El escritor

 

—Las historias no tienen por qué tener un principio. Algunas sólo tienen un final. Algunas sólo tienen una consecuencia dada por un periplo mal gestionado por causas nacidas de pequeñas destrucciones. Toda persona quiere racionalizar aquello que forma parte de su vida; descomponerlo en pequeños fragmentos perfectamente explicados para buscarle un sentido en la más estricta definición de esta palabra. Pero entonces llega ese momento de lucidez en el que nos damos cuenta de que, aunque todo tenga una base racional, el simple hecho de darle una forma regular supondría la llegada de nuestra propia autodestrucción. Así pues, ¿cómo expresamos irracionalmente lo más profusamente racional sin destruirnos? —hace una pausa; mira a los ojos al psicólogo y entiende que no tiene la respuesta. Da igual: él sí—. Recogiendo los fragmentos sin unirlos.

Cuatro paredes, montañas de libros y pensamientos. Mi vida –mi auténtica vida– se reduce a esto. Demasiados episodios traumáticos en demasiados pocos años. Demasiadas experiencias demasiado variopintas. Caminar por la vida sin rumbo; sentirme cómodo en la oscuridad de mis pensamientos, en el zigzagueante devenir de mis circunstancias. El destino, mi peor enemigo. Caminar en la sombra de la noche con el frío como compañero inseparable de mis pasos. Contar los baldosines de la acera como único remedio a mi enfermedad, aquélla que me impulsa a no poder dejar de pensar ni una milésima de segundo. El viento invernal como perfecta excusa para justificar la lluvia de mis ojos.

No es fácil sentirse feliz e infeliz al mismo tiempo. Mi felicidad viene de la mano del orgullo: un claro exceso de estimación propia al ser consciente de mi inteligencia anormal. La infelicidad… Bueno, ésta puede proceder de muchas cosas, aunque –irónicamente–, su origen puede situarse en mi inteligencia, que dicho sea de paso, es emocional (o eso creo). Y, como última e incansable compañera, la contradicción, que forzosamente convive con mi eterno carácter indeciso: “Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia?” No podía ser otro si no Shakespeare quien tuviese semejante don para describirme en una única frase.

—Curarse del todo emocionalmente es imposible. Lo único que puedes hacer es recoger fragmentos, analizarlos por separado y guardarlos para que, con el tiempo, pasen a la insobornable sección del olvido. Es posible curarse un poco, aunque para ello hay que colocar los pies al borde de un precipicio mientras un terrible viento sopla a tu espalda y tener la suerte de no haber caído al vacío cuando se haya calmado la tormenta. A veces tengo una terrible tentación: la de dar gracias a Dios por mi humanísima memoria. Luego se me pasa. Pero ése, doctor —dice, insinuando una sonrisa—. Ése es otro de mis muchos conflictos no resueltos.

Son interesantes, los puzles. Tienen cientos de piececitas creadas, única y exclusivamente, para ser perfectísimamente encajadas entre sí. Igual que los recuerdos. Dar un paseo por las entrañas de los míos es un peligro. Un peligro placentero y destructivo al mismo tiempo. Creo que si es placentero, es porque es destructivo. Aunque también viceversa. Sentir nostalgia al contemplar su rostro de nuevo; o lo que de él queda. Saborear la soledad de rincones abandonados como antiguas ruinas romanas caídas en el olvido. Susurrar en mi memoria su nombre, colmado de prohibiciones. Recordar el sabor de sus labios al roce de los míos. De manera individual, todos los recuerdos cobran un sentido suficiente, aunque incompleto. Y es éste el instante de peligro: quiero completar su sentido; tengo la irremisible tentación de encajar las piezas, que me instan a que lo haga. Un sudor frío comienza a correr por mis sienes y noto mi pulso acelerado. Se me entrecorta la respiración y me veo obligado a controlarla concentrándome como un niño que quiere dar sus primeros pasos.

—Que… ¿qué opino del destino? —hace una pausa; se frota los ojos con visible frustración y resopla—. Doctor, el destino no es amigo mío. Más bien es un desgraciado al que le gusta reírse de mi desesperación. ¿Cómo si no sería posible que se repitiesen las historias de una manera tan semejante que aterroriza? El caos llama de nuevo a mi puerta poco después de haberse ido. Tiene un rostro distinto, una vida diferente, otros pensamientos, pero sigue siendo él. Mejor dicho: es una versión mejorada de él. Y eso, evidentemente, sólo puede ser malo, pues el sufrimiento que puede ocasionarme ahora es doblemente aterrador, ya que ahora es doblemente perfecto. Y del mismo modo se duplica el sufrimiento que yo puedo provocarle a él —el ceño fruncido del psicólogo le arranca una risotada—. ¿Quién ha dicho que no se pueda provocar sufrimiento al caos?

Es sencillamente irremediable. Dicen que la Historia siempre se repite. Parece que tienen razón. Lo único que podemos hacer es aprender de la historia del pasado para que, cuando lleguen acontecimientos demasiado similares, podamos obrar con la mayor prudencia posible. El problema viene cuando nos damos cuenta de que los acontecimientos históricos a nivel de vida no pueden racionalizarse del modo en que lo hacen aquéllos que tienen que ver con la sociedad en su conjunto. En éstos, en los de la vida, los sentimientos están a flor de piel, como suele decirse. Imán y hierro. Una vez unidos puedes separarlos; pero si los acercas demasiado, no puedes evitar que se unan.

—Sí, doctor —dice con una sonrisa apacible—. Es evidente que me encuentro mucho mejor anímicamente. He dejado de analizar absolutamente todo. Los fragmentos están donde deben estar. Nunca llegué a unirlos por completo y es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

 

Hay algo que no le dije al psicólogo. La razón por la que puedo decir que soy feliz a fragmentos, el único modo en que uno puede serlo. Algo que se ha convertido en el motor central de mi vida. Algo sin lo que no concibo ningún futuro. Siempre lo supe, pero nunca antes conseguí reunir fuerzas suficientes para aceptarlo en mi vida. No mentí al doctor al decirle que nunca llegué a unir del todo los fragmentos. Pero no los he abandonado. Sencillamente están repartidos. Vuelan como las hojas mecidas por la suave brisa del otoño. Recogen instantes apenas perceptibles y que sólo yo soy capaz de reconocer como míos. Qué sencilla era la respuesta. Qué amable. Qué esperanzadora. La respuesta estaba en aceptar quién soy yo. Y yo, soy el escritor.

 

El sueño de la razón produce monstruos, Goya.jpg
Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos (detalle), 1797-1799.

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