Doblando la esquina

 

Me resulta extraño pensar que sólo han pasado cuatro años desde aquello y que, en consecuencia, yo tenía veintidós. Me resulta extraño porque tengo la impresión de que han pasado muchos más y de que la niña que experimentó aquella sensación de congoja y ansiedad está muy lejos de la mujer que soy ahora. Es extraordinario pensar en cómo un acontecimiento a primera vista inofensivo e intrascendente puede marcar un antes y un después en nuestra vida o, quizás mejor, en nuestra percepción de la vida.

***

Aquel día sonó el teléfono. En estos tiempos en los que prácticamente todo el mundo tiene un móvil, creo que todos temblamos de expectación y miedo ante ese sonido, ya casi desconocido y normalmente anunciador de desgracias. Aparté este pensamiento de mi cabeza y reuní fuerzas para hacer frente a lo que en otros tiempos adquiría connotaciones tan diferentes.

—¿Sí? —pregunté casi con timidez.

—Buenos días —respondió la amable voz de una señora cuyo acento no supe identificar—. Querría hablar con Cecilia.

—Claro, un momento.

Alcancé el teléfono a mi abuela. Tuvieron que transcurrir esos segundos de rigor durante los que se prolonga un poco la duda hasta que al final una anciana de ochenta y cuatro años con problemas de oído comprende con quién está hablando y emite un grito de alegría. Entonces pude resoplar de alivio. Fui a la cocina a preparar la comida y lo hice mientras escuchaba a ratos las palabras de mi abuela; no recuerdo todas con exactitud, pero algunas fueron “qué alegría me das” y “aquí te espero”. Su excitación era contagiosa y no pude evitar sonreír.

Cuando terminó la conversación, mi abuela me llamó para mitigar mis dudas sobre tan inesperado acontecimiento. Hago aquí un inciso para deleitarme describiéndoles a mi abuela en el momento en que va a anunciar algo: aunque creo que lo hace inconscientemente, aprieta los labios y arruga sus comisuras, anticipando ya con ese gesto que la noticia es importante; acto seguido, anuncia al protagonista del acontecimiento, en este caso su amiga de Venezuela, Rosita. Es entonces cuando aprovecha la excusa de su avanzada edad para relamerse con la espera y crear expectación en el oyente, que en ese momento era yo.

Prosigo con la historia. La señora que hizo sonar el temido teléfono era Rosita, que en tiempos fue una de las mejores amigas de Cecilia –mi abuela–. Aprovechando la explicación de la llamada, se detuvo en relatarme pormenorizadamente la vida de la tal Rosita, pero con su permiso me reservo los detalles, algunos de los cuales no son particularmente agradables. Baste decir que vivía en el mismo barrio que mi abuela hasta que sus circunstancias le llevaron a decantarse por vivir en Venezuela. De esto hacía, por entonces, sesenta años.  Resulta que la señora estaba en Madrid y, a pesar de su avanzada edad, se había decidido por visitar esta ciudad que la vio nacer y crecer, quizás por última vez. Por supuesto, no podía visitar dicha ciudad sin visitar también a su vieja amiga.

—Me ha dicho que vendrá sobre las cinco— me comentó una Cecilia con una imborrable sonrisa—. Estarás en casa, ¿no?

—Claro —le prometí. Creo que no me habría perdido ese reencuentro por nada del mundo.

 

La vida nos otorga lecciones que pueden resultar preciosas y terroríficas al mismo tiempo. Aquel día recibí una de ellas. Analizar el efecto que tiene la ruptura de la rutina en las personas mayores me resulta un ejercicio extraordinario y lo desempeño con cierta frecuencia. Una llamada ocasional, una visita de parientes cercanos, un día especial en la vida del nieto o la nieta… pequeñas cosas que trastocan la permanente rutina del anciano y que le dan fuerzas para seguir teniendo deseos de sentir el mundo. En mi juventud, creo que cuando se es anciano cualquier pequeño acontecimiento se convierte en grande. Imagínense lo que supondría para ellos un reencuentro con una amistad de antaño tras haber transcurrido entre ambos años, y años, y años.

***

Cuando llegó del trabajo, mi padre experimentó el mismo proceso que había vivido yo hacía unas horas. Ya saben: labios apretados, comisuras arrugadas, anuncio del personaje y expectación previa a la noticia. Tremendo. Al igual que yo, sobrevivió al anuncio y terminó apoderándose de él –o al menos, eso creo– una profunda sensación de ternura.

A las cuatro y media, mi abuela me llamó para hacerme una petición extraña, al menos para aquellos que no estén familiarizados con ella:

—Hija, en media hora llega Rosita. ¿Por qué no te recoges el pelo hacia atrás? Estás tan guapa con el pelo recogido…

Mi abuela pide muy pocas cosas. Pide tan pocas cosas que a veces me pregunto si conoce el concepto de egoísmo. Por eso, cuatro años después, me reprocho la que fue mi respuesta:

—¡Abuela! —exclamé molesta—. ¡No empieces con la coleta!

—Pero hija… ¿qué más te da? Si no te cuesta nada…

Enfurruñada, me marché a mi habitación. Fue en ese instante cuando me planteé el primer conflicto del día. Lo más curioso fue el proceso que experimentó mi reflexión:

A las 16.35:

—¿Por qué tiene mi abuela esa obsesión con que me recoja el pelo? —pensaba mientras daba vueltas por la habitación—. Sabe que a mí me encanta llevarlo suelto… Parece que siempre quiere llevarme la contraria.

A las 16.45:

—Bueno, da igual. No se va a acabar el mundo si me dejo el pelo suelto, que además es como a mí me gusta llevarlo.

A las 16.50 sonó el telefonillo. Mi padre abrió la puerta: era Rosita. Gritos de sorpresa y alegría. Sonoros besos. Voces quebradas por el recuerdo. Por la nostalgia.

A las 16.55 me metí en el baño. Me cepillé el pelo hasta quitarle todos los rizos y me lo peiné hacia atrás a conciencia, fijándolo con agua y gomina. Después fui al salón y me presentaron a Rosita. Recuerdo la mirada de satisfacción de mi abuela: ella nunca me dio las gracias por recogerme el pelo; yo nunca le pedí perdón por no haberle concedido antes ese modesto e insignificante regalo.

No recuerdo por cuánto tiempo se prolongó esa reunión basada en el reencuentro. Sí recuerdo que fue bastante agradable. Rosita y yo nos caímos bien. Supongo que yo le gusté por ser la nieta de su amiga de antaño; supongo que ella me gustó a mí por ser la persona que hizo tan feliz a mi abuela aquel día. Los temas fueron variados, intrascendentes pero suficientes para la puesta en común del tiempo pasado, presente y futuro. Creo recordar que hubo un momento en el que hablamos de política. Recibí consejos de personas experimentadas en el ejercicio de la vida y recibí también felicitaciones por mis escasos logros, por mis buenos actos, todos ellos reivindicados por una orgullosa abuela.

Pero lo que realmente me cambió por completo fue el segundo y último conflicto que sufrí aquel día y que, a diferencia del primero, no recibió por mi parte una tregua para ser pensado. Fue la despedida. Pero no la previa: abrazos, besos, palabras… Eso podría haberlo soportado. Fue la despedida final, esa en la que no median las palabras, ni los besos, ni los abrazos. Cuando Rosita se marchó, mi abuela me cogió del brazo y me llevó hasta el umbral de la puerta. En silencio vimos cómo se alejaba Rosita. En un acto involuntario, miré de reojo a mi abuela y me detuve en sus ojos. Tenían brillo de adiós. Pero no de adiós hasta pronto. Brillaban de adiós para siempre.

 Rosita se perdió tras la primera esquina que doblaba la calle. No hemos vuelto a verla.

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Velázquez, Cristo en casa de Marta y María, 1618.

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