecida por su apacible embotamiento.

La soledad, mi pródiga compañera, se sienta a mi lado y me susurra al oído que algún día tendré que dejarla. Amenazan las lágrimas con salir de mis ojos y respondo con un hilo de temblorosa y patética voz: “Nunca”.

Mi soledad se apelmaza, me abraza y me consuela. Yo me siento como una copa a punto de desbordarse, como el venado que oye el chasquido de la rama pisada accidentalmente por un depredador. Eso apacigua mi espíritu y concilia mi existencia.

Descorcho una botella de vino y siento culpa por violentar a mi segundo compañero, el silencio. Pero éste regresa pronto a mi lado, me nubla la calma y bebo en su opresora y doliente densidad.

Clandestinidad de mis emociones comprimidas en mente aletargada es todo lo que recuerdo sobre estas apacibles noches que se convierten en mis predilectas, salvando una que supuso la perdición de mi soliloquio.

Fueron tres golpes secos en la puerta. Mi soledad me observó aterrada y analítica; casi parecía una psicóloga que buscaba un comportamiento humano en una bestia. El silencio iba y venía con los golpes o su ausencia.

Quise ignorarlos, pero no cesaron en su insistencia. Quise beber y dormir, pero el sueño no llegaba. Quise que no me importasen, pero me importaban.

Me levanté y caminé penosamente hacia la puerta. Cuando la abrí, me encontré dos ojos lluviosos que me miraban con una mezcla de odio, rencor y vida. Sólo pude mirar hacia atrás y darme cuenta de que mi amada se había esfumado.

Los ojos flotantes me perseguían como mi sombra bajo la luz de las farolas que amortiguan la oscuridad de las calles.

Se sucedieron palabras, insultos, imprecaciones. No sé de dónde salían. Yo sólo veía dos ojos. Quería que se marchasen. Era aterrador contemplarlos ahí, flotando en mi pieza, humillándome, castigándome. Se ladeó mi cabeza a causa de un impacto y, por fin, desaparecieron los ojos tras un portazo.

De nuevo, apareció mi amante, mi compañera de días y noches al fluir de la vida y el acecho de la muerte. De nuevo silencio junto a ella y mi copa de vino, tejiendo esperanzas de futuro.

Pero entonces me miró con pena dibujada a medio camino entre sus ojos y sus labios. Me acarició ahí donde sentí el impacto y susurró: “no tienes por qué estar solo”. “No estoy solo –le dije–. Te tengo a ti, siempre”.

El silencio fue violado por un sonido molesto e inquietante que parecía moverse por el suelo, burlándose de mí. Empecé a buscar su origen, pero cada vez que me movía, el ruido desaparecía como la lluvia cuando lo hacen las nubes.

Levanté sillas, lámparas, todo banal pero necesario objeto que ocupaba los espacios de mi pieza. Miré de nuevo hacia atrás para asegurarme de que mi amante me esperaba. Pero no estaba.

Enfurecí, perdí la calma. Mi soledad debía seguir a mi lado. Ése era el trato que había hecho con la vida. También debía acompañarme el silencio, pero era roto por ese sonido sobre el suelo, ese sonido que se movía a lo largo y ancho de la pieza sin que yo diese con él.

Comencé a temblar, hinchándose las venas en mi cuello, enrojeciéndose mi rostro mientras la ira se volcaba en mí a medida que ese sonido se negaba a cesar para burlarse. Entonces lo vi: una ínfima grieta en la pared del pasillo. Un pequeño roedor que la habitaba y salía de ella envalentonado en busca de comida o algo de beber.

Cogí mi bastón. Me acerqué despacio mientras el pérfido invasor roía frenético unas migajas. Comencé a agitarlo a un paso de él, dando golpes contra el quejoso suelo. Lo perseguí hasta que perdí su pequeña y repulsiva figura tras la grieta.

Ésa se convirtió en mi nueva rutina: perseguir al roedor hasta conseguir darle caza y lograr con ello recuperar la anhelada compañía de mi amante, a la que jamás imaginé que añoraría tanto.

Pero el roedor era demasiado listo. Su arrogancia y presuntuosidad me desquiciaban, pues en el brillo de esos pequeños ojos negros podía leer su burla, su absoluto conocimiento de mi sufrimiento ante la pérdida de mi amada y la desesperación por su regreso.

El roedor se convirtió así en la imagen de la venganza prometida por aquellos dos ojos lluviosos y flotantes. Se convirtió en el eterno esquivo de la muerte, en la interminable compañía que yo tanto rechazaba.

Se apoderó de mí la desesperación ante la nostalgia que me suscitaba el recuerdo de mi amante, la soledad. Me consumí poco a poco ante su irremediable pérdida y cesé en mi empeño de terminar con la vida de ese monstruo cuyos pequeños pasos resonaban cada noche para atormentar mi espíritu hasta el resto de mis días.

 

el desesperado courbet.jpg
Gustave Courbet, El desesperado, ca. 1844-1845.

2 respuestas a “El roedor

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