Los enamoramientos

Puesto que me es imposible escribir tantas reseñas como libros leo, al menos en este momento, estoy intentando reseñar aquéllos que, por una u otra razón, creo que merecen ser destacados, si bien me dejo algunos que merecerían la pena y que ahora me veo obligada a aplazar.

Uno de estos ejemplos es la novela de Javier Marías, Los enamoramientos, que me ha absorbido terriblemente y me ha ayudado a acercarme más a un autor contemporáneo de conocido interés y del que sólo he leído una novela antes que ésta, Berta Isla, aparte de algunos artículos que también dejan entrever su calidad como escritor.

Ya el título de esta novela nos ha de atraer forzosamente. Todas y todos sabemos qué es enamorarse, cuáles son sus efectos, causas y consecuencias. Lo que creo que nos cuesta más, incluso a los que nos dedicamos plenamente a la escritura, es definirlo de manera más o menos objetiva. Marías lo consigue y sólo con eso ya merece todo mi reconocimiento.

No obstante, el título también es engañoso, pues hay dos temas principales en torno a los que se desarrolla la historia: el amor, por supuesto, y también la muerte. Incluso creo poder decir que éste último es el más importante, el más destacado, pues de no producirse la muerte, los acontecimientos que se suceden no habrían existido y es esto lo que destaca el autor frecuentemente a lo largo de sus páginas.

Además, Javier Marías habla sin tapujos sobre ciertas ideas que yo considero tabús en nuestra sociedad y lo hace de un modo en que no nos queda más remedio que reconocerlas, al menos en nuestro fuero interno:

“Lo malo de las desgracias muy grandes, de las que nos parten en dos y parece que no van a poder soportarse, es que quien las padece cree, o casi exige, que con ellas se acabe el mundo, y sin embargo el mundo no hace caso y prosigue, y además tira de quien padeció la desgracia”[1].

El autor se pregunta cuál es el comportamiento de las personas cuando otra que es cercana a ellas sufre una catástrofe en su vida y su respuesta no puede dejarnos indiferentes:

“Es otro de los inconvenientes de padecer una desgracia: al que la sufre los efectos le duran mucho más de lo que dura la paciencia de los que se muestran dispuestos a escucharlo y acompañarlo, la incondicionalidad nunca es muy larga si se tiñe de monotonía”[2].

La desgracia le ocurre a uno y, por mucho que exista una fuerte empatía en las personas que lo rodean, éstas terminarán cansándose de su melancolía, de sus pocas ganas de luchar por salir de la situación lo antes posible. Marías lo sabe y no duda en expresarlo así en boca de sus personajes, cada uno de los cuales expone sus ideas a partir de sus propias experiencias. En esta novela, todo lo que se hace se hace por amor o, lo que es más importante, por estar enamorado. Pero, al mismo tiempo, es necesaria la muerte para que este estado surja en la protagonista, María Dolz.

Marías no renuncia al misterio, a un cierto componente de novela negra, pero lo hace de forma tan sutil que no nos damos cuenta hasta la última parte del libro y, para entonces, es ya lo que menos nos importa. Precisamente, el momento en que la protagonista se entera de la presencia de un asesinato premeditado, ha sido el que menos me ha gustado, no porque no esté bien tratado (como digo, Marías lo introduce con exquisita sobriedad), sino porque me aleja demasiado de las profundas reflexiones en torno al enamoramiento y la muerte, la reacción y comportamiento de los seres humanos ante esas circunstancias, y es eso lo que el lector quiere seguir “escuchando” en boca de esos personajes que parecen conocernos muy bien:

“Nos trae sin cuidado rebajarnos ante nosotros mismos, al fin y al cabo nadie nos va a juzgar ni hay testigos. Cuando nos atrapa la tela de araña fantaseamos sin límites y a la vez nos conformamos con cualquier migaja, con oírlo a él, con olerlo, con vislumbrarlo, con presentirlo, con que aún esté en nuestro horizonte y no haya desaparecido del todo, con que aún no se vea a lo lejos la polvareda de sus pies que van huyendo”[3].

Estas líneas rompen.

Me gusta mucho el estilo de Marías. No es gran amigo de los puntos ni las prolongadas pausas, aunque sí le gusta coquetear con las comas, pero en mi opinión lo hace de manera extraordinaria, logrando que el lector o la lectora no pueda dejar de leer, atrapándonos en las palabras, las ideas, los sentimientos. No se trata del frenetismo propio de Dostoievski, ni de la exaltación de Salinger. Para mí, se trata más bien de pasión.

“Una vez que se decide que las cosas no floten, que no se diluyan ni se mueran calladas ni sea pálida su conclusión, entonces por lo general se hace arduo y casi imposible esperar; hay que decirlo y soltarlo en seguida, hay que comunicárselo al otro para zafarse de golpe, para que sepa lo que le toca y no ande engañado y ufano, para que no se crea que sigue siendo alguien en nuestra vida cuando ya no lo es”[4].

Los enamoramientos es una novela sobre amor y muerte, sobre a qué nos puede llevar el hecho de estar enamorados, pero también sobre el desvanecimiento de ese amor, ese arduo y lento proceso durante el que nos permitimos –o exigimos– olvidar a alguien: “la corrección de los sentimientos es lenta, desesperadamente gradual”[5]; me encantó esta línea.

Puede que haya lectores que se decepcionen al encontrarse con las entrañas de esta novela tras haberse creado ciertas expectativas con el título. No os vais a encontrar nada cursi, ni romántico, ni siquiera una historia de amor como tal, pues no creo que la haya, ya que para su existencia siempre es necesaria la correspondencia de dos partes y Marías no nos la ofrece. Lo que nos encontramos son reflexiones en torno al amor, a lo que hacemos por amor, a lo que estamos dispuestos a renunciar al enamorarnos de alguien, a lo que estamos dispuestos a tolerar y hacer. ¿Acaso no renunciamos a una parte de nosotros mismos cuando nos enamoramos? ¿Acaso no hacemos cosas que antes no hacíamos, no nos reímos de cosas que no nos hacían gracia, o no hablamos de cosas que desconocíamos? “No quería hablar, sino que él lo siguiera haciendo”[6].

Pero, cuando la historia no es posible, cuando las circunstancias van en contra de la persona enamorada, alega el personaje de Marías, “podíamos haberlo dejado correr y no grabarnos más marcas”[7].

El mejor personaje es, sin duda para mí, la protagonista, María Dolz. Y no creo que lo sea ni por ser la narradora ni por hacer crecer en nosotros un sentimiento de compasión hacia lo que vive. No. Creo que es el mejor personaje porque casi parece que, durante el tiempo que Marías escribió esta novela, se hubiese metido en la mente de una mujer y dijese y actuase exactamente como lo haríamos la mayoría. Pues si bien vivimos en una sociedad que está en pleno camino hacia la búsqueda de la igualdad, cosa maravillosa, no podemos hacernos los ciegos ante las diferencias que creo que nos unen, a hombres y mujeres. Y la forma de pensar y actuar que nosotras tenemos es mucho más compleja, en la mayor parte de los casos, pues tendemos a rompernos, a destruirnos si hace falta, barajando todas las posibilidades, interpretando gestos, actitudes y palabras, aunque sólo sean sombras que queramos ver por pura conveniencia, aunque sólo sean objetos de nuestra insaciable imaginación. Así es María Dolz y nunca antes había visto tanta gracia en un autor a la hora de meterse en la cabeza de una mujer.

Para concluir, deciros que ésta me parece una novela extraordinaria, muy del estilo del autor y que no puede dejar indiferente a nadie, ya que todos podemos sentirnos identificados en mayor o menor medida. Dar palabras a algo tan difícil de explicar y que nosotros podamos ser partícipes de ellas, del dolor que producen, también del amor, me parece algo que todo escritor o escritora de calidad debería conseguir y, a día de hoy, son muy pocos los que lo hacen. Poner palabras a los sentimientos de millones de personas, sentimientos comunes pero difíciles de interpretar, es un logro inmenso.  Bravo, Javier.

Marías, Los enamoramientos.JPG
Javier Marías, Los enamoramientos, Debolsillo, 2011, 408 páginas.

 

NOTAS:

[1] MARÍAS, J., Los enamoramientos, Debolsillo, 2011, página 134.

[2] Op.cit., página 83.

[3] Op.cit., página 141.

[4] Op.cit., página 238.

[5] Op.cit., página 233.

[6] Op.cit., página 130.

[7] Op.cit., página 265.

Nueve cuentos

Jerome David Salinger (1919-2010) escribió cuatro obras: El guardián entre el centeno (1951), Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963)[1].

Creo que es el único autor del que puedo decir que no me habría atrevido a empezar a reseñar sus obras hasta habérmelas leído todas. Quizás podría haber hecho ya una reseña de El guardián entre el centeno, la primera que leí, por ser de cierto modo independiente del resto y siendo, indiscutiblemente, la que le dio su fama. Sin embargo, he preferido esperar y comenzar el trabajo ahora, empezando con la última que he leído: Nueve cuentos. Antes de empezar la reseña propiamente dicha, quiero decir algo sobre el orden en el que es recomendable leer la obra de Salinger. Ahora que tengo una visión global del conjunto, y sin arrepentirme del orden en el que las he leído yo (que os dejo, por si os interesa, en esta nota[2]), os aconsejo que sigáis el siguiente orden: El guardián entre el centeno, Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción y Nueve cuentos.

El guardián entre el centeno puede leerse la primera o la última, indistintamente, pues es la única que, en cuanto a sus personajes y trama, no guarda relación con las demás. Os la he mencionado en primer lugar porque no deja de ser una obra de culto muy representativa de la literatura moderna y porque creo que es perfecta para empezar a tomar contacto con la narrativa propia de Salinger, que no es –ni mucho menos– convencional. Sí es cierto que leerla al principio podría causaros ciertas confusiones al intentar, como lectores, establecer ciertas relaciones entre el protagonista de ésta y los de las demás, pero creo que con que tengáis esto en cuenta no os provocará demasiados problemas.

Voy a intentar justificar, en la medida de lo posible, este consejo, aunque insisto en que me centraré en la reseña de Nueve cuentos, pues haré una de cada obra.

¿Por qué Franny y Zooey debe ser el primero? Porque es en esta obra donde empezamos a profundizar en la familia Glass y, más concretamente, en los hermanos Glass, que han tenido una educación fuera de lo común y se han criado participando en un programa de radio como niños superdotados. Los hermanos son, de mayor a menor, Seymour, Buddy, Boo Boo, Walt, Walker, Zooey y Franny.

Si leyeseis las obras en el mismo orden en que lo he hecho yo o, incluso, en el orden en que fueron publicadas, no pasará nada. Sin embargo, sí insisto en que os dejéis para el final Nueve cuentos, pues en el primero (Un día perfecto para el pez plátano) –que para mí ha sido el mejor junto con el último– se explica un acontecimiento fundamental en la vida de la familia Glass que ya se ha mencionado anteriormente pero que no se ha detallado hasta este momento. El poder saber lo que ocurre después de haber leído el resto de las obras, me ha resultado delicioso y sobrecogedor al mismo tiempo y no me gustaría que alguien se privase se vivirlo de ese modo. Os pido disculpas por la posible ambigüedad de estas palabras, pero en absoluto querría desvelaros una parte fundamental de la trama.

Nueve cuentos está formada por: Un día perfecto para el pez plátano, El tío Wiggily en Connecticut, Justo antes de la guerra con los esquimales, El hombre que ríe, En el bote, Para Esmé, con amor y sordidez, Linda mi boca y verdes mis ojos, El período azul de Daumier-Smith y Teddy.

El primero (Un día perfecto para el pez plátano) es desgarrador y realmente bueno; el protagonista es Seymour, el hermano mayor de la familia Glass y lo que ocurre se puede considerar una continuación de Levantad, carpinteros, la viga del tejado. La trama se divide en dos partes: la primera, la conversación telefónica que Muriel –la novia de Seymour– mantiene con su preocupada madre; la segunda, la conversación que el propio Seymour mantiene con una niña a propósito de los peces banana.

El tío Wiggily en Connecticut habla de dos viejas compañeras de universidad –Mary Jane y Eloise– que quedan en la acomodada casa de Eloise para beber y charlar. A medida que beben, Eloise abre más sus sentimientos y termina confesando lo mucho que extraña a un novio que tuvo y que murió en la guerra y lo maravilloso que era en comparación con su marido actual. Su hija aparece en escena con sus amigos imaginarios para denotar la falta de atención que sufre por parte de sus padres.

Justo antes de la guerra con los esquimales narra una breve historia de dos compañeras de tenis adolescentes, Ginnie y Selena. Siempre se cogen un taxi para volver a casa cuando terminan de jugar al tenis y Ginnie está harta de pagar siempre ella, por lo que sube a casa de Selena para que le dé el dinero que le debe. En casa de Selena, mientras espera a que ésta le pida el dinero a su madre, conoce a Franklin, su hermano de veinticuatro años, quien se queda un rato charlando con Ginnie y le hace cambiar de opinión: ahora prefiere llevarse bien con Selena, por lo que le perdona la deuda. Como veis, un relato que gira en torno a la amistad (o la ausencia de ella) y al amor adolescente.

El hombre que ríe es, con diferencia, el que menos me ha gustado. El narrador cuenta que, cuando tenía nueve años, pertenecía al Club de los Comanches y el Jefe de este club les llevaba en autobús después del colegio a Central Park para jugar al fútbol o al béisbol. Los sábados por la mañana les llevaba a lugares más abiertos y propicios para el deporte. Por las tardes, al regresar en autobús, el Jefe les contaba historias, siendo ésta la ocasión de “el hombre que ríe”, quizás clasificable en el género de terror. A todo esto se suma la presencia repentina de la novia del Jefe, que participa en los juegos hasta que, tras pelear con él, deja de ir a jugar. Esta historia es más anecdótica que otra cosa y si bien podría establecerse una relación entre la historia que cuenta el Jefe a los niños y lo que le ocurre a él con su novia, no creo que merezca mayor mención, aunque sigue dentro de las líneas de la escritura de Salinger y ya sólo por eso merece todo mi respeto.

En el bote tiene como protagonista a una de las hermanas Glass: Boo Boo. La trama se centra en su maternidad, que le está resultando problemática con su hijo de cuatro años, el cual no para de escaparse. Como familia adinerada, tienen una casa al lado del lago, en cuya orilla hay anclado un bote en el que el niño está jugando. La madre y el niño mantienen una conversación que deja entrever los miedos y dudas no resueltas del crío, así como el espíritu de una madre a la que le cuesta serlo.

Para Esmé, con amor y sordidez, es uno de sus cuentos más famosos. Fue publicado por primera vez en 1950 en The New Yorker y su éxito fue inmediato. Narra la historia de un joven soldado norteamericano en dos partes: la primera en plena guerra en 1944, cuando conoce a una chica de unos trece años –Esmé– en la iglesia de un pueblo; la segunda, cuando ya ha terminado la guerra y recibe la prometida correspondencia de la joven. El entusiasmo del soldado ante la perspectiva de hablar con la joven y su hermano pequeño y ante la promesa de ésta de que iniciará correspondencia con él aunque marche de nuevo a la guerra, se ve totalmente eclipsado al terminar la guerra, cuando nos encontramos a un joven pesimista que abre el sobre de la chica casi por casualidad.

Linda mi boca y verdes mis ojos me ha gustado mucho. Arthur llama por la noche a su amigo estando borracho para contarle que no sabe dónde está su mujer, quien es bastante propensa a no aparecer por casa debido a su promiscuidad y carácter despreocupado. El amigo intenta tranquilizarle, pero Arthur es incapaz de entrar en razón debido a su ebriedad y a la tortura psicológica a la que él mismo se somete. Todo queda en nada cuando la susodicha aparece en casa y Arthur vuelve a llamar a su amigo para decírselo, diciéndole que se encuentra mejor y que todo se solucionará. Con este cuento, Salinger nos habla de la volubilidad del carácter humano, especialmente cuando se trata de amor.

El período azul de Daumier-Smith nos cuenta la historia de un joven artista que termina yendo a trabajar con dos japoneses a una academia de arte en Canadá. El trabajo que allí desempeña está lejos de lo que esperaba, pero recibe el trabajo de una alumna que resulta ser una monja y que le llena de entusiasmo por la extraordinaria calidad de su arte. Llega a escribirle una carta en respuesta a su trabajo, quizás indagando demasiado, lo que probablemente provoca que el padre del convento retire su autorización a la monja para que siga estudiando a distancia en la academia. Picasso tiene cierta importancia en la trama, al menos metafóricamente, mientras que la reflexión en torno a la idea del arte se hace bastante profunda en ciertos sentidos.

Por último, Teddy me ha parecido el mejor. Habla de un niño superdotado de diez años que ha llegado a ser entrevistado por varios profesores de religión y filosofía de varias universidades, por lo que podréis haceros ya una idea del tema sobre el que el chico reflexiona en su conversación con un joven llamado Nicholson. El tema central tiene que ver con la idea de reencarnación y la paz interior, dos ideas que Salinger explota bastante en toda su obra, ya que tenía ideas muy cercanas al hinduismo y otras ramas religiosas orientales.

Ya para terminar, sólo diré que esta antología de los cuentos de Salinger me ha gustado especialmente y me parece totalmente recomendable. El autor tiene un estilo único, sórdido, directo y brusco que me encanta y que le caracteriza de un modo que no hay lugar a dudas en cuanto a poder reconocer su genio. Probablemente, uno de los mejores escritores del siglo XX sobre el que os prometo reseñar toda su obra.

SALINGER, Nueve cuentos.JPG
Fotografía: Ana Fernández

J.D. Salinger, Nueve cuentos, Alianza, 2011 (1953), 240 páginas.

NOTAS:

[1] Su primer relato, Hapworth 16, 1924, no fue publicado en forma de libro ni ha sido traducido al español. No he mencionado los cuentos que publicó independientemente porque fueron recopilados en la antología Nueve cuentos.

[2] Leí primero El guardián entre el centeno, seguida de Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, Franny y Zooey y Nueve cuentos.

Seguro que esta historia te suena

Antes de que un buen amigo me empujase de cabeza y sin manguitos al mundo de K. Iribarren, ya había leído algo suyo, pero por una serie de circunstancias su obra había permanecido en mi lista de lecturas pendientes. No tengo nada malo que decir sobre la edición que voy a reseñar. Seguro que esta historia te suena es la tercera edición de la poesía completa de Karmelo Iribarren (n. 1959) y abarca su poesía entre 1985 y 2015. Sin embargo, se acaba de publicar su Poesía completa de 1993 a 2018; todavía no la tengo, pero sí que debo avisar de que este poeta recicla mucho sus poemas, por lo que os recomiendo que os compréis uno de estos dos ejemplares (teniendo en cuenta que en el segundo habrá bastantes poemas del primero, aunque también los que haya escrito entre 2015 y 2018). En el caso de Seguro que esta historia te suena, se incluyen los siguientes libros: La condición urbana (1995), Serie B (1998), Desde el fondo de la barra (1999), La frontera y otros poemas (2000-2005), Ola de frío (2007), Atravesando la noche (2009), Otra ciudad, otra vida (2011), Las luces interiores (2013), La piel de la vida (2013) e Inéditos y otros poemas. Todavía tengo pendiente Diario de K (que no está incluido), por lo que no puedo deciros nada sobre él por el momento.

El realismo sucio del que os hablaba a propósito de Bukowski se repite en nuestros días en autores como Karmelo, aunque en su caso podamos quizás hablar de una reducción de la crudeza literaria; por el contrario, sí comparte con ese tipo de realismo una palpable sobriedad expresiva, explicativa y descriptiva. Con pocas y sencillas palabras, Karmelo llega a pensamientos profundos con los que todos podemos sentirnos identificados y, aunque pueda parecer justo lo contrario, éste es un talento escaso y difícil de alcanzar.

Como temas comparte muchos con Bukowski o Panero –por ejemplo–, ya que de nuevo estamos hablando de la idea de poeta maldito que se autodestruye escribiendo poesía. Creo que no se podría entender a Iribarren sin el alcohol de por medio, aunque hay otros temas importantes como el paso del tiempo, las mujeres, el amor, la ciudad o la lluvia. Como veis, la variedad de temas es mayor que en los anteriores autores reseñados, por lo que me conformaré con dejaros ejemplos de sólo algunos de ellos.

Al igual que las mujeres terminaban con Bukowski, terminan con Karmelo. Esto no cambia, aunque sí que hay ciertos poemas en los que podemos ver pequeñas treguas para el amor e incluso piedad hacia el autor, lo que no ocurría con Bukowski, ni siquiera cuando escribía Poema de amor para Marina (su hija). En Iribarren vemos descansos de desamor, lo que a su vez enfatiza más el selectivo amor que se abre paso en su poesía. Os dejo dos ejemplos de los opuestos:

Cómo decíroslo:

el nóbel, el cervantes,

el príncipe de asturias,

nada,

papel mojado, chatarra, al lado

de una mirada suya[1].

 

Enamorarse no tiene

mayor mérito.

Lo realmente difícil

–no conozco

ningún caso–

es salir entero

de una historia de amor [2].

Karmelo no se autocensura. Ha vivido, ha experimentado y nos cuenta las consecuencias de todas esas vivencias, que ahora acuden a su memoria disfrazadas de nostalgia. La ciudad y la lluvia son temas centrales en su poesía, convirtiéndose una en escenario de sus pensamientos y otra en perfecta compañera:

¿Qué haces?

Nada. Solo

miro llover

sobre la plaza.

Y se sentó a su lado.

Y se sumó,

en silencio,

a aquella celebración

de la nostalgia,

a aquella exuberancia

de la melancolía[3].

Veamos ahora, resumido perfectamente en un único poema, lo que suponen para el autor las noches y las mujeres:

Me acerco

a la ventana:

la noche

me llama

como el pelo desordenado

de una mujer[4]

Los fragmentos o poemas que os estoy enseñando son totalmente insuficientes para profundizar en el mundo iribarriano, pero creo que sí pueden ser útiles para llegar a formar una noción de su poesía. En el caso de las mujeres, hay una ambigüedad preciosa que nos llena de ternura, ya que al mismo tiempo que algunas terminan con él o le reprochan su actitud, con otras comparte una complicidad deliciosa que sabe reflejar muy bien en algunos poemas. La lluvia, los domingos, las ciudades, los bares, el alcohol, los viejos tiempos y los nuevos, la vejez, la realidad social vista desde perspectivas opuestas, son las reflexiones que caben destacar en este autor. Intuiréis que me estoy agobiando un poco, pues realmente me encanta Karmelo y de ser por mí destacaría bastantes poemas, pero no es ese el fin de la reseña. En cuanto a la pregunta que solemos hacernos en una recopilación de poesía completa (¿qué parte nos ha gustado más?) no sabría responder, aun teniendo en cuenta que utilizo el libro de Iribarren como una biblia de consulta literaria más que como otra cosa. Os habréis dado cuenta de que he procurado dejaros fragmentos extraídos de diferentes libros para dar un sobrio y efímero paseo sin caer en el error de la repetición. Me gustan mucho Serie B (1998) y Las luces interiores (2013), lo que confirma mi idea de que estamos hablando de un poeta constante en su estilo y calidad, al menos por el momento. Pero insisto en que soy reticente a elegir uno de los libros que forman la obra final, ya que todos ellos guardan joyas en su interior. Supongo que os gustaría que terminara la reseña destacando algún poema. Os dejo mi lista de imprescindibles en esta nota[5] y hago el esfuerzo (por vosotras y vosotros), de terminar homenajeándole con este:

Qué hago

mirando la lluvia,

si no llueve[6].

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Fotografía: Ana Fernández

Karmelo Iribarren, Seguro que esta historia te suena, Renacimiento, 2015 (2012), 336 páginas.

 

NOTAS:

[1] “Como un trocito de cielo”, La frontera y otros poemas, Karmelo Iribarren, Seguro que esta historia te suena, Renacimiento, 2012, p. 153.

[2] “Lo difícil” (fragmento), Desde el fondo de la barra, Op.cit., pp. 224-225.

[3] “Momentos” (poema completo), Las luces interiores, Op.cit., p. 308.

[4] “Sábado noche” (poema completo), Inéditos y otros poemas, Op.cit., p. 358.

[5] “Lágrimas de mujer”, “Ritual sangriento”, “Los amigos, estar con ellos”, “Tú misma”, “¿Dios?”, “Eso era amor”, “Déjame hacerlo”, “Ahora”, “El incontestable”, “Ana”, “Mejor así”, “Mañana nos vemos”, “Lo difícil”, “Sencillo”, “Tenía que ser así”, “El amigo”, “El amor”, “Los días normales”, “En el tren”, “La vida sigue”, “Solo lo fugitivo permanece y dura”, “Las ciudades”, “En el último bar”, “El pasado”, “Domingo, tarde”, “Momentos”, “Puertas”, “Memorias de un explorador”, “La ciudad”, “Algunos días”.

[6] “Domingo, tarde”, Las luces interiores, Op.cit., p. 307.

Bukowski esencial: poesía

Antes de sumergirme en esta obra había leído ya algunos poemas de Bukowski y, si bien unos me intrigaron, otros me crearon cierto rechazo. No obstante, tenía la sensación de que si profundizaba un poco en su obra lograría comprenderle y acabaría admirándole. Es por ello que terminé decantándome por esta hermosa edición de Visor que se presenta ante nosotros como una especie de antología de la antología: el autor escribió alrededor de cinco mil poemas, por lo que podréis intuir el ambicioso proyecto de la editorial, que finalmente tuvo que conformarse con reunir noventa y cinco poemas del colosal conjunto. Por supuesto, siempre defenderé las antologías a la hora de introducirse por primera vez en la obra de cualquier poeta, pero en este caso específico esa necesidad se hace, lógicamente, más notoria.

Ésta es una edición bilingüe, de modo que quien así lo quiera podrá leer los originales del autor y su consiguiente traducción.

Charles Bukowski (1920-1994) es uno de los máximos representantes del realismo sucio[1], por lo que su obra está dirigida o bien a un tipo de lector de poesía muy concreto o bien a un tipo muy abierto. Voy a destacar algunos temas que se repiten constantemente en su obra. En primer lugar, las mujeres, en todas las cuales parece existir un odio común hacia la figura del poeta:

“¿y qué sabes del amor?

¡para ti es una palabra obscena! “amor” (…).

¿es que no quieres luchar por lo nuestro?

dime, ¿por qué tienes miedo del coño de una mujer?”[2].

Otro tema que se repite es el del oficio de escribir; el autor no deja de lanzar advertencias sobre los riesgos que entraña la escritura y su obra se convierte en un claro reflejo de lo que le ha hecho a él. Creo que el poema que mejor muestra esta idea es ¿quieres salir al ruedo?, que se ha convertido en uno de mis favoritos (por la parte que me toca):

“No malgastes las páginas con tus

necedades.

las bibliotecas del mundo

se morirán de

aburrimiento

no lo empeores

no lo hagas[3]”.

Me gustaría señalar “el autor” como tema propiamente dicho: Bukowski se deforma hasta límites grotescos, pero sin vergüenza, aceptando no sólo que es un hombre feo, sino perfilándose como un hombre que no merece la pena en muchos sentidos y aceptando, a medida que cumple años, que el consumo de alcohol sube y la calidad de su poesía baja:

“y después en la habitación

bebo whisky y cerveza:

la sangre de los cobardes.

este pues

será mi destino:

ganar una miseria en las salas pequeñas y oscuras

por leer poemas de los que me he hartado hace ya

mucho”[4].

Como veis, se trata de una serie de obsesiones que se repiten a lo largo de las páginas y que, como pertenecientes a este movimiento, nos llevan a introducirle en la categoría de poeta maldito[5], al igual que ocurría con Panero. Podría destacar algunas más, como una sutil tendencia a la exaltación de la nostalgia que, a pesar de ello, no me ha pasado desapercibida:

“sólo que ahora

en lugar de

acercarnos

al tiempo

el tiempo

se acerca

a nosotros[6]

No he podido evitar pensar en Salinger mientras leía la obra. Bukowski y él fueron casi coetáneos y ambos representantes del realismo sucio, por lo que la influencia estaría justificada aun hablando de géneros distintos (novela y poesía). Quizás esta influencia sea recíproca, aunque me inclino más a pensar en la influencia de Salinger en la obra de Bukowski.

Me han llamado mucho la atención los últimos versos de los poemas. Creo que a todos los que escribimos poesía nos gusta crear finales que estén a la altura de lo que hemos escrito, pero también creo que nunca debemos forzarlos. No me parece que Bukowski los fuerce, sino todo lo contrario: parecen tener el deber único de estar donde están.

Leo mucha poesía y en la mayoría de los casos me cuesta mucho seleccionar algún poema que destaque entre todos los demás. En esta ocasión, sin embargo, sí que me puedo atrever a ello sin titubear demasiado: la ducha me ha parecido sublimemente sucio y vulgar al mismo tiempo que perfecto reflejo del amor auténtico; jamás pensé que pudiese existir esa combinación en un poema. El pájaro azul no sólo me ha llegado al corazón, sino que me ha ayudado a comprender un poco el alma de este poeta maldito al que, con toda seguridad, volveré:

“tengo un pájaro azul en el corazón que

quiere salir

pero soy muy duro con él,

le digo, quédate ahí, no dejaré

que te

vean”[7].

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Fotografía: Amazon

Charles Bukowski, Bukowski esencial: poesía, Visor, 2017, 480 páginas.

 

NOTAS:

[1] El realismo sucio es un movimiento literario que surgió en Estados Unidos en el siglo XX. Se caracteriza por la reducción del lenguaje a su esencia más elemental, llegando a formar parte de ello lo que podría considerarse vulgar. Superficialidad, concisión y sobriedad son quizás las palabras que mejor lo definen.

[2] “Tenemos que comunicarnos”, Charles Bukowski, Bukowski esencial: poesía, Visor, 2017, pp. 273 y 275.

[3] Op.cit., p. 435.

[4] “El recital poético”, Opt.cit., p. 141.

[5] Este término, aunque se aplica a día de hoy a ciertos poetas, tiene su origen en Los poetas malditos, conjunto de ensayos publicados en su versión definitiva en 1888 por el poeta francés Paul Verlaine. Podemos entender como “poeta maldito” al que posee un don literario que, al mismo tiempo que le conduce a crear una gran obra, le conduce también a su autodestrucción: vidas trágicas, marginamiento social, alcoholismo, drogas y pesimismo son sólo algunas de las cosas que han caracterizado la vida de estos escritores.

[6] “Suerte”, op.cit., p. 307.

[7] Op.cit., p. 419.

Jane Eyre

Bastante fría me ha dejado esta obra de Charlotte Brönte (1816-1855), especialmente si la comparamos con las magníficas Cumbres borrascosas de su hermana Emily (1818-1848). Sin embargo, no es justa la comparación en una reseña, menos tratándose de dos mentes tan distantes, a pesar de su parentesco.

La historia es narrada por quien le da título a la novela, la joven Jane Eyre, huérfana que a los diez años permanece bajo la tutela de su tía, la señora Reed. La niña, con unas carencias afectivas tremendas y que recibe un odio considerable por parte de su obcecada tía, así como de sus primos, termina siendo internada en la escuela para niñas Lowood, donde pasará seis años como alumna y dos como maestra, tras los cuales decidirá dar un giro a su vida y convertirse en institutriz particular en la mansión Thornfield, donde instruirá a Adèle Varens, niña de ocho años que está bajo la custodia del dueño de la mansión: el señor Rochester. Una de las criadas, Grace Poole, será el origen de una serie de acontecimientos de apariencia sobrenatural que terminarán por aclararse bien avanzada la trama, cuando a Jane, que está a punto de contraer matrimonio con el señor Rochester, le es revelada la verdad: él está casado con la hermana de su amigo, Bertha Manson, pero Grace Poole lleva años cuidando de ella porque está loca. Eyre, mujer de intachables principios, decide que lo correcto es renunciar a su amor por Rochester, por lo que abandona la mansión y, tras una serie de obstáculos, encuentra a tres parientes que hasta entonces le eran desconocidos: dos primas y un primo, algo que averiguan gracias a la herencia que recibe Jane de un tío al que nunca conoció y que ella repartirá a partes iguales con sus primos. Su primo St. John es un párroco obsesionado con la idea de partir a la India para mejorar la vida de las personas bajo el yugo del cristianismo y la pide en matrimonio para que le acompañe. Ella le rechaza repetidas veces hasta que una noche escucha en la lejanía la voz de Rochester y decide partir en su busca, pues presiente que algo ha ocurrido.

Podría proseguir y terminar la síntesis con un par de líneas, pero no querría desvelar el final, así que me dispongo ya a analizar aspectos más formales dentro de la obra.

Para empezar, Charlotte no sorprende con su estilo, pues es lo que cabría esperar de una escritora del siglo XIX: una narración correcta, ordenada e insufriblemente recargada. Es la perfecta encarnación de un romanticismo de sentimentalidad excesiva:

“Yo mismo pondré en tu cuello el collar de brillantes y en tu frente la diadema que te sentará como hecha para ti, porque en tus sienes, Jane, la naturaleza imprimió la marca de la nobleza; abrocharé las pulseras en tus delicadas muñecas y llenaré de anillos esos dedos tuyos de hada” (p. 406).

“Nunca he conocido a nadie como tú, Jane, a nadie. Me gustas y me dominas. Da la impresión de que te doblegas y me complace esa aparente sumisión, pero de repente, cuando estoy enroscando en mis dedos un suave y sedoso mechón de tu pelo, éste despide una corriente eléctrica que me recorre el brazo y me llega al corazón. Me has conquistado, estoy entregado a tu influjo, tan dulce que no puede expresarse con palabras” (p. 408).

Como veis, estas palabras que le dirige el señor Rochester a Jane son asquerosamente bonitas. Este tono recargado, pomposo y exageradamente emotivo, os acompañará a lo largo de las setecientas páginas a las que os enfrentáis. Pero por favor, no creáis que con esto pretendo degradar la calidad literaria de Charlotte; sólo quiero aclarar el tipo de romanticismo literario al que acudimos con Jane Eyre y que –como explicaré al final– dista mucho del que podemos ver en su hermana Emily.

Quiero destacar los tres puntos de inflexión que considero se producen en la vida de Jane: el primero, ese momento en el que inicia una nueva vida en la escuela Lowood; el segundo, cuando decide tomar las riendas de su vida para comenzar a valerse por sí misma; el tercero, cuando conoce al señor Rochester.

Creo que podríamos extraer otros a partir del tercero e incluso habrá quien opine que el tercer punto de inflexión no sea el momento en que conoce a Rochester, sino el instante en el que él confiesa su amor por ella. Yo discrepo: todos y cada uno de los actos que emprenderá la joven Jane desde que conoce a su señor, estarán movidos con el fin de corresponderle de alguna manera, ya sea para mostrarle su determinación como mujer (al principio), ya sea para responderle al amor que la profesa (más adelante).

Es interesante partir de estos tres momentos para poder ver la evolución emocional en la protagonista: si bien desde que se revela contra su tía, Jane demuestra que no es una joven que se deje intimidar por sus superiores, este carácter irá cobrando forma a medida que se tope con la necesidad o el simple deseo de tomar decisiones trascendentales.

Desde el principio se nos muestra como una mujer de inamovibles principios y será precisamente gracias a ellos (o por su culpa) por los que la trama siga un sendero de dolor y pérdida.

No me gustó el modo en que Charlotte definió el personaje de St. John, pues me parece demasiado similar al de Rochester. Es cierto que mientras la frialdad y dureza del primero se mantiene de principio a fin insoslayable, la del segundo termina derrumbándose gracias al amor que siente por la joven. Sin embargo, ese carácter huraño, distante, ciertamente insondable y enigmático, se repite en ambos hombres y creo que esto es motivo suficiente para considerar una ligera falta de originalidad a la hora de trazar los dos personajes masculinos trascendentes en la obra.

Sí me han gustado sin embargo algunas reflexiones interiores de Eyre y que expresan muy bien lo que siente en cada momento, como podría ser la que se desarrolla a propósito comportamiento de St. John, quien quiere torturarla psicológicamente para que termine cediendo a la propuesta de matrimonio:

“A él no le dolía nuestro distanciamiento ni ansiaba la reconciliación. Algunas lágrimas mías que más de una vez cayeron sobre la página que examinábamos juntos no le impresionaron más que si su corazón hubiera sido realmente de piedra o bronce” (p. 640).

Para terminar, diré que sin duda ésta es una novela grata para personas a quienes les guste ese romanticismo del que antes hablaba. Nada que ver con el otro romanticismo, el que a mí me gusta y me enloquece, ese al que debió sucumbir Emily Brönte para escribir Cumbres borrascosas, novela de la que os prometo que haré la reseña, no sólo con ganas sino con verdadera admiración. Y es que mientras Charlotte se ha dejado conquistar por las palabras, Emily se deja llevar por el espíritu del siglo XIX, ese mismo que nos habla de libertad y sentimientos sí, pero también de vida y muerte, amor y desamor, belleza y fealdad.

 

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Fotografía: Ana Fernández

Charlotte Bronte, Jane Eyre, Signo editores, 2008 (1847), 702 páginas.

El nombre de la rosa

Puede que sea ésta una de mis reseñas más ambiciosas, pues empiezo advirtiendo que es realmente difícil hacer justicia a alguien como Umberto Eco (1932-2016), especialmente si lo que se ha de reseñar es una obra como El nombre de la rosa. Sencillamente, no se me ocurre ningún tipo de lector a quien pueda no gustarle.

Procuraré, en la medida de lo posible, no desvelar partes importantes de la trama, pero no querría comenzar sin decir que la introducción sólo será resuelta una vez que hayamos llegado al final y acudamos a las apostillas[1]. Destaco este hecho para prevenir de que Eco sabe jugar desde el principio con la credibilidad de sus lectores, lo que obviamente tendrá sus máximas consecuencias a lo largo de la historia que nos ofrece.

Soy bastante reacia a hacer comentarios a las versiones cinematográficas de mis lecturas, pero creo que en este caso merece la pena hacerlo por dos razones: la primera, porque es muy posible que haya muchos buenos lectores que hayan visto la película y, sin embargo, no hayan leído la novela; la segunda, porque siempre ha sido una de mis películas predilectas y, aunque no ha dejado de serlo ahora, la novela ha superado con creces mis propias expectativas, lo que no suele ser habitual. Insisto –y estaréis de acuerdo conmigo– en que a quienes a nos apasiona la lectura siempre tendemos a apreciar más la obra escrita, sencillamente porque es mejor (¿para qué negarlo?). La novela de El nombre de la rosa no sólo es mejor. Es perfecta. Por tanto, aconsejo a todo quien haya visto la película que no se amedrente ante este hecho, pues os aseguro que si leéis la novela, vuestras expectativas se verán recompensadas extraordinariamente.

Pero ahora toca justificar todas estas bellas palabras.

Religión y filosofía. Dos hermanas sin las que no podremos entender El nombre de la rosa. En el invierno de 1327, un novicio de la orden Benedictina, Adso de Melk, acompaña a su maestro franciscano, Guillermo de Baskerville, a una abadía benedictina en el norte de Italia, cuya notoria fama se debe a la biblioteca que aguarda en su interior. Guillermo deberá organizar una reunión entre los delegados del Papa[2] y los líderes de su orden, esto es, los franciscanos. La reunión es delicada, pues tiene por objeto discutir una presunta herejía promovida por los espirituales[3] en relación con la pobreza apostólica[4]. El buen término de esta reunión se verá amenazado por una serie de muertes que los monjes relacionan con un pasaje del Apocalipsis[5]. Guillermo, con la inestimable ayuda de su discípulo, se afanará en encontrar una explicación científica a las muertes, impulsado por un escepticismo que le lleva a convertirse en un hombre adelantado a su tiempo. El desenlace vendrá acompañado de un fanatismo religioso que se vale de tanta muerte para destruir un libro que se creía irremisiblemente perdido: la Poética[6].

La novela es un fiel reflejo de la vida de los monjes en la abadía, lo que Eco subraya con la división horaria de la vida monacal y aprovecha, a su vez, para dividir los capítulos en los siete días durante los que se desarrolla la trama, y éstos en las correspondientes horas canónicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas[7]. Hay que tener en cuenta que ya con esta estructura, el lector queda totalmente inmerso en la abadía, convirtiéndose quizás en un observador de los acontecimientos que se suceden. Éste es, en mi opinión, uno de los más extraordinarios recursos de Umberto.

Veréis que el autor hace en ocasiones uso del latín. Esto es algo que advierte desde el principio y justifica diciendo:

“Por último, me preguntaba si, para conservar el espíritu de la época, no sería conveniente dejar en latín aquellos pasajes que el propio abate Vallet no juzgó oportuno traducir. La única justificación para proceder así podía ser el deseo, quizá errado, de guardar fidelidad a mi fuente… He eliminado lo superfluo pero algo he dejado”[8].

No obstante, entre las páginas 719 y 734 tenéis la traducción de todos y cada uno de estos pasajes. Yo no me di cuenta hasta el final.

Poco puedo decir sobre la calidad literaria de Umberto Eco: la narración es exquisita y creo verdaderamente que tiene un poder especial para introducir al lector en la obra, lo que no siempre es fácil, más tratándose de una narración que lleva de telón de fondo un trasunto filosófico tan importante.

La figura de Adso es entrañable, pues se convierte en la máxima expresión de la inocencia y encarna, además, esa predisposición –tan propia de la juventud– a ser de utilidad. Su afán por aprender de su maestro refleja a la perfección su carácter humilde, mientras que la rosa sin nombre se convertirá en el punto de fuga del que partirá una decisión que marcará su vida para siempre.

Por su parte, Guillermo de Baskerville es un personaje de inteligencia, perspicacia e intuición asombrosas; si a ello se le suma esa tendencia al escepticismo que antes mencionaba, ese carácter científico que intenta aplicar a todas sus pesquisas, y un corazón honrado (que no humilde) y dispuesto a amar, el resultado no puede ser otro sino el perfecto ejemplo en el que a todos nos gustaría vernos reflejados, al menos en la mayoría de los sentidos.

Me obligo a terminar ya, pues podría escribir una novela sobre la novela, y no creo que ese deba ser –al menos por ahora– mi propósito. Sí me gustaría hacer hincapié en una reflexión que desarrolla Guillermo alrededor de una serie de acontecimientos casuales que ocurren al tiempo que algunas muertes y que, como finalmente descubre, nada tienen que ver con el origen de éstas.

Desde el principio, Guillermo quiere encontrar el orden en el caos y se afana en hacerlo utilizando un método de causa-consecuencia. No obstante, terminará admitiendo que el orden no existe, pues muchos descubrimientos han sido casuales o, sencillamente, no han sido de ayuda para explicar ciertos hechos. Creo que no se puede llegar al fondo de esta novela sin tener presente esta especie de aceptación interior por parte del franciscano.

En las apostillas del final, Umberto da una clase magistral sobre el papel desempeñado por un escritor, sobre cómo se construye una historia y sobre otras cuestiones como las de la elección del título de su novela.

No sólo he leído El nombre de la rosa, sino que ha pasado a formar parte de mi escueta lista de relecturas obligadas. Creo que no se puede decir nada más grande de un libro.

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”[9].

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Fotografía: Ana Fernández

Umberto Eco, El nombre de la rosa, Debolsillo, 2017 (1980), 782 páginas.

 

NOTAS:

[1] “Acotación que comenta, interpreta o completa un texto”, Diccionario de la Real Academia Española (RAE): https://dle.rae.es/?w=diccionario

[2] Juan XXII, cabeza de la Iglesia Católica entre 1316 y 1334.

[3] Los espirituales eran una rama de la orden franciscana que defendía el más rígido cumplimiento de la Regla de San Francisco de Asís (ca. 1181/82-1226).

[4] La Orden Franciscana se basaba en la pobreza, lo que evidentemente atentaba contra los intereses de la propia Iglesia Católica.

[5] Último libro del Nuevo Testamento.

[6] En su Poética (335 a.C.-323 a.C.), Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.) desarrolla una reflexión estética sirviéndose de la tragedia como punto de partida.

[7] Aunque al principio de la novela se incluye una nota en la se aclaran estos horarios, me tomo la licencia de incluirlos en la reseña para mejor comprensión: maitines (entre las 2.30 y 3 de la noche), laudes (entre las 5 y las 6 se la mañana), prima (hacia las 7.30 de la mañana), tercia (hacia las 9 de la mañana), sexta (a mediodía), nona (entre las 2 y las 3 de la tarde), vísperas (hacia las 4.30 de la tarde) y completas (hacia las 6 de la tarde).

[8] Umberto Eco, El nombre de la rosa, Debolsillo, 2017 (1980), página 14.

[9] “De la rosa nos queda únicamente el nombre”, Umberto Eco, op.cit., p. 713.

Poesía completa (1970-2000)

Quiero empezar diciendo, antes de analizar la obra de Panero, que por lo general no podré hablar negativamente de una editorial como es Visor, quizás la mejor en su especialidad[1] que tenemos en España. Las ediciones de libros que me encuentro publicadas por esta editorial me resultan exquisitas en todos los aspectos.

No poco ambiciosa es esta edición dedicada a la poesía que escribió Leopoldo María Panero (1948-2014) entre 1970 y 2000, no sólo en lo que respecta al contenido, que evidentemente abarca muchos poemas, sino también en lo que concierne a la responsabilidad implícita de ofrecer al lector un recorrido adecuado en la obra de uno de los Novísimos[2], más tratándose de Panero, cuya vida y obra queda insertada en una ola de oscuridad sin precedentes[3].

Ya comienza diciendo el experto en la figura de Panero, Túa Blesa, que “la lectura de esta obra es, pues, un desafío, ante el cual no cabe indiferencia alguna”. No puedo detenerme demasiado en la introducción que hace de la figura y obra del poeta, por lo que me conformaré diciendo que me parece magnífica. Ciertamente, en la poesía de Leopoldo María Panero me he encontrado con una profunda reflexión en torno a una serie de ideas que se repiten y merece la pena mencionar. Pocas veces he podido aplicar el concepto de “desafío” a una de mis lecturas (y no siempre en el sentido positivo), pero sin duda ésta ha sido una de esas ocasiones, por lo que esa frase de Blesa me parece realmente acertada. Pero, ¿por qué la obra de Panero supone un desafío?

Porque nos rompe. Olvidémonos del concepto de estética que ha venido ligándose al arte de la poesía a lo largo de los tiempos, pues queda totalmente anulado en la obra de este poeta. Tampoco quiero que se piense que acudir al trabajo de Panero es sinónimo de sumergirse en lo grotesco, lo deformado o lo vulgar. No. Introducirse en su obra puede suponer para un lector de poesía emprender un camino hacia un mundo de contrastes, contradicciones e inestabilidad o, al menos, eso es lo que ha supuesto para mí. No se trata de la idea de belleza, ni de la idea de fealdad, sino de su choque, de las ondas expansivas que se producen tras la explosión que nace al intentar unir dos opuestos.

Por otra parte, creo que no se puede entender a Panero sin asimilar su rechazo a la ortodoxia literaria y, más concretamente, poética. Creo que puedo decir abiertamente que, al menos hasta el día de hoy, es el poeta en el que mayor uso he visto de una exacerbada libertad en su creación. En otras palabras: la poesía de Panero es estricta e ineludiblemente libre (qué irónico). Será precisamente por este motivo por el que a muchos lectores potenciales no les guste su obra. Y es por ello que insisto en ofrecer aquí un humilde consejo: procuremos partir de cero con Panero, por mucho que hayamos leído; intentemos olvidarnos del concepto de “poesía” tal y como lo conocemos o lo percibimos, incluso teniendo en cuenta que cada uno de nosotros tiene una concepción diferente y única.

Podría decir muchísimas más cosas, pero me detengo sólo en las siguientes. Destaca en sus versos una constante advertencia sobre el peligro de la poesía, la cual es causa última de autodestrucción:

“Bajo el oro de lo escrito muere el papel siempre en vano” (Un golpe de dados no abolirá el azar, p. 491).

El autor se sumerge en lo que se podría denominar una búsqueda estética de la poesía que escapa totalmente de lo convencional, pues es opuesto a ello. En un mundo de contrastes entre fealdades y bellezas, hace gala de su completa libertad para ensalzar todo aquello que podría considerarse banal e, incluso, soez, convirtiéndolo en poesía y embargándolo con una oscuridad que no puede crear más que deleite en el lector:

“Vida y muerte, las dos fechas” (Teoría, p. 77).

La locura, entendida no sólo como temática, sino también como creadora, supone el culmen de algo muy grande:

“Te asomaste con pánico a su delirio” (Pavane pour un enfant défunt, p. 146).

Panero se convierte por tanto en una figura que ha logrado no sólo atraerme, sino también atraparme en sus versos:

“Yo que todo lo prostituí, aún puedo prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema” (Dedicatoria, p. 226).

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Fotografía: Visor libros.

Leopoldo María Panero, Poesía completa (1970-2000), Visor, 2010 (2001), 587 páginas.

 

NOTAS:

[1] Poesía.

[2] Grupo de poetas que recibe su nombre de Nueve novísimos poetas españoles, obra del crítico José María Castellet (1926-2014) que fue publicada en 1970 y presenta a nueve poetas seleccionados, entre ellos Leopoldo María Panero.

[3] Estamos hablando de un hombre afín, desde sus comienzos, a la izquierda radical y antifranquista, lo que le llevó a prisión. Desde pronto vivió experiencias con las drogas (precisamente, en esta obra hay una colección de poemas que escribió en 1992 y que está dedicada a la heroína) y ya en 1968 fue ingresado por primera vez en un psiquiátrico, aunque su estancia en el psiquiátrico de Mondragón se convertiría en algo permanente en la década de los ochenta, estancia que también tiene su amplio reflejo en esta obra.