El escritor

 

—Las historias no tienen por qué tener un principio. Algunas sólo tienen un final. Algunas sólo tienen una consecuencia dada por un periplo mal gestionado por causas nacidas de pequeñas destrucciones. Toda persona quiere racionalizar aquello que forma parte de su vida; descomponerlo en pequeños fragmentos perfectamente explicados para buscarle un sentido en la más estricta definición de esta palabra. Pero entonces llega ese momento de lucidez en el que nos damos cuenta de que, aunque todo tenga una base racional, el simple hecho de darle una forma regular supondría la llegada de nuestra propia autodestrucción. Así pues, ¿cómo expresamos irracionalmente lo más profusamente racional sin destruirnos? —hace una pausa; mira a los ojos al psicólogo y entiende que no tiene la respuesta. Da igual: él sí—. Recogiendo los fragmentos sin unirlos.

Cuatro paredes, montañas de libros y pensamientos. Mi vida –mi auténtica vida– se reduce a esto. Demasiados episodios traumáticos en demasiados pocos años. Demasiadas experiencias demasiado variopintas. Caminar por la vida sin rumbo; sentirme cómodo en la oscuridad de mis pensamientos, en el zigzagueante devenir de mis circunstancias. El destino, mi peor enemigo. Caminar en la sombra de la noche con el frío como compañero inseparable de mis pasos. Contar los baldosines de la acera como único remedio a mi enfermedad, aquélla que me impulsa a no poder dejar de pensar ni una milésima de segundo. El viento invernal como perfecta excusa para justificar la lluvia de mis ojos.

No es fácil sentirse feliz e infeliz al mismo tiempo. Mi felicidad viene de la mano del orgullo: un claro exceso de estimación propia al ser consciente de mi inteligencia anormal. La infelicidad… Bueno, ésta puede proceder de muchas cosas, aunque –irónicamente–, su origen puede situarse en mi inteligencia, que dicho sea de paso, es emocional (o eso creo). Y, como última e incansable compañera, la contradicción, que forzosamente convive con mi eterno carácter indeciso: “Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia?” No podía ser otro si no Shakespeare quien tuviese semejante don para describirme en una única frase.

—Curarse del todo emocionalmente es imposible. Lo único que puedes hacer es recoger fragmentos, analizarlos por separado y guardarlos para que, con el tiempo, pasen a la insobornable sección del olvido. Es posible curarse un poco, aunque para ello hay que colocar los pies al borde de un precipicio mientras un terrible viento sopla a tu espalda y tener la suerte de no haber caído al vacío cuando se haya calmado la tormenta. A veces tengo una terrible tentación: la de dar gracias a Dios por mi humanísima memoria. Luego se me pasa. Pero ése, doctor —dice, insinuando una sonrisa—. Ése es otro de mis muchos conflictos no resueltos.

Son interesantes, los puzles. Tienen cientos de piececitas creadas, única y exclusivamente, para ser perfectísimamente encajadas entre sí. Igual que los recuerdos. Dar un paseo por las entrañas de los míos es un peligro. Un peligro placentero y destructivo al mismo tiempo. Creo que si es placentero, es porque es destructivo. Aunque también viceversa. Sentir nostalgia al contemplar su rostro de nuevo; o lo que de él queda. Saborear la soledad de rincones abandonados como antiguas ruinas romanas caídas en el olvido. Susurrar en mi memoria su nombre, colmado de prohibiciones. Recordar el sabor de sus labios al roce de los míos. De manera individual, todos los recuerdos cobran un sentido suficiente, aunque incompleto. Y es éste el instante de peligro: quiero completar su sentido; tengo la irremisible tentación de encajar las piezas, que me instan a que lo haga. Un sudor frío comienza a correr por mis sienes y noto mi pulso acelerado. Se me entrecorta la respiración y me veo obligado a controlarla concentrándome como un niño que quiere dar sus primeros pasos.

—Que… ¿qué opino del destino? —hace una pausa; se frota los ojos con visible frustración y resopla—. Doctor, el destino no es amigo mío. Más bien es un desgraciado al que le gusta reírse de mi desesperación. ¿Cómo si no sería posible que se repitiesen las historias de una manera tan semejante que aterroriza? El caos llama de nuevo a mi puerta poco después de haberse ido. Tiene un rostro distinto, una vida diferente, otros pensamientos, pero sigue siendo él. Mejor dicho: es una versión mejorada de él. Y eso, evidentemente, sólo puede ser malo, pues el sufrimiento que puede ocasionarme ahora es doblemente aterrador, ya que ahora es doblemente perfecto. Y del mismo modo se duplica el sufrimiento que yo puedo provocarle a él —el ceño fruncido del psicólogo le arranca una risotada—. ¿Quién ha dicho que no se pueda provocar sufrimiento al caos?

Es sencillamente irremediable. Dicen que la Historia siempre se repite. Parece que tienen razón. Lo único que podemos hacer es aprender de la historia del pasado para que, cuando lleguen acontecimientos demasiado similares, podamos obrar con la mayor prudencia posible. El problema viene cuando nos damos cuenta de que los acontecimientos históricos a nivel de vida no pueden racionalizarse del modo en que lo hacen aquéllos que tienen que ver con la sociedad en su conjunto. En éstos, en los de la vida, los sentimientos están a flor de piel, como suele decirse. Imán y hierro. Una vez unidos puedes separarlos; pero si los acercas demasiado, no puedes evitar que se unan.

—Sí, doctor —dice con una sonrisa apacible—. Es evidente que me encuentro mucho mejor anímicamente. He dejado de analizar absolutamente todo. Los fragmentos están donde deben estar. Nunca llegué a unirlos por completo y es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

 

Hay algo que no le dije al psicólogo. La razón por la que puedo decir que soy feliz a fragmentos, el único modo en que uno puede serlo. Algo que se ha convertido en el motor central de mi vida. Algo sin lo que no concibo ningún futuro. Siempre lo supe, pero nunca antes conseguí reunir fuerzas suficientes para aceptarlo en mi vida. No mentí al doctor al decirle que nunca llegué a unir del todo los fragmentos. Pero no los he abandonado. Sencillamente están repartidos. Vuelan como las hojas mecidas por la suave brisa del otoño. Recogen instantes apenas perceptibles y que sólo yo soy capaz de reconocer como míos. Qué sencilla era la respuesta. Qué amable. Qué esperanzadora. La respuesta estaba en aceptar quién soy yo. Y yo, soy el escritor.

 

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Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos (detalle), 1797-1799.

El roedor

 

Ciertas noches inconciliables con el abrazo del sueño, embarga el silencio los rincones de mi pieza y me entrego dócil a la locura ofrecida por su apacible embotamiento.

La soledad, mi pródiga compañera, se sienta a mi lado y me susurra al oído que algún día tendré que dejarla. Amenazan las lágrimas con salir de mis ojos y respondo con un hilo de temblorosa y patética voz: “Nunca”.

Mi soledad se apelmaza, me abraza y me consuela. Yo me siento como una copa a punto de desbordarse, como el venado que oye el chasquido de la rama pisada accidentalmente por un depredador. Eso apacigua mi espíritu y concilia mi existencia.

Descorcho una botella de vino y siento culpa por violentar a mi segundo compañero, el silencio. Pero éste regresa pronto a mi lado, me nubla la calma y bebo en su opresora y doliente densidad.

Clandestinidad de mis emociones comprimidas en mente aletargada es todo lo que recuerdo sobre estas apacibles noches que se convierten en mis predilectas, salvando una que supuso la perdición de mi soliloquio.

Fueron tres golpes secos en la puerta. Mi soledad me observó aterrada y analítica; casi parecía una psicóloga que buscaba un comportamiento humano en una bestia. El silencio iba y venía con los golpes o su ausencia.

Quise ignorarlos, pero no cesaron en su insistencia. Quise beber y dormir, pero el sueño no llegaba. Quise que no me importasen, pero me importaban.

Me levanté y caminé penosamente hacia la puerta. Cuando la abrí, me encontré dos ojos lluviosos que me miraban con una mezcla de odio, rencor y vida. Sólo pude mirar hacia atrás y darme cuenta de que mi amada se había esfumado.

Los ojos flotantes me perseguían como mi sombra bajo la luz de las farolas que amortiguan la oscuridad de las calles.

Se sucedieron palabras, insultos, imprecaciones. No sé de dónde salían. Yo sólo veía dos ojos. Quería que se marchasen. Era aterrador contemplarlos ahí, flotando en mi pieza, humillándome, castigándome. Se ladeó mi cabeza a causa de un impacto y, por fin, desaparecieron los ojos tras un portazo.

De nuevo, apareció mi amante, mi compañera de días y noches al fluir de la vida y el acecho de la muerte. De nuevo silencio junto a ella y mi copa de vino, tejiendo esperanzas de futuro.

Pero entonces me miró con pena dibujada a medio camino entre sus ojos y sus labios. Me acarició ahí donde sentí el impacto y susurró: “no tienes por qué estar solo”. “No estoy solo –le dije–. Te tengo a ti, siempre”.

El silencio fue violado por un sonido molesto e inquietante que parecía moverse por el suelo, burlándose de mí. Empecé a buscar su origen, pero cada vez que me movía, el ruido desaparecía como la lluvia cuando lo hacen las nubes.

Levanté sillas, lámparas, todo banal pero necesario objeto que ocupaba los espacios de mi pieza. Miré de nuevo hacia atrás para asegurarme de que mi amante me esperaba. Pero no estaba.

Enfurecí, perdí la calma. Mi soledad debía seguir a mi lado. Ése era el trato que había hecho con la vida. También debía acompañarme el silencio, pero era roto por ese sonido sobre el suelo, ese sonido que se movía a lo largo y ancho de la pieza sin que yo diese con él.

Comencé a temblar, hinchándose las venas en mi cuello, enrojeciéndose mi rostro mientras la ira se volcaba en mí a medida que ese sonido se negaba a cesar para burlarse. Entonces lo vi: una ínfima grieta en la pared del pasillo. Un pequeño roedor que la habitaba y salía de ella envalentonado en busca de comida o algo de beber.

Cogí mi bastón. Me acerqué despacio mientras el pérfido invasor roía frenético unas migajas. Comencé a agitarlo a un paso de él, dando golpes contra el quejoso suelo. Lo perseguí hasta que perdí su pequeña y repulsiva figura tras la grieta.

Ésa se convirtió en mi nueva rutina: perseguir al roedor hasta conseguir darle caza y lograr con ello recuperar la anhelada compañía de mi amante, a la que jamás imaginé que añoraría tanto.

Pero el roedor era demasiado listo. Su arrogancia y presuntuosidad me desquiciaban, pues en el brillo de esos pequeños ojos negros podía leer su burla, su absoluto conocimiento de mi sufrimiento ante la pérdida de mi amada y la desesperación por su regreso.

El roedor se convirtió así en la imagen de la venganza prometida por aquellos dos ojos lluviosos y flotantes. Se convirtió en el eterno esquivo de la muerte, en la interminable compañía que yo tanto rechazaba.

Se apoderó de mí la desesperación ante la nostalgia que me suscitaba el recuerdo de mi amante, la soledad.Me consumí poco a poco ante su irremediable pérdida y cesé en mi empeño de terminar con la vida de ese monstruo cuyos pequeños pasos resonaban cada noche para atormentar mi espíritu hasta el resto de mis días.

 

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Gustave Courbet, El desesperado, ca. 1844-1845.

Blanco o negro

Era un artista. Un artista del método. Realismo, lo llamaba. Todo acontecimiento podía inscribirse en un método basado en la más estricta racionalidad. Escribía siempre siguiendo una misma pauta, un mismo sendero en línea recta que, además, estaba señalizado con flechas que indicaban una única dirección.

Así fue hasta que empezó a quedarse dormido.

Al principio nunca se quedaba dormido. ¿Cómo podría permitírselo, si vivía de la escritura? Se sentaba frente al portátil con un café bien cargado y comenzaba su trabajo. Cuando el sueño intentaba arrimarse, daba otro sorbo a su café. Y cuando lo terminaba, se llenaba de nuevo la taza. Así una y otra vez, durante muchos días, bastantes meses y algunos años. Aquello que escribía –no viene a cuento entrar en detalles– tenía un gran éxito. Llenaba su ego y su bolsillo. Y lo único que tenía que hacer era seguir las mismas pautas una y otra vez, pero extrayendo distintas fotografías de la realidad. El problema llegó cuando esa rutina comenzó a resultarle pesarosa. En realidad, no se trataba exactamente de la rutina, pero él no lo sabía aún.

***

Era una soñadora. Una soñadora del método. Ilusión, lo llamaba. Todas las cosas podían mirarse con una perspectiva diferente y totalmente irracional, siempre y cuando con ello se lograse huir de la realidad y vivir en una –digamos– dimensión más amable. Bailaba siempre con una sonrisa en el rostro ante cientos de espectadores que admiraban su gracilidad y delicadeza. Cuando se metía en la cama, siempre hacía algo antes de dormir: ensoñar. Sus pensamientos se perdían en un mar de agradables e inexistentes recuerdos; imaginaba escenarios, ocasiones, oportunidades…

Así fue hasta que su pie se torció.

Sus pies no le fallaban nunca. No eran parte de ella: eran ella. Le resultaba más difícil dar un paseo por la ciudad que danzar al son del Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. La danza apenas le daba para vivir, pero eso era algo que siempre había carecido de importancia, pues tenía la gran fortuna de dedicar su vida a su pasión. El problema llegó cuando se torció ese pie y sus ensueños comenzaron a desvanecerse como una nube de polvo.

***

Los párpados le comenzaban a pesar sobre los ojos. La taza de café estaba vacía y no tenía ganas de levantarse para llenarla de nuevo. La historia que estaba escribiendo le empezaba a resultar casi vomitiva. Como siempre, partía de hechos reales para escribir sus afamadas historias; en esta ocasión, tocaba narrar un suicidio colectivo en un barrio marginado. Era estremecedor, pues lo peor no era el suicidio en sí, si no la falta de sentido que tenía. Aquellas personas se quitaron la vida por un simple error. Por una mala interpretación. No. No era la rutina lo que le resultaba pesaroso… Era la realidad de aquel maldito mundo.

Aquel día no luchó contra el peso de sus párpados. Los dejó caer y se quedó dormido en el sofá. Fue entonces cuando comenzó a soñar (que no a ensoñar).

***

En cualquier otro momento de su vida, habría empezado su primer día de trabajo con una sonrisa en el rostro. Pero al torcerse el pie, sus ensueños se torcieron con él, sus sueños desaparecieron y murieron sus aspiraciones. Ahora tenía que (mal) ganarse la vida de otra manera. Y la única que le ofrecieron fue servir como camarera en una cafetería.

La realidad del mundo le sacudió el rostro como si de una bofetada se tratase. ¿Cómo había podido ser tan ilusa? ¿Cómo podía haber vivido de sueños y ensueños durante tanto tiempo? Ahora, cuando llegaba a casa, cenaba algo, se metía en la cama y se dejaba vencer por el sueño. No merecía la pena vivir de ilusiones. No era prudente dejarse llevar por la imaginación.

***

Por supuesto, no era la primera vez que soñaba. Como les ocurre a todos los seres humanos, su subconsciente se manifestaba mientras dormía. Pero desde luego, nunca había tenido sueños como los que tuvo desde aquella primera noche en la que dejó que sus párpados le vencieran. Lo normal era pensar que, dedicando el tiempo que dedicaba a escribir sus historias, soñase con ellas de algún modo, lo que le llevaría sin duda a tener pesadillas gobernadas por los muertos. Sin embargo, soñaba cosas muy diferentes. Soñaba con situaciones hermosas; con recuerdos de su infancia; con personas y cosas que no existían –al menos que él supiese– y que le proporcionaban un estado de felicidad efímero, pero intenso.

Fue así como empezó a ensoñar antes de dormirse por las noches. Fue así como, por cuenta propia, comenzó a crear en su cabeza historias que no habían ocurrido (o sí, pero nadie las conocía). Como comenzó a darse cuenta de que no se puede vivir en un estado de realidad inquebrantable y perpetua pretendiendo ser feliz.

***

Casi se movía automáticamente. A veces, se sentía en parte máquina. Recogía una mesa y servía otra. Como un círculo vicioso que no terminaba nunca. Hacía unos días que había guardado sus objetos de danza en una caja que dejó al fondo del armario. Había sido como guardar la mejor parte de su vida para siempre, a sabiendas de que estaba muerta. De que no volvería a repetirse. Y asumiendo que no viviría una parte mejor.

***

Al día siguiente de su primer ensueño, lo primero que hizo nada más levantarse fue eliminar el borrador de su última historia (la del suicidio colectivo). La llevaba realmente avanzada, pero al deshacerse de ella sólo pudo sentir una enorme satisfacción. Había decidido comenzar una nueva historia; una historia nacida de sus ensueños, sus ilusiones, su imaginación. Una historia que no tuviese ninguna relación con los hechos reales, con el mundo real. Para ello, pensó que sería adecuado romper su rutina, así que, sin pensarlo dos veces, se puso el abrigo, cogió la cartera, un blog de notas y la pluma, y salió de casa.

***

Como una autómata, se dirigió a la siguiente mesa para servir café. Tras hacerlo, miró al hombre que la sonreía con agradecimiento y dio un pequeño respingo. Apenas podía creer en aquella coincidencia. Se trataba de un escritor que había logrado cosechar un enorme éxito escribiendo historias basadas en hechos reales. El caso es que a ella nunca le había llamado la atención ese tipo de lectura, hasta que se torció el pie. Precisamente, llevaba en el bolso un ejemplar de su último libro, que ya estaba terminando de leer.

***

Por alguna razón, el rostro de la camarera le resultó conmovedor. No sabría decir si se debía a la armónica combinación entre belleza y melancolía que éste reflejaba. El respingo que dio al verle le llevó a pensar que probablemente le habría reconocido, lo cual fue, sin duda, la perfecta excusa para iniciar una conversación.

–¿Sabe quién soy? –le preguntó con amabilidad.

–Sí –respondió ella tímidamente.

–¿Ha leído alguno de mis libros? –en los ojos de aquella mujer podía percibir un deje de inquietud que no sabía muy bien cómo interpretar.

–Varios –se limitó a decir.

La mujer se dispuso a darse la vuelta para llevarse la bandeja con la cafetera. Al hacerlo, él pudo percibir cómo cojeaba levemente del pie izquierdo.

–¡Espere! –la llamó casi por impulso. Ella se dio de nuevo la vuelta y, entre dudas, terminó acercándose a la mesa–. ¿Por qué no se sienta un momento y me comenta su impresión sobre mis historias? Siempre es gratificante conocer las opiniones de mis lectores.

–Verá… –la melancolía no dejaba de estar presente en su rostro; era una perfecta contradicción con su belleza–. Estoy en horario de trabajo y…

–No se preocupe por eso –zanjó él–. Siéntese, por favor.

De nuevo la duda en su rostro, siempre con esa tristeza sosegada. Casi con un movimiento automático, se sentó frente a él, la cabeza gacha y un tono rosáceo en las mejillas corroboraban su timidez.

–Cuénteme –le pidió él–. ¿Por qué le gustan mis historias?

***

Esa pregunta tan directa la cogió por sorpresa. Debía decidir –y rápido– si ser sincera o no con el famoso escritor, aunque anónimo para ella hacía muy poco tiempo. No se lo pensó demasiado: en sus ojos pudo ver un interés real por conocer su respuesta. No había motivos ni razones para no ser sincera.

–Verá… –intentó ordenar sus pensamientos–. El caso es que apenas han pasado tres semanas desde que comencé a leer sus historias. Sin duda, su fama le precede y ya había oído hablar de ellas, pero no me habían llamado la atención hasta hace poco.

El escritor se quedó atónito. Casi como si hubiese visto un fantasma. Entonces una sonrisa empezó a crecer en su rostro hasta convertirse en risa.

–Discúlpeme –dijo tras sosegarse–. Esto me parece… Bueno, me parece una coincidencia increíble. Verá, hace poco que he decidido dejar de escribir este tipo de historias. Precisamente, esta mañana he eliminado el borrador de la última que estaba escribiendo.

–Oh… –no se esperaba esa revelación.

–No sé muy bien por qué cuento esto a una desconocida pero… –dijo él mientras fijaba la mirada en su taza de café–. He pasado toda mi vida siendo un realista. Viendo las cosas tal y como son en realidad, sin dejar espacio a sueños, a esperanzas. Un día, me quedé dormido mientras escribía esa última historia y me dejé arrastrar por sueños realmente hermosos. Fue entonces cuando empecé a ensoñar. Y ahora comienzan a nacer en mí historias inexistentes que sólo ocurren en mi imaginación y que no tienen nada que ver con la realidad. Eso me proporciona mucha paz, ¿sabe?

Cuando levantó la mirada de la taza de café, se encontró dos ojos llorosos observándole intensamente. No sabía qué podía haber dicho para provocar esa reacción en la mujer. Antes de poder decir algo para arreglar la metedura de pata, un hilo de voz salió de su garganta casi con un anhelo desesperado.

–Qué curioso –sonrió por primera vez–. Usted, escritor, renuncia al realismo en detrimento de la imaginación. Yo, bailarina (al menos lo era), renuncio a la imaginación a favor de la realidad. ¿Cree en la posibilidad de que pueda existir un punto medio? ¿Un punto de equilibrio entre realidad y ensoñación? ¿Entre aceptación y negación? ¿Entre la oscuridad y la luz?

–No. No lo creo –respondió él–. Al menos, no por ahora.

 

Bailarina Degas
Edgar Degas, Danseuse debout, ca. 1877.

 

Automatismo

 

El título de una historia se pone al final.

Da igual lo que diga la gente. Es absurdo pensar que a partir de un indicio, de una idea prácticamente inexistente, cobre forma algo tan importante como es lo que sea que termina siendo esto. No se trata de pensar, ni de cavilar a partir de una base impuesta por una mente perturbada. Se trata más bien de sentir, de dejar actuar a los dedos sobre el teclado, casi improvisando las palabras a medida que nacen en el documento en blanco.

Ahora, por ejemplo, ni siquiera premedito lo que estoy diciendo. Simplemente me rindo a la capacidad persuasoria de mi cerebro. Continúo improvisando y dejando hacer, sin arraigos, sin ataduras. Siento melancolía, dicha, miedo, orgullo, venganza, dolor, placer. Siento muchas cosas y no tengo ni idea de cuál de ellas será la que termine por ser constructora de este relato. Es muy posible que ni siquiera esto termine cobrando forma. Es probable que termine siendo un borrador, un borrador impreso, arrugado y olvidado en la papelera que tengo a mi derecha, bien a mano, casi una canasta en la que encestar –y acertar– mis constantes frustraciones.

Son muchos los que piensan que improvisar es difícil. Eso es sólo porque no se dejan llevar por la situación, el momento, la circunstancia, el espacio, el contexto que les rodea. Ahora estoy en mi habitación –mi despacho si lo prefieren los prejuiciosos–; estoy sentada frente al portátil, con una pequeña luz violácea palpitando en mi móvil porque alguien me ha hablado. La ignoro porque estoy sucumbiendo, siendo sólo semiconsciente de ello, al magnetismo que me suscita el sonido de las teclas. Cuanto más rápido escribo, más parecen sonar y mayor placer me produce el sonido. Es por ello que, muy posiblemente, a medida que leas notes cómo lo que digo resta en su sentido y se convierte en una bacanal de ideas, de pensamientos, actitudes, deseos, emociones.

El caso es que, como creo que decía al principio, me resulta absurdo hablar de títulos en una obra no ya inacabada, sino nonata. Llegados a este punto, en que ya suman 354 palabras las que he escrito sin mucho sentido, podría empezar a escribir algo que tenga lo que suelen tener los relatos: un inicio, una trama y un desenlace, grosso modo. Podría contaros la historia de una joven muchacha que se pierde en una ciudad desconocida, que es raptada y que se enamora de su secuestrador o algo así. O podría contaros el recorrido diario que hace un perro abandonado para conseguir comida con el fin de que sus costillas dejen de verse tanto a la luz del día. Podría relatar también cómo nací, cómo crecí y cada uno de los episodios que me han hecho infeliz o dichosa a lo largo de mi corta vida; aunque no me gustan los relatos autobiográficos, al menos por ahora.

Lo que pretendo deciros es que podría contar mil historias distintas, pero me estoy dejando llevar por primera vez. Llamadlo si queréis experimento (no creo que exista palabra más justa para describir esta barbaridad). Mis dedos actúan casi por sí solos y no dejo que mi cerebro piense más de la cuenta. Además, levanto un muro para que mis emociones no penetren en esta página, pues en ese caso el experimento sería nulo.

Hemos llegado hasta aquí y me pregunto qué narices habré escrito hasta ahora. Quizás me dé por leerlo una vez que mis dedos dejen de moverse. Me pregunto si alguien, en su sano juicio, habrá seguido leyendo hasta aquí. Sobre todo, me pregunto si alguien en su sano juicio espera que esto que escribo adquiera alguna especie de sentido metafórico, o racional o qué sé yo.

No, lector o lectora, si es que realmente sigues leyendo. Te repito que esto es un experimento. ¿Cuál es su fin? No tengo ni la más mínima idea. Supongo que me querré demostrar a mí misma lo que soy capaz de hacer (o mejor dicho, de no hacer) cuando no dejo lugar a emociones ni pensamientos. Cuando escribo 679 palabras sin tener ni maldita idea de qué quieren significar, o de si llegarán a significar algo. Puede incluso que, a estas alturas, resulte ya pesaroso de leer. Casi repulsivo, pedante. Me da igual. Esto lo escribo sólo para mí. Eso no significa que no lo vaya a publicar. Sería tontería no hacerlo después de siete minutos escribiendo sin pensar.

Parece que vacilo, pero realmente me está costando bastante más de lo que creía. No es que ahora quiera dar la razón a aquellos que dicen que improvisar es realmente difícil. Pero renegar de tus emociones y de tus pensamientos para ver qué es lo que escriben tus dedos sobre el teclado es ciertamente terrorífico. No sé si alguien lo habrá hecho alguna vez (seguro que sí), pero tampoco sé si terminas acostumbrándote una vez que ya lo has hecho por vez primera. Claro, esta es la primera vez que improviso absolutamente algo de lo que escribo. Es la primera vez que dejo actuar a mis dedos solos, sin mediar en ellos nada más que la parte del cerebro que les obliga a moverse y a pulsar sobre las teclas que necesito que pulsen para relatar esta sarta de estupideces.

Aunque ahora que lo pienso… ¿Por qué no iban a responder estas 889 palabras a mis deseos si es mi propio cerebro el que ordena a mis dedos que pulsen estas teclas y formen estas palabras? Joder, me está empezando a dar miedo el experimento. Estoy empezando a escribir muy deprisa y no puedo parar. Ahora no tengo aquí la mente, tan sólo mis dedos escriben casi frenéticos sobre el teclado, que comienza a quejarse. No puede ser muy normal esta improvisación si yo me siento lejos y fuera de este relato, si yo ni siquiera soy capaz de recordar de qué hablo en el párrafo anterior.

Dadme un segundo. Voy a leer el principio.

Se me había olvidado. Al principio hablo de que los títulos se ponen al final de la historia, y no antes de contarla. Bueno, ahora mismo no podría estar más de acuerdo con esa primaria afirmación que he querido hacer al principio de este relato. Pero… ¿Cómo puedo titular a esto? Si no hay inicio, trama ni desenlace. Si no cuento ninguna historia. Si no hay emociones de por medio. No hay pensamientos. No hay nada. Sólo palabras que enlazan las unas con las otras queriendo tener algún sentido. Queriendo demostrar que mis dedos tienen autonomía propia. Como si mi cerebro no estuviese formando parte de todo este circo…

En fin, lo dicho, ¿cómo título esta locura? Estoy ya en 1113 palabras. No sé cómo he llegado hasta aquí. Sólo sé que han pasado muy pocos minutos desde que empecé a escribir y que ahora tengo miedo porque he descubierto una parte de mí misma que no conocía. Una parte que no piensa. Una parte que sólo actúa sobre las teclas y que no se detiene a pensar en las consecuencias de un relato que ni siquiera es tal cosa. Que ni siquiera se ha detenido a pensar en si se repite demasiado, pues le da lo mismo hacerlo, ya que esto no deja de ser un experimento.

Si has llegado hasta aquí, eres un lector con todas las letras. Enhorabuena. No sé qué he escrito y sin embargo aquí estás, en las últimas líneas. Sabiendo (pues debes saberlo a estar alturas) que he escrito esto en minutos contados, de manera automática y sin pensar. Y aun así me has querido leer. Sin duda, el mérito no es mío. Es tuyo.

 

Autómata Hopper
Edward Hopper, Automat, 1927.

El sombrero

 

Hacía frío aquella noche.

Era un frío meditabundo que no se veía sometido a las violaciones del viento, al cual casi se le echaba en falta por la inquietud que provocaba el silencio reinante. Era una noche cualquiera de un día cualquiera en una calle cualquiera. Todas las persianas estaban bajadas y sólo el ligero sonido que provocaba al titilar una farola rompía la locura de semejante escenario. Ni siquiera hacían presencia los coches, tan tendentes a entrometerse en la calma mundana.

Fue ella quien rompió la paz con sus tacones. Le satisfacía saber que a esa hora exacta en esa calle exacta sólo su silueta osaba perpetrar la teatral solemnidad que sacudía al resto del mundo. Tras caminar unos pasos, se detuvo en el mismo lugar de siempre, cobijada bajo la marquesina de un edificio –valga la redundancia– cualquiera. Ese era su instante predilecto. Aquel en el que se sentía sola, dueña, reina, emperatriz. Como acostumbraba, se encendió un cigarro largo y comenzó a darle caladas, mezclándose el humo con el vaho causado por el frío.

Sin embargo, aquella noche su ritual se vio sacudido por la imprevisión: bajando la lóbrega calle, un hombre con gabardina y sombrero parecía deleitarse con el invernal abrazo que le otorgaba el orbe.

Lo primero que hizo ella fue maldecirlo en voz baja. ¿Cómo se atrevía aquel infame desconocido a arrebatarle su calle, su hora? Acto seguido, maldijo en un susurro a la farola, que ya hacía tiempo podría haber reventado para no resaltar su figura bajo la también maldita marquesina, que no cubría ni por asomo al completo su cuerpo, mucho menos sus tacones rojos.

Prolongó sus caladas –por la indignación– e intentó mirar hacia otro lado. Como un niño que se esconde bajo las sábanas porque cree que hay un monstruo bajo su cama y de ese modo no le hará ningún daño. Por supuesto, fue en vano.

–Disculpe, señorita –la voz del desconocido le habría resultado reconfortante en otro contexto; era una voz de barítono, el punto medio de las voces–. ¿Tiene fuego?

Ella no respondió. Se limitó a prender una cerilla con elegancia y encender el fino puro del caballero nocturno, al que no consiguió ver el rostro. Consciente de la introversión de la dama, el hombre le agradeció el gesto con un leve movimiento del sombrero y emprendió de nuevo su camino, calle abajo.

Todo había pasado. Ya no tendría que volver a ver a aquel desalmado que había destruido la paz de su momento, de su instante. Pero entonces los labios de ella se abrieron y de su boca salieron, precipitándose, palabras nacidas de la más absoluta ausencia de premeditación.

–Este es mi momento. Y ésta, mi calle –. Se limitó a decir.

El caballero se dio la vuelta y se acercó un poco, visiblemente intrigado.

–¿Disculpe?

–Ya lo ha oído: esta hora es mía. Esta calle también.

–El tiempo no es de nadie –replicó él, casi con socarronería–. Las calles son de todos.

Tras esto, el hombre prosiguió su camino, dejándola con la boca entreabierta y el rostro colorado. No habría sabido adivinar qué fue lo que le molestó más. Si la arrogancia del desconocido, su falta de asombro o su falta de vergüenza.

 

***

 

Pasó el tiempo preciso para que la mujer repitiese su ritual. Ni por asomo tenía la intención de amedrentarse tras la aparición de ese cretino. Una vez más llegó a su calle, a su hora. Se detuvo bajo su marquesina y se encendió su cigarrillo largo. No podía existir sensación más placentera que la de fumar rodeada de frío; y de silencio. Mientras fumaba, miraba hacia arriba; luego hacia abajo. Y así hasta que se consumió el cigarro. Tenía por costumbre no abusar de ese vicio insano e injustificado, pero esa noche –sin saber muy bien por qué–, se concedió una tregua y se encendió otro.

A medio camino del filtro, una silueta apareció calle arriba. Era la figura del desconocido. La misma gabardina. El mismo sombrero. Ella se irguió y dio una prolongada calada al cigarro. En esta ocasión no miró hacia otro lado, sino directamente al allanador de su momento.

Como si le divirtiese su actitud, el hombre la saludó con el sombrero y se detuvo lo suficientemente cerca como para irritarla, pero lo suficientemente lejos como para no dejarle ver su rostro, sino únicamente el reflejo de una sonrisa llena de presunción.

–Buenas noches –dijo con una cortesía que a ella le resultó insultante–. Disculpe, pero esta hora es mía.

–Pero… ¿qué está diciendo? –preguntó ella, denotando perplejidad.

–La otra noche, me comunicó cuál era su hora –respondió él, impasible ante la confusión de la dama–. Hoy he tenido la cortesía de retrasar mi paseo nocturno y me la encuentro aquí, en la que afirma que es su calle, pero en una hora que no le pertenece.

–¡Fue usted quién dijo que el tiempo no es de nadie! –saltó ella a la defensiva, sin saber muy bien qué decir.

–Menuda contradicción… –el caballero se levantó un poco el sombrero para frotarse la frente; ella se acercó sutilmente para adivinar su rostro, pero sólo pudo percibir el brillo de un ojo verde–. Permítame preguntarle (y perdone mi indiscreción) a partir de qué hora puedo pasear por esta calle sin perturbar su momento.

–Cuando le dije “esta hora es mía”, era evidente que me refería a los sesenta minutos que forman una hora completa –respondió ella, orgullosa de su explicación improvisada.

–Oh, vaya… ¡Cuánto lo lamento! –contestó él con teatralidad; tras ello, se serenó y se dispuso a poner fin a esa conversación absurda–. Lo tendré en cuenta a partir de ahora. Pasearé cuando su hora –completa– se haya esfumado.

Una vez más, se despidió con el sombrero –ese maldito sombrero que impedía ver su rostro– y retomó su paseo, calle abajo.

–¿Por qué le gusta pasear a estas horas, por esta calle, con este frío? –ella misma no podía entender por qué le hacía esa pregunta.

El desconocido se giró levemente y, aún con el sombrero, ella pudo sentir cómo su mirada la atravesaba como un rayo.

–¿Para qué querría saberlo? –de nuevo el atisbo de sonrisa, a medio camino entre la diversión y la socarronería–. Nuestros caminos no volverán a cruzarse.

–Tiene usted toda la razón –replicó soberbia, apartando de él su mirada y dirigiéndola a la pared de enfrente de su marquesina.

El hombre dio unos pasos hacia ella. De nuevo, quedó lo suficientemente cerca como para incomodarla, pero lo suficientemente lejos como para que esos ojos verdes sólo irradiasen un suave brillo que anunciaba una revelación instantánea y perecedera.

Me gusta el frío del invierno –comenzó, apenas en un susurro–. Me gusta la noche. Me gustan los puros. Pero sobre todo, me gusta la soledad que ansío y añoro durante el día. La oscuridad y el frío me encumbran. Estar solo me hace despojarme de mi vileza o, lo que es lo mismo, de mi condición de ser humano. Lo que más me gusta de todo, es la ironía de saber que la soledad es mi mejor compañera, pues ella es la única que me permite ser dueño de mí mismo.

Tras sus palabras, el desconocido prosiguió su camino. La mujer se sorprendió al notar que sus labios temblaban. Siguió la silueta de aquel hombre hasta que desapareció en las sombras de la calle que, hasta ese momento, había considerado sólo suya.

 

***

 

Llegó la tercera noche. Ella estuvo en su calle, a su hora, bajo su marquesina. Encendió el primer cigarrillo sin prisa. Cuando pisó la tercera colilla con el zapato, miró su reloj y comprobó que su hora había pasado ya. Miró calle arriba, esperando a que apareciese la silueta del desconocido de ojos verdes, sombrero y gabardina.

Su pitillera estaba vacía cuando comenzó a amanecer.

 

***

 

Repitió su nuevo ritual durante mucho tiempo. Lo repitió consciente de que la soledad que tanto había anhelado antaño, había sido remplazada por una obsesión casi compulsiva: la de levantar el sombrero del desconocido y perderse en sus ojos verdes para demostrarse que no estaba sola.

Pero el hombre se perdió aquella segunda noche en que reveló a una absoluta desconocida la misma esencia de su alma. Se perdió en la calle y se perdió en el tiempo. Se perdió en la mirada de ella y en sus tacones rojos. Se perdió en el mundo y fuera de él. Se perdió en su soledad. Se perdió en su sombrero. En ese maldito sombrero que fue, sin duda, el culpable de todo.

 

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Fotografía (detalle): Brassaï (Gyula Halász) (1899-1984).