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Abuelo

 

 

Te fuiste

y te seguía poniendo

un cubierto en la mesa

y me seguía asomando

a tu bar favorito

y me colaba en tu pieza

para robarte bombones.

 

Tus cubiertos

adornaban la mesa

tu bar favorito

era uno entre miles

y tu cajón de bombones

estaba vacío.

 

Ahora

ya no te pongo

un cubierto en la mesa

pero me sigo asomando

a tu bar favorito

y te sigo pensando

al comer tus bombones.

 

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Domenico Ghirlandaio, Un anciano con su nieto, 1490.

Con tu permiso

 

Permíteme beberte

cuando acabe el día

mientras miran

los sedientos

 

permíteme herirte

que el dolor perdura

cuando se esfuma

la alegría

 

permite

a tus temores

noches infinitas

 

permite

a tu amanecer

que se retrase.

 

Ángel caído.jpg
Fotografía: Ana Fernández Ortega ©

Desvivir

 

Hay personas que nacen para vivir. Son una notable mayoría en comparación con las pocas que nacen para desvivir. Es un término que ella se permite utilizar para descifrar el sentido de su existencia, que desde niña se había visto caracterizado por un incesante ronroneo de inquietudes que en ocasiones perturbaban su normalidad para convertirla en algo extravagante a ojos de los vivientes.

Eran muchas cosas las que acentuaban su tendencia a una sensibilidad exagerada. Con dieciséis años pasaba horas escribiendo ajena al ruido del aula, comandado por incipientes jóvenes todavía sumidos en una caótica adolescencia a la que sin embargo aseguraban haber renunciado. Pasados los años, comenzó a conocerse y, consecuentemente, empezó a entender. Pero el conocimiento no es algo que se alcance; es algo que, tras una vida de dedicación, sólo se puede llegar a atisbar. Ésta fue la base para su posterior creación: la aceptación de la imposibilidad.

Pero volvamos a la idea de “desvivir”. Es curioso cómo un prefijo se convierte en el culpable del nacimiento de la oposición –acaso fuera ésta una de sus constantes y frenéticas reflexiones–. Nada existe sin su opuesto. Y ella no podía dedicarse a desvivir sin saber lo que era vivir: seguir el curso de la humanidad, nacer, crecer, reproducirse y morir, aprender de la vida de forma totalmente pasiva, permitiendo a los acontecimientos derivados del destino convertirse en maestros activos de una insondable y perpetua realidad. Nada podía hacer ella en contra del curso biológico, pero nunca estuvo dispuesta a convertirse en un viviente, esto es, un agente pasivo que se deja hacer por la vida.

Un caluroso día se estaba bañando en el río cuando, de pronto, vio una pequeña hormiga luchando contra la muerte. La cogió con el dedo y la observó, dando por hecho que estaría muerta. Así lo parecía, pero tras unos minutos vio cómo movía una de sus patas. La hormiga se hartó de paciencia, esperando a que la brisa terminase de secar por completo todas y cada una de sus extremidades. El agua la tenía entumecida y era físicamente incapaz de moverse. Al fin, una vez secos sus miembros, la hormiga comenzó a caminar por su brazo y, cuando hubo llegado al dedo índice, ella posó la mano sobre la tierra para verla marchar y camuflarse entre las hojas.

[Han de ser terribles, los incendios. El infierno propiamente concebido por el ser humano. Se alían en ellos el dolor y el miedo y juntan las manos las víctimas llevadas quizás por la desesperación inconsciente, por la idea de que se acerca su fin. Y si sobreviven, bien; y si mueren, bueno; y si sobreviven con daños leves, se tolera la vida; pero si se quedan mediana o totalmente incapaces en algún sentido, tienen que resignarse a vivir sin comprender por qué les ha ocurrido a ellos. A la inversa, el superviviente de una catástrofe se pregunta, aunque agradecido, por qué le ha tocado a él ser salvado. Como se lo preguntó aquella hormiga. Sin obtener respuesta].

Se planteó una idea que nunca antes había enturbiado sus pensamientos. Acababa de detener la última fase del ciclo biológico de aquella hormiga: la muerte. El destino la había situado en ese lugar concreto, en ese momento concreto y la había llevado a sacar del agua una hormiga entre cientos o miles de las que todos los días mueren ahogadas en ese rincón. Fue en ese preciso instante cuando se consagró a desvivir.

Una persona dedicada a vivir jamás habría hecho algo así de manera totalmente consciente y premeditada; acaso quizás como fruto del aburrimiento o la curiosidad, pero no de modo que todos sus sentidos estuviesen únicamente centrados en esa salvación. Y esto era así –pensaba ella tras el rescate– porque las personas que vivían lo hacían con esa irritante pasividad que caracteriza a los seres humanos, mientras que ella desvivía, ya que se convertía en agente activo de todo aquello que le rodeaba.

He aquí una de sus muchas contradicciones: ella vinculaba la acción de vivir con la pasividad, mientras que la de desvivir, la relacionaba necesariamente con la actividad… Cabe hacer en este punto un inciso con el fin de aclarar la idea que la lectora, o el lector, está maquinando en su cabeza en estos instantes. Quizás piense que el término “desvivir” haya de estar en relación con la actividad al hacer referencia, etimológicamente, a la muestra de un tremendo interés hacia algo. No obstante, ella no se desvivía; ella desvivía. Son cosas muy diferentes y que no han de conducir a error. A veces, el abismo está en el pronombre.

***

Los vencejos son aves de temporada que anuncian el avance de la primavera. Eran una de las cosas con las que ella más desvivía. Se perdía en sus cantos y, cuando éstos se oían por primera vez, se detenía allí donde estuviese para rozar ese sonido que la traspasaba hasta regiones insospechadas de su ser. Como parte de sus contradicciones, se sentía identificada con esas aves que eran su representación audiovisual de las temporadas anuales que más aborrecía.

***

Llegó un momento en que se dio cuenta de que, debido al curso de la vida, debía enmascararse. Así, simuló que se dedicaba a vivir en presencia de vivientes, haciéndose pasar por una más. En ocasiones era fácil, incluso disfrutaba con ello, pues la paz de la que no podía gozar acompañada de su soledad aparecía como una antigua amiga que acaso conoció en su más tierna infancia. Sin embargo, esto le llevó a ser percibida como un espécimen fuera de lo normal, contradictorio, ambiguo, turbiamente indefinido en su persona. Pero esto no supuso para ella un problema, pues se aceptaba a sí misma tal como era, a pesar de odiarse en circunstancias en las que esa máscara de viviente casi la transformaba en tal cosa, pasando la actuación a ser una auténtica incógnita para sí misma.

Fue entonces cuando sucumbió a una intranquilidad ingobernable. Había llegado a un lugar tan plácido en su arte de disfrazarse, que ya no podía estar segura de bajo qué presencia de su espíritu se sentía realmente feliz, aun considerando la imposibilidad de alcanzar la onírica felicidad absoluta. ¿Acaso no había disfrutado de numerosos momentos bajo la máscara de vivir? ¿Y es que acaso no había estado cerca de la autodestrucción en varios momentos de su apacible, aunque terrible, desvivir?

Desde el principio ella asumió que su consagración a la desvivencia suponía el rechazo a su libertad como individua. Su vida jamás estaría encaminada a finalizar registros preestablecidos mediante actos socialmente aprobados. Su vida nunca se regiría por la tranquilidad nacida de la existencia pasiva. Y, no obstante, allí estaba, replanteándose su existencia, prevista desde hacía años como un mar de olas indomables, catastróficas, apoteósicas.

Y es que cuando se sorbe un poco de sencillez, es difícil luchar por retornar a la complejidad del pensamiento, pues lo simple lleva implícita la comodidad y ésta, a su vez, la calma.

***

Panofsky, Meaning in the visual arts, 1955: “Arte es todo objeto que fabricado por el hombre reclama ser estéticamente experimentado”.

Panofsky era un ser extraño. Posiblemente un desvividor. Llevo tiempo escribiendo un ensayo sobre Arte, sobre su inasequible definición. Es realmente difícil recluir –y sí, esa es la palabra que busco– mi conocimiento en unas líneas. Así que aplazaré ese momento de imaginaria perfección para otra ocasión.

***

Posponer todo aquello que seduce, todo aquello que deleita en sumo grado; desgranar cada momento en mil pedazos para darle a cada uno una interpretación individualizada que pueda terminar formando un sentido deseado; romper en un terrible llanto por el miedo a la novedad; reír de alegría ante lo conocido y seguro; preguntarse el porqué de todo; el porqué de nada… ¿Qué hay en nosotros, los jóvenes, que tenemos ese ansia viva por prosperar, por sentir de corazón aquello que nos apasiona, por llevarlo a sus máximas consecuencias? Los más mayores dicen que lo que tenemos es juventud; pero en mi juventud, lo que creo que tenemos es ignorancia. Esa misma que nos permite soñar.

David - Psyche Abandoned.jpg
Jacques-Louis David, Psique abandonada, ca. 1795.

La clave

 

—Tienes que lidiar con eso —dijo él en respuesta a su inquietud. Pasó un largo minuto sin hablar, sumida en vagos pensamientos, por lo que intentó traerla de vuelta, como tantas veces hacía—. ¿Entiendes?

Lo entendía, pero se sentía sola. Ajena a todo lo que le rodeaba, a todo aquello que formaba un mundo del que no se sentía parte. Por qué, no lo sabía.

—Pero ¿es que tú entendés que no es eso lo que yo cuestiono? —ni siquiera quería esforzarse en explicárselo—. Esos no comprenden nada. Querrían que yo escribiera patochadas, banalidades del amor, que es cosa demasiado compleja para violentarla con palabras forzosamente elegidas.

De nuevo, silencio.

—Estoy de acuerdo en que existen dos literaturas —siguió él, intentando penetrar un poco más en ella, como un ratón que intenta quitar el trozo de queso de la trampa sin morirse—. Pero tú debes estar orgullosa. Tu literatura pertenece al tipo que tú quieres. Ese libre y caótico pensamiento tuyo te ha llevado a hacer algo grande, algo trascendente…

—Me querés poner en ridículo ¿eh? —sus ojos se encendieron, acallando al chico—. ¿Trascendente? Flaubert convirtió a una madame cualquiera en Bovary; Dostoievski hizo de un crimen un sufrimiento irrefrenable y terrible; hasta Shakespeare, ese insufrible tópico de dramaturgia, trascendió a su tiempo. Y aquí me tenés a mí, respondiendo a preguntas del tipo ¿qué quería usted decir con eso?

—Que quieran indagar en los significados ocultos de tu obra no significa que no trascienda —rebatió él.

—¿Pero vos no te das cuenta que si me preguntan eso, es precisamente porque no trasciende? —cuando su irritación aumentaba, lo hacía al tiempo el contorno de la vena en su cuello—. A un gran creador no hay que preguntarle qué quiere decir su obra. Hay que dejarle hacer, disfrutarle y dejarle vivir y morir para que deje tras de sí la estela de su misterio.

—¿Acaso crees que a Dalí no le preguntarían, cientos de veces, por el significado de sus obras? —preguntó él con fastidio.

—Pero no sonso, no me vengas ahora con esas.

Llevaban un rato dando un paseo por el parque del Retiro. Esa era la mejor terapia para ella cuando sufría esas crisis de algún modo existenciales y que, para desgracia de él, eran bastante frecuentes. De pronto, en uno de sus habituales arrebatos, giró noventa grados, traspasó unos arbustos y se sentó en la hierba. Se encendió un cigarro y, entonces, se tumbó y se dedicó a contemplar el manto de hojas ofrecido por los árboles. Como una sombra, el siguió sus pasos y se sentó al lado de ella, en silencio.

—Confundís el estilo con el ser —dijo ella después de largo rato—. Como dijo ese que te mencionaba: “¿Ser o no ser? Esa es la cuestión”. La obra de Dalí siempre llevó implícita la ausencia de significado objetivo, probablemente por su eclecticismo.

—En ese caso, te sentirás identificada con él —se arriesgó el joven.

—Sólo en cierto modo —reconoció ella, cuyos ojos recorrían los trazos dibujados por las ramas sobre el cielo—. Me hace gracia su narcisismo, aunque no me gusta para mí. Su arrogancia –que no orgullo– tampoco me atrae. Pero creo saber cómo funcionaba su cabeza. Es trágica…

—¿El qué es trágica? ¿Su cabeza?

—Pero qué no… —ella suspiró, irritada—. Es trágica la inteligencia. La capacidad de reflexión, de pensamiento. Es el origen último del sufrimiento. La puerta eternamente cerrada a la felicidad inconsciente.

—No eres la primera persona en pensar que la ignorancia es sinónimo de felicidad.

—Lo sé —respondió ella—. Pero no podés llegar a imaginar lo real que es ese hecho.

—Siempre te has sentido por encima de mí intelectualmente —no era una pregunta.

—Mira —ella se incorporó de súbito con expresión de incredulidad—. Si dices eso ahora mismo me marcho.

—Corrígeme si me equivoco —dijo él tras reunir una buena dosis de valentía.

—Eres un tonto, y ahora sí que lo sé —estaba convencido de que se levantaría y se iría; incluso hizo amago. Pero entonces un reflejo de ternura apenas perceptible atravesó su rostro y se tumbó de nuevo—. ¿Crees que si así fuese hablaría contigo de todo esto?

Ambos quedaron entonces callados, absortos. Una ardilla los observaba con curiosidad desde una rama cercana. De trasfondo se oían risas de niños y conversaciones llenas de normalidad que él echaba en falta en ciertas ocasiones en las que la extraña personalidad de ella traspasaba el umbral de la tolerancia hasta volverle loco.

—¿Te acordás de la Niña de Velázquez? —preguntó ella de pronto.

—¿Qué niña? —preguntó confuso.

—La niña que vimos en el Prado hace no tanto tiempo, la de la Hispanic Society.

—Ah… Sí, me acuerdo. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada…

—No venga, ¿por qué piensas en ella ahora?

—Creo que los ojos de esa niña son la clave —dijo ella en un susurro.

—La clave ¿de qué? —tras tiempo conociéndola, eran muchas las veces que lograba descifrarla, pero muchas otras moría en el intento y esa tarde no estaba dispuesto a hacerlo.

—¿Vos qué pensás?

—Yo no sé, a veces te entiendo pero otras no.

—Pero no sonso, no te pregunto qué pensás de lo que yo pienso sobre la Niña, sino lo que pensás tú de ella —sus ojos parecían relucir con más intensidad con la última hora del día.

—Bueno, ya sabes lo mucho que me gustó ese retrato —dijo él, no sin cierta confusión—. Me parece de una calidad excelente y creo recordar que ya te comenté que, en mi opinión, la ternura depositada en su trazo me lleva a pensar que fuese pariente del pintor, quizás su nieta.

—Pero y eso ¿qué? —dijo ella, chasqueando acto seguido la lengua a modo de reproche—. No hablo de los parientes del pintor, sino de algo más profundo, más incorpóreo, subjetivo, menos físico… ¿cómo querés que te lo diga?

—Lo único que quieres es que diga lo que dirías tú —dijo él, enfadado.

—No, lo que quiero es que hables sin prisiones, sin conceptos histórico-artísticos preestablecidos, sin que esas influencias corrompan lo que realmente sientes o piensas de Velázquez al ver ese cuadro en concreto.

Siguió otro largo silencio que, en esta ocasión, fue roto por él.

—Creo que cuando dices que sus ojos son la clave, quieres decir que lo es su mirada.

Al oír esas palabras, ella se incorporó, acomodándose para quedar sentada al lado de él. Una sonrisa cálida y en cierto modo traviesa fue el remate para que él se sonrojase ligeramente.

—¿Y de qué es clave para vos? —preguntó ella con un timbre de ilusión en la voz.

—Mi respuesta automática a esa pregunta sería “para conocer a Velázquez”, pero —se apresuró él, a sabiendas de que no era eso lo que ella quería oír— sé que es vaga, casi ordinaria, soez. Creo que la mirada de esa niña, fuese quien fuese, pone de manifiesto la esencia última del pintor.

—¿Y cuál es esa, su esencia? —siguió ella, que cada vez parecía más animada.

Él se quedó callado, pensando a conciencia. La mirada de ella, que él sentía clavada en su rostro, le producía terror y fascinación a partes iguales.

—No creo que las palabras pudiesen hacer justicia a mi respuesta —concluyó él.

Una sonora carcajada triunfal le sacó de su parcial desvanecimiento.

—¿Te das cuenta? —dijo sonriendo; sus dientes eran perlas atrapadas en el mar mágico que era su boca—. Sabés que esa mirada es la clave para conocer la esencia del artista, para comprenderle. Imaginá que le tuvieras delante ahora. ¿Le preguntarías qué significa esa mirada? ¿Qué quiere transmitir con ella?

—No —respondió de forma automática él, sin pensarlo.

—¿Por qué?

—No lo sé —se sentía de alguna forma acorralado, bajo presión—. Pero no lo haría.

—Pues te voy a decir yo por qué no lo harías. No le preguntarías a él, al mismo Velázquez, qué quería transmitir con la mirada de esa niña, porque te sentirías como un violador.

—¡¿Un violador?! —gritó asombrado.

—Un violador sí —ella se acercó un poco más, lo bastante para que su aliento de tabaco y fresa le rozase el aire respirado—. Un individuo que no respeta la decisión de otro y obra de forma totalmente ajena a ella.

Y entonces él lo entendió.

—Quieres hacerme entender tu frustración porque la gente te pregunte sobre el significado de tus obras —concluyó.

—No pensás que la comparación sea legítima ¿eh? —dijo, traviesa.

—Velázquez fue un pintor del XVII. Tú eres una escritora del XXI —respondió él llanamente—. Aun dejando al margen el asunto de las épocas, pintura y escritura son artes, pero habrás de reconocer que la escritura es más susceptible de ser cuestionada en cuanto a lo que su significado se refiere.

—¿Y eso por qué?

—Porque la pintura es, grosso modo, una imagen, mientras que una creación literaria es un compendio de imágenes escritas en lugar de pintadas.

—Vos mismo estás cayendo en tu propia trampa sonso —dijo con socarronería—. Hablas de literatura como una forma de imagen diferente. Así, si pintura y literatura son distintas vías de imagen, de lo visual, ¿cómo justificas que a una se la conceda el beneficio de la duda en cuanto a su significado y a otra no?

—Cientos de pintores han tenido que pasar por esos interrogatorios sobre el significado de sus obras —se defendió él—. Antes te he puesto a Dalí como ejemplo.

—¡Ah! Pero a Velázquez en un momento no le preguntaban… ¿Sabés esos retratos, como el ecuestre del rey, en los que Velázquez pintaba en el suelo una servilleta en blanco?

—Sí, ¿y qué?

—Ese papel pedía a gritos una firma, pero él no firmaba. ¿Sabés por qué?

—Supongo que todo el mundo que viera la pintura sabría, sin necesidad de firma, quién la había pintado —dijo él, encogiéndose de hombros.

—Exactamente —ella apoyó sus manos sobre el manto verde y suspiró con un deje de melancolía—. Eso es lo que yo quiero. Que mis obras sean tan mías que no me haga falta firmarlas sin caer en la tragedia del anonimato.

Siguió a estas palabras el silencio más prolongado de la tarde. El sol se escondía ya tras el horizonte y el reflejo de sus últimos rayos teñía de calma y solemnidad el parque del Retiro.

—¿Qué es lo que querés tú? —preguntó ella, rompiendo por última vez el silencio.

—A ti.

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Velázquez, Retrato de niña, entre 1640-44.