Desencanto en la madurez

 

 

Quién no querría retornar

a aquellos días en los que

se era tan humildemente feliz

que una pequeña mancha

en el abrigo era un caos y

brotaban lágrimas de los ojos

como gotas de las nubes,

pues el llanto incontenible

llega de la mano de la felicidad

y no de la melancolía perpetua,

que seca los ojos de cualquiera

para que observen con resignación.

Pero no me hagáis caso.

Es sólo un desencanto con el mundo.

 

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Bruno Amadio (1911-1981), El niño que llora.

Recuerdos de niñez

 

Recuerdo cuando los problemas

eran espectros de los mayores

yo me limitaba a vivir o sea

a abrazar a mis padres

cuando llegaban a casa

a ver la tele con la abuela

a esconderme bajo la cama

para asustar al abuelo

a jugar con mis primos

a tirarme en el suelo con los perros

a untar el pan con quesito

a oficiar entierros de moscas

en el jardín.

Recuerdo todo aquello

y la nostalgia me acaricia el corazón.

 

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Joaquín Sorolla, Niños en el mar, 1909.

Conducir por ella

 

La contempló desnuda,

enloqueció en su carne.

Esos fueron los preliminares.

Sus dedos recorrieron

curvas peligrosas y

sus labios se perdieron

en la oscuridad de los túneles,

pero no pisó el freno.

Él dijo adiós a los stops

y ella quitó el límite de velocidad.

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Roberto Ferri, Vitriol, 2015.

 

Abuelo

 

 

Te fuiste

y te seguía poniendo

un cubierto en la mesa

y me seguía asomando

a tu bar favorito

y me colaba en tu pieza

para robarte bombones.

 

Tus cubiertos

adornaban la mesa

tu bar favorito

era uno entre miles

y tu cajón de bombones

estaba vacío.

 

Ahora

ya no te pongo

un cubierto en la mesa

pero me sigo asomando

a tu bar favorito

y te sigo pensando

al comer tus bombones.

 

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Domenico Ghirlandaio, Un anciano con su nieto, 1490.

Con tu permiso

 

Permíteme beberte

cuando acabe el día

mientras miran

los sedientos

 

permíteme herirte

que el dolor perdura

cuando se esfuma

la alegría

 

permite

a tus temores

noches infinitas

 

permite

a tu amanecer

que se retrase.

 

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Fotografía: Ana Fernández Ortega ©