El juego

 

Ella era como una nube de polvo que intenta atraparse y se escapa entre los dedos. Él, como un copo de nieve en medio de la lluvia. Caminaban descalzos en mares de pensamientos compartidos, cabizbajos, sin mediar palabra. Simplemente asumiendo la compañía necesaria y requerida, ausentes en sus mundos y presentes en sus sueños. O viceversa. Se sabían dueños del otro en lo más profundo de su ser, en lo intenso, pero en la superficie se relamían con la idea de la más pura libertad enemiga de cadenas. ¿Era el sufrimiento la clave del espejismo de su felicidad? ¿O lo era acaso la sensación conjunta de la más estricta perfección al verse unidos? No estaban seguros. Hacía tiempo que habían superado la barrera del pienso, luego existo; pero haber logrado ir más allá no les acercaba más a la clave, sino a una mutua y autodestrucción preconcebidas como figuras alegóricas de la vida. Eran personas normales desde el punto de vista de lo anómalo, pero singulares desde una perspectiva común. Iban a trabajar como todo el mundo; se ganaban el sueldo, como todo el mundo; hacían la compra, como todo el mundo. Era el momento en que no se veían rodeados de una intransigente masa de ignorantes cuando podían disfrutar de la más gravosa corrupción, de la más intolerable perversión de sus emociones. Les gustaba jugar. Probarse. Incidir en el alma del otro hasta llegar a los más profundos recelos, incertidumbres, pesares y miedos. Pero el juego no les gustaba si no lo teñían de inocencia. Así, todo se veía cubierto por una capa de falsa hipocresía. Irónico, ¿eh?…

No era difícil jugar. Al menos, no para ellos. Sólo había una norma: las normas no existían; el juego no existía; ellos no estaban jugando. Simplemente charlaban. ¿Cómo puede ser eso posible? Bien, cabe decir que existen dos tipos de juegos en el mundo: los que se juegan abiertamente y los que se disfrutan con sutileza. Y era con éstos últimos con los que ellos llenaban sus vidas o, al menos, las hacían más interesantes. Sin embargo, estos juegos traen consigo una sombra difícil de dilucidar: la incertidumbre. ¿Cómo podían saber ellos cuándo terminaba el juego? ¿Cómo iban a poder saber quién ganaba, si es que alguno lo hacía? Y la pregunta más inquietante de todas: ¿Cómo podían estar seguros de estar jugando? He aquí a la incorruptible dualidad; esa existencia de fenómenos distintos en un mismo ente de cosas, digamos en este caso, en un juego. Cuando algo no existe por prescripción verbal, su presencia es voluble, sumisa e incierta. Digamos mejor incierta, voluble y sumisa, respectivamente. Ese y no otro era el mayor riesgo del juego: el no saber si el otro estaba jugando. Cabe hacer aquí un inciso sobre la consecuencia que acarrea este riesgo: un juego es sinónimo de placer; en el caso que nos ocupa, placer entre dos personas. Pero, si una no juega, el placer desaparece de un plumazo: para una no existió nunca; para la otra existió, pero le es arrebatado de una sacudida y en consecuencia su realidad se ve parcialmente destruida.

Como puede entreverse hasta ahora, todo se reduce a un círculo vicioso: lo único que existen son esas dos personas. De seguro que una de ellas juega, pero no sabemos si la otra lo hace también: sólo ella puede saberlo. Es cuestión de alta estimación por parte del jugador o la jugadora hacia el otro el pensar o incluso dar por hecho que también está jugando, pues ni que decir tiene que el juego lleva implícita la necesidad de la inteligencia, que es sumamente requerida a la hora de elaborar las palabras con moderación. Por otro lado, de no existir un segundo jugador esa sutileza no sería tal cosa, sino que vendría a convertirse sencillamente en la más plana y estúpida inocencia, lo que no puede resultarnos nada menos que decepcionante… ¿no es así?

Ella se mordía el labio inferior con frecuencia, especialmente cuando tenía que reflexionar sobre algo con un poco de profundidad. Cuando lo hacía, los ojos de él se cernían sobre su boca de manera casi imperceptible. Por su parte, él aprovechaba cualquier oportunidad para sacar a pasear una bella sonrisa. Existía una constante contradicción en sus charlas: por un lado, la incipiente necesidad de expresarse libremente; por otro, la inevitable aversión a la confianza por miedo a la vulnerabilidad. A veces reinaba el silencio entre ellos y esos momentos resultaban escalofriantes, pues se sentían desnudos y se transformaban en presas a sus propios ojos. Él –o quizás ella– rendía pleitos en sus frases a su devoción por el otro y al instante se arrepentía de su falta de rigor. Mientras tanto, el otro veía acrecentarse su ego y dejaba pasar un tiempo hasta que lograba teñir inocentes palabras con una nota de perspicacia difícil de extraer de contexto, pero difícil de pasar por alto. Y es que el equilibrio que existiera en un principio entre ambos se había visto reemplazado por la intuición de una de las partes, que empezaba a dudar sobre la naturaleza de la otra.

No podemos saber cuál de ellos jugaba con total seguridad y cuál de ellos arrojaba dudas sobre su papel en la historia. Lo que nos ha de resultar interesante es ese momento en el que el jugador (o jugadora) se plantea seriamente la posibilidad de que el juego no se esté produciendo. ¿Cuál es el punto de inflexión? El punto de inflexión se produce en el momento en que el jugador hace una mala partida y traspasa la frontera de lo sutil, de modo que en lugar de recibir una respuesta positiva, únicamente se ve recompensado con palabras vacías hasta que, cuando está casi convencido de ser el único participante, recibe unas migajas que o bien podrían serlo todo o bien podrían convertirse en el fruto de su propia desesperación al haberse visto súbitamente abandonado.

En ocasiones pasaban días e incluso semanas sin intercambios. Semejante acumulación se veía sofocada en un momento cualquiera, en absoluto especial o trascendente. Pero el riesgo del juego se veía triplicado, pues no hay nada como la ausencia para la añoranza y el apremio. Ella (¿o era él?) aprovechaba estas ocasiones para dar un respiro a la indulgencia y entonces hacía más pedacitos del otro a sabiendas de lo que eso suponía. El tacto de una mano con otra a través de una leve y aparentemente inocente caricia; la anécdota de una pesadilla sobre un hipotético final infeliz; el recuerdo nostálgico de un amor ya sepultado; el paseo bajo las sombras de los árboles movidos por la brisa. Y el que está jugando ve su pecho inflado de esperanza de nuevo, pues recoge ese instante en el que se ve acompañado en la partida y lo guarda y preserva diciéndose que nadie podrá arrebatárselo y asegurándose de que nada de eso ha ocurrido en su imaginación.

Llega aquí un concepto nada despreciable. Imaginación. Todos la tenemos, pero no todos sabemos usarla. Sólo puedo decir que saber hacerlo conlleva riesgos y puede resultar, como poco, peligroso. Y es precisamente a eso a lo que se enfrenta uno de los protagonistas. Al no poder corroborar el jugador que realmente existe el juego, llega un punto en el que se cuestiona su existencia, llegando a pensar que todo ha nacido como fruto de su perversa y enfermiza maquinación. De este modo, se plantea la situación desde una perspectiva ciertamente aterradora y diametralmente opuesta a como la dibujaba al principio: ahora se sitúa en la perspectiva de la locura. Este término tiene connotaciones sabidamente negativas; no obstante, si lo reducimos a su más pura esencia, no puede ser definido sino como la privación del uso de la razón. Bien es sabido que la razón no viene a usarse en determinadas ocasiones en las que la dimensión emocional tiene primacía sobre todo lo demás. Así pues, el jugador se plantea la posibilidad de que el juego haya sido el resultado de su locura, de su más exacerbada tendencia a la idealización o, más bien, distorsión de los hechos tal y como acontecen.

Están sentados. No muy lejos, dos músicos tocan a violín el canon en Do mayor de Pachelbel. De fondo, un paisaje urbano armoniza con la puesta de sol. Uno de ellos siente especial predilección por el músico alemán y se deja llevar por la exquisita y melancólica melodía durante unos minutos. Cuando la pieza termina, los pensamientos del oyente sucumben a la realidad tangible y retorna revitalizado a ella; es entonces cuando toma una decisión: todo es mera patraña, pura invención ocasionada por su retorcimiento. En ese momento experimenta una liberación que le destruye pero que, al mismo tiempo, termina con la opresión a la que el juego le había venido acostumbrando. Es entonces cuando se intercambian los roles. El que era jugador no lo es ahora y el que arrojaba dudas se empieza a dejar la piel en el juego. Intercambios de miradas, pensamientos intangibles, imperdurables, caóticos. El insondable placer de la mutua compañía, la extraña mezcla entre sueños y realidades, la intranquila conciencia de ambos, uno por no haber sido claro en el juego, el otro por el sobresfuerzo desperdiciado. Se empieza a apoderar la rabia del que fue en otro momento jugador al darse cuenta de lo que sucede. Es simplemente una cuestión de orgullo, esa tendencia exagerada al amor propio que se pone en relación con la estimada visión que uno posee sobre sí mismo. El juego terminaba ahí. No se verían ya compartidos los mares de pensamientos salvando aquellos momentos en los que se encontraban solos. No asumirían ya como necesaria la compañía. No se sabrían ya más dueños del otro en lo intenso. Extrañarían las cadenas. Y, a pesar de todo, el espejismo de su felicidad siguió alimentándose de su sufrimiento compartido, extasiándose juntos ante el dolor producido o bien por la invención de uno, o bien por la invención de ambos.

El juego existió indudablemente para uno, posiblemente para otro. El juego terminó donde empezó el orgullo. El juego tuvo dos perdedores. O dos ganadores. Depende, como siempre, de la perspectiva.

 

Two comedians, Hopper.jpg
Edward Hopper, Two comedians, 1965.

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