Doblando la esquina

 

Me resulta extraño pensar que sólo han pasado cuatro años desde aquello y que, en consecuencia, yo tenía veintidós. Me resulta extraño porque tengo la impresión de que han pasado muchos más y de que la niña que experimentó aquella sensación de congoja y ansiedad está muy lejos de la mujer que soy ahora. Es extraordinario pensar en cómo un acontecimiento a primera vista inofensivo e intrascendente puede marcar un antes y un después en nuestra vida o, quizás mejor, en nuestra percepción de la vida.

***

Aquel día sonó el teléfono. En estos tiempos en los que prácticamente todo el mundo tiene un móvil, creo que todos temblamos de expectación y miedo ante ese sonido, ya casi desconocido y normalmente anunciador de desgracias. Aparté este pensamiento de mi cabeza y reuní fuerzas para hacer frente a lo que en otros tiempos adquiría connotaciones tan diferentes.

—¿Sí? —pregunté casi con timidez.

—Buenos días —respondió la amable voz de una señora cuyo acento no supe identificar—. Querría hablar con Cecilia.

—Claro, un momento.

Alcancé el teléfono a mi abuela. Tuvieron que transcurrir esos segundos de rigor durante los que se prolonga un poco la duda hasta que al final una anciana de ochenta y cuatro años con problemas de oído comprende con quién está hablando y emite un grito de alegría. Entonces pude resoplar de alivio. Fui a la cocina a preparar la comida y lo hice mientras escuchaba a ratos las palabras de mi abuela; no recuerdo todas con exactitud, pero algunas fueron “qué alegría me das” y “aquí te espero”. Su excitación era contagiosa y no pude evitar sonreír.

Cuando terminó la conversación, mi abuela me llamó para mitigar mis dudas sobre tan inesperado acontecimiento. Hago aquí un inciso para deleitarme describiéndoles a mi abuela en el momento en que va a anunciar algo: aunque creo que lo hace inconscientemente, aprieta los labios y arruga sus comisuras, anticipando ya con ese gesto que la noticia es importante; acto seguido, anuncia al protagonista del acontecimiento, en este caso su amiga de Venezuela, Rosita. Es entonces cuando aprovecha la excusa de su avanzada edad para relamerse con la espera y crear expectación en el oyente, que en ese momento era yo.

Prosigo con la historia. La señora que hizo sonar el temido teléfono era Rosita, que en tiempos fue una de las mejores amigas de Cecilia –mi abuela–. Aprovechando la explicación de la llamada, se detuvo en relatarme pormenorizadamente la vida de la tal Rosita, pero con su permiso me reservo los detalles, algunos de los cuales no son particularmente agradables. Baste decir que vivía en el mismo barrio que mi abuela hasta que sus circunstancias le llevaron a decantarse por vivir en Venezuela. De esto hacía, por entonces, sesenta años.  Resulta que la señora estaba en Madrid y, a pesar de su avanzada edad, se había decidido por visitar esta ciudad que la vio nacer y crecer, quizás por última vez. Por supuesto, no podía visitar dicha ciudad sin visitar también a su vieja amiga.

—Me ha dicho que vendrá sobre las cinco— me comentó una Cecilia con una imborrable sonrisa—. Estarás en casa, ¿no?

—Claro —le prometí. Creo que no me habría perdido ese reencuentro por nada del mundo.

 

La vida nos otorga lecciones que pueden resultar preciosas y terroríficas al mismo tiempo. Aquel día recibí una de ellas. Analizar el efecto que tiene la ruptura de la rutina en las personas mayores me resulta un ejercicio extraordinario y lo desempeño con cierta frecuencia. Una llamada ocasional, una visita de parientes cercanos, un día especial en la vida del nieto o la nieta… pequeñas cosas que trastocan la permanente rutina del anciano y que le dan fuerzas para seguir teniendo deseos de sentir el mundo. En mi juventud, creo que cuando se es anciano cualquier pequeño acontecimiento se convierte en grande. Imagínense lo que supondría para ellos un reencuentro con una amistad de antaño tras haber transcurrido entre ambos años, y años, y años.

***

Cuando llegó del trabajo, mi padre experimentó el mismo proceso que había vivido yo hacía unas horas. Ya saben: labios apretados, comisuras arrugadas, anuncio del personaje y expectación previa a la noticia. Tremendo. Al igual que yo, sobrevivió al anuncio y terminó apoderándose de él –o al menos, eso creo– una profunda sensación de ternura.

A las cuatro y media, mi abuela me llamó para hacerme una petición extraña, al menos para aquellos que no estén familiarizados con ella:

—Hija, en media hora llega Rosita. ¿Por qué no te recoges el pelo hacia atrás? Estás tan guapa con el pelo recogido…

Mi abuela pide muy pocas cosas. Pide tan pocas cosas que a veces me pregunto si conoce el concepto de egoísmo. Por eso, cuatro años después, me reprocho la que fue mi respuesta:

—¡Abuela! —exclamé molesta—. ¡No empieces con la coleta!

—Pero hija… ¿qué más te da? Si no te cuesta nada…

Enfurruñada, me marché a mi habitación. Fue en ese instante cuando me planteé el primer conflicto del día. Lo más curioso fue el proceso que experimentó mi reflexión:

A las 16.35:

—¿Por qué tiene mi abuela esa obsesión con que me recoja el pelo? —pensaba mientras daba vueltas por la habitación—. Sabe que a mí me encanta llevarlo suelto… Parece que siempre quiere llevarme la contraria.

A las 16.45:

—Bueno, da igual. No se va a acabar el mundo si me dejo el pelo suelto, que además es como a mí me gusta llevarlo.

A las 16.50 sonó el telefonillo. Mi padre abrió la puerta: era Rosita. Gritos de sorpresa y alegría. Sonoros besos. Voces quebradas por el recuerdo. Por la nostalgia.

A las 16.55 me metí en el baño. Me cepillé el pelo hasta quitarle todos los rizos y me lo peiné hacia atrás a conciencia, fijándolo con agua y gomina. Después fui al salón y me presentaron a Rosita. Recuerdo la mirada de satisfacción de mi abuela: ella nunca me dio las gracias por recogerme el pelo; yo nunca le pedí perdón por no haberle concedido antes ese modesto e insignificante regalo.

No recuerdo por cuánto tiempo se prolongó esa reunión basada en el reencuentro. Sí recuerdo que fue bastante agradable. Rosita y yo nos caímos bien. Supongo que yo le gusté por ser la nieta de su amiga de antaño; supongo que ella me gustó a mí por ser la persona que hizo tan feliz a mi abuela aquel día. Los temas fueron variados, intrascendentes pero suficientes para la puesta en común del tiempo pasado, presente y futuro. Creo recordar que hubo un momento en el que hablamos de política. Recibí consejos de personas experimentadas en el ejercicio de la vida y recibí también felicitaciones por mis escasos logros, por mis buenos actos, todos ellos reivindicados por una orgullosa abuela.

Pero lo que realmente me cambió por completo fue el segundo y último conflicto que sufrí aquel día y que, a diferencia del primero, no recibió por mi parte una tregua para ser pensado. Fue la despedida. Pero no la previa: abrazos, besos, palabras… Eso podría haberlo soportado. Fue la despedida final, esa en la que no median las palabras, ni los besos, ni los abrazos. Cuando Rosita se marchó, mi abuela me cogió del brazo y me llevó hasta el umbral de la puerta. En silencio vimos cómo se alejaba Rosita. En un acto involuntario, miré de reojo a mi abuela y me detuve en sus ojos. Tenían brillo de adiós. Pero no de adiós hasta pronto. Brillaban de adiós para siempre.

 Rosita se perdió tras la primera esquina que doblaba la calle. No hemos vuelto a verla.

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Velázquez, Cristo en casa de Marta y María, 1618.

Desvivir

 

Hay personas que nacen para vivir. Son una notable mayoría en comparación con las pocas que nacen para desvivir. Es un término que ella se permite utilizar para descifrar el sentido de su existencia, que desde niña se había visto caracterizado por un incesante ronroneo de inquietudes que en ocasiones perturbaban su normalidad para convertirla en algo extravagante a ojos de los vivientes.

Eran muchas cosas las que acentuaban su tendencia a una sensibilidad exagerada. Con dieciséis años pasaba horas escribiendo ajena al ruido del aula, comandado por incipientes jóvenes todavía sumidos en una caótica adolescencia a la que sin embargo aseguraban haber renunciado. Pasados los años, comenzó a conocerse y, consecuentemente, empezó a entender. Pero el conocimiento no es algo que se alcance; es algo que, tras una vida de dedicación, sólo se puede llegar a atisbar. Ésta fue la base para su posterior creación: la aceptación de la imposibilidad.

Pero volvamos a la idea de “desvivir”. Es curioso cómo un prefijo se convierte en el culpable del nacimiento de la oposición –acaso fuera ésta una de sus constantes y frenéticas reflexiones–. Nada existe sin su opuesto. Y ella no podía dedicarse a desvivir sin saber lo que era vivir: seguir el curso de la humanidad, nacer, crecer, reproducirse y morir, aprender de la vida de forma totalmente pasiva, permitiendo a los acontecimientos derivados del destino convertirse en maestros activos de una insondable y perpetua realidad. Nada podía hacer ella en contra del curso biológico, pero nunca estuvo dispuesta a convertirse en un viviente, esto es, un agente pasivo que se deja hacer por la vida.

Un caluroso día se estaba bañando en el río cuando, de pronto, vio una pequeña hormiga luchando contra la muerte. La cogió con el dedo y la observó, dando por hecho que estaría muerta. Así lo parecía, pero tras unos minutos vio cómo movía una de sus patas. La hormiga se hartó de paciencia, esperando a que la brisa terminase de secar por completo todas y cada una de sus extremidades. El agua la tenía entumecida y era físicamente incapaz de moverse. Al fin, una vez secos sus miembros, la hormiga comenzó a caminar por su brazo y, cuando hubo llegado al dedo índice, ella posó la mano sobre la tierra para verla marchar y camuflarse entre las hojas.

[Han de ser terribles, los incendios. El infierno propiamente concebido por el ser humano. Se alían en ellos el dolor y el miedo y juntan las manos las víctimas llevadas quizás por la desesperación inconsciente, por la idea de que se acerca su fin. Y si sobreviven, bien; y si mueren, bueno; y si sobreviven con daños leves, se tolera la vida; pero si se quedan mediana o totalmente incapaces en algún sentido, tienen que resignarse a vivir sin comprender por qué les ha ocurrido a ellos. A la inversa, el superviviente de una catástrofe se pregunta, aunque agradecido, por qué le ha tocado a él ser salvado. Como se lo preguntó aquella hormiga. Sin obtener respuesta].

Se planteó una idea que nunca antes había enturbiado sus pensamientos. Acababa de detener la última fase del ciclo biológico de aquella hormiga: la muerte. El destino la había situado en ese lugar concreto, en ese momento concreto y la había llevado a sacar del agua una hormiga entre cientos o miles de las que todos los días mueren ahogadas en ese rincón. Fue en ese preciso instante cuando se consagró a desvivir.

Una persona dedicada a vivir jamás habría hecho algo así de manera totalmente consciente y premeditada; acaso quizás como fruto del aburrimiento o la curiosidad, pero no de modo que todos sus sentidos estuviesen únicamente centrados en esa salvación. Y esto era así –pensaba ella tras el rescate– porque las personas que vivían lo hacían con esa irritante pasividad que caracteriza a los seres humanos, mientras que ella desvivía, ya que se convertía en agente activo de todo aquello que le rodeaba.

He aquí una de sus muchas contradicciones: ella vinculaba la acción de vivir con la pasividad, mientras que la de desvivir, la relacionaba necesariamente con la actividad… Cabe hacer en este punto un inciso con el fin de aclarar la idea que la lectora, o el lector, está maquinando en su cabeza en estos instantes. Quizás piense que el término “desvivir” haya de estar en relación con la actividad al hacer referencia, etimológicamente, a la muestra de un tremendo interés hacia algo. No obstante, ella no se desvivía; ella desvivía. Son cosas muy diferentes y que no han de conducir a error. A veces, el abismo está en el pronombre.

***

Los vencejos son aves de temporada que anuncian el avance de la primavera. Eran una de las cosas con las que ella más desvivía. Se perdía en sus cantos y, cuando éstos se oían por primera vez, se detenía allí donde estuviese para rozar ese sonido que la traspasaba hasta regiones insospechadas de su ser. Como parte de sus contradicciones, se sentía identificada con esas aves que eran su representación audiovisual de las temporadas anuales que más aborrecía.

***

Llegó un momento en que se dio cuenta de que, debido al curso de la vida, debía enmascararse. Así, simuló que se dedicaba a vivir en presencia de vivientes, haciéndose pasar por una más. En ocasiones era fácil, incluso disfrutaba con ello, pues la paz de la que no podía gozar acompañada de su soledad aparecía como una antigua amiga que acaso conoció en su más tierna infancia. Sin embargo, esto le llevó a ser percibida como un espécimen fuera de lo normal, contradictorio, ambiguo, turbiamente indefinido en su persona. Pero esto no supuso para ella un problema, pues se aceptaba a sí misma tal como era, a pesar de odiarse en circunstancias en las que esa máscara de viviente casi la transformaba en tal cosa, pasando la actuación a ser una auténtica incógnita para sí misma.

Fue entonces cuando sucumbió a una intranquilidad ingobernable. Había llegado a un lugar tan plácido en su arte de disfrazarse, que ya no podía estar segura de bajo qué presencia de su espíritu se sentía realmente feliz, aun considerando la imposibilidad de alcanzar la onírica felicidad absoluta. ¿Acaso no había disfrutado de numerosos momentos bajo la máscara de vivir? ¿Y es que acaso no había estado cerca de la autodestrucción en varios momentos de su apacible, aunque terrible, desvivir?

Desde el principio ella asumió que su consagración a la desvivencia suponía el rechazo a su libertad como individua. Su vida jamás estaría encaminada a finalizar registros preestablecidos mediante actos socialmente aprobados. Su vida nunca se regiría por la tranquilidad nacida de la existencia pasiva. Y, no obstante, allí estaba, replanteándose su existencia, prevista desde hacía años como un mar de olas indomables, catastróficas, apoteósicas.

Y es que cuando se sorbe un poco de sencillez, es difícil luchar por retornar a la complejidad del pensamiento, pues lo simple lleva implícita la comodidad y ésta, a su vez, la calma.

***

Panofsky, Meaning in the visual arts, 1955: “Arte es todo objeto que fabricado por el hombre reclama ser estéticamente experimentado”.

Panofsky era un ser extraño. Posiblemente un desvividor. Llevo tiempo escribiendo un ensayo sobre Arte, sobre su inasequible definición. Es realmente difícil recluir –y sí, esa es la palabra que busco– mi conocimiento en unas líneas. Así que aplazaré ese momento de imaginaria perfección para otra ocasión.

***

Posponer todo aquello que seduce, todo aquello que deleita en sumo grado; desgranar cada momento en mil pedazos para darle a cada uno una interpretación individualizada que pueda terminar formando un sentido deseado; romper en un terrible llanto por el miedo a la novedad; reír de alegría ante lo conocido y seguro; preguntarse el porqué de todo; el porqué de nada… ¿Qué hay en nosotros, los jóvenes, que tenemos ese ansia viva por prosperar, por sentir de corazón aquello que nos apasiona, por llevarlo a sus máximas consecuencias? Los más mayores dicen que lo que tenemos es juventud; pero en mi juventud, lo que creo que tenemos es ignorancia. Esa misma que nos permite soñar.

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Roberto Ferri, Réquiem, 2012.

La clave

 

—Tienes que lidiar con eso —dijo él en respuesta a su inquietud. Pasó un largo minuto sin hablar, sumida en vagos pensamientos, por lo que intentó traerla de vuelta, como tantas veces hacía—. ¿Entiendes?

Lo entendía, pero se sentía sola. Ajena a todo lo que le rodeaba, a todo aquello que formaba un mundo del que no se sentía parte. Por qué, no lo sabía.

—Pero ¿es que tú entendés que no es eso lo que yo cuestiono? —ni siquiera quería esforzarse en explicárselo—. Esos no comprenden nada. Querrían que yo escribiera patochadas, banalidades del amor, que es cosa demasiado compleja para violentarla con palabras forzosamente elegidas.

De nuevo, silencio.

—Estoy de acuerdo en que existen dos literaturas —siguió él, intentando penetrar un poco más en ella, como un ratón que intenta quitar el trozo de queso de la trampa sin morirse—. Pero tú debes estar orgullosa. Tu literatura pertenece al tipo que tú quieres. Ese libre y caótico pensamiento tuyo te ha llevado a hacer algo grande, algo trascendente…

—Me querés poner en ridículo ¿eh? —sus ojos se encendieron, acallando al chico—. ¿Trascendente? Flaubert convirtió a una madame cualquiera en Bovary; Dostoievski hizo de un crimen un sufrimiento irrefrenable y terrible; hasta Shakespeare, ese insufrible tópico de dramaturgia, trascendió a su tiempo. Y aquí me tenés a mí, respondiendo a preguntas del tipo ¿qué quería usted decir con eso?

—Que quieran indagar en los significados ocultos de tu obra no significa que no trascienda —rebatió él.

—¿Pero vos no te das cuenta que si me preguntan eso, es precisamente porque no trasciende? —cuando su irritación aumentaba, lo hacía al tiempo el contorno de la vena en su cuello—. A un gran creador no hay que preguntarle qué quiere decir su obra. Hay que dejarle hacer, disfrutarle y dejarle vivir y morir para que deje tras de sí la estela de su misterio.

—¿Acaso crees que a Dalí no le preguntarían, cientos de veces, por el significado de sus obras? —preguntó él con fastidio.

—Pero no sonso, no me vengas ahora con esas.

Llevaban un rato dando un paseo por el parque del Retiro. Esa era la mejor terapia para ella cuando sufría esas crisis de algún modo existenciales y que, para desgracia de él, eran bastante frecuentes. De pronto, en uno de sus habituales arrebatos, giró noventa grados, traspasó unos arbustos y se sentó en la hierba. Se encendió un cigarro y, entonces, se tumbó y se dedicó a contemplar el manto de hojas ofrecido por los árboles. Como una sombra, el siguió sus pasos y se sentó al lado de ella, en silencio.

—Confundís el estilo con el ser —dijo ella después de largo rato—. Como dijo ese que te mencionaba: “¿Ser o no ser? Esa es la cuestión”. La obra de Dalí siempre llevó implícita la ausencia de significado objetivo, probablemente por su eclecticismo.

—En ese caso, te sentirás identificada con él —se arriesgó el joven.

—Sólo en cierto modo —reconoció ella, cuyos ojos recorrían los trazos dibujados por las ramas sobre el cielo—. Me hace gracia su narcisismo, aunque no me gusta para mí. Su arrogancia –que no orgullo– tampoco me atrae. Pero creo saber cómo funcionaba su cabeza. Es trágica…

—¿El qué es trágica? ¿Su cabeza?

—Pero qué no… —ella suspiró, irritada—. Es trágica la inteligencia. La capacidad de reflexión, de pensamiento. Es el origen último del sufrimiento. La puerta eternamente cerrada a la felicidad inconsciente.

—No eres la primera persona en pensar que la ignorancia es sinónimo de felicidad.

—Lo sé —respondió ella—. Pero no podés llegar a imaginar lo real que es ese hecho.

—Siempre te has sentido por encima de mí intelectualmente —no era una pregunta.

—Mira —ella se incorporó de súbito con expresión de incredulidad—. Si dices eso ahora mismo me marcho.

—Corrígeme si me equivoco —dijo él tras reunir una buena dosis de valentía.

—Eres un tonto, y ahora sí que lo sé —estaba convencido de que se levantaría y se iría; incluso hizo amago. Pero entonces un reflejo de ternura apenas perceptible atravesó su rostro y se tumbó de nuevo—. ¿Crees que si así fuese hablaría contigo de todo esto?

Ambos quedaron entonces callados, absortos. Una ardilla los observaba con curiosidad desde una rama cercana. De trasfondo se oían risas de niños y conversaciones llenas de normalidad que él echaba en falta en ciertas ocasiones en las que la extraña personalidad de ella traspasaba el umbral de la tolerancia hasta volverle loco.

—¿Te acordás de la Niña de Velázquez? —preguntó ella de pronto.

—¿Qué niña? —preguntó confuso.

—La niña que vimos en el Prado hace no tanto tiempo, la de la Hispanic Society.

—Ah… Sí, me acuerdo. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada…

—No venga, ¿por qué piensas en ella ahora?

—Creo que los ojos de esa niña son la clave —dijo ella en un susurro.

—La clave ¿de qué? —tras tiempo conociéndola, eran muchas las veces que lograba descifrarla, pero muchas otras moría en el intento y esa tarde no estaba dispuesto a hacerlo.

—¿Vos qué pensás?

—Yo no sé, a veces te entiendo pero otras no.

—Pero no sonso, no te pregunto qué pensás de lo que yo pienso sobre la Niña, sino lo que pensás tú de ella —sus ojos parecían relucir con más intensidad con la última hora del día.

—Bueno, ya sabes lo mucho que me gustó ese retrato —dijo él, no sin cierta confusión—. Me parece de una calidad excelente y creo recordar que ya te comenté que, en mi opinión, la ternura depositada en su trazo me lleva a pensar que fuese pariente del pintor, quizás su nieta.

—Pero y eso ¿qué? —dijo ella, chasqueando acto seguido la lengua a modo de reproche—. No hablo de los parientes del pintor, sino de algo más profundo, más incorpóreo, subjetivo, menos físico… ¿cómo querés que te lo diga?

—Lo único que quieres es que diga lo que dirías tú —dijo él, enfadado.

—No, lo que quiero es que hables sin prisiones, sin conceptos histórico-artísticos preestablecidos, sin que esas influencias corrompan lo que realmente sientes o piensas de Velázquez al ver ese cuadro en concreto.

Siguió otro largo silencio que, en esta ocasión, fue roto por él.

—Creo que cuando dices que sus ojos son la clave, quieres decir que lo es su mirada.

Al oír esas palabras, ella se incorporó, acomodándose para quedar sentada al lado de él. Una sonrisa cálida y en cierto modo traviesa fue el remate para que él se sonrojase ligeramente.

—¿Y de qué es clave para vos? —preguntó ella con un timbre de ilusión en la voz.

—Mi respuesta automática a esa pregunta sería “para conocer a Velázquez”, pero —se apresuró él, a sabiendas de que no era eso lo que ella quería oír— sé que es vaga, casi ordinaria, soez. Creo que la mirada de esa niña, fuese quien fuese, pone de manifiesto la esencia última del pintor.

—¿Y cuál es esa, su esencia? —siguió ella, que cada vez parecía más animada.

Él se quedó callado, pensando a conciencia. La mirada de ella, que él sentía clavada en su rostro, le producía terror y fascinación a partes iguales.

—No creo que las palabras pudiesen hacer justicia a mi respuesta —concluyó él.

Una sonora carcajada triunfal le sacó de su parcial desvanecimiento.

—¿Te das cuenta? —dijo sonriendo; sus dientes eran perlas atrapadas en el mar mágico que era su boca—. Sabés que esa mirada es la clave para conocer la esencia del artista, para comprenderle. Imaginá que le tuvieras delante ahora. ¿Le preguntarías qué significa esa mirada? ¿Qué quiere transmitir con ella?

—No —respondió de forma automática él, sin pensarlo.

—¿Por qué?

—No lo sé —se sentía de alguna forma acorralado, bajo presión—. Pero no lo haría.

—Pues te voy a decir yo por qué no lo harías. No le preguntarías a él, al mismo Velázquez, qué quería transmitir con la mirada de esa niña, porque te sentirías como un violador.

—¡¿Un violador?! —gritó asombrado.

—Un violador sí —ella se acercó un poco más, lo bastante para que su aliento de tabaco y fresa le rozase el aire respirado—. Un individuo que no respeta la decisión de otro y obra de forma totalmente ajena a ella.

Y entonces él lo entendió.

—Quieres hacerme entender tu frustración porque la gente te pregunte sobre el significado de tus obras —concluyó.

—No pensás que la comparación sea legítima ¿eh? —dijo, traviesa.

—Velázquez fue un pintor del XVII. Tú eres una escritora del XXI —respondió él llanamente—. Aun dejando al margen el asunto de las épocas, pintura y escritura son artes, pero habrás de reconocer que la escritura es más susceptible de ser cuestionada en cuanto a lo que su significado se refiere.

—¿Y eso por qué?

—Porque la pintura es, grosso modo, una imagen, mientras que una creación literaria es un compendio de imágenes escritas en lugar de pintadas.

—Vos mismo estás cayendo en tu propia trampa sonso —dijo con socarronería—. Hablas de literatura como una forma de imagen diferente. Así, si pintura y literatura son distintas vías de imagen, de lo visual, ¿cómo justificas que a una se la conceda el beneficio de la duda en cuanto a su significado y a otra no?

—Cientos de pintores han tenido que pasar por esos interrogatorios sobre el significado de sus obras —se defendió él—. Antes te he puesto a Dalí como ejemplo.

—¡Ah! Pero a Velázquez en un momento no le preguntaban… ¿Sabés esos retratos, como el ecuestre del rey, en los que Velázquez pintaba en el suelo una servilleta en blanco?

—Sí, ¿y qué?

—Ese papel pedía a gritos una firma, pero él no firmaba. ¿Sabés por qué?

—Supongo que todo el mundo que viera la pintura sabría, sin necesidad de firma, quién la había pintado —dijo él, encogiéndose de hombros.

—Exactamente —ella apoyó sus manos sobre el manto verde y suspiró con un deje de melancolía—. Eso es lo que yo quiero. Que mis obras sean tan mías que no me haga falta firmarlas sin caer en la tragedia del anonimato.

Siguió a estas palabras el silencio más prolongado de la tarde. El sol se escondía ya tras el horizonte y el reflejo de sus últimos rayos teñía de calma y solemnidad el parque del Retiro.

—¿Qué es lo que querés tú? —preguntó ella, rompiendo por última vez el silencio.

—A ti.

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Velázquez, Retrato de niña, entre 1640-44.

El juego

 

Ella era como una nube de polvo que intenta atraparse y se escapa entre los dedos. Él, como un copo de nieve en medio de la lluvia. Caminaban descalzos en mares de pensamientos compartidos, cabizbajos, sin mediar palabra. Simplemente asumiendo la compañía necesaria y requerida, ausentes en sus mundos y presentes en sus sueños. O viceversa. Se sabían dueños del otro en lo más profundo de su ser, en lo intenso, pero en la superficie se relamían con la idea de la más pura libertad enemiga de cadenas. ¿Era el sufrimiento la clave del espejismo de su felicidad? ¿O lo era acaso la sensación conjunta de la más estricta perfección al verse unidos? No estaban seguros. Hacía tiempo que habían superado la barrera del pienso, luego existo; pero haber logrado ir más allá no les acercaba más a la clave, sino a una mutua y autodestrucción preconcebidas como figuras alegóricas de la vida. Eran personas normales desde el punto de vista de lo anómalo, pero singulares desde una perspectiva común. Iban a trabajar como todo el mundo; se ganaban el sueldo, como todo el mundo; hacían la compra, como todo el mundo. Era el momento en que no se veían rodeados de una intransigente masa de ignorantes cuando podían disfrutar de la más gravosa corrupción, de la más intolerable perversión de sus emociones. Les gustaba jugar. Probarse. Incidir en el alma del otro hasta llegar a los más profundos recelos, incertidumbres, pesares y miedos. Pero el juego no les gustaba si no lo teñían de inocencia. Así, todo se veía cubierto por una capa de falsa hipocresía. Irónico, ¿eh?…

No era difícil jugar. Al menos, no para ellos. Sólo había una norma: las normas no existían; el juego no existía; ellos no estaban jugando. Simplemente charlaban. ¿Cómo puede ser eso posible? Bien, cabe decir que existen dos tipos de juegos en el mundo: los que se juegan abiertamente y los que se disfrutan con sutileza. Y era con éstos últimos con los que ellos llenaban sus vidas o, al menos, las hacían más interesantes. Sin embargo, estos juegos traen consigo una sombra difícil de dilucidar: la incertidumbre. ¿Cómo podían saber ellos cuándo terminaba el juego? ¿Cómo iban a poder saber quién ganaba, si es que alguno lo hacía? Y la pregunta más inquietante de todas: ¿Cómo podían estar seguros de estar jugando? He aquí a la incorruptible dualidad; esa existencia de fenómenos distintos en un mismo ente de cosas, digamos en este caso, en un juego. Cuando algo no existe por prescripción verbal, su presencia es voluble, sumisa e incierta. Digamos mejor incierta, voluble y sumisa, respectivamente. Ese y no otro era el mayor riesgo del juego: el no saber si el otro estaba jugando. Cabe hacer aquí un inciso sobre la consecuencia que acarrea este riesgo: un juego es sinónimo de placer; en el caso que nos ocupa, placer entre dos personas. Pero, si una no juega, el placer desaparece de un plumazo: para una no existió nunca; para la otra existió, pero le es arrebatado de una sacudida y en consecuencia su realidad se ve parcialmente destruida.

Como puede entreverse hasta ahora, todo se reduce a un círculo vicioso: lo único que existen son esas dos personas. De seguro que una de ellas juega, pero no sabemos si la otra lo hace también: sólo ella puede saberlo. Es cuestión de alta estimación por parte del jugador o la jugadora hacia el otro el pensar o incluso dar por hecho que también está jugando, pues ni que decir tiene que el juego lleva implícita la necesidad de la inteligencia, que es sumamente requerida a la hora de elaborar las palabras con moderación. Por otro lado, de no existir un segundo jugador esa sutileza no sería tal cosa, sino que vendría a convertirse sencillamente en la más plana y estúpida inocencia, lo que no puede resultarnos nada menos que decepcionante… ¿no es así?

Ella se mordía el labio inferior con frecuencia, especialmente cuando tenía que reflexionar sobre algo con un poco de profundidad. Cuando lo hacía, los ojos de él se cernían sobre su boca de manera casi imperceptible. Por su parte, él aprovechaba cualquier oportunidad para sacar a pasear una bella sonrisa. Existía una constante contradicción en sus charlas: por un lado, la incipiente necesidad de expresarse libremente; por otro, la inevitable aversión a la confianza por miedo a la vulnerabilidad. A veces reinaba el silencio entre ellos y esos momentos resultaban escalofriantes, pues se sentían desnudos y se transformaban en presas a sus propios ojos. Él –o quizás ella– rendía pleitos en sus frases a su devoción por el otro y al instante se arrepentía de su falta de rigor. Mientras tanto, el otro veía acrecentarse su ego y dejaba pasar un tiempo hasta que lograba teñir inocentes palabras con una nota de perspicacia difícil de extraer de contexto, pero difícil de pasar por alto. Y es que el equilibrio que existiera en un principio entre ambos se había visto reemplazado por la intuición de una de las partes, que empezaba a dudar sobre la naturaleza de la otra.

No podemos saber cuál de ellos jugaba con total seguridad y cuál de ellos arrojaba dudas sobre su papel en la historia. Lo que nos ha de resultar interesante es ese momento en el que el jugador (o jugadora) se plantea seriamente la posibilidad de que el juego no se esté produciendo. ¿Cuál es el punto de inflexión? El punto de inflexión se produce en el momento en que el jugador hace una mala partida y traspasa la frontera de lo sutil, de modo que en lugar de recibir una respuesta positiva, únicamente se ve recompensado con palabras vacías hasta que, cuando está casi convencido de ser el único participante, recibe unas migajas que o bien podrían serlo todo o bien podrían convertirse en el fruto de su propia desesperación al haberse visto súbitamente abandonado.

En ocasiones pasaban días e incluso semanas sin intercambios. Semejante acumulación se veía sofocada en un momento cualquiera, en absoluto especial o trascendente. Pero el riesgo del juego se veía triplicado, pues no hay nada como la ausencia para la añoranza y el apremio. Ella (¿o era él?) aprovechaba estas ocasiones para dar un respiro a la indulgencia y entonces hacía más pedacitos del otro a sabiendas de lo que eso suponía. El tacto de una mano con otra a través de una leve y aparentemente inocente caricia; la anécdota de una pesadilla sobre un hipotético final infeliz; el recuerdo nostálgico de un amor ya sepultado; el paseo bajo las sombras de los árboles movidos por la brisa. Y el que está jugando ve su pecho inflado de esperanza de nuevo, pues recoge ese instante en el que se ve acompañado en la partida y lo guarda y preserva diciéndose que nadie podrá arrebatárselo y asegurándose de que nada de eso ha ocurrido en su imaginación.

Llega aquí un concepto nada despreciable. Imaginación. Todos la tenemos, pero no todos sabemos usarla. Sólo puedo decir que saber hacerlo conlleva riesgos y puede resultar, como poco, peligroso. Y es precisamente a eso a lo que se enfrenta uno de los protagonistas. Al no poder corroborar el jugador que realmente existe el juego, llega un punto en el que se cuestiona su existencia, llegando a pensar que todo ha nacido como fruto de su perversa y enfermiza maquinación. De este modo, se plantea la situación desde una perspectiva ciertamente aterradora y diametralmente opuesta a como la dibujaba al principio: ahora se sitúa en la perspectiva de la locura. Este término tiene connotaciones sabidamente negativas; no obstante, si lo reducimos a su más pura esencia, no puede ser definido sino como la privación del uso de la razón. Bien es sabido que la razón no viene a usarse en determinadas ocasiones en las que la dimensión emocional tiene primacía sobre todo lo demás. Así pues, el jugador se plantea la posibilidad de que el juego haya sido el resultado de su locura, de su más exacerbada tendencia a la idealización o, más bien, distorsión de los hechos tal y como acontecen.

Están sentados. No muy lejos, dos músicos tocan a violín el canon en Do mayor de Pachelbel. De fondo, un paisaje urbano armoniza con la puesta de sol. Uno de ellos siente especial predilección por el músico alemán y se deja llevar por la exquisita y melancólica melodía durante unos minutos. Cuando la pieza termina, los pensamientos del oyente sucumben a la realidad tangible y retorna revitalizado a ella; es entonces cuando toma una decisión: todo es mera patraña, pura invención ocasionada por su retorcimiento. En ese momento experimenta una liberación que le destruye pero que, al mismo tiempo, termina con la opresión a la que el juego le había venido acostumbrando. Es entonces cuando se intercambian los roles. El que era jugador no lo es ahora y el que arrojaba dudas se empieza a dejar la piel en el juego. Intercambios de miradas, pensamientos intangibles, imperdurables, caóticos. El insondable placer de la mutua compañía, la extraña mezcla entre sueños y realidades, la intranquila conciencia de ambos, uno por no haber sido claro en el juego, el otro por el sobresfuerzo desperdiciado. Se empieza a apoderar la rabia del que fue en otro momento jugador al darse cuenta de lo que sucede. Es simplemente una cuestión de orgullo, esa tendencia exagerada al amor propio que se pone en relación con la estimada visión que uno posee sobre sí mismo. El juego terminaba ahí. No se verían ya compartidos los mares de pensamientos salvando aquellos momentos en los que se encontraban solos. No asumirían ya como necesaria la compañía. No se sabrían ya más dueños del otro en lo intenso. Extrañarían las cadenas. Y, a pesar de todo, el espejismo de su felicidad siguió alimentándose de su sufrimiento compartido, extasiándose juntos ante el dolor producido o bien por la invención de uno, o bien por la invención de ambos.

El juego existió indudablemente para uno, posiblemente para otro. El juego terminó donde empezó el orgullo. El juego tuvo dos perdedores. O dos ganadores. Depende, como siempre, de la perspectiva.

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Edward Hopper, Two comedians, 1965.

El roedor

 

Ciertas noches inconciliables con el abrazo del sueño, embarga el silencio los rincones de mi pieza y me entrego dócil a la locura ofrecida por su apacible embotamiento.

La soledad, mi pródiga compañera, se sienta a mi lado y me susurra al oído que algún día tendré que dejarla. Amenazan las lágrimas con salir de mis ojos y respondo con un hilo de temblorosa y patética voz: “Nunca”.

Mi soledad se apelmaza, me abraza y me consuela. Yo me siento como una copa a punto de desbordarse, como el venado que oye el chasquido de la rama pisada accidentalmente por un depredador. Eso apacigua mi espíritu y concilia mi existencia.

Descorcho una botella de vino y siento culpa por violentar a mi segundo compañero, el silencio. Pero éste regresa pronto a mi lado, me nubla la calma y bebo en su opresora y doliente densidad.

Clandestinidad de mis emociones comprimidas en mente aletargada es todo lo que recuerdo sobre estas apacibles noches que se convierten en mis predilectas, salvando una que supuso la perdición de mi soliloquio.

Fueron tres golpes secos en la puerta. Mi soledad me observó aterrada y analítica; casi parecía una psicóloga que buscaba un comportamiento humano en una bestia. El silencio iba y venía con los golpes o su ausencia.

Quise ignorarlos, pero no cesaron en su insistencia. Quise beber y dormir, pero el sueño no llegaba. Quise que no me importasen, pero me importaban.

Me levanté y caminé penosamente hacia la puerta. Cuando la abrí, me encontré dos ojos lluviosos que me miraban con una mezcla de odio, rencor y vida. Sólo pude mirar hacia atrás y darme cuenta de que mi amada se había esfumado.

Los ojos flotantes me perseguían como mi sombra bajo la luz de las farolas que amortiguan la oscuridad de las calles.

Se sucedieron palabras, insultos, imprecaciones. No sé de dónde salían. Yo sólo veía dos ojos. Quería que se marchasen. Era aterrador contemplarlos ahí, flotando en mi pieza, humillándome, castigándome. Se ladeó mi cabeza a causa de un impacto y, por fin, desaparecieron los ojos tras un portazo.

De nuevo, apareció mi amante, mi compañera de días y noches al fluir de la vida y el acecho de la muerte. De nuevo silencio junto a ella y mi copa de vino, tejiendo esperanzas de futuro.

Pero entonces me miró con pena dibujada a medio camino entre sus ojos y sus labios. Me acarició ahí donde sentí el impacto y susurró: “no tienes por qué estar solo”. “No estoy solo –le dije–. Te tengo a ti, siempre”.

El silencio fue violado por un sonido molesto e inquietante que parecía moverse por el suelo, burlándose de mí. Empecé a buscar su origen, pero cada vez que me movía, el ruido desaparecía como la lluvia cuando lo hacen las nubes.

Levanté sillas, lámparas, todo banal pero necesario objeto que ocupaba los espacios de mi pieza. Miré de nuevo hacia atrás para asegurarme de que mi amante me esperaba. Pero no estaba.

Enfurecí, perdí la calma. Mi soledad debía seguir a mi lado. Ése era el trato que había hecho con la vida. También debía acompañarme el silencio, pero era roto por ese sonido sobre el suelo, ese sonido que se movía a lo largo y ancho de la pieza sin que yo diese con él.

Comencé a temblar, hinchándose las venas en mi cuello, enrojeciéndose mi rostro mientras la ira se volcaba en mí a medida que ese sonido se negaba a cesar para burlarse. Entonces lo vi: una ínfima grieta en la pared del pasillo. Un pequeño roedor que la habitaba y salía de ella envalentonado en busca de comida o algo de beber.

Cogí mi bastón. Me acerqué despacio mientras el pérfido invasor roía frenético unas migajas. Comencé a agitarlo a un paso de él, dando golpes contra el quejoso suelo. Lo perseguí hasta que perdí su pequeña y repulsiva figura tras la grieta.

Ésa se convirtió en mi nueva rutina: perseguir al roedor hasta conseguir darle caza y lograr con ello recuperar la anhelada compañía de mi amante, a la que jamás imaginé que añoraría tanto.

Pero el roedor era demasiado listo. Su arrogancia y presuntuosidad me desquiciaban, pues en el brillo de esos pequeños ojos negros podía leer su burla, su absoluto conocimiento de mi sufrimiento ante la pérdida de mi amada y la desesperación por su regreso.

El roedor se convirtió así en la imagen de la venganza prometida por aquellos dos ojos lluviosos y flotantes. Se convirtió en el eterno esquivo de la muerte, en la interminable compañía que yo tanto rechazaba.

Se apoderó de mí la desesperación ante la nostalgia que me suscitaba el recuerdo de mi amante, la soledad. Me consumí poco a poco ante su irremediable pérdida y cesé en mi empeño de terminar con la vida de ese monstruo cuyos pequeños pasos resonaban cada noche para atormentar mi espíritu hasta el resto de mis días.

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Gustave Courbet, El desesperado, ca. 1844-1845.

El sombrero

 

Hacía frío aquella noche.

Era un frío meditabundo que no se veía sometido a las violaciones del viento, al cual casi se le echaba en falta por la inquietud que provocaba el silencio reinante. Era una noche cualquiera de un día cualquiera en una calle cualquiera. Todas las persianas estaban bajadas y sólo el ligero sonido que provocaba al titilar una farola rompía la locura de semejante escenario. Ni siquiera hacían presencia los coches, tan tendentes a entrometerse en la calma mundana.

Fue ella quien rompió la paz con sus tacones. Le satisfacía saber que a esa hora exacta en esa calle exacta sólo su silueta osaba perpetrar la teatral solemnidad que sacudía al resto del mundo. Tras caminar unos pasos, se detuvo en el mismo lugar de siempre, cobijada bajo la marquesina de un edificio –valga la redundancia– cualquiera. Ese era su instante predilecto. Aquel en el que se sentía sola, dueña, reina, emperatriz. Como acostumbraba, se encendió un cigarro largo y comenzó a darle caladas, mezclándose el humo con el vaho causado por el frío.

Sin embargo, aquella noche su ritual se vio sacudido por la imprevisión: bajando la lóbrega calle, un hombre con gabardina y sombrero parecía deleitarse con el invernal abrazo que le otorgaba el orbe.

Lo primero que hizo ella fue maldecirlo en voz baja. ¿Cómo se atrevía aquel infame desconocido a arrebatarle su calle, su hora? Acto seguido, maldijo en un susurro a la farola, que ya hacía tiempo podría haber reventado para no resaltar su figura bajo la también maldita marquesina, que no cubría ni por asomo al completo su cuerpo, mucho menos sus tacones rojos.

Prolongó sus caladas –por la indignación– e intentó mirar hacia otro lado. Como un niño que se esconde bajo las sábanas porque cree que hay un monstruo bajo su cama y de ese modo no le hará ningún daño. Por supuesto, fue en vano.

–Disculpe, señorita –la voz del desconocido le habría resultado reconfortante en otro contexto; era una voz de barítono, el punto medio de las voces–. ¿Tiene fuego?

Ella no respondió. Se limitó a prender una cerilla con elegancia y encender el fino puro del caballero nocturno, al que no consiguió ver el rostro. Consciente de la introversión de la dama, el hombre le agradeció el gesto con un leve movimiento del sombrero y emprendió de nuevo su camino, calle abajo.

Todo había pasado. Ya no tendría que volver a ver a aquel desalmado que había destruido la paz de su momento, de su instante. Pero entonces los labios de ella se abrieron y de su boca salieron, precipitándose, palabras nacidas de la más absoluta ausencia de premeditación.

–Este es mi momento. Y ésta, mi calle –. Se limitó a decir.

El caballero se dio la vuelta y se acercó un poco, visiblemente intrigado.

–¿Disculpe?

–Ya lo ha oído: esta hora es mía. Esta calle también.

–El tiempo no es de nadie –replicó él, casi con socarronería–. Las calles son de todos.

Tras esto, el hombre prosiguió su camino, dejándola con la boca entreabierta y el rostro colorado. No habría sabido adivinar qué fue lo que le molestó más. Si la arrogancia del desconocido, su falta de asombro o su falta de vergüenza.

 

***

 

Pasó el tiempo preciso para que la mujer repitiese su ritual. Ni por asomo tenía la intención de amedrentarse tras la aparición de ese cretino. Una vez más llegó a su calle, a su hora. Se detuvo bajo su marquesina y se encendió su cigarrillo largo. No podía existir sensación más placentera que la de fumar rodeada de frío; y de silencio. Mientras fumaba, miraba hacia arriba; luego hacia abajo. Y así hasta que se consumió el cigarro. Tenía por costumbre no abusar de ese vicio insano e injustificado, pero esa noche –sin saber muy bien por qué–, se concedió una tregua y se encendió otro.

A medio camino del filtro, una silueta apareció calle arriba. Era la figura del desconocido. La misma gabardina. El mismo sombrero. Ella se irguió y dio una prolongada calada al cigarro. En esta ocasión no miró hacia otro lado, sino directamente al allanador de su momento.

Como si le divirtiese su actitud, el hombre la saludó con el sombrero y se detuvo lo suficientemente cerca como para irritarla, pero lo suficientemente lejos como para no dejarle ver su rostro, sino únicamente el reflejo de una sonrisa llena de presunción.

–Buenas noches –dijo con una cortesía que a ella le resultó insultante–. Disculpe, pero esta hora es mía.

–Pero… ¿qué está diciendo? –preguntó ella, denotando perplejidad.

–La otra noche, me comunicó cuál era su hora –respondió él, impasible ante la confusión de la dama–. Hoy he tenido la cortesía de retrasar mi paseo nocturno y me la encuentro aquí, en la que afirma que es su calle, pero en una hora que no le pertenece.

–¡Fue usted quién dijo que el tiempo no es de nadie! –saltó ella a la defensiva, sin saber muy bien qué decir.

–Menuda contradicción… –el caballero se levantó un poco el sombrero para frotarse la frente; ella se acercó sutilmente para adivinar su rostro, pero sólo pudo percibir el brillo de un ojo verde–. Permítame preguntarle (y perdone mi indiscreción) a partir de qué hora puedo pasear por esta calle sin perturbar su momento.

–Cuando le dije “esta hora es mía”, era evidente que me refería a los sesenta minutos que forman una hora completa –respondió ella, orgullosa de su explicación improvisada.

–Oh, vaya… ¡Cuánto lo lamento! –contestó él con teatralidad; tras ello, se serenó y se dispuso a poner fin a esa conversación absurda–. Lo tendré en cuenta a partir de ahora. Pasearé cuando su hora –completa– se haya esfumado.

Una vez más, se despidió con el sombrero –ese maldito sombrero que impedía ver su rostro– y retomó su paseo, calle abajo.

–¿Por qué le gusta pasear a estas horas, por esta calle, con este frío? –ella misma no podía entender por qué le hacía esa pregunta.

El desconocido se giró levemente y, aún con el sombrero, ella pudo sentir cómo su mirada la atravesaba como un rayo.

–¿Para qué querría saberlo? –de nuevo el atisbo de sonrisa, a medio camino entre la diversión y la socarronería–. Nuestros caminos no volverán a cruzarse.

–Tiene usted toda la razón –replicó soberbia, apartando de él su mirada y dirigiéndola a la pared de enfrente de su marquesina.

El hombre dio unos pasos hacia ella. De nuevo, quedó lo suficientemente cerca como para incomodarla, pero lo suficientemente lejos como para que esos ojos verdes sólo irradiasen un suave brillo que anunciaba una revelación instantánea y perecedera.

Me gusta el frío del invierno –comenzó, apenas en un susurro–. Me gusta la noche. Me gustan los puros. Pero sobre todo, me gusta la soledad que ansío y añoro durante el día. La oscuridad y el frío me encumbran. Estar solo me hace despojarme de mi vileza o, lo que es lo mismo, de mi condición de ser humano. Lo que más me gusta de todo, es la ironía de saber que la soledad es mi mejor compañera, pues ella es la única que me permite ser dueño de mí mismo.

Tras sus palabras, el desconocido prosiguió su camino. La mujer se sorprendió al notar que sus labios temblaban. Siguió la silueta de aquel hombre hasta que desapareció en las sombras de la calle que, hasta ese momento, había considerado sólo suya.

 

***

 

Llegó la tercera noche. Ella estuvo en su calle, a su hora, bajo su marquesina. Encendió el primer cigarrillo sin prisa. Cuando pisó la tercera colilla con el zapato, miró su reloj y comprobó que su hora había pasado ya. Miró calle arriba, esperando a que apareciese la silueta del desconocido de ojos verdes, sombrero y gabardina.

Su pitillera estaba vacía cuando comenzó a amanecer.

 

***

 

Repitió su nuevo ritual durante mucho tiempo. Lo repitió consciente de que la soledad que tanto había anhelado antaño, había sido remplazada por una obsesión casi compulsiva: la de levantar el sombrero del desconocido y perderse en sus ojos verdes para demostrarse que no estaba sola.

Pero el hombre se perdió aquella segunda noche en que reveló a una absoluta desconocida la misma esencia de su alma. Se perdió en la calle y se perdió en el tiempo. Se perdió en la mirada de ella y en sus tacones rojos. Se perdió en el mundo y fuera de él. Se perdió en su soledad. Se perdió en su sombrero. En ese maldito sombrero que fue, sin duda, el culpable de todo.

 

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Fotografía (detalle): Brassaï (Gyula Halász) (1899-1984).