El nombre de la rosa

Puede que sea ésta una de mis reseñas más ambiciosas, pues empiezo advirtiendo que es realmente difícil hacer justicia a alguien como Umberto Eco (1932-2016), especialmente si lo que se ha de reseñar es una obra como El nombre de la rosa. Sencillamente, no se me ocurre ningún tipo de lector a quien pueda no gustarle.

Procuraré, en la medida de lo posible, no desvelar partes importantes de la trama, pero no querría comenzar sin decir que la introducción sólo será resuelta una vez que hayamos llegado al final y acudamos a las apostillas[1]. Destaco este hecho para prevenir de que Eco sabe jugar desde el principio con la credibilidad de sus lectores, lo que obviamente tendrá sus máximas consecuencias a lo largo de la historia que nos ofrece.

Soy bastante reacia a hacer comentarios a las versiones cinematográficas de mis lecturas, pero creo que en este caso merece la pena hacerlo por dos razones: la primera, porque es muy posible que haya muchos buenos lectores que hayan visto la película y, sin embargo, no hayan leído la novela; la segunda, porque siempre ha sido una de mis películas predilectas y, aunque no ha dejado de serlo ahora, la novela ha superado con creces mis propias expectativas, lo que no suele ser habitual. Insisto –y estaréis de acuerdo conmigo– en que a quienes a nos apasiona la lectura siempre tendemos a apreciar más la obra escrita, sencillamente porque es mejor (¿para qué negarlo?). La novela de El nombre de la rosa no sólo es mejor. Es perfecta. Por tanto, aconsejo a todo quien haya visto la película que no se amedrente ante este hecho, pues os aseguro que si leéis la novela, vuestras expectativas se verán recompensadas extraordinariamente.

Pero ahora toca justificar todas estas bellas palabras.

Religión y filosofía. Dos hermanas sin las que no podremos entender El nombre de la rosa. En el invierno de 1327, un novicio de la orden Benedictina, Adso de Melk, acompaña a su maestro franciscano, Guillermo de Baskerville, a una abadía benedictina en el norte de Italia, cuya notoria fama se debe a la biblioteca que aguarda en su interior. Guillermo deberá organizar una reunión entre los delegados del Papa[2] y los líderes de su orden, esto es, los franciscanos. La reunión es delicada, pues tiene por objeto discutir una presunta herejía promovida por los espirituales[3] en relación con la pobreza apostólica[4]. El buen término de esta reunión se verá amenazado por una serie de muertes que los monjes relacionan con un pasaje del Apocalipsis[5]. Guillermo, con la inestimable ayuda de su discípulo, se afanará en encontrar una explicación científica a las muertes, impulsado por un escepticismo que le lleva a convertirse en un hombre adelantado a su tiempo. El desenlace vendrá acompañado de un fanatismo religioso que se vale de tanta muerte para destruir un libro que se creía irremisiblemente perdido: la Poética[6].

La novela es un fiel reflejo de la vida de los monjes en la abadía, lo que Eco subraya con la división horaria de la vida monacal y aprovecha, a su vez, para dividir los capítulos en los siete días durante los que se desarrolla la trama, y éstos en las correspondientes horas canónicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas[7]. Hay que tener en cuenta que ya con esta estructura, el lector queda totalmente inmerso en la abadía, convirtiéndose quizás en un observador de los acontecimientos que se suceden. Éste es, en mi opinión, uno de los más extraordinarios recursos de Umberto.

Veréis que el autor hace en ocasiones uso del latín. Esto es algo que advierte desde el principio y justifica diciendo:

“Por último, me preguntaba si, para conservar el espíritu de la época, no sería conveniente dejar en latín aquellos pasajes que el propio abate Vallet no juzgó oportuno traducir. La única justificación para proceder así podía ser el deseo, quizá errado, de guardar fidelidad a mi fuente… He eliminado lo superfluo pero algo he dejado”[8].

No obstante, entre las páginas 719 y 734 tenéis la traducción de todos y cada uno de estos pasajes. Yo no me di cuenta hasta el final.

Poco puedo decir sobre la calidad literaria de Umberto Eco: la narración es exquisita y creo verdaderamente que tiene un poder especial para introducir al lector en la obra, lo que no siempre es fácil, más tratándose de una narración que lleva de telón de fondo un trasunto filosófico tan importante.

La figura de Adso es entrañable, pues se convierte en la máxima expresión de la inocencia y encarna, además, esa predisposición –tan propia de la juventud– a ser de utilidad. Su afán por aprender de su maestro refleja a la perfección su carácter humilde, mientras que la rosa sin nombre se convertirá en el punto de fuga del que partirá una decisión que marcará su vida para siempre.

Por su parte, Guillermo de Baskerville es un personaje de inteligencia, perspicacia e intuición asombrosas; si a ello se le suma esa tendencia al escepticismo que antes mencionaba, ese carácter científico que intenta aplicar a todas sus pesquisas, y un corazón honrado (que no humilde) y dispuesto a amar, el resultado no puede ser otro sino el perfecto ejemplo en el que a todos nos gustaría vernos reflejados, al menos en la mayoría de los sentidos.

Me obligo a terminar ya, pues podría escribir una novela sobre la novela, y no creo que ese deba ser –al menos por ahora– mi propósito. Sí me gustaría hacer hincapié en una reflexión que desarrolla Guillermo alrededor de una serie de acontecimientos casuales que ocurren al tiempo que algunas muertes y que, como finalmente descubre, nada tienen que ver con el origen de éstas.

Desde el principio, Guillermo quiere encontrar el orden en el caos y se afana en hacerlo utilizando un método de causa-consecuencia. No obstante, terminará admitiendo que el orden no existe, pues muchos descubrimientos han sido casuales o, sencillamente, no han sido de ayuda para explicar ciertos hechos. Creo que no se puede llegar al fondo de esta novela sin tener presente esta especie de aceptación interior por parte del franciscano.

En las apostillas del final, Umberto da una clase magistral sobre el papel desempeñado por un escritor, sobre cómo se construye una historia y sobre otras cuestiones como las de la elección del título de su novela.

No sólo he leído El nombre de la rosa, sino que ha pasado a formar parte de mi escueta lista de relecturas obligadas. Creo que no se puede decir nada más grande de un libro.

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”[9].

Eco, El nombre de la rosa.JPG
Fotografía: Ana Fernández

Umberto Eco, El nombre de la rosa, Debolsillo, 2017 (1980), 782 páginas.

 

NOTAS:

[1] “Acotación que comenta, interpreta o completa un texto”, Diccionario de la Real Academia Española (RAE): https://dle.rae.es/?w=diccionario

[2] Juan XXII, cabeza de la Iglesia Católica entre 1316 y 1334.

[3] Los espirituales eran una rama de la orden franciscana que defendía el más rígido cumplimiento de la Regla de San Francisco de Asís (ca. 1181/82-1226).

[4] La Orden Franciscana se basaba en la pobreza, lo que evidentemente atentaba contra los intereses de la propia Iglesia Católica.

[5] Último libro del Nuevo Testamento.

[6] En su Poética (335 a.C.-323 a.C.), Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.) desarrolla una reflexión estética sirviéndose de la tragedia como punto de partida.

[7] Aunque al principio de la novela se incluye una nota en la se aclaran estos horarios, me tomo la licencia de incluirlos en la reseña para mejor comprensión: maitines (entre las 2.30 y 3 de la noche), laudes (entre las 5 y las 6 se la mañana), prima (hacia las 7.30 de la mañana), tercia (hacia las 9 de la mañana), sexta (a mediodía), nona (entre las 2 y las 3 de la tarde), vísperas (hacia las 4.30 de la tarde) y completas (hacia las 6 de la tarde).

[8] Umberto Eco, El nombre de la rosa, Debolsillo, 2017 (1980), página 14.

[9] “De la rosa nos queda únicamente el nombre”, Umberto Eco, op.cit., p. 713.

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