Caos y orden

 

Sus miradas se cruzaron por primera vez en una calle cualquiera. Ella estaba detenida ante un escaparate, deleitándose al pensar que, quizás, al mes siguiente podría comprarse aquellos hermosos zapatos. Cuando decidió dejar de autocompadecerse, dio media vuelta y retomó su camino; todo comenzó en ese breve instante.

Ocurre todos los días que nos cruzamos con anónimos que comparten nuestra ruta en la rutina (siento la reticencia) o en lo puntual. En ocasiones hay algo que llama particularmente nuestra atención de una u otra forma, de manera que fijamos más la mirada; sin embargo, en la mayoría de los casos, cientos de rostros pasan difuminados en nuestra periferia mientras caminamos ensimismados, absortos en pequeñas tristezas o, más raramente, alegrías. Nunca nos planteamos que alguno de esos individuos pueda llegar a formar parte fundamental de nuestra existencia, pues algo así resultaría remoto e, incluso, imposible.

No conocía nada que le supiese mejor que ese café. Aunque había sido un descubrimiento reciente, ahora no imaginaba vivir sin su dosis diaria. Incluso había terminado por adjudicarse una mesa al fondo, al lado de la ventana, que hasta el momento había encontrado siempre vacía y que esperaba seguir encontrando así debido a las tempranas horas. Saboreaba el café caliente mientras la lluvia se precipitaba contra los cristales y él disfrutaba de una lectura ligera que le solía acompañar en el trayecto hacia el trabajo. Todas esas pequeñas cosas convertían ese momento en algo perfecto. Estaba leyendo cuando una voz suave en el mostrador le llevó a levantar la mirada –solía haber pocos clientes a esas horas y el más mínimo corruptor del silencio suponía un hecho insólito–. Sólo era una mujer que, curiosamente, pedía el mismo café que él. Detuvo sus ojos en su silueta durante breves segundos para apreciar las curvas que dejaba a la vista un vestido verde pistacho estampado con motivos florales; justo cuando iba a retomar su lectura, la mujer se dio la vuelta para marcharse con su café. Las miradas de ambos se quedaron suspendidas en el aire y se desnudaron la una a la otra.

Existen puntos de inflexión en la vida de toda mujer y de todo hombre. Siempre terminan revelándose; a veces, tiene que pasar muchísimo tiempo para que lo hagan, mientras que otras se pueden percibir en el mismo momento en que se producen. La forma más común es la primera; por desgracia, también es la más peligrosa. Entendamos por punto de inflexión un instante, momento, acción, suceso o acontecimiento cualquiera que, por alguna razón, modifica severamente el rumbo que veníamos proponiéndonos. Precisamente, es lo que les ocurrirá a los personajes de esta historia y lo que nos invitará a hacer una reflexión en torno a lo que realmente nos interesa: la existencia –o no– del libre albedrío, eterno enemigo del destino, esto es, la fatalidad.

Aunque abrió su paraguas con decisión y caminó con paso erguido y seguro, no dejaba de sentir la mirada de aquel hombre clavada en su espalda. Sin duda, era una casualidad haberse cruzado con ese rostro dos días seguidos; pero lo que realmente le sorprendió a un nivel mucho más profuso fue el hecho de que estuviese leyendo una de sus novelas predilectas: Orgullo y Prejuicio. Se castigó a sí misma al pensar, para sus adentros, que era raro que un hombre disfrutase de ese tipo de novela romántica, pero entonces comprendió no sólo que Austen es capaz de crear un discurso filosófico importante alrededor de sus personajes que captaría la atención de cualquier lector, sino que estaba utilizando ese hecho como pretexto para pensar que a cada encuentro con el desconocido la pura coincidencia venía a convertirse en algo más complejo. Así pues, dejó de pensar en ello.

Los acontecimientos que tienen lugar a lo largo de nuestras vidas no dejan de ser, o bien causas, o bien consecuencias de ellas. Nuestra capacidad para discernir y tomar decisiones –ya sean o no trascendentes– da lugar al trazo de un camino que termina por definirnos. La cuestión que nos venimos a plantear aquellos que no podemos dejar de reflexionar en torno a ello guarda relación, precisamente, con dos conceptos complicados y los cuales me permito reducir a lo esencial: el libre albedrío, entendido como la capacidad humana de elegir y tomar decisiones que serán las que determinen los sucesos, y el destino, que fríamente podríamos definir como un encadenamiento de acontecimientos y/o acciones fatales y necesarias, es decir, inevitables. Como se podrá suponer, ambos conceptos son la antítesis del otro, pues uno nos da el poder, mientras que el otro nos lo quita.

Lo había encontrado. Le había llevado semanas de búsqueda, pero al fin había dado con un vendedor que le ofrecía un libro de arte descatalogado que perseguía desde hacía tiempo. Además, el precio era más que razonable. Contactó con el autor del anuncio mediante la página web y se dio cuenta de que, en realidad, era una vendedora. Él dio el nombre de su café favorito para realizar la compra y, tras unos minutos de espera, la mujer aceptó. Por fin se había hecho con ese libro.

Hasta aquí, nada parece especialmente destacable. Pero, como conocedora íntegra de la historia, os daré algunos datos más que escapan a la narración propiamente dicha. La mujer acababa de conseguir una plaza fija en la universidad gracias al repentino traslado de un profesor cuya mujer había sido elegida, entre cientos, para ostentar un cargo en una importante empresa de Irlanda. Aunque por delante de ella para obtener la plaza fija había otro profesor, éste rehusó por estar inmerso en una investigación en el extranjero que no quería abandonar. Por otra parte, el profesor que la antecedió en la plaza decidió dejarle un obsequio de bienvenida en el que sería su nuevo despacho; a lo largo de los años había ido obteniendo exquisitos ejemplares de arte que ya no se encontraban. Dedicó bastante tiempo a pensar cuál regalaría a la mujer y cuando tomó una decisión, decidió empaquetarlo, pero antes se calentó un café y, al removerlo, una gota salpicó la portada del libro. Como es evidente, al final tuvo que decantarse por obsequiarle con el otro ejemplar, el cual le dedicó con cariño, ya que ella había sido alumna suya años atrás. Cuando la mujer se encontró ese precioso obsequio de bienvenida, se sintió realmente agradecida, aunque casualmente había conseguido hacerse con ese raro ejemplar hacía unos meses. Decidió vender el suyo y quedarse con el que le había regalado su antecesor.

Ambos se quedaron mudos al encontrarse en el café. Los dos sabían perfectamente quién era el otro. Pero ninguno osó insinuarlo. Tras unos instantes de sorpresa, él la invitó a tomar un café, pero ella dijo tener mucha prisa. La transacción fue rápida, incómoda, fría. Cuando ella le fue a entregar el libro, los dedos de él rozaron sin querer su mano y eso la provocó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Lo último en lo que pudo fijarse él fue otro libro que ella llevaba consigo cuando la vio alejarse: una preciosa edición de la antología poética de Benedetti. Abrió los ojos como platos y un impulso, un instinto, una fuerza desconocida, le empujó a levantarse con estrépito y a ir tras ella, habiéndose cerrado ya la puerta del café tras sus espaldas. Llovía a raudales y, cuando salió a la calle, un paisaje de paraguas de todos los colores le impidió alcanzar la figura de aquella desconocida con la que, desde ese día y hasta mucho después, seguiría encontrándose en sus sueños.

Fueron varias las circunstancias que llevaron a aquel encuentro. Ella nunca habría vendido el ejemplar de no ser porque su antecesor le regalase el mismo; éste no se lo habría regalado si no fuese por dos cosas: en primer lugar, su mujer había sido elegida, entre cientos de candidatos, para ocupar aquel puesto en Irlanda; en segundo lugar, el descuido con el café le llevó a regalarle ese ejemplar y no el otro. Ella ni siquiera habría podido obtener la plaza si el investigador no hubiese decidido seguir en el extranjero. Por su parte, él nunca habría comprado el ejemplar de no ser porque hacía unos meses, un compañero de trabajo le había invitado a acompañarle a una conferencia sobre el arte de mediados del siglo XVI, lo que provocó en él la revelación de una pasión desconocida. No obstante, el final de esta historia lleva a pensar en la existencia del libre albedrío: ella decide marcharse alegando prisa y él no logra encontrarla entre la maraña de paraguas; por tanto, es la decisión personal de la mujer la que termina con la historia… ¿no?

Ya había borrado el anuncio de la página web, por lo que él rebuscó como un loco en todas y cada una de las páginas del libro, albergando la esperanza de obtener alguna indicación que le ayudase a contactar de nuevo con aquella mujer que, por razones inexplicables, le obsesionaba de esa manera. Fue en vano. Pasaron los días y las semanas. Casi por instinto, miraba cada mañana al mostrador en busca de la desconocida, pero ésta no volvió a aparecer.

Mientras tanto, ella había hecho un pacto con su tozudez: estaba segura de que, si iba al café, le encontraría de nuevo. Precisamente por eso, decidió no volver. ¿Por qué? No estaba muy segura. Quizás por una cuestión de orgullo que la llevaba a convencerse de que quería permanecer sola. O quizás por una renuncia a la ilusión infantil de encontrar un alma gemela de manera tan azarosa.

Pasaron los meses.

Él fue ascendido y tuvo que viajar a Milán para regentar, durante unos meses, una nueva sucursal de su empresa. Fue allí donde entabló amistad con otro amante del arte que le invitó a un ciclo de conferencias sobre pintura renacentista en la universidad. La primera sesión empezó a primera hora de la tarde y le resultó especialmente interesante. Tomaron un café durante el descanso y, justo cuando iban a entrar de nuevo en la sala de conferencias, tuvo que responder a una llamada de su jefe, por lo que se quedó fuera. Justo en ese momento, una doctora con un bonito vestido verde estampado con pequeñas flores comenzó su discurso, centrado en la figura de Giuseppe Arcimboldo. Poco después de que terminase su exposición, él entró de nuevo en la sala. Su acompañante le avisó de que se había perdido uno de los mejores discursos, llevado a cabo por una amiga suya; él maldijo interiormente a su jefe por ser tan oportuno.

Tres días después, terminó el ciclo de conferencias. Él se había quedado satisfecho por haber asistido, pues había aprendido muchas cosas nuevas que le ayudaban a llenar el vacío que le había dejado el no haber tomado ese camino desde un principio. Su amigo le pidió que le acompañase a saludar a una antigua amiga de la facultad, prometiéndole no entretenerse. Cuando se encontraron con ella, se paró el tiempo. Sus miradas se encontraron de nuevo y, después de tanto tiempo sin desnudarse, prorrumpieron en un estallido de intensidad sin precedentes, preguntándose ambos cómo podían estar allí, al mismo tiempo, en el mismo lugar.

No busquéis un final cerrado. No lo hay. Ni en lo que respecta a su historia ni en lo que respecta a la nuestra. Sólo puedo hablar a partir de mi experiencia. Un sabio me dijo una vez que las coincidencias no existen. A pesar de mi juventud, puedo decir que el azar deja de serlo en el momento en el que no tiene fuerza en sí mismo para seguir en pie. Sólo sé que el libre albedrío es como una amalgama de animales distintos que luchan por encontrar un orden en el caos que impera, mientras que la fatalidad, a pesar de su nombre y de su propia esencia, nos permite ordenar todo a partir de lo inevitable.

 

Arcimboldo animals.jpg
Giuseppe Arcimboldo, Composición con animales.

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