La clave

 

—Tienes que lidiar con eso —dijo él en respuesta a su inquietud. Pasó un largo minuto sin hablar, sumida en vagos pensamientos, por lo que intentó traerla de vuelta, como tantas veces hacía—. ¿Entiendes?

Lo entendía, pero se sentía sola. Ajena a todo lo que le rodeaba, a todo aquello que formaba un mundo del que no se sentía parte. Por qué, no lo sabía.

—Pero ¿es que tú entendés que no es eso lo que yo cuestiono? —ni siquiera quería esforzarse en explicárselo—. Esos no comprenden nada. Querrían que yo escribiera patochadas, banalidades del amor, que es cosa demasiado compleja para violentarla con palabras forzosamente elegidas.

De nuevo, silencio.

—Estoy de acuerdo en que existen dos literaturas —siguió él, intentando penetrar un poco más en ella, como un ratón que intenta quitar el trozo de queso de la trampa sin morirse—. Pero tú debes estar orgullosa. Tu literatura pertenece al tipo que tú quieres. Ese libre y caótico pensamiento tuyo te ha llevado a hacer algo grande, algo trascendente…

—Me querés poner en ridículo ¿eh? —sus ojos se encendieron, acallando al chico—. ¿Trascendente? Flaubert convirtió a una madame cualquiera en Bovary; Dostoievski hizo de un crimen un sufrimiento irrefrenable y terrible; hasta Shakespeare, ese insufrible tópico de dramaturgia, trascendió a su tiempo. Y aquí me tenés a mí, respondiendo a preguntas del tipo ¿qué quería usted decir con eso?

—Que quieran indagar en los significados ocultos de tu obra no significa que no trascienda —rebatió él.

—¿Pero vos no te das cuenta que si me preguntan eso, es precisamente porque no trasciende? —cuando su irritación aumentaba, lo hacía al tiempo el contorno de la vena en su cuello—. A un gran creador no hay que preguntarle qué quiere decir su obra. Hay que dejarle hacer, disfrutarle y dejarle vivir y morir para que deje tras de sí la estela de su misterio.

—¿Acaso crees que a Dalí no le preguntarían, cientos de veces, por el significado de sus obras? —preguntó él con fastidio.

—Pero no sonso, no me vengas ahora con esas.

Llevaban un rato dando un paseo por el parque del Retiro. Esa era la mejor terapia para ella cuando sufría esas crisis de algún modo existenciales y que, para desgracia de él, eran bastante frecuentes. De pronto, en uno de sus habituales arrebatos, giró noventa grados, traspasó unos arbustos y se sentó en la hierba. Se encendió un cigarro y, entonces, se tumbó y se dedicó a contemplar el manto de hojas ofrecido por los árboles. Como una sombra, el siguió sus pasos y se sentó al lado de ella, en silencio.

—Confundís el estilo con el ser —dijo ella después de largo rato—. Como dijo ese que te mencionaba: “¿Ser o no ser? Esa es la cuestión”. La obra de Dalí siempre llevó implícita la ausencia de significado objetivo, probablemente por su eclecticismo.

—En ese caso, te sentirás identificada con él —se arriesgó el joven.

—Sólo en cierto modo —reconoció ella, cuyos ojos recorrían los trazos dibujados por las ramas sobre el cielo—. Me hace gracia su narcisismo, aunque no me gusta para mí. Su arrogancia –que no orgullo– tampoco me atrae. Pero creo saber cómo funcionaba su cabeza. Es trágica…

—¿El qué es trágica? ¿Su cabeza?

—Pero qué no… —ella suspiró, irritada—. Es trágica la inteligencia. La capacidad de reflexión, de pensamiento. Es el origen último del sufrimiento. La puerta eternamente cerrada a la felicidad inconsciente.

—No eres la primera persona en pensar que la ignorancia es sinónimo de felicidad.

—Lo sé —respondió ella—. Pero no podés llegar a imaginar lo real que es ese hecho.

—Siempre te has sentido por encima de mí intelectualmente —no era una pregunta.

—Mira —ella se incorporó de súbito con expresión de incredulidad—. Si dices eso ahora mismo me marcho.

—Corrígeme si me equivoco —dijo él tras reunir una buena dosis de valentía.

—Eres un tonto, y ahora sí que lo sé —estaba convencido de que se levantaría y se iría; incluso hizo amago. Pero entonces un reflejo de ternura apenas perceptible atravesó su rostro y se tumbó de nuevo—. ¿Crees que si así fuese hablaría contigo de todo esto?

Ambos quedaron entonces callados, absortos. Una ardilla los observaba con curiosidad desde una rama cercana. De trasfondo se oían risas de niños y conversaciones llenas de normalidad que él echaba en falta en ciertas ocasiones en las que la extraña personalidad de ella traspasaba el umbral de la tolerancia hasta volverle loco.

—¿Te acordás de la Niña de Velázquez? —preguntó ella de pronto.

—¿Qué niña? —preguntó confuso.

—La niña que vimos en el Prado hace no tanto tiempo, la de la Hispanic Society.

—Ah… Sí, me acuerdo. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada…

—No venga, ¿por qué piensas en ella ahora?

—Creo que los ojos de esa niña son la clave —dijo ella en un susurro.

—La clave ¿de qué? —tras tiempo conociéndola, eran muchas las veces que lograba descifrarla, pero muchas otras moría en el intento y esa tarde no estaba dispuesto a hacerlo.

—¿Vos qué pensás?

—Yo no sé, a veces te entiendo pero otras no.

—Pero no sonso, no te pregunto qué pensás de lo que yo pienso sobre la Niña, sino lo que pensás tú de ella —sus ojos parecían relucir con más intensidad con la última hora del día.

—Bueno, ya sabes lo mucho que me gustó ese retrato —dijo él, no sin cierta confusión—. Me parece de una calidad excelente y creo recordar que ya te comenté que, en mi opinión, la ternura depositada en su trazo me lleva a pensar que fuese pariente del pintor, quizás su nieta.

—Pero y eso ¿qué? —dijo ella, chasqueando acto seguido la lengua a modo de reproche—. No hablo de los parientes del pintor, sino de algo más profundo, más incorpóreo, subjetivo, menos físico… ¿cómo querés que te lo diga?

—Lo único que quieres es que diga lo que dirías tú —dijo él, enfadado.

—No, lo que quiero es que hables sin prisiones, sin conceptos histórico-artísticos preestablecidos, sin que esas influencias corrompan lo que realmente sientes o piensas de Velázquez al ver ese cuadro en concreto.

Siguió otro largo silencio que, en esta ocasión, fue roto por él.

—Creo que cuando dices que sus ojos son la clave, quieres decir que lo es su mirada.

Al oír esas palabras, ella se incorporó, acomodándose para quedar sentada al lado de él. Una sonrisa cálida y en cierto modo traviesa fue el remate para que él se sonrojase ligeramente.

—¿Y de qué es clave para vos? —preguntó ella con un timbre de ilusión en la voz.

—Mi respuesta automática a esa pregunta sería “para conocer a Velázquez”, pero —se apresuró él, a sabiendas de que no era eso lo que ella quería oír— sé que es vaga, casi ordinaria, soez. Creo que la mirada de esa niña, fuese quien fuese, pone de manifiesto la esencia última del pintor.

—¿Y cuál es esa, su esencia? —siguió ella, que cada vez parecía más animada.

Él se quedó callado, pensando a conciencia. La mirada de ella, que él sentía clavada en su rostro, le producía terror y fascinación a partes iguales.

—No creo que las palabras pudiesen hacer justicia a mi respuesta —concluyó él.

Una sonora carcajada triunfal le sacó de su parcial desvanecimiento.

—¿Te das cuenta? —dijo sonriendo; sus dientes eran perlas atrapadas en el mar mágico que era su boca—. Sabés que esa mirada es la clave para conocer la esencia del artista, para comprenderle. Imaginá que le tuvieras delante ahora. ¿Le preguntarías qué significa esa mirada? ¿Qué quiere transmitir con ella?

—No —respondió de forma automática él, sin pensarlo.

—¿Por qué?

—No lo sé —se sentía de alguna forma acorralado, bajo presión—. Pero no lo haría.

—Pues te voy a decir yo por qué no lo harías. No le preguntarías a él, al mismo Velázquez, qué quería transmitir con la mirada de esa niña, porque te sentirías como un violador.

—¡¿Un violador?! —gritó asombrado.

—Un violador sí —ella se acercó un poco más, lo bastante para que su aliento de tabaco y fresa le rozase el aire respirado—. Un individuo que no respeta la decisión de otro y obra de forma totalmente ajena a ella.

Y entonces él lo entendió.

—Quieres hacerme entender tu frustración porque la gente te pregunte sobre el significado de tus obras —concluyó.

—No pensás que la comparación sea legítima ¿eh? —dijo, traviesa.

—Velázquez fue un pintor del XVII. Tú eres una escritora del XXI —respondió él llanamente—. Aun dejando al margen el asunto de las épocas, pintura y escritura son artes, pero habrás de reconocer que la escritura es más susceptible de ser cuestionada en cuanto a lo que su significado se refiere.

—¿Y eso por qué?

—Porque la pintura es, grosso modo, una imagen, mientras que una creación literaria es un compendio de imágenes escritas en lugar de pintadas.

—Vos mismo estás cayendo en tu propia trampa sonso —dijo con socarronería—. Hablas de literatura como una forma de imagen diferente. Así, si pintura y literatura son distintas vías de imagen, de lo visual, ¿cómo justificas que a una se la conceda el beneficio de la duda en cuanto a su significado y a otra no?

—Cientos de pintores han tenido que pasar por esos interrogatorios sobre el significado de sus obras —se defendió él—. Antes te he puesto a Dalí como ejemplo.

—¡Ah! Pero a Velázquez en un momento no le preguntaban… ¿Sabés esos retratos, como el ecuestre del rey, en los que Velázquez pintaba en el suelo una servilleta en blanco?

—Sí, ¿y qué?

—Ese papel pedía a gritos una firma, pero él no firmaba. ¿Sabés por qué?

—Supongo que todo el mundo que viera la pintura sabría, sin necesidad de firma, quién la había pintado —dijo él, encogiéndose de hombros.

—Exactamente —ella apoyó sus manos sobre el manto verde y suspiró con un deje de melancolía—. Eso es lo que yo quiero. Que mis obras sean tan mías que no me haga falta firmarlas sin caer en la tragedia del anonimato.

Siguió a estas palabras el silencio más prolongado de la tarde. El sol se escondía ya tras el horizonte y el reflejo de sus últimos rayos teñía de calma y solemnidad el parque del Retiro.

—¿Qué es lo que querés tú? —preguntó ella, rompiendo por última vez el silencio.

—A ti.

Niña Velázquez.jpg
Velázquez, Retrato de niña, entre 1640-44.

One response to “La clave

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s