Caos y orden

 

Sus miradas se cruzaron por primera vez en una calle cualquiera. Ella estaba detenida ante un escaparate, deleitándose al pensar que, quizás, al mes siguiente podría comprarse aquellos hermosos zapatos. Cuando decidió dejar de autocompadecerse, dio media vuelta y retomó su camino; todo comenzó en ese breve instante.

Ocurre todos los días que nos cruzamos con anónimos que comparten nuestra ruta en la rutina (siento la reticencia) o en lo puntual. En ocasiones hay algo que llama particularmente nuestra atención de una u otra forma, de manera que fijamos más la mirada; sin embargo, en la mayoría de los casos, cientos de rostros pasan difuminados en nuestra periferia mientras caminamos ensimismados, absortos en pequeñas tristezas o, más raramente, alegrías. Nunca nos planteamos que alguno de esos individuos pueda llegar a formar parte fundamental de nuestra existencia, pues algo así resultaría remoto e, incluso, imposible.

No conocía nada que le supiese mejor que ese café. Aunque había sido un descubrimiento reciente, ahora no imaginaba vivir sin su dosis diaria. Incluso había terminado por adjudicarse una mesa al fondo, al lado de la ventana, que hasta el momento había encontrado siempre vacía y que esperaba seguir encontrando así debido a las tempranas horas. Saboreaba el café caliente mientras la lluvia se precipitaba contra los cristales y él disfrutaba de una lectura ligera que le solía acompañar en el trayecto hacia el trabajo. Todas esas pequeñas cosas convertían ese momento en algo perfecto. Estaba leyendo cuando una voz suave en el mostrador le llevó a levantar la mirada –solía haber pocos clientes a esas horas y el más mínimo corruptor del silencio suponía un hecho insólito–. Sólo era una mujer que, curiosamente, pedía el mismo café que él. Detuvo sus ojos en su silueta durante breves segundos para apreciar las curvas que dejaba a la vista un vestido verde pistacho estampado con motivos florales; justo cuando iba a retomar su lectura, la mujer se dio la vuelta para marcharse con su café. Las miradas de ambos se quedaron suspendidas en el aire y se desnudaron la una a la otra.

Existen puntos de inflexión en la vida de toda mujer y de todo hombre. Siempre terminan revelándose; a veces, tiene que pasar muchísimo tiempo para que lo hagan, mientras que otras se pueden percibir en el mismo momento en que se producen. La forma más común es la primera; por desgracia, también es la más peligrosa. Entendamos por punto de inflexión un instante, momento, acción, suceso o acontecimiento cualquiera que, por alguna razón, modifica severamente el rumbo que veníamos proponiéndonos. Precisamente, es lo que les ocurrirá a los personajes de esta historia y lo que nos invitará a hacer una reflexión en torno a lo que realmente nos interesa: la existencia –o no– del libre albedrío, eterno enemigo del destino, esto es, la fatalidad.

Aunque abrió su paraguas con decisión y caminó con paso erguido y seguro, no dejaba de sentir la mirada de aquel hombre clavada en su espalda. Sin duda, era una casualidad haberse cruzado con ese rostro dos días seguidos; pero lo que realmente le sorprendió a un nivel mucho más profuso fue el hecho de que estuviese leyendo una de sus novelas predilectas: Orgullo y Prejuicio. Se castigó a sí misma al pensar, para sus adentros, que era raro que un hombre disfrutase de ese tipo de novela romántica, pero entonces comprendió no sólo que Austen es capaz de crear un discurso filosófico importante alrededor de sus personajes que captaría la atención de cualquier lector, sino que estaba utilizando ese hecho como pretexto para pensar que a cada encuentro con el desconocido la pura coincidencia venía a convertirse en algo más complejo. Así pues, dejó de pensar en ello.

Los acontecimientos que tienen lugar a lo largo de nuestras vidas no dejan de ser, o bien causas, o bien consecuencias de ellas. Nuestra capacidad para discernir y tomar decisiones –ya sean o no trascendentes– da lugar al trazo de un camino que termina por definirnos. La cuestión que nos venimos a plantear aquellos que no podemos dejar de reflexionar en torno a ello guarda relación, precisamente, con dos conceptos complicados y los cuales me permito reducir a lo esencial: el libre albedrío, entendido como la capacidad humana de elegir y tomar decisiones que serán las que determinen los sucesos, y el destino, que fríamente podríamos definir como un encadenamiento de acontecimientos y/o acciones fatales y necesarias, es decir, inevitables. Como se podrá suponer, ambos conceptos son la antítesis del otro, pues uno nos da el poder, mientras que el otro nos lo quita.

Lo había encontrado. Le había llevado semanas de búsqueda, pero al fin había dado con un vendedor que le ofrecía un libro de arte descatalogado que perseguía desde hacía tiempo. Además, el precio era más que razonable. Contactó con el autor del anuncio mediante la página web y se dio cuenta de que, en realidad, era una vendedora. Él dio el nombre de su café favorito para realizar la compra y, tras unos minutos de espera, la mujer aceptó. Por fin se había hecho con ese libro.

Hasta aquí, nada parece especialmente destacable. Pero, como conocedora íntegra de la historia, os daré algunos datos más que escapan a la narración propiamente dicha. La mujer acababa de conseguir una plaza fija en la universidad gracias al repentino traslado de un profesor cuya mujer había sido elegida, entre cientos, para ostentar un cargo en una importante empresa de Irlanda. Aunque por delante de ella para obtener la plaza fija había otro profesor, éste rehusó por estar inmerso en una investigación en el extranjero que no quería abandonar. Por otra parte, el profesor que la antecedió en la plaza decidió dejarle un obsequio de bienvenida en el que sería su nuevo despacho; a lo largo de los años había ido obteniendo exquisitos ejemplares de arte que ya no se encontraban. Dedicó bastante tiempo a pensar cuál regalaría a la mujer y cuando tomó una decisión, decidió empaquetarlo, pero antes se calentó un café y, al removerlo, una gota salpicó la portada del libro. Como es evidente, al final tuvo que decantarse por obsequiarle con el otro ejemplar, el cual le dedicó con cariño, ya que ella había sido alumna suya años atrás. Cuando la mujer se encontró ese precioso obsequio de bienvenida, se sintió realmente agradecida, aunque casualmente había conseguido hacerse con ese raro ejemplar hacía unos meses. Decidió vender el suyo y quedarse con el que le había regalado su antecesor.

Ambos se quedaron mudos al encontrarse en el café. Los dos sabían perfectamente quién era el otro. Pero ninguno osó insinuarlo. Tras unos instantes de sorpresa, él la invitó a tomar un café, pero ella dijo tener mucha prisa. La transacción fue rápida, incómoda, fría. Cuando ella le fue a entregar el libro, los dedos de él rozaron sin querer su mano y eso la provocó un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Lo último en lo que pudo fijarse él fue otro libro que ella llevaba consigo cuando la vio alejarse: una preciosa edición de la antología poética de Benedetti. Abrió los ojos como platos y un impulso, un instinto, una fuerza desconocida, le empujó a levantarse con estrépito y a ir tras ella, habiéndose cerrado ya la puerta del café tras sus espaldas. Llovía a raudales y, cuando salió a la calle, un paisaje de paraguas de todos los colores le impidió alcanzar la figura de aquella desconocida con la que, desde ese día y hasta mucho después, seguiría encontrándose en sus sueños.

Fueron varias las circunstancias que llevaron a aquel encuentro. Ella nunca habría vendido el ejemplar de no ser porque su antecesor le regalase el mismo; éste no se lo habría regalado si no fuese por dos cosas: en primer lugar, su mujer había sido elegida, entre cientos de candidatos, para ocupar aquel puesto en Irlanda; en segundo lugar, el descuido con el café le llevó a regalarle ese ejemplar y no el otro. Ella ni siquiera habría podido obtener la plaza si el investigador no hubiese decidido seguir en el extranjero. Por su parte, él nunca habría comprado el ejemplar de no ser porque hacía unos meses, un compañero de trabajo le había invitado a acompañarle a una conferencia sobre el arte de mediados del siglo XVI, lo que provocó en él la revelación de una pasión desconocida. No obstante, el final de esta historia lleva a pensar en la existencia del libre albedrío: ella decide marcharse alegando prisa y él no logra encontrarla entre la maraña de paraguas; por tanto, es la decisión personal de la mujer la que termina con la historia… ¿no?

Ya había borrado el anuncio de la página web, por lo que él rebuscó como un loco en todas y cada una de las páginas del libro, albergando la esperanza de obtener alguna indicación que le ayudase a contactar de nuevo con aquella mujer que, por razones inexplicables, le obsesionaba de esa manera. Fue en vano. Pasaron los días y las semanas. Casi por instinto, miraba cada mañana al mostrador en busca de la desconocida, pero ésta no volvió a aparecer.

Mientras tanto, ella había hecho un pacto con su tozudez: estaba segura de que, si iba al café, le encontraría de nuevo. Precisamente por eso, decidió no volver. ¿Por qué? No estaba muy segura. Quizás por una cuestión de orgullo que la llevaba a convencerse de que quería permanecer sola. O quizás por una renuncia a la ilusión infantil de encontrar un alma gemela de manera tan azarosa.

Pasaron los meses.

Él fue ascendido y tuvo que viajar a Milán para regentar, durante unos meses, una nueva sucursal de su empresa. Fue allí donde entabló amistad con otro amante del arte que le invitó a un ciclo de conferencias sobre pintura renacentista en la universidad. La primera sesión empezó a primera hora de la tarde y le resultó especialmente interesante. Tomaron un café durante el descanso y, justo cuando iban a entrar de nuevo en la sala de conferencias, tuvo que responder a una llamada de su jefe, por lo que se quedó fuera. Justo en ese momento, una doctora con un bonito vestido verde estampado con pequeñas flores comenzó su discurso, centrado en la figura de Giuseppe Arcimboldo. Poco después de que terminase su exposición, él entró de nuevo en la sala. Su acompañante le avisó de que se había perdido uno de los mejores discursos, llevado a cabo por una amiga suya; él maldijo interiormente a su jefe por ser tan oportuno.

Tres días después, terminó el ciclo de conferencias. Él se había quedado satisfecho por haber asistido, pues había aprendido muchas cosas nuevas que le ayudaban a llenar el vacío que le había dejado el no haber tomado ese camino desde un principio. Su amigo le pidió que le acompañase a saludar a una antigua amiga de la facultad, prometiéndole no entretenerse. Cuando se encontraron con ella, se paró el tiempo. Sus miradas se encontraron de nuevo y, después de tanto tiempo sin desnudarse, prorrumpieron en un estallido de intensidad sin precedentes, preguntándose ambos cómo podían estar allí, al mismo tiempo, en el mismo lugar.

No busquéis un final cerrado. No lo hay. Ni en lo que respecta a su historia ni en lo que respecta a la nuestra. Sólo puedo hablar a partir de mi experiencia. Un sabio me dijo una vez que las coincidencias no existen. A pesar de mi juventud, puedo decir que el azar deja de serlo en el momento en el que no tiene fuerza en sí mismo para seguir en pie. Sólo sé que el libre albedrío es como una amalgama de animales distintos que luchan por encontrar un orden en el caos que impera, mientras que la fatalidad, a pesar de su nombre y de su propia esencia, nos permite ordenar todo a partir de lo inevitable.

 

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Giuseppe Arcimboldo, Composición con animales.

El juego

 

Ella era como una nube de polvo que intenta atraparse y se escapa entre los dedos. Él, como un copo de nieve en medio de la lluvia. Caminaban descalzos en mares de pensamientos compartidos, cabizbajos, sin mediar palabra. Simplemente asumiendo la compañía necesaria y requerida, ausentes en sus mundos y presentes en sus sueños. O viceversa. Se sabían dueños del otro en lo más profundo de su ser, en lo intenso, pero en la superficie se relamían con la idea de la más pura libertad enemiga de cadenas. ¿Era el sufrimiento la clave del espejismo de su felicidad? ¿O lo era acaso la sensación conjunta de la más estricta perfección al verse unidos? No estaban seguros. Hacía tiempo que habían superado la barrera del pienso, luego existo; pero haber logrado ir más allá no les acercaba más a la clave, sino a una mutua y autodestrucción preconcebidas como figuras alegóricas de la vida. Eran personas normales desde el punto de vista de lo anómalo, pero singulares desde una perspectiva común. Iban a trabajar como todo el mundo; se ganaban el sueldo, como todo el mundo; hacían la compra, como todo el mundo. Era el momento en que no se veían rodeados de una intransigente masa de ignorantes cuando podían disfrutar de la más gravosa corrupción, de la más intolerable perversión de sus emociones. Les gustaba jugar. Probarse. Incidir en el alma del otro hasta llegar a los más profundos recelos, incertidumbres, pesares y miedos. Pero el juego no les gustaba si no lo teñían de inocencia. Así, todo se veía cubierto por una capa de falsa hipocresía. Irónico, ¿eh?…

No era difícil jugar. Al menos, no para ellos. Sólo había una norma: las normas no existían; el juego no existía; ellos no estaban jugando. Simplemente charlaban. ¿Cómo puede ser eso posible? Bien, cabe decir que existen dos tipos de juegos en el mundo: los que se juegan abiertamente y los que se disfrutan con sutileza. Y era con éstos últimos con los que ellos llenaban sus vidas o, al menos, las hacían más interesantes. Sin embargo, estos juegos traen consigo una sombra difícil de dilucidar: la incertidumbre. ¿Cómo podían saber ellos cuándo terminaba el juego? ¿Cómo iban a poder saber quién ganaba, si es que alguno lo hacía? Y la pregunta más inquietante de todas: ¿Cómo podían estar seguros de estar jugando? He aquí a la incorruptible dualidad; esa existencia de fenómenos distintos en un mismo ente de cosas, digamos en este caso, en un juego. Cuando algo no existe por prescripción verbal, su presencia es voluble, sumisa e incierta. Digamos mejor incierta, voluble y sumisa, respectivamente. Ese y no otro era el mayor riesgo del juego: el no saber si el otro estaba jugando. Cabe hacer aquí un inciso sobre la consecuencia que acarrea este riesgo: un juego es sinónimo de placer; en el caso que nos ocupa, placer entre dos personas. Pero, si una no juega, el placer desaparece de un plumazo: para una no existió nunca; para la otra existió, pero le es arrebatado de una sacudida y en consecuencia su realidad se ve parcialmente destruida.

Como puede entreverse hasta ahora, todo se reduce a un círculo vicioso: lo único que existen son esas dos personas. De seguro que una de ellas juega, pero no sabemos si la otra lo hace también: sólo ella puede saberlo. Es cuestión de alta estimación por parte del jugador o la jugadora hacia el otro el pensar o incluso dar por hecho que también está jugando, pues ni que decir tiene que el juego lleva implícita la necesidad de la inteligencia, que es sumamente requerida a la hora de elaborar las palabras con moderación. Por otro lado, de no existir un segundo jugador esa sutileza no sería tal cosa, sino que vendría a convertirse sencillamente en la más plana y estúpida inocencia, lo que no puede resultarnos nada menos que decepcionante… ¿no es así?

Ella se mordía el labio inferior con frecuencia, especialmente cuando tenía que reflexionar sobre algo con un poco de profundidad. Cuando lo hacía, los ojos de él se cernían sobre su boca de manera casi imperceptible. Por su parte, él aprovechaba cualquier oportunidad para sacar a pasear una bella sonrisa. Existía una constante contradicción en sus charlas: por un lado, la incipiente necesidad de expresarse libremente; por otro, la inevitable aversión a la confianza por miedo a la vulnerabilidad. A veces reinaba el silencio entre ellos y esos momentos resultaban escalofriantes, pues se sentían desnudos y se transformaban en presas a sus propios ojos. Él –o quizás ella– rendía pleitos en sus frases a su devoción por el otro y al instante se arrepentía de su falta de rigor. Mientras tanto, el otro veía acrecentarse su ego y dejaba pasar un tiempo hasta que lograba teñir inocentes palabras con una nota de perspicacia difícil de extraer de contexto, pero difícil de pasar por alto. Y es que el equilibrio que existiera en un principio entre ambos se había visto reemplazado por la intuición de una de las partes, que empezaba a dudar sobre la naturaleza de la otra.

No podemos saber cuál de ellos jugaba con total seguridad y cuál de ellos arrojaba dudas sobre su papel en la historia. Lo que nos ha de resultar interesante es ese momento en el que el jugador (o jugadora) se plantea seriamente la posibilidad de que el juego no se esté produciendo. ¿Cuál es el punto de inflexión? El punto de inflexión se produce en el momento en que el jugador hace una mala partida y traspasa la frontera de lo sutil, de modo que en lugar de recibir una respuesta positiva, únicamente se ve recompensado con palabras vacías hasta que, cuando está casi convencido de ser el único participante, recibe unas migajas que o bien podrían serlo todo o bien podrían convertirse en el fruto de su propia desesperación al haberse visto súbitamente abandonado.

En ocasiones pasaban días e incluso semanas sin intercambios. Semejante acumulación se veía sofocada en un momento cualquiera, en absoluto especial o trascendente. Pero el riesgo del juego se veía triplicado, pues no hay nada como la ausencia para la añoranza y el apremio. Ella (¿o era él?) aprovechaba estas ocasiones para dar un respiro a la indulgencia y entonces hacía más pedacitos del otro a sabiendas de lo que eso suponía. El tacto de una mano con otra a través de una leve y aparentemente inocente caricia; la anécdota de una pesadilla sobre un hipotético final infeliz; el recuerdo nostálgico de un amor ya sepultado; el paseo bajo las sombras de los árboles movidos por la brisa. Y el que está jugando ve su pecho inflado de esperanza de nuevo, pues recoge ese instante en el que se ve acompañado en la partida y lo guarda y preserva diciéndose que nadie podrá arrebatárselo y asegurándose de que nada de eso ha ocurrido en su imaginación.

Llega aquí un concepto nada despreciable. Imaginación. Todos la tenemos, pero no todos sabemos usarla. Sólo puedo decir que saber hacerlo conlleva riesgos y puede resultar, como poco, peligroso. Y es precisamente a eso a lo que se enfrenta uno de los protagonistas. Al no poder corroborar el jugador que realmente existe el juego, llega un punto en el que se cuestiona su existencia, llegando a pensar que todo ha nacido como fruto de su perversa y enfermiza maquinación. De este modo, se plantea la situación desde una perspectiva ciertamente aterradora y diametralmente opuesta a como la dibujaba al principio: ahora se sitúa en la perspectiva de la locura. Este término tiene connotaciones sabidamente negativas; no obstante, si lo reducimos a su más pura esencia, no puede ser definido sino como la privación del uso de la razón. Bien es sabido que la razón no viene a usarse en determinadas ocasiones en las que la dimensión emocional tiene primacía sobre todo lo demás. Así pues, el jugador se plantea la posibilidad de que el juego haya sido el resultado de su locura, de su más exacerbada tendencia a la idealización o, más bien, distorsión de los hechos tal y como acontecen.

Están sentados. No muy lejos, dos músicos tocan a violín el canon en Do mayor de Pachelbel. De fondo, un paisaje urbano armoniza con la puesta de sol. Uno de ellos siente especial predilección por el músico alemán y se deja llevar por la exquisita y melancólica melodía durante unos minutos. Cuando la pieza termina, los pensamientos del oyente sucumben a la realidad tangible y retorna revitalizado a ella; es entonces cuando toma una decisión: todo es mera patraña, pura invención ocasionada por su retorcimiento. En ese momento experimenta una liberación que le destruye pero que, al mismo tiempo, termina con la opresión a la que el juego le había venido acostumbrando. Es entonces cuando se intercambian los roles. El que era jugador no lo es ahora y el que arrojaba dudas se empieza a dejar la piel en el juego. Intercambios de miradas, pensamientos intangibles, imperdurables, caóticos. El insondable placer de la mutua compañía, la extraña mezcla entre sueños y realidades, la intranquila conciencia de ambos, uno por no haber sido claro en el juego, el otro por el sobresfuerzo desperdiciado. Se empieza a apoderar la rabia del que fue en otro momento jugador al darse cuenta de lo que sucede. Es simplemente una cuestión de orgullo, esa tendencia exagerada al amor propio que se pone en relación con la estimada visión que uno posee sobre sí mismo. El juego terminaba ahí. No se verían ya compartidos los mares de pensamientos salvando aquellos momentos en los que se encontraban solos. No asumirían ya como necesaria la compañía. No se sabrían ya más dueños del otro en lo intenso. Extrañarían las cadenas. Y, a pesar de todo, el espejismo de su felicidad siguió alimentándose de su sufrimiento compartido, extasiándose juntos ante el dolor producido o bien por la invención de uno, o bien por la invención de ambos.

El juego existió indudablemente para uno, posiblemente para otro. El juego terminó donde empezó el orgullo. El juego tuvo dos perdedores. O dos ganadores. Depende, como siempre, de la perspectiva.

 

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Edward Hopper, Two comedians, 1965.

El escritor

 

—Las historias no tienen por qué tener un principio. Algunas sólo tienen un final. Algunas sólo tienen una consecuencia dada por un periplo mal gestionado por causas nacidas de pequeñas destrucciones. Toda persona quiere racionalizar aquello que forma parte de su vida; descomponerlo en pequeños fragmentos perfectamente explicados para buscarle un sentido en la más estricta definición de esta palabra. Pero entonces llega ese momento de lucidez en el que nos damos cuenta de que, aunque todo tenga una base racional, el simple hecho de darle una forma regular supondría la llegada de nuestra propia autodestrucción. Así pues, ¿cómo expresamos irracionalmente lo más profusamente racional sin destruirnos? —hace una pausa; mira a los ojos al psicólogo y entiende que no tiene la respuesta. Da igual: él sí—. Recogiendo los fragmentos sin unirlos.

Cuatro paredes, montañas de libros y pensamientos. Mi vida –mi auténtica vida– se reduce a esto. Demasiados episodios traumáticos en demasiados pocos años. Demasiadas experiencias demasiado variopintas. Caminar por la vida sin rumbo; sentirme cómodo en la oscuridad de mis pensamientos, en el zigzagueante devenir de mis circunstancias. El destino, mi peor enemigo. Caminar en la sombra de la noche con el frío como compañero inseparable de mis pasos. Contar los baldosines de la acera como único remedio a mi enfermedad, aquélla que me impulsa a no poder dejar de pensar ni una milésima de segundo. El viento invernal como perfecta excusa para justificar la lluvia de mis ojos.

No es fácil sentirse feliz e infeliz al mismo tiempo. Mi felicidad viene de la mano del orgullo: un claro exceso de estimación propia al ser consciente de mi inteligencia anormal. La infelicidad… Bueno, ésta puede proceder de muchas cosas, aunque –irónicamente–, su origen puede situarse en mi inteligencia, que dicho sea de paso, es emocional (o eso creo). Y, como última e incansable compañera, la contradicción, que forzosamente convive con mi eterno carácter indeciso: “Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia?” No podía ser otro si no Shakespeare quien tuviese semejante don para describirme en una única frase.

—Curarse del todo emocionalmente es imposible. Lo único que puedes hacer es recoger fragmentos, analizarlos por separado y guardarlos para que, con el tiempo, pasen a la insobornable sección del olvido. Es posible curarse un poco, aunque para ello hay que colocar los pies al borde de un precipicio mientras un terrible viento sopla a tu espalda y tener la suerte de no haber caído al vacío cuando se haya calmado la tormenta. A veces tengo una terrible tentación: la de dar gracias a Dios por mi humanísima memoria. Luego se me pasa. Pero ése, doctor —dice, insinuando una sonrisa—. Ése es otro de mis muchos conflictos no resueltos.

Son interesantes, los puzles. Tienen cientos de piececitas creadas, única y exclusivamente, para ser perfectísimamente encajadas entre sí. Igual que los recuerdos. Dar un paseo por las entrañas de los míos es un peligro. Un peligro placentero y destructivo al mismo tiempo. Creo que si es placentero, es porque es destructivo. Aunque también viceversa. Sentir nostalgia al contemplar su rostro de nuevo; o lo que de él queda. Saborear la soledad de rincones abandonados como antiguas ruinas romanas caídas en el olvido. Susurrar en mi memoria su nombre, colmado de prohibiciones. Recordar el sabor de sus labios al roce de los míos. De manera individual, todos los recuerdos cobran un sentido suficiente, aunque incompleto. Y es éste el instante de peligro: quiero completar su sentido; tengo la irremisible tentación de encajar las piezas, que me instan a que lo haga. Un sudor frío comienza a correr por mis sienes y noto mi pulso acelerado. Se me entrecorta la respiración y me veo obligado a controlarla concentrándome como un niño que quiere dar sus primeros pasos.

—Que… ¿qué opino del destino? —hace una pausa; se frota los ojos con visible frustración y resopla—. Doctor, el destino no es amigo mío. Más bien es un desgraciado al que le gusta reírse de mi desesperación. ¿Cómo si no sería posible que se repitiesen las historias de una manera tan semejante que aterroriza? El caos llama de nuevo a mi puerta poco después de haberse ido. Tiene un rostro distinto, una vida diferente, otros pensamientos, pero sigue siendo él. Mejor dicho: es una versión mejorada de él. Y eso, evidentemente, sólo puede ser malo, pues el sufrimiento que puede ocasionarme ahora es doblemente aterrador, ya que ahora es doblemente perfecto. Y del mismo modo se duplica el sufrimiento que yo puedo provocarle a él —el ceño fruncido del psicólogo le arranca una risotada—. ¿Quién ha dicho que no se pueda provocar sufrimiento al caos?

Es sencillamente irremediable. Dicen que la Historia siempre se repite. Parece que tienen razón. Lo único que podemos hacer es aprender de la historia del pasado para que, cuando lleguen acontecimientos demasiado similares, podamos obrar con la mayor prudencia posible. El problema viene cuando nos damos cuenta de que los acontecimientos históricos a nivel de vida no pueden racionalizarse del modo en que lo hacen aquéllos que tienen que ver con la sociedad en su conjunto. En éstos, en los de la vida, los sentimientos están a flor de piel, como suele decirse. Imán y hierro. Una vez unidos puedes separarlos; pero si los acercas demasiado, no puedes evitar que se unan.

—Sí, doctor —dice con una sonrisa apacible—. Es evidente que me encuentro mucho mejor anímicamente. He dejado de analizar absolutamente todo. Los fragmentos están donde deben estar. Nunca llegué a unirlos por completo y es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

 

Hay algo que no le dije al psicólogo. La razón por la que puedo decir que soy feliz a fragmentos, el único modo en que uno puede serlo. Algo que se ha convertido en el motor central de mi vida. Algo sin lo que no concibo ningún futuro. Siempre lo supe, pero nunca antes conseguí reunir fuerzas suficientes para aceptarlo en mi vida. No mentí al doctor al decirle que nunca llegué a unir del todo los fragmentos. Pero no los he abandonado. Sencillamente están repartidos. Vuelan como las hojas mecidas por la suave brisa del otoño. Recogen instantes apenas perceptibles y que sólo yo soy capaz de reconocer como míos. Qué sencilla era la respuesta. Qué amable. Qué esperanzadora. La respuesta estaba en aceptar quién soy yo. Y yo, soy el escritor.

 

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Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos (detalle), 1797-1799.

El roedor

 

Ciertas noches inconciliables con el abrazo del sueño, embarga el silencio los rincones de mi pieza y me entrego dócil a la locura ofrecida por su apacible embotamiento.

La soledad, mi pródiga compañera, se sienta a mi lado y me susurra al oído que algún día tendré que dejarla. Amenazan las lágrimas con salir de mis ojos y respondo con un hilo de temblorosa y patética voz: “Nunca”.

Mi soledad se apelmaza, me abraza y me consuela. Yo me siento como una copa a punto de desbordarse, como el venado que oye el chasquido de la rama pisada accidentalmente por un depredador. Eso apacigua mi espíritu y concilia mi existencia.

Descorcho una botella de vino y siento culpa por violentar a mi segundo compañero, el silencio. Pero éste regresa pronto a mi lado, me nubla la calma y bebo en su opresora y doliente densidad.

Clandestinidad de mis emociones comprimidas en mente aletargada es todo lo que recuerdo sobre estas apacibles noches que se convierten en mis predilectas, salvando una que supuso la perdición de mi soliloquio.

Fueron tres golpes secos en la puerta. Mi soledad me observó aterrada y analítica; casi parecía una psicóloga que buscaba un comportamiento humano en una bestia. El silencio iba y venía con los golpes o su ausencia.

Quise ignorarlos, pero no cesaron en su insistencia. Quise beber y dormir, pero el sueño no llegaba. Quise que no me importasen, pero me importaban.

Me levanté y caminé penosamente hacia la puerta. Cuando la abrí, me encontré dos ojos lluviosos que me miraban con una mezcla de odio, rencor y vida. Sólo pude mirar hacia atrás y darme cuenta de que mi amada se había esfumado.

Los ojos flotantes me perseguían como mi sombra bajo la luz de las farolas que amortiguan la oscuridad de las calles.

Se sucedieron palabras, insultos, imprecaciones. No sé de dónde salían. Yo sólo veía dos ojos. Quería que se marchasen. Era aterrador contemplarlos ahí, flotando en mi pieza, humillándome, castigándome. Se ladeó mi cabeza a causa de un impacto y, por fin, desaparecieron los ojos tras un portazo.

De nuevo, apareció mi amante, mi compañera de días y noches al fluir de la vida y el acecho de la muerte. De nuevo silencio junto a ella y mi copa de vino, tejiendo esperanzas de futuro.

Pero entonces me miró con pena dibujada a medio camino entre sus ojos y sus labios. Me acarició ahí donde sentí el impacto y susurró: “no tienes por qué estar solo”. “No estoy solo –le dije–. Te tengo a ti, siempre”.

El silencio fue violado por un sonido molesto e inquietante que parecía moverse por el suelo, burlándose de mí. Empecé a buscar su origen, pero cada vez que me movía, el ruido desaparecía como la lluvia cuando lo hacen las nubes.

Levanté sillas, lámparas, todo banal pero necesario objeto que ocupaba los espacios de mi pieza. Miré de nuevo hacia atrás para asegurarme de que mi amante me esperaba. Pero no estaba.

Enfurecí, perdí la calma. Mi soledad debía seguir a mi lado. Ése era el trato que había hecho con la vida. También debía acompañarme el silencio, pero era roto por ese sonido sobre el suelo, ese sonido que se movía a lo largo y ancho de la pieza sin que yo diese con él.

Comencé a temblar, hinchándose las venas en mi cuello, enrojeciéndose mi rostro mientras la ira se volcaba en mí a medida que ese sonido se negaba a cesar para burlarse. Entonces lo vi: una ínfima grieta en la pared del pasillo. Un pequeño roedor que la habitaba y salía de ella envalentonado en busca de comida o algo de beber.

Cogí mi bastón. Me acerqué despacio mientras el pérfido invasor roía frenético unas migajas. Comencé a agitarlo a un paso de él, dando golpes contra el quejoso suelo. Lo perseguí hasta que perdí su pequeña y repulsiva figura tras la grieta.

Ésa se convirtió en mi nueva rutina: perseguir al roedor hasta conseguir darle caza y lograr con ello recuperar la anhelada compañía de mi amante, a la que jamás imaginé que añoraría tanto.

Pero el roedor era demasiado listo. Su arrogancia y presuntuosidad me desquiciaban, pues en el brillo de esos pequeños ojos negros podía leer su burla, su absoluto conocimiento de mi sufrimiento ante la pérdida de mi amada y la desesperación por su regreso.

El roedor se convirtió así en la imagen de la venganza prometida por aquellos dos ojos lluviosos y flotantes. Se convirtió en el eterno esquivo de la muerte, en la interminable compañía que yo tanto rechazaba.

Se apoderó de mí la desesperación ante la nostalgia que me suscitaba el recuerdo de mi amante, la soledad.Me consumí poco a poco ante su irremediable pérdida y cesé en mi empeño de terminar con la vida de ese monstruo cuyos pequeños pasos resonaban cada noche para atormentar mi espíritu hasta el resto de mis días.

 

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Gustave Courbet, El desesperado, ca. 1844-1845.

Blanco o negro

Era un artista. Un artista del método. Realismo, lo llamaba. Todo acontecimiento podía inscribirse en un método basado en la más estricta racionalidad. Escribía siempre siguiendo una misma pauta, un mismo sendero en línea recta que, además, estaba señalizado con flechas que indicaban una única dirección.

Así fue hasta que empezó a quedarse dormido.

Al principio nunca se quedaba dormido. ¿Cómo podría permitírselo, si vivía de la escritura? Se sentaba frente al portátil con un café bien cargado y comenzaba su trabajo. Cuando el sueño intentaba arrimarse, daba otro sorbo a su café. Y cuando lo terminaba, se llenaba de nuevo la taza. Así una y otra vez, durante muchos días, bastantes meses y algunos años. Aquello que escribía –no viene a cuento entrar en detalles– tenía un gran éxito. Llenaba su ego y su bolsillo. Y lo único que tenía que hacer era seguir las mismas pautas una y otra vez, pero extrayendo distintas fotografías de la realidad. El problema llegó cuando esa rutina comenzó a resultarle pesarosa. En realidad, no se trataba exactamente de la rutina, pero él no lo sabía aún.

***

Era una soñadora. Una soñadora del método. Ilusión, lo llamaba. Todas las cosas podían mirarse con una perspectiva diferente y totalmente irracional, siempre y cuando con ello se lograse huir de la realidad y vivir en una –digamos– dimensión más amable. Bailaba siempre con una sonrisa en el rostro ante cientos de espectadores que admiraban su gracilidad y delicadeza. Cuando se metía en la cama, siempre hacía algo antes de dormir: ensoñar. Sus pensamientos se perdían en un mar de agradables e inexistentes recuerdos; imaginaba escenarios, ocasiones, oportunidades…

Así fue hasta que su pie se torció.

Sus pies no le fallaban nunca. No eran parte de ella: eran ella. Le resultaba más difícil dar un paseo por la ciudad que danzar al son del Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. La danza apenas le daba para vivir, pero eso era algo que siempre había carecido de importancia, pues tenía la gran fortuna de dedicar su vida a su pasión. El problema llegó cuando se torció ese pie y sus ensueños comenzaron a desvanecerse como una nube de polvo.

***

Los párpados le comenzaban a pesar sobre los ojos. La taza de café estaba vacía y no tenía ganas de levantarse para llenarla de nuevo. La historia que estaba escribiendo le empezaba a resultar casi vomitiva. Como siempre, partía de hechos reales para escribir sus afamadas historias; en esta ocasión, tocaba narrar un suicidio colectivo en un barrio marginado. Era estremecedor, pues lo peor no era el suicidio en sí, si no la falta de sentido que tenía. Aquellas personas se quitaron la vida por un simple error. Por una mala interpretación. No. No era la rutina lo que le resultaba pesaroso… Era la realidad de aquel maldito mundo.

Aquel día no luchó contra el peso de sus párpados. Los dejó caer y se quedó dormido en el sofá. Fue entonces cuando comenzó a soñar (que no a ensoñar).

***

En cualquier otro momento de su vida, habría empezado su primer día de trabajo con una sonrisa en el rostro. Pero al torcerse el pie, sus ensueños se torcieron con él, sus sueños desaparecieron y murieron sus aspiraciones. Ahora tenía que (mal) ganarse la vida de otra manera. Y la única que le ofrecieron fue servir como camarera en una cafetería.

La realidad del mundo le sacudió el rostro como si de una bofetada se tratase. ¿Cómo había podido ser tan ilusa? ¿Cómo podía haber vivido de sueños y ensueños durante tanto tiempo? Ahora, cuando llegaba a casa, cenaba algo, se metía en la cama y se dejaba vencer por el sueño. No merecía la pena vivir de ilusiones. No era prudente dejarse llevar por la imaginación.

***

Por supuesto, no era la primera vez que soñaba. Como les ocurre a todos los seres humanos, su subconsciente se manifestaba mientras dormía. Pero desde luego, nunca había tenido sueños como los que tuvo desde aquella primera noche en la que dejó que sus párpados le vencieran. Lo normal era pensar que, dedicando el tiempo que dedicaba a escribir sus historias, soñase con ellas de algún modo, lo que le llevaría sin duda a tener pesadillas gobernadas por los muertos. Sin embargo, soñaba cosas muy diferentes. Soñaba con situaciones hermosas; con recuerdos de su infancia; con personas y cosas que no existían –al menos que él supiese– y que le proporcionaban un estado de felicidad efímero, pero intenso.

Fue así como empezó a ensoñar antes de dormirse por las noches. Fue así como, por cuenta propia, comenzó a crear en su cabeza historias que no habían ocurrido (o sí, pero nadie las conocía). Como comenzó a darse cuenta de que no se puede vivir en un estado de realidad inquebrantable y perpetua pretendiendo ser feliz.

***

Casi se movía automáticamente. A veces, se sentía en parte máquina. Recogía una mesa y servía otra. Como un círculo vicioso que no terminaba nunca. Hacía unos días que había guardado sus objetos de danza en una caja que dejó al fondo del armario. Había sido como guardar la mejor parte de su vida para siempre, a sabiendas de que estaba muerta. De que no volvería a repetirse. Y asumiendo que no viviría una parte mejor.

***

Al día siguiente de su primer ensueño, lo primero que hizo nada más levantarse fue eliminar el borrador de su última historia (la del suicidio colectivo). La llevaba realmente avanzada, pero al deshacerse de ella sólo pudo sentir una enorme satisfacción. Había decidido comenzar una nueva historia; una historia nacida de sus ensueños, sus ilusiones, su imaginación. Una historia que no tuviese ninguna relación con los hechos reales, con el mundo real. Para ello, pensó que sería adecuado romper su rutina, así que, sin pensarlo dos veces, se puso el abrigo, cogió la cartera, un blog de notas y la pluma, y salió de casa.

***

Como una autómata, se dirigió a la siguiente mesa para servir café. Tras hacerlo, miró al hombre que la sonreía con agradecimiento y dio un pequeño respingo. Apenas podía creer en aquella coincidencia. Se trataba de un escritor que había logrado cosechar un enorme éxito escribiendo historias basadas en hechos reales. El caso es que a ella nunca le había llamado la atención ese tipo de lectura, hasta que se torció el pie. Precisamente, llevaba en el bolso un ejemplar de su último libro, que ya estaba terminando de leer.

***

Por alguna razón, el rostro de la camarera le resultó conmovedor. No sabría decir si se debía a la armónica combinación entre belleza y melancolía que éste reflejaba. El respingo que dio al verle le llevó a pensar que probablemente le habría reconocido, lo cual fue, sin duda, la perfecta excusa para iniciar una conversación.

–¿Sabe quién soy? –le preguntó con amabilidad.

–Sí –respondió ella tímidamente.

–¿Ha leído alguno de mis libros? –en los ojos de aquella mujer podía percibir un deje de inquietud que no sabía muy bien cómo interpretar.

–Varios –se limitó a decir.

La mujer se dispuso a darse la vuelta para llevarse la bandeja con la cafetera. Al hacerlo, él pudo percibir cómo cojeaba levemente del pie izquierdo.

–¡Espere! –la llamó casi por impulso. Ella se dio de nuevo la vuelta y, entre dudas, terminó acercándose a la mesa–. ¿Por qué no se sienta un momento y me comenta su impresión sobre mis historias? Siempre es gratificante conocer las opiniones de mis lectores.

–Verá… –la melancolía no dejaba de estar presente en su rostro; era una perfecta contradicción con su belleza–. Estoy en horario de trabajo y…

–No se preocupe por eso –zanjó él–. Siéntese, por favor.

De nuevo la duda en su rostro, siempre con esa tristeza sosegada. Casi con un movimiento automático, se sentó frente a él, la cabeza gacha y un tono rosáceo en las mejillas corroboraban su timidez.

–Cuénteme –le pidió él–. ¿Por qué le gustan mis historias?

***

Esa pregunta tan directa la cogió por sorpresa. Debía decidir –y rápido– si ser sincera o no con el famoso escritor, aunque anónimo para ella hacía muy poco tiempo. No se lo pensó demasiado: en sus ojos pudo ver un interés real por conocer su respuesta. No había motivos ni razones para no ser sincera.

–Verá… –intentó ordenar sus pensamientos–. El caso es que apenas han pasado tres semanas desde que comencé a leer sus historias. Sin duda, su fama le precede y ya había oído hablar de ellas, pero no me habían llamado la atención hasta hace poco.

El escritor se quedó atónito. Casi como si hubiese visto un fantasma. Entonces una sonrisa empezó a crecer en su rostro hasta convertirse en risa.

–Discúlpeme –dijo tras sosegarse–. Esto me parece… Bueno, me parece una coincidencia increíble. Verá, hace poco que he decidido dejar de escribir este tipo de historias. Precisamente, esta mañana he eliminado el borrador de la última que estaba escribiendo.

–Oh… –no se esperaba esa revelación.

–No sé muy bien por qué cuento esto a una desconocida pero… –dijo él mientras fijaba la mirada en su taza de café–. He pasado toda mi vida siendo un realista. Viendo las cosas tal y como son en realidad, sin dejar espacio a sueños, a esperanzas. Un día, me quedé dormido mientras escribía esa última historia y me dejé arrastrar por sueños realmente hermosos. Fue entonces cuando empecé a ensoñar. Y ahora comienzan a nacer en mí historias inexistentes que sólo ocurren en mi imaginación y que no tienen nada que ver con la realidad. Eso me proporciona mucha paz, ¿sabe?

Cuando levantó la mirada de la taza de café, se encontró dos ojos llorosos observándole intensamente. No sabía qué podía haber dicho para provocar esa reacción en la mujer. Antes de poder decir algo para arreglar la metedura de pata, un hilo de voz salió de su garganta casi con un anhelo desesperado.

–Qué curioso –sonrió por primera vez–. Usted, escritor, renuncia al realismo en detrimento de la imaginación. Yo, bailarina (al menos lo era), renuncio a la imaginación a favor de la realidad. ¿Cree en la posibilidad de que pueda existir un punto medio? ¿Un punto de equilibrio entre realidad y ensoñación? ¿Entre aceptación y negación? ¿Entre la oscuridad y la luz?

–No. No lo creo –respondió él–. Al menos, no por ahora.

 

Bailarina Degas
Edgar Degas, Danseuse debout, ca. 1877.

 

Automatismo

 

El título de una historia se pone al final.

Da igual lo que diga la gente. Es absurdo pensar que a partir de un indicio, de una idea prácticamente inexistente, cobre forma algo tan importante como es lo que sea que termina siendo esto. No se trata de pensar, ni de cavilar a partir de una base impuesta por una mente perturbada. Se trata más bien de sentir, de dejar actuar a los dedos sobre el teclado, casi improvisando las palabras a medida que nacen en el documento en blanco.

Ahora, por ejemplo, ni siquiera premedito lo que estoy diciendo. Simplemente me rindo a la capacidad persuasoria de mi cerebro. Continúo improvisando y dejando hacer, sin arraigos, sin ataduras. Siento melancolía, dicha, miedo, orgullo, venganza, dolor, placer. Siento muchas cosas y no tengo ni idea de cuál de ellas será la que termine por ser constructora de este relato. Es muy posible que ni siquiera esto termine cobrando forma. Es probable que termine siendo un borrador, un borrador impreso, arrugado y olvidado en la papelera que tengo a mi derecha, bien a mano, casi una canasta en la que encestar –y acertar– mis constantes frustraciones.

Son muchos los que piensan que improvisar es difícil. Eso es sólo porque no se dejan llevar por la situación, el momento, la circunstancia, el espacio, el contexto que les rodea. Ahora estoy en mi habitación –mi despacho si lo prefieren los prejuiciosos–; estoy sentada frente al portátil, con una pequeña luz violácea palpitando en mi móvil porque alguien me ha hablado. La ignoro porque estoy sucumbiendo, siendo sólo semiconsciente de ello, al magnetismo que me suscita el sonido de las teclas. Cuanto más rápido escribo, más parecen sonar y mayor placer me produce el sonido. Es por ello que, muy posiblemente, a medida que leas notes cómo lo que digo resta en su sentido y se convierte en una bacanal de ideas, de pensamientos, actitudes, deseos, emociones.

El caso es que, como creo que decía al principio, me resulta absurdo hablar de títulos en una obra no ya inacabada, sino nonata. Llegados a este punto, en que ya suman 354 palabras las que he escrito sin mucho sentido, podría empezar a escribir algo que tenga lo que suelen tener los relatos: un inicio, una trama y un desenlace, grosso modo. Podría contaros la historia de una joven muchacha que se pierde en una ciudad desconocida, que es raptada y que se enamora de su secuestrador o algo así. O podría contaros el recorrido diario que hace un perro abandonado para conseguir comida con el fin de que sus costillas dejen de verse tanto a la luz del día. Podría relatar también cómo nací, cómo crecí y cada uno de los episodios que me han hecho infeliz o dichosa a lo largo de mi corta vida; aunque no me gustan los relatos autobiográficos, al menos por ahora.

Lo que pretendo deciros es que podría contar mil historias distintas, pero me estoy dejando llevar por primera vez. Llamadlo si queréis experimento (no creo que exista palabra más justa para describir esta barbaridad). Mis dedos actúan casi por sí solos y no dejo que mi cerebro piense más de la cuenta. Además, levanto un muro para que mis emociones no penetren en esta página, pues en ese caso el experimento sería nulo.

Hemos llegado hasta aquí y me pregunto qué narices habré escrito hasta ahora. Quizás me dé por leerlo una vez que mis dedos dejen de moverse. Me pregunto si alguien, en su sano juicio, habrá seguido leyendo hasta aquí. Sobre todo, me pregunto si alguien en su sano juicio espera que esto que escribo adquiera alguna especie de sentido metafórico, o racional o qué sé yo.

No, lector o lectora, si es que realmente sigues leyendo. Te repito que esto es un experimento. ¿Cuál es su fin? No tengo ni la más mínima idea. Supongo que me querré demostrar a mí misma lo que soy capaz de hacer (o mejor dicho, de no hacer) cuando no dejo lugar a emociones ni pensamientos. Cuando escribo 679 palabras sin tener ni maldita idea de qué quieren significar, o de si llegarán a significar algo. Puede incluso que, a estas alturas, resulte ya pesaroso de leer. Casi repulsivo, pedante. Me da igual. Esto lo escribo sólo para mí. Eso no significa que no lo vaya a publicar. Sería tontería no hacerlo después de siete minutos escribiendo sin pensar.

Parece que vacilo, pero realmente me está costando bastante más de lo que creía. No es que ahora quiera dar la razón a aquellos que dicen que improvisar es realmente difícil. Pero renegar de tus emociones y de tus pensamientos para ver qué es lo que escriben tus dedos sobre el teclado es ciertamente terrorífico. No sé si alguien lo habrá hecho alguna vez (seguro que sí), pero tampoco sé si terminas acostumbrándote una vez que ya lo has hecho por vez primera. Claro, esta es la primera vez que improviso absolutamente algo de lo que escribo. Es la primera vez que dejo actuar a mis dedos solos, sin mediar en ellos nada más que la parte del cerebro que les obliga a moverse y a pulsar sobre las teclas que necesito que pulsen para relatar esta sarta de estupideces.

Aunque ahora que lo pienso… ¿Por qué no iban a responder estas 889 palabras a mis deseos si es mi propio cerebro el que ordena a mis dedos que pulsen estas teclas y formen estas palabras? Joder, me está empezando a dar miedo el experimento. Estoy empezando a escribir muy deprisa y no puedo parar. Ahora no tengo aquí la mente, tan sólo mis dedos escriben casi frenéticos sobre el teclado, que comienza a quejarse. No puede ser muy normal esta improvisación si yo me siento lejos y fuera de este relato, si yo ni siquiera soy capaz de recordar de qué hablo en el párrafo anterior.

Dadme un segundo. Voy a leer el principio.

Se me había olvidado. Al principio hablo de que los títulos se ponen al final de la historia, y no antes de contarla. Bueno, ahora mismo no podría estar más de acuerdo con esa primaria afirmación que he querido hacer al principio de este relato. Pero… ¿Cómo puedo titular a esto? Si no hay inicio, trama ni desenlace. Si no cuento ninguna historia. Si no hay emociones de por medio. No hay pensamientos. No hay nada. Sólo palabras que enlazan las unas con las otras queriendo tener algún sentido. Queriendo demostrar que mis dedos tienen autonomía propia. Como si mi cerebro no estuviese formando parte de todo este circo…

En fin, lo dicho, ¿cómo título esta locura? Estoy ya en 1113 palabras. No sé cómo he llegado hasta aquí. Sólo sé que han pasado muy pocos minutos desde que empecé a escribir y que ahora tengo miedo porque he descubierto una parte de mí misma que no conocía. Una parte que no piensa. Una parte que sólo actúa sobre las teclas y que no se detiene a pensar en las consecuencias de un relato que ni siquiera es tal cosa. Que ni siquiera se ha detenido a pensar en si se repite demasiado, pues le da lo mismo hacerlo, ya que esto no deja de ser un experimento.

Si has llegado hasta aquí, eres un lector con todas las letras. Enhorabuena. No sé qué he escrito y sin embargo aquí estás, en las últimas líneas. Sabiendo (pues debes saberlo a estar alturas) que he escrito esto en minutos contados, de manera automática y sin pensar. Y aun así me has querido leer. Sin duda, el mérito no es mío. Es tuyo.

 

Autómata Hopper
Edward Hopper, Automat, 1927.

El sombrero

 

Hacía frío aquella noche.

Era un frío meditabundo que no se veía sometido a las violaciones del viento, al cual casi se le echaba en falta por la inquietud que provocaba el silencio reinante. Era una noche cualquiera de un día cualquiera en una calle cualquiera. Todas las persianas estaban bajadas y sólo el ligero sonido que provocaba al titilar una farola rompía la locura de semejante escenario. Ni siquiera hacían presencia los coches, tan tendentes a entrometerse en la calma mundana.

Fue ella quien rompió la paz con sus tacones. Le satisfacía saber que a esa hora exacta en esa calle exacta sólo su silueta osaba perpetrar la teatral solemnidad que sacudía al resto del mundo. Tras caminar unos pasos, se detuvo en el mismo lugar de siempre, cobijada bajo la marquesina de un edificio –valga la redundancia– cualquiera. Ese era su instante predilecto. Aquel en el que se sentía sola, dueña, reina, emperatriz. Como acostumbraba, se encendió un cigarro largo y comenzó a darle caladas, mezclándose el humo con el vaho causado por el frío.

Sin embargo, aquella noche su ritual se vio sacudido por la imprevisión: bajando la lóbrega calle, un hombre con gabardina y sombrero parecía deleitarse con el invernal abrazo que le otorgaba el orbe.

Lo primero que hizo ella fue maldecirlo en voz baja. ¿Cómo se atrevía aquel infame desconocido a arrebatarle su calle, su hora? Acto seguido, maldijo en un susurro a la farola, que ya hacía tiempo podría haber reventado para no resaltar su figura bajo la también maldita marquesina, que no cubría ni por asomo al completo su cuerpo, mucho menos sus tacones rojos.

Prolongó sus caladas –por la indignación– e intentó mirar hacia otro lado. Como un niño que se esconde bajo las sábanas porque cree que hay un monstruo bajo su cama y de ese modo no le hará ningún daño. Por supuesto, fue en vano.

–Disculpe, señorita –la voz del desconocido le habría resultado reconfortante en otro contexto; era una voz de barítono, el punto medio de las voces–. ¿Tiene fuego?

Ella no respondió. Se limitó a prender una cerilla con elegancia y encender el fino puro del caballero nocturno, al que no consiguió ver el rostro. Consciente de la introversión de la dama, el hombre le agradeció el gesto con un leve movimiento del sombrero y emprendió de nuevo su camino, calle abajo.

Todo había pasado. Ya no tendría que volver a ver a aquel desalmado que había destruido la paz de su momento, de su instante. Pero entonces los labios de ella se abrieron y de su boca salieron, precipitándose, palabras nacidas de la más absoluta ausencia de premeditación.

–Este es mi momento. Y ésta, mi calle –. Se limitó a decir.

El caballero se dio la vuelta y se acercó un poco, visiblemente intrigado.

–¿Disculpe?

–Ya lo ha oído: esta hora es mía. Esta calle también.

–El tiempo no es de nadie –replicó él, casi con socarronería–. Las calles son de todos.

Tras esto, el hombre prosiguió su camino, dejándola con la boca entreabierta y el rostro colorado. No habría sabido adivinar qué fue lo que le molestó más. Si la arrogancia del desconocido, su falta de asombro o su falta de vergüenza.

 

***

 

Pasó el tiempo preciso para que la mujer repitiese su ritual. Ni por asomo tenía la intención de amedrentarse tras la aparición de ese cretino. Una vez más llegó a su calle, a su hora. Se detuvo bajo su marquesina y se encendió su cigarrillo largo. No podía existir sensación más placentera que la de fumar rodeada de frío; y de silencio. Mientras fumaba, miraba hacia arriba; luego hacia abajo. Y así hasta que se consumió el cigarro. Tenía por costumbre no abusar de ese vicio insano e injustificado, pero esa noche –sin saber muy bien por qué–, se concedió una tregua y se encendió otro.

A medio camino del filtro, una silueta apareció calle arriba. Era la figura del desconocido. La misma gabardina. El mismo sombrero. Ella se irguió y dio una prolongada calada al cigarro. En esta ocasión no miró hacia otro lado, sino directamente al allanador de su momento.

Como si le divirtiese su actitud, el hombre la saludó con el sombrero y se detuvo lo suficientemente cerca como para irritarla, pero lo suficientemente lejos como para no dejarle ver su rostro, sino únicamente el reflejo de una sonrisa llena de presunción.

–Buenas noches –dijo con una cortesía que a ella le resultó insultante–. Disculpe, pero esta hora es mía.

–Pero… ¿qué está diciendo? –preguntó ella, denotando perplejidad.

–La otra noche, me comunicó cuál era su hora –respondió él, impasible ante la confusión de la dama–. Hoy he tenido la cortesía de retrasar mi paseo nocturno y me la encuentro aquí, en la que afirma que es su calle, pero en una hora que no le pertenece.

–¡Fue usted quién dijo que el tiempo no es de nadie! –saltó ella a la defensiva, sin saber muy bien qué decir.

–Menuda contradicción… –el caballero se levantó un poco el sombrero para frotarse la frente; ella se acercó sutilmente para adivinar su rostro, pero sólo pudo percibir el brillo de un ojo verde–. Permítame preguntarle (y perdone mi indiscreción) a partir de qué hora puedo pasear por esta calle sin perturbar su momento.

–Cuando le dije “esta hora es mía”, era evidente que me refería a los sesenta minutos que forman una hora completa –respondió ella, orgullosa de su explicación improvisada.

–Oh, vaya… ¡Cuánto lo lamento! –contestó él con teatralidad; tras ello, se serenó y se dispuso a poner fin a esa conversación absurda–. Lo tendré en cuenta a partir de ahora. Pasearé cuando su hora –completa– se haya esfumado.

Una vez más, se despidió con el sombrero –ese maldito sombrero que impedía ver su rostro– y retomó su paseo, calle abajo.

–¿Por qué le gusta pasear a estas horas, por esta calle, con este frío? –ella misma no podía entender por qué le hacía esa pregunta.

El desconocido se giró levemente y, aún con el sombrero, ella pudo sentir cómo su mirada la atravesaba como un rayo.

–¿Para qué querría saberlo? –de nuevo el atisbo de sonrisa, a medio camino entre la diversión y la socarronería–. Nuestros caminos no volverán a cruzarse.

–Tiene usted toda la razón –replicó soberbia, apartando de él su mirada y dirigiéndola a la pared de enfrente de su marquesina.

El hombre dio unos pasos hacia ella. De nuevo, quedó lo suficientemente cerca como para incomodarla, pero lo suficientemente lejos como para que esos ojos verdes sólo irradiasen un suave brillo que anunciaba una revelación instantánea y perecedera.

Me gusta el frío del invierno –comenzó, apenas en un susurro–. Me gusta la noche. Me gustan los puros. Pero sobre todo, me gusta la soledad que ansío y añoro durante el día. La oscuridad y el frío me encumbran. Estar solo me hace despojarme de mi vileza o, lo que es lo mismo, de mi condición de ser humano. Lo que más me gusta de todo, es la ironía de saber que la soledad es mi mejor compañera, pues ella es la única que me permite ser dueño de mí mismo.

Tras sus palabras, el desconocido prosiguió su camino. La mujer se sorprendió al notar que sus labios temblaban. Siguió la silueta de aquel hombre hasta que desapareció en las sombras de la calle que, hasta ese momento, había considerado sólo suya.

 

***

 

Llegó la tercera noche. Ella estuvo en su calle, a su hora, bajo su marquesina. Encendió el primer cigarrillo sin prisa. Cuando pisó la tercera colilla con el zapato, miró su reloj y comprobó que su hora había pasado ya. Miró calle arriba, esperando a que apareciese la silueta del desconocido de ojos verdes, sombrero y gabardina.

Su pitillera estaba vacía cuando comenzó a amanecer.

 

***

 

Repitió su nuevo ritual durante mucho tiempo. Lo repitió consciente de que la soledad que tanto había anhelado antaño, había sido remplazada por una obsesión casi compulsiva: la de levantar el sombrero del desconocido y perderse en sus ojos verdes para demostrarse que no estaba sola.

Pero el hombre se perdió aquella segunda noche en que reveló a una absoluta desconocida la misma esencia de su alma. Se perdió en la calle y se perdió en el tiempo. Se perdió en la mirada de ella y en sus tacones rojos. Se perdió en el mundo y fuera de él. Se perdió en su soledad. Se perdió en su sombrero. En ese maldito sombrero que fue, sin duda, el culpable de todo.

 

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Fotografía (detalle): Brassaï (Gyula Halász) (1899-1984).