Jane Eyre

Bastante fría me ha dejado esta obra de Charlotte Brönte (1816-1855), especialmente si la comparamos con las magníficas Cumbres borrascosas de su hermana Emily (1818-1848). Sin embargo, no es justa la comparación en una reseña, menos tratándose de dos mentes tan distantes, a pesar de su parentesco.

La historia es narrada por quien le da título a la novela, la joven Jane Eyre, huérfana que a los diez años permanece bajo la tutela de su tía, la señora Reed. La niña, con unas carencias afectivas tremendas y que recibe un odio considerable por parte de su obcecada tía, así como de sus primos, termina siendo internada en la escuela para niñas Lowood, donde pasará seis años como alumna y dos como maestra, tras los cuales decidirá dar un giro a su vida y convertirse en institutriz particular en la mansión Thornfield, donde instruirá a Adèle Varens, niña de ocho años que está bajo la custodia del dueño de la mansión: el señor Rochester. Una de las criadas, Grace Poole, será el origen de una serie de acontecimientos de apariencia sobrenatural que terminarán por aclararse bien avanzada la trama, cuando a Jane, que está a punto de contraer matrimonio con el señor Rochester, le es revelada la verdad: él está casado con la hermana de su amigo, Bertha Manson, pero Grace Poole lleva años cuidando de ella porque está loca. Eyre, mujer de intachables principios, decide que lo correcto es renunciar a su amor por Rochester, por lo que abandona la mansión y, tras una serie de obstáculos, encuentra a tres parientes que hasta entonces le eran desconocidos: dos primas y un primo, algo que averiguan gracias a la herencia que recibe Jane de un tío al que nunca conoció y que ella repartirá a partes iguales con sus primos. Su primo St. John es un párroco obsesionado con la idea de partir a la India para mejorar la vida de las personas bajo el yugo del cristianismo y la pide en matrimonio para que le acompañe. Ella le rechaza repetidas veces hasta que una noche escucha en la lejanía la voz de Rochester y decide partir en su busca, pues presiente que algo ha ocurrido.

Podría proseguir y terminar la síntesis con un par de líneas, pero no querría desvelar el final, así que me dispongo ya a analizar aspectos más formales dentro de la obra.

Para empezar, Charlotte no sorprende con su estilo, pues es lo que cabría esperar de una escritora del siglo XIX: una narración correcta, ordenada e insufriblemente recargada. Es la perfecta encarnación de un romanticismo de sentimentalidad excesiva:

“Yo mismo pondré en tu cuello el collar de brillantes y en tu frente la diadema que te sentará como hecha para ti, porque en tus sienes, Jane, la naturaleza imprimió la marca de la nobleza; abrocharé las pulseras en tus delicadas muñecas y llenaré de anillos esos dedos tuyos de hada” (p. 406).

“Nunca he conocido a nadie como tú, Jane, a nadie. Me gustas y me dominas. Da la impresión de que te doblegas y me complace esa aparente sumisión, pero de repente, cuando estoy enroscando en mis dedos un suave y sedoso mechón de tu pelo, éste despide una corriente eléctrica que me recorre el brazo y me llega al corazón. Me has conquistado, estoy entregado a tu influjo, tan dulce que no puede expresarse con palabras” (p. 408).

Como veis, estas palabras que le dirige el señor Rochester a Jane son asquerosamente bonitas. Este tono recargado, pomposo y exageradamente emotivo, os acompañará a lo largo de las setecientas páginas a las que os enfrentáis. Pero por favor, no creáis que con esto pretendo degradar la calidad literaria de Charlotte; sólo quiero aclarar el tipo de romanticismo literario al que acudimos con Jane Eyre y que –como explicaré al final– dista mucho del que podemos ver en su hermana Emily.

Quiero destacar los tres puntos de inflexión que considero se producen en la vida de Jane: el primero, ese momento en el que inicia una nueva vida en la escuela Lowood; el segundo, cuando decide tomar las riendas de su vida para comenzar a valerse por sí misma; el tercero, cuando conoce al señor Rochester.

Creo que podríamos extraer otros a partir del tercero e incluso habrá quien opine que el tercer punto de inflexión no sea el momento en que conoce a Rochester, sino el instante en el que él confiesa su amor por ella. Yo discrepo: todos y cada uno de los actos que emprenderá la joven Jane desde que conoce a su señor, estarán movidos con el fin de corresponderle de alguna manera, ya sea para mostrarle su determinación como mujer (al principio), ya sea para responderle al amor que la profesa (más adelante).

Es interesante partir de estos tres momentos para poder ver la evolución emocional en la protagonista: si bien desde que se revela contra su tía, Jane demuestra que no es una joven que se deje intimidar por sus superiores, este carácter irá cobrando forma a medida que se tope con la necesidad o el simple deseo de tomar decisiones trascendentales.

Desde el principio se nos muestra como una mujer de inamovibles principios y será precisamente gracias a ellos (o por su culpa) por los que la trama siga un sendero de dolor y pérdida.

No me gustó el modo en que Charlotte definió el personaje de St. John, pues me parece demasiado similar al de Rochester. Es cierto que mientras la frialdad y dureza del primero se mantiene de principio a fin insoslayable, la del segundo termina derrumbándose gracias al amor que siente por la joven. Sin embargo, ese carácter huraño, distante, ciertamente insondable y enigmático, se repite en ambos hombres y creo que esto es motivo suficiente para considerar una ligera falta de originalidad a la hora de trazar los dos personajes masculinos trascendentes en la obra.

Sí me han gustado sin embargo algunas reflexiones interiores de Eyre y que expresan muy bien lo que siente en cada momento, como podría ser la que se desarrolla a propósito comportamiento de St. John, quien quiere torturarla psicológicamente para que termine cediendo a la propuesta de matrimonio:

“A él no le dolía nuestro distanciamiento ni ansiaba la reconciliación. Algunas lágrimas mías que más de una vez cayeron sobre la página que examinábamos juntos no le impresionaron más que si su corazón hubiera sido realmente de piedra o bronce” (p. 640).

Para terminar, diré que sin duda ésta es una novela grata para personas a quienes les guste ese romanticismo del que antes hablaba. Nada que ver con el otro romanticismo, el que a mí me gusta y me enloquece, ese al que debió sucumbir Emily Brönte para escribir Cumbres borrascosas, novela de la que os prometo que haré la reseña, no sólo con ganas sino con verdadera admiración. Y es que mientras Charlotte se ha dejado conquistar por las palabras, Emily se deja llevar por el espíritu del siglo XIX, ese mismo que nos habla de libertad y sentimientos sí, pero también de vida y muerte, amor y desamor, belleza y fealdad.

 

Brönte, Ch., Jane Eyre.JPG
Fotografía: Ana Fernández

Charlotte Bronte, Jane Eyre, Signo editores, 2008 (1847), 702 páginas.

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