Arraigo

 

Hace tiempo que no leo a Benedetti:

he aparcado la tristeza aunque la añore.

No sé si esto ha traído algo bueno,

el momento se escapa entre mis dedos

y tu mirada va en un tren que se aleja

entre la niebla de mis besos invisibles.

Me quisiste donde anidan mis desastres,

yo pinté poemas dándote las gracias y

me dejé los zapatos en casa aquel día

que confundí tu llamada con mis ganas.

Desde tu silencio escribo verdades

que se confunden entre el humo

y me desentiendo del arraigo de

mis versos (dejan rastro y marca).

He escrito como van Gogh pintaba,

balanceándome en un precipicio de

lucidez precaria.

 

Van gogh, un par de zapatos
Van Gogh, Un par de zapatos, 1886.

Siglo XXI

 

Las liebres corren sobre el papel en blanco,

dejan sus huellas en el abismo.

La madre naturaleza muere en silencio,

los otoños desaparecen en el alba.

Hay gotas de sangre en la hierba,

caen de la herida abierta del puma moribundo.

El cielo está negro como los pulmones

del fumador sin conciencia y suicida,

tus besos saben a cenizas y a humo.

 

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Santiago Giralda, The build up, 2013.

Otro cuento en la ciudad

 

Mientras esperaba en el andén de tu cama

retomaba su tristeza mi sombra en el instante

de mis letras acechadas por tu orgullo.

 

Deja de taparme el cielo con tu mirada torva,

para redimirte de mí necesitas la contraseña

de mis noches opacas.

 

Se agotan mis recursos naturales. Grito.

Busco el egoísmo de tus ojos en mi pecho.

Renazco en él.

 

Hasta aquí mis pensamientos.

Se te ha acabado el juego del balancín:

busca mis susurros en la ciudad sin nombre.

 

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Édouard Manet, Un bar aux Folies Bergère, 1882.

Cenicienta

 

Recogiendo mis pedazos

se acentúa mi silencio

con el canto de los grillos

en noche anónima.

 

El antes.

                      Tú.

                                                       El después.

 

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Nick Alm, Monday, 2012.

Marina

 

El destino tu nombre.

 

Se hace larga, la espera;

íntima amiga de la incertidumbre.

En ocasiones tan maravillosa, tan sabia.

 

Nutrirte de ella a través de los días,

en las horas del sueño,

en la vigilia ensimismada de ideas…

 

Ciertas veces se prolonga como el mar

hacia el horizonte impertérrito,

se convierte en la razón de la vida

en un tiempo aparentemente inmóvil.

 

Cuando la luz es mar, todo lo puede.

Las olas estallarán contra las imponentes rocas,

que parecen ajenas al dolor, o al menos lo ignoran.

Así será hasta que socaven pequeños surcos

que terminarán por convertirse

en una puerta de verdad llena.

 

Y esa verdad pura, inmaculada,

luchará por abandonar los ocasos de su nido,

hasta por fin dejarse ver.

 

Y es como contemplar un amanecer de esperanzas nuevas,

como el mar calmado tras una tormenta terrible, pero piadosa.

 

Hay un calor especial en la marea.

Nace cuando llega a la orilla

y se deposita sobre la arena ecuánime.

Eso es la felicidad.

 

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Turner, Waves breaking against the wind, ca, 1840.