Desvivir

 

Hay personas que nacen para vivir. Son una notable mayoría en comparación con las pocas que nacen para desvivir. Es un término que ella se permite utilizar para descifrar el sentido de su existencia, que desde niña se había visto caracterizado por un incesante ronroneo de inquietudes que en ocasiones perturbaban su normalidad para convertirla en algo extravagante a ojos de los vivientes.

Eran muchas cosas las que acentuaban su tendencia a una sensibilidad exagerada. Con dieciséis años pasaba horas escribiendo ajena al ruido del aula, comandado por incipientes jóvenes todavía sumidos en una caótica adolescencia a la que sin embargo aseguraban haber renunciado. Pasados los años, comenzó a conocerse y, consecuentemente, empezó a entender. Pero el conocimiento no es algo que se alcance; es algo que, tras una vida de dedicación, sólo se puede llegar a atisbar. Ésta fue la base para su posterior creación: la aceptación de la imposibilidad.

Pero volvamos a la idea de “desvivir”. Es curioso cómo un prefijo se convierte en el culpable del nacimiento de la oposición –acaso fuera ésta una de sus constantes y frenéticas reflexiones–. Nada existe sin su opuesto. Y ella no podía dedicarse a desvivir sin saber lo que era vivir: seguir el curso de la humanidad, nacer, crecer, reproducirse y morir, aprender de la vida de forma totalmente pasiva, permitiendo a los acontecimientos derivados del destino convertirse en maestros activos de una insondable y perpetua realidad. Nada podía hacer ella en contra del curso biológico, pero nunca estuvo dispuesta a convertirse en un viviente, esto es, un agente pasivo que se deja hacer por la vida.

Un caluroso día se estaba bañando en el río cuando, de pronto, vio una pequeña hormiga luchando contra la muerte. La cogió con el dedo y la observó, dando por hecho que estaría muerta. Así lo parecía, pero tras unos minutos vio cómo movía una de sus patas. La hormiga se hartó de paciencia, esperando a que la brisa terminase de secar por completo todas y cada una de sus extremidades. El agua la tenía entumecida y era físicamente incapaz de moverse. Al fin, una vez secos sus miembros, la hormiga comenzó a caminar por su brazo y, cuando hubo llegado al dedo índice, ella posó la mano sobre la tierra para verla marchar y camuflarse entre las hojas.

[Han de ser terribles, los incendios. El infierno propiamente concebido por el ser humano. Se alían en ellos el dolor y el miedo y juntan las manos las víctimas llevadas quizás por la desesperación inconsciente, por la idea de que se acerca su fin. Y si sobreviven, bien; y si mueren, bueno; y si sobreviven con daños leves, se tolera la vida; pero si se quedan mediana o totalmente incapaces en algún sentido, tienen que resignarse a vivir sin comprender por qué les ha ocurrido a ellos. A la inversa, el superviviente de una catástrofe se pregunta, aunque agradecido, por qué le ha tocado a él ser salvado. Como se lo preguntó aquella hormiga. Sin obtener respuesta].

Se planteó una idea que nunca antes había enturbiado sus pensamientos. Acababa de detener la última fase del ciclo biológico de aquella hormiga: la muerte. El destino la había situado en ese lugar concreto, en ese momento concreto y la había llevado a sacar del agua una hormiga entre cientos o miles de las que todos los días mueren ahogadas en ese rincón. Fue en ese preciso instante cuando se consagró a desvivir.

Una persona dedicada a vivir jamás habría hecho algo así de manera totalmente consciente y premeditada; acaso quizás como fruto del aburrimiento o la curiosidad, pero no de modo que todos sus sentidos estuviesen únicamente centrados en esa salvación. Y esto era así –pensaba ella tras el rescate– porque las personas que vivían lo hacían con esa irritante pasividad que caracteriza a los seres humanos, mientras que ella desvivía, ya que se convertía en agente activo de todo aquello que le rodeaba.

He aquí una de sus muchas contradicciones: ella vinculaba la acción de vivir con la pasividad, mientras que la de desvivir, la relacionaba necesariamente con la actividad… Cabe hacer en este punto un inciso con el fin de aclarar la idea que la lectora, o el lector, está maquinando en su cabeza en estos instantes. Quizás piense que el término “desvivir” haya de estar en relación con la actividad al hacer referencia, etimológicamente, a la muestra de un tremendo interés hacia algo. No obstante, ella no se desvivía; ella desvivía. Son cosas muy diferentes y que no han de conducir a error. A veces, el abismo está en el pronombre.

***

Los vencejos son aves de temporada que anuncian el avance de la primavera. Eran una de las cosas con las que ella más desvivía. Se perdía en sus cantos y, cuando éstos se oían por primera vez, se detenía allí donde estuviese para rozar ese sonido que la traspasaba hasta regiones insospechadas de su ser. Como parte de sus contradicciones, se sentía identificada con esas aves que eran su representación audiovisual de las temporadas anuales que más aborrecía.

***

Llegó un momento en que se dio cuenta de que, debido al curso de la vida, debía enmascararse. Así, simuló que se dedicaba a vivir en presencia de vivientes, haciéndose pasar por una más. En ocasiones era fácil, incluso disfrutaba con ello, pues la paz de la que no podía gozar acompañada de su soledad aparecía como una antigua amiga que acaso conoció en su más tierna infancia. Sin embargo, esto le llevó a ser percibida como un espécimen fuera de lo normal, contradictorio, ambiguo, turbiamente indefinido en su persona. Pero esto no supuso para ella un problema, pues se aceptaba a sí misma tal como era, a pesar de odiarse en circunstancias en las que esa máscara de viviente casi la transformaba en tal cosa, pasando la actuación a ser una auténtica incógnita para sí misma.

Fue entonces cuando sucumbió a una intranquilidad ingobernable. Había llegado a un lugar tan plácido en su arte de disfrazarse, que ya no podía estar segura de bajo qué presencia de su espíritu se sentía realmente feliz, aun considerando la imposibilidad de alcanzar la onírica felicidad absoluta. ¿Acaso no había disfrutado de numerosos momentos bajo la máscara de vivir? ¿Y es que acaso no había estado cerca de la autodestrucción en varios momentos de su apacible, aunque terrible, desvivir?

Desde el principio ella asumió que su consagración a la desvivencia suponía el rechazo a su libertad como individua. Su vida jamás estaría encaminada a finalizar registros preestablecidos mediante actos socialmente aprobados. Su vida nunca se regiría por la tranquilidad nacida de la existencia pasiva. Y, no obstante, allí estaba, replanteándose su existencia, prevista desde hacía años como un mar de olas indomables, catastróficas, apoteósicas.

Y es que cuando se sorbe un poco de sencillez, es difícil luchar por retornar a la complejidad del pensamiento, pues lo simple lleva implícita la comodidad y ésta, a su vez, la calma.

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Panofsky, Meaning in the visual arts, 1955: “Arte es todo objeto que fabricado por el hombre reclama ser estéticamente experimentado”.

Panofsky era un ser extraño. Posiblemente un desvividor. Llevo tiempo escribiendo un ensayo sobre Arte, sobre su inasequible definición. Es realmente difícil recluir –y sí, esa es la palabra que busco– mi conocimiento en unas líneas. Así que aplazaré ese momento de imaginaria perfección para otra ocasión.

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Posponer todo aquello que seduce, todo aquello que deleita en sumo grado; desgranar cada momento en mil pedazos para darle a cada uno una interpretación individualizada que pueda terminar formando un sentido deseado; romper en un terrible llanto por el miedo a la novedad; reír de alegría ante lo conocido y seguro; preguntarse el porqué de todo; el porqué de nada… ¿Qué hay en nosotros, los jóvenes, que tenemos ese ansia viva por prosperar, por sentir de corazón aquello que nos apasiona, por llevarlo a sus máximas consecuencias? Los más mayores dicen que lo que tenemos es juventud; pero en mi juventud, lo que creo que tenemos es ignorancia. Esa misma que nos permite soñar.

David - Psyche Abandoned.jpg
Jacques-Louis David, Psique abandonada, ca. 1795.

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