Sobre el rapto

 

Es posible que me detengan las autoridades de Dios, si lo hubiese, tras escribir estas intolerables e injustas líneas. Es posible que después me auto inflija castigos por haber traicionado a la verdad más pura, la que no tiene cabida para las palabras, por mucho que de éstas se diga que bien elegidas son capaces de reclamar la magnificencia más notablemente alcanzada.

Blanco. El más perfecto, y no por ello el más indiscutiblemente puro, a no ser que lo reclame suyo el artista. Que ha habido muchos creadores, que se han tomado el relevo, que han contagiado a los mortales de supremacía al contemplar su obra, esto no se discute. Pero que siempre hay uno que nos toca, que nos atraviesa con una lanza el pecho, tampoco.

El cuerpo humano es en sí mismo una bella obra digna de contemplar y capaz de dejarnos sin aliento. Tiene un lenguaje propio estrictamente visual y universal, rasgo éste último difícil de alcanzar en los tiempos que nos toca vivir.

Cuando un pie, digamos por ejemplo el izquierdo, está firmemente apoyado sobre suelo sólido y llano, sentimos una seguridad que sólo podría ser anulada si el otro pie quedase precariamente apoyado, apenas con las puntas de sus dedos, sobre una ínfima porción de tierra. Bajo esta imagen, ésta nuestra seguridad se tambalea hasta que nos sentimos verdaderamente vulnerables. A esta vulnerabilidad hay que sumarle una palabra que en su misma esencia nos lleva a formar parte intrínseca de ella: tensión. Bajo esta visión que estamos construyendo, nuestros músculos terminan por marcarse en nuestra carne, casi como dibujados, oprobiosos de nuestra estabilidad, de nuestro equilibrio. Así, el peso se cierne casi totalmente sobre ese pie izquierdo del que, en última instancia, depende todo lo demás.

Son hermosos, los músculos. Especialmente cuando los violenta esa tensión tan frecuente y necesaria en nuestra naturaleza. Pero a este ejercicio de visualidad a través del lenguaje escrito que estamos desarrollando, cabe ir añadiéndole preceptos con el fin de alcanzar cierto entendimiento en torno a lo que supondrá todo ello. Así, supongamos que a esa precaria postura que venimos dibujando, debamos incluirle un peso añadido al propio cuerpo y que podría equivaler, quizás, a la mitad del mismo. La tensión crece.

La pierna que corresponde con el pie sólidamente apoyado en llano necesita urgentemente de la flexión a la altura de la rodilla para así poder asegurarlo. Por su parte, la otra pierna ha de luchar contra el rechazo del cuerpo añadido –del que a continuación se hablará–, de modo que se viene estirando con la consecuencia de otorgar al otro pie esa posición tan promiscua sobre sus dedos. Rodillas, pantorrillas, muslos, piernas al completo se ven inmersas en una tensión que casi llega a dolernos de sólo imaginarla.

Pensémonos en esta posición descrita e imaginemos qué lugar ocuparía nuestro torso en tan tensionada acción. Éste, necesariamente, habría de contraponerse angularmente a la pierna y al pie en posición precaria, pues de este modo el peso soberano quedaría depositado en pierna y pie firmes. Quizás den más respeto incluso los músculos que se dibujan en ingle, cadera y torso, que vienen a representarse casi como un nido de culebras armoniosamente dispuestas.

Y es ahora cuando comenzamos a llegar a la parte más trascendentalmente tensa, representada en primer lugar por un brazo tan concentrado en su tarea que no puede por menos que producir en nosotros un estremecimiento teñido de miedo ante la posibilidad de que nos encontrásemos forzados bajo semejante esmero.

Llegados a este punto os pido disculpas por haber aplazado este instante de importancia hasta ahora, pero lo he necesitado para tensionar el presente escrito del mismo modo en que nuestro protagonista supo forzar la tensión hasta insospechadas cotas. Y es que este cuerpo del que hemos venido hablando, y que como he dicho se ve tan forzado por estar sujetando un peso añadido que supone aproximadamente la mitad del suyo, no sujeta otra cosa sino el cuerpo de una delicada hembra que se contrapone absoluta e inconmensurablemente a su naturaleza varonil.

Pero lo que debiera preguntarse todo aquel que no esté visualizando el objeto en sí mismo, es a qué se debe semejante uso de la fuerza en el supuesto de que un hombre sujete un cuerpo tan frágil y ligero. Dibujo en palabras la respuesta.

Los brazos de la figura que he descrito abrazan con fiereza y posesiva agresividad un cuerpo –y aquí está la clave– que se puede definir mediante la más exacerbada contorsión, la cual tiene su origen en una postura totalmente artificial que nace del deseo de escapar de la opresión.

Así, mientras las piernas de la delicada figura luchan por librarse, podemos observar incluso una minuciosa deformidad en los dedos de sus pies: los del pie derecho se doblan, se encogen en un intento desesperado por desplazar lo que parece ser una montaña; por su parte, los del izquierdo nos muestran un conflicto de intereses, estirándose dos de ellos, encogiéndose los otros tres. Los dedos de estos pies son reflejo de la desesperación y tienden a pasar desapercibidos a la mayoría de observadores.

Y de nuevo, ese contrapposto que me debilita al observarlo: ese creado mediante el cambio angular de piernas y torso y que en esta ocasión tiene una frontera delimitada por el rudo brazo, que es su origen último. Y por si esto fuera poco, el brazo izquierdo de la joven se contrapone de nuevo al torso, empujando la cabeza del opresor, en vano. Y un último brazo, el izquierdo, flotando en el aire por la sacudida, por el momento de lucha, por ese instante en el que la vida cambia bruscamente sin haber visto llegar al destino.

Me concedo una licencia, pues como podréis ver hasta ahora, me he detenido en la epicúrea descripción del contrapposto y la contorsión de los cuerpos, dejándome a propósito un detalle, el de las manos de la bestia, que no puedo guardar sino para el final. Pero no por ello deja de ser terriblemente placentero dibujar las emociones de éstos nuestros protagonistas, las cuales no necesitan de palabras sino sólo de sus rostros. Y sin embargo aquí me tenéis, palabreando.

Olvidémonos de la corona de él, o de sus cabellos y barba rizados, o incluso del tridente de dos púas que descansa a sus pies. Olvidémonos de todo esto no porque no sea importante el origen de esta historia, origen por todos sabidos mitológico; y tampoco porque no sea importante el hecho de que estemos hablando de un dios, y no de uno cualquiera, sino del que gobierna los infiernos. Olvidémonos de todo esto para hacernos un regalo a nosotros mismos y poder deleitarnos con una contemplación meramente estética.

Y, olvidadas estas pesquisas, sintámonos sucios por no poder evitar detenernos unos segundos en la contemplación de unos labios entreabiertos y una lengua en movimiento que roza los dientes superiores, asomados al labio más carnoso que jamás podríamos ver dibujado, en palabras, o en mármol. Sintámonos sucios por no poder ver otra cosa más que sensualidad en esa boca entreabierta que pugna por reivindicar su superioridad.

Ahora ya, liberémonos de la mala conciencia sintiendo cierta repugnancia hacia esa mirada arrogante y lasciva, esa mirada caprichosa y absolutamente consciente de que la lucha del otro rostro es en vano, y que por ello se ve calma, ecuánime, casi diríamos aburrida.

Como si no supusiese el conjunto suficiente contraposición en todos los sentidos imaginables, el rostro de ella es la imagen de la desesperación, de la asunción de una resistencia inútil. Es el rostro de la terribilidad, de la rendición anticipada.

Blanco. El más perfecto, y no por ello el más indiscutiblemente puro, a no ser que lo reclame suyo el artista. Y precisamente suyo reclamó este bloque de mármol Gian Lorenzo Bernini, escultor de escultores, apenas habiendo pasado la veintena, para hacer nacer de él esta explosión de victoria y fracaso representados en la misma medida; esta explosión de ganancia y pérdida, de fuerza y debilidad, de cobardía y valentía, de entereza y fragilidad. En fin, esta explosión concentrada en opuestos…

Y por si no hubiésemos alcanzado ya la muerte estética, rodeamos la figura y nos detenemos a contemplar unos dedos hundidos en la carne. Carne hecha mármol. O viceversa.

El rapto de Proserpina Bernini
Gian Lorenzo Bernini, El rapto de Proserpina (detalle), entre 1621 y 1622.