Sapiens. De animales a dioses

Antes de adquirir Sapiens, quise documentarme un poco acerca de la polémica que ha generado. Los expertos en las diferentes materias de estudio siempre están dispuestos a arrojar luz sobre la legitimidad y calidad de una obra concreta y, gracias a ellos y ellas, los lectores en potencia podemos decidir si merece o no la pena sumirse en su lectura. Como historiadora del arte, lo entiendo muy bien. Sin embargo, a medida que me documentaba sobre las cuestiones más polémicas que plantea el historiador, más ganas tenía de leer sus propuestas.

Las obras divulgativas –creo que Sapiens se debe señalar con esta etiqueta, aunque luego podríamos hablar de “antropología”, “ensayo”, etcétera– son aquellas que están al alcance de todo el público. En este sentido, la obra de Harari está escrita en un lenguaje sencillo, desenfadado y fluido, siendo éste uno de sus principales atractivos.

Creo que, como lectores, podemos enfrentarnos a dos tipos de obras divulgativas: las que se han hecho famosas porque las ha escrito cierta persona, pero no tienen fundamentos teóricos ni científicos sostenibles (o simplemente son malas lo miremos por donde lo miremos), y aquellas que sencillamente cobran fama porque, ya sea por generar polémica e incentivar airosos debates, o por su indiscutible calidad, se abren camino entre un gran público. En mi opinión, la obra de Yuval pertenece al segundo grupo y, por ello, recomiendo encarecidamente su lectura.

Obviamente, esto no significa que debamos estar de acuerdo con todo lo que propone: podemos rebatirle, contrastar su opinión con la nuestra e incluso, si nos gusta mucho el tema, con la de otros expertos (no olvidemos que Yuval es profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén). A propósito de esta idea, aquí os dejo un enlace con la entrevista que le hacen a Juan Luis Arsuaga, el famoso paleoantropólogo de la Universidad Complutense de Madrid, sobre su postura con respecto a los postulados de Harari[1].

Dicho esto, creo que ya puedo ofreceros una breve reseña de la obra.

En primer lugar debemos hacernos dos preguntas como lectores en potencia. La primera siempre es la misma: ¿qué me apetece leer? Personalmente, aunque tengo ciertas predilecciones, me considero una lectora compulsiva y no sólo abarco todos los géneros, sino también un amplio abanico de temas: este año he leído desde narrativa y novela, hasta poesía, ensayo, crítica y debate; también me he sumergido en obras históricas, biológicas, astrofísicas, filosóficas y religiosas. Sin embargo, coincidiréis conmigo en que, en ocasiones, como buenos lectores siempre tenemos alguna apetencia especial.

La segunda pregunta que debemos hacernos es: ¿responde la obra que tengo en mente a lo que me apetece leer? Puede pareceros absurdo, pero en el caso de Sapiens considero que es imprescindible hacérsela. Si os apetece leer un manual de la historia universal, Sapiens no es vuestra obra. Si os apetece hacer un fugaz aunque convencional recorrido por los acontecimientos históricos más trascendentes de la humanidad, tampoco lo es; si estáis pensando más bien en un análisis de la historia desde el punto de vista de la evolución humana, tampoco esto se ajusta exactamente a lo que podéis encontraros.

Lo que ofrece el autor es un recorrido por el pasado, el presente y el futuro de la humanidad desde un punto de vista antropológico que mama de premisas hasta ahora no planteadas, al menos no al nivel en que él lo hace. Me explico.

La obra se divide en cuatro partes. La primera (La revolución cognitiva) analiza los orígenes del mundo, la llegada del género Homo y el triunfo final de los Homo Sapiens sobre el resto de seres vivos gracias a la creación del lenguaje. La segunda (La revolución agrícola) habla sobre la transformación de las sociedades nómadas de cazadores-recolectores en sociedades sedentarias de agricultores y ganaderos. Según el autor, esta transformación llevó al surgimiento de sociedades mucho más complejas por la necesidad de organizar los bienes –que evidentemente experimentaron un gran crecimiento–, lo que a su vez tuvo como consecuencia una marcada jerarquización. La tercera parte (La unificación de la humanidad) se desarrolla a partir de dos inventos de gran trascendencia para la humanidad: el dinero y los imperios; además, se dedican varias páginas muy interesantes al papel de las religiones. La cuarta y última parte (La revolución científica) se dedica a hablar de los avances científicos que han tenido lugar en los últimos cinco siglos, evaluando el cómo han transformado la sociedad y cómo pueden seguir haciéndolo. Todo esto grosso modo, pues debéis saber que cada una de estas cuatro partes está a su vez dividida en varios capítulos.

Puede que tras leer este brevísimo resumen, os parezca que la obra no tiene nada de especial, pero os voy a sacar de ese error: en esta obra, la historia humana está ineludiblemente conectada a una premisa que él ya subraya en el segundo capítulo de la primera parte:

“No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos”[2].

Para Harari, el gran salto evolutivo de Homo Sapiens se produce gracias al lenguaje, que no sólo permite a los seres humanos comunicarse, sino también tejer “redes de ficciones” que permiten el correcto funcionamiento de enormes grupos organizados. Lo que nos distingue de otros seres vivos es nuestra capacidad para crear fantasías a partir de la realidad. Con esto, el historiador hace uso de un concepto provocador y a la vez brillante: los Homo Sapiens debemos nuestra posición en el mundo a nuestra enorme capacidad de autoengaño.

Otra de las principales cuestiones que trata Harari es el precio que hemos pagado, como especie, para llegar hasta donde estamos. Concretamente, el autor alude al hecho de que nuestra especie fue la culpable de tres extinciones: por un lado, la del Homo Neanderthalensis; por otro, la de la mayoría de la megafauna australiana y americana.

Hay dos ideas que podrían considerarse polémicas pero que sin duda me gustaría destacar por encima de otras: por un lado, el autor no considera los sistemas político y económico como tal cosa, sino como auténticas religiones; el mejor ejemplo de ello es el capitalismo:

“A los bancos se les permite prestar diez dólares por cada dólar que posean realmente, lo que significa que el 90 por ciento de todo el dinero de nuestras cuentas bancarias no está cubierto por monedas y billetes reales (…). Lo que permite que los bancos (y la economía entera) sobrevivan y prosperen es nuestra confianza en el futuro. Esta confianza es el único respaldo para la mayor parte del dinero del mundo”[3].

Por otro lado, defiende que el sistema político más exitoso de los dos últimos milenios ha sido el imperio. Pero no es mi intención desvelaros los argumentos que respaldan estos dos postulados: merece la pena que los leáis.

El historiador aborda muchos más aspectos de la vida de los seres humanos, desde el origen de las diferencias de género y estatus hasta la explotación animal o la ausencia de guerras a nivel mundial en la actualidad. En mi opinión, ofrece una visión muy completa de la historia del ser humano como especie, siempre y cuando tengamos en cuenta que no pormenoriza en muchos acontecimientos históricos, culturales, artísticos etcétera que sin duda influyeron en el futuro de la humanidad. Sin embargo, si termináis leyendo la obra os daréis cuenta de que esto es totalmente comprensible: sólo tiene quinientas páginas y, además, el objetivo de Harari no es historiar la Historia, sino todo lo contario.

En internet podréis leer críticas y artículos[4] sobre este ensayo que, independientemente de las opiniones que suscite, es indiscutiblemente ambicioso.

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HARARI, Y.N., Sapiens. De animales a dioses, Debate, 2015 (2011), 496 páginas.

 

NOTAS:

[1] Millenium – De animales a dioses

[2] HARARI, Y.N., Sapiens. De animales a dioses, Debate, 2015 (2011), p. 41.

[3] Op.cit., p. 338.

[4] Os ofrezco dos artículos de diferentes periódicos que me han gustado particularmente:

Pablo Jáuregui (El Mundo) sobre la publicación de la obra en España y una síntesis de las ideas más importantes propuestas por Harari: “Sapiens”: el mono que se convirtió en dios

Crítica de la obra por Antonio Muñoz Molina (El País): Ficciones convenientes

 

La joven de la perla

Tras mucho tiempo sin publicar nada (muy a mi pesar, aunque por motivos de fuerza mayor que tienen que ver con la escritura, que me ha llevado desde hace unos meses a sumergirme en nuevos y maravillosos proyectos) vengo a hablaros de algunas de mis lecturas más recientes. La primera de ellas, La joven de la perla[1], es una novela bastante asequible en múltiples sentidos, especialmente en lo que respecta a su fluidez narrativa, que permite una lectura sencilla y rápida. Además, es una obra relativamente corta y el libro es fácil de manejar, por lo que es un excelente ejemplo de lectura para nuestros trayectos en metro o también para entretenernos en la sala de espera del médico[2].

La autora nos ubica en la Holanda del siglo XVII, concretamente en la ciudad de Delft, donde una joven de dieciséis años llamada Griet, se ve obligada por una serie de circunstancias familiares a trabajar como criada de la familia Vermeer, el famoso pintor. Como es de esperar, el argumento irá evolucionando hasta convertir a la muchacha en la famosa Joven de la perla, una de las pinturas más famosas del artista (y mi favorita).

Como es fácil que ocurra con una obra de este tipo, la autora se decanta más por el componente novelístico que por el histórico, algo que es de agradecer por parte de cualquier lector o lectora que no tenga amplios conocimientos sobre el tema. Sin embargo, esto deja la novela un poco coja, y me explico.

Como lectora, no me he sentido transportada a la ciudad de Delft del siglo XVII. Holanda tiene una historia interesantísima y más si estamos hablando del siglo del Barroco. Creo que es una dimensión que cualquier autor debería explotar mucho más, no necesariamente a través de la historicidad, pero sí mediante descripciones más pormenorizadas y la plasmación de la atmósfera que caracteriza a esa ciudad en ese período concreto.

Por otra parte, el componente novelístico en una obra de base histórica siempre es tentador para nosotros, los escritores, que vemos en él una ventana abierta a la imaginación y nos permite tomarnos libertades a la hora de trazar la personalidad de los personajes, sus preocupaciones, sus miedos y, en definitiva, su modo de vivir. Pero esto es, según mi propia experiencia, un arma de doble filo: el resultado puede ser muy bueno, o puede perjudicar nuestro propósito.

En el caso de esta novela, yo la abrí deseando llegar a conocer a la misteriosa joven de la perla; sabía que su personalidad nacería de la cabeza de la autora, pero no me importaba pues lo que quería era imaginarme quién fue esa chica, cómo se sentía, cómo quería vivir, cuáles eran sus intereses, sus inquietudes, sus ambiciones. Ahora que lo he leído, puedo decir que no he llegado a conocerla, al menos no como me habría gustado. Pero, ¿por qué? Porque creo que la Griet persona se ve devorada, prácticamente de principio a fin, por la Griet criada, una joven dócil que se limita a ejercer este papel. No creo que hubiese razón para que esto fuese así, ya que casi trescientas páginas son suficientes para establecer una diferencia entre esas dos personas, la joven y la trabajadora.

Hago un breve recorrido por los personajes destacables. En primer lugar, me gusta mucho cómo ha trabajado la autora el personaje del padre de Griet: nos encontramos ante un hombre que tras quedarse ciego no puede trabajar, siendo ésta la causa por la que su hija comenzará a trabajar como criada; él se siente inútil y desamparado y sólo una cosa parece levantarle el ánimo: cada vez que su hija le visita, le ofrece una descripción detallada de lo que Vermeer está pintando en ese momento. Estas descripciones parecen convertirse en una obsesión para el hombre a lo largo de las páginas y me parece que es un auténtico drama que, sin ser el tema principal de la novela, la eleva grandiosamente, pues refleja con sencillez un estado emocional realmente complejo: el de un hombre que ha sido durante años el principal sustento para su familia y que de pronto ha quedado incapacitado para seguir siéndolo. En este caso, me quito el sombrero ante la autora.

No creo que la madre y la hermana de Griet merezcan especial mención, pues su papel en el desarrollo de la trama es especialmente limitado y en absoluto destacable. Tampoco me ha gustado el modo en que se ha trabajado a Pieter el hijo, un joven que intenta ganarse el amor de Griet pero cuyo personaje nos deja totalmente indiferentes, sin despertar en nosotros empatía de ningún tipo; aunque creo que es un recurso que la autora ha utilizado para darle salida al futuro de la joven, trabajado con más profundidad podría haber sido realmente interesante como contrapunto del propio Vermeer.

En cuanto a la familia del pintor, se podría decir que en conjunto puede resultar interesante, aunque si analizamos a cada personaje de forma particular, van perdiendo interés: la joven Cornelia, una de las hijas de Vermeer, funciona a lo largo de la trama como elemento antagonista de la propia Griet, haciéndole las cosas más difíciles. María Thins, suegra del pintor, nos lleva a querer imaginar a una mujer de edad avanzada cuya perspicacia y astucia podrían haber sido explotadas con mucha más gracia. Catharina, esposa de Vermeer, empieza a hacer una aparición reseñable hacia el final de la trama y, en mi opinión, esto no funciona. En lo que respecta a Tanneke, la otra sirvienta, me ha resultado indiferente de principio a fin.

Ahora vayamos con Johannes Vermeer: aquí sí. Aquí sí nos encontramos con un personaje digno de mención, un personaje en el que –a diferencia de lo que ocurría con el resto– la autora se ha volcado absolutamente. No vayáis a pensar que terminamos la obra conociendo a Vermeer. No. La terminamos intuyendo a Vermeer, haciéndonos una ligera idea de la parte más marcada de su personalidad, pero sin desvelarla por completo. Me ha parecido maravilloso el modo en que la autora describe cómo trabaja el artista, que es metódico y obsesivo y que busca, constantemente, la perfección en sus pinturas.

Hacia el final de la obra, podréis ver una distinción que al principio no estaba tan clara: a lo largo de la mayor parte de la novela, nos sumergimos en una relación muy intensa, una relación entre el pintor y su obra, entre el pintor y aquello que está buscando y que quiere alcanzar por encima de todo. Pero, habiendo avanzado bastante más, nos encontramos con otra relación: la relación entre el pintor y su musa, que en este caso es Griet. Al principio os daréis cuenta de que esto no se ve: Griet es la obra y la obra es Griet. Sin embargo, al final veremos que Griet como persona llegó a existir para Vermeer, o al menos así nos lo quiere reflejar la autora.

En definitiva, ¿es una lectura recomendable? Sí. A pesar de que os he dicho que cojea en varios sentidos para mi gusto (y creo que lo he justificado), opino que es una lectura que todo amante del arte debe abordar.

 

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Tracy Chevalier, La joven de la perla, Debolsillo, 2017 (1999), 272 páginas.

 

NOTAS:

[1] Gracias, Pilar, por la recomendación.

[2] Por favor, no toméis esto como una crítica negativa, sino todo lo contrario. Algunas de las mejores obras que he leído nunca (entre ellas El túnel de Ernesto Sabato o la obra completa de Salinger) son especialmente cortas. La calidad de un libro no depende de su número de páginas, sino de la capacidad de su autor o autora para hacernos empatizar de algún modo con la historia que nos quieren contar.

 

Jane Eyre

Bastante fría me ha dejado esta obra de Charlotte Brönte (1816-1855), especialmente si la comparamos con las magníficas Cumbres borrascosas de su hermana Emily (1818-1848). Sin embargo, no es justa la comparación en una reseña, menos tratándose de dos mentes tan distantes, a pesar de su parentesco.

La historia es narrada por quien le da título a la novela, la joven Jane Eyre, huérfana que a los diez años permanece bajo la tutela de su tía, la señora Reed. La niña, con unas carencias afectivas tremendas y que recibe un odio considerable por parte de su obcecada tía, así como de sus primos, termina siendo internada en la escuela para niñas Lowood, donde pasará seis años como alumna y dos como maestra, tras los cuales decidirá dar un giro a su vida y convertirse en institutriz particular en la mansión Thornfield, donde instruirá a Adèle Varens, niña de ocho años que está bajo la custodia del dueño de la mansión: el señor Rochester. Una de las criadas, Grace Poole, será el origen de una serie de acontecimientos de apariencia sobrenatural que terminarán por aclararse bien avanzada la trama, cuando a Jane, que está a punto de contraer matrimonio con el señor Rochester, le es revelada la verdad: él está casado con la hermana de su amigo, Bertha Manson, pero Grace Poole lleva años cuidando de ella porque está loca. Eyre, mujer de intachables principios, decide que lo correcto es renunciar a su amor por Rochester, por lo que abandona la mansión y, tras una serie de obstáculos, encuentra a tres parientes que hasta entonces le eran desconocidos: dos primas y un primo, algo que averiguan gracias a la herencia que recibe Jane de un tío al que nunca conoció y que ella repartirá a partes iguales con sus primos. Su primo St. John es un párroco obsesionado con la idea de partir a la India para mejorar la vida de las personas bajo el yugo del cristianismo y la pide en matrimonio para que le acompañe. Ella le rechaza repetidas veces hasta que una noche escucha en la lejanía la voz de Rochester y decide partir en su busca, pues presiente que algo ha ocurrido.

Podría proseguir y terminar la síntesis con un par de líneas, pero no querría desvelar el final, así que me dispongo ya a analizar aspectos más formales dentro de la obra.

Para empezar, Charlotte no sorprende con su estilo, pues es lo que cabría esperar de una escritora del siglo XIX: una narración correcta, ordenada e insufriblemente recargada. Es la perfecta encarnación de un romanticismo de sentimentalidad excesiva:

“Yo mismo pondré en tu cuello el collar de brillantes y en tu frente la diadema que te sentará como hecha para ti, porque en tus sienes, Jane, la naturaleza imprimió la marca de la nobleza; abrocharé las pulseras en tus delicadas muñecas y llenaré de anillos esos dedos tuyos de hada” (p. 406).

“Nunca he conocido a nadie como tú, Jane, a nadie. Me gustas y me dominas. Da la impresión de que te doblegas y me complace esa aparente sumisión, pero de repente, cuando estoy enroscando en mis dedos un suave y sedoso mechón de tu pelo, éste despide una corriente eléctrica que me recorre el brazo y me llega al corazón. Me has conquistado, estoy entregado a tu influjo, tan dulce que no puede expresarse con palabras” (p. 408).

Como veis, estas palabras que le dirige el señor Rochester a Jane son asquerosamente bonitas. Este tono recargado, pomposo y exageradamente emotivo, os acompañará a lo largo de las setecientas páginas a las que os enfrentáis. Pero por favor, no creáis que con esto pretendo degradar la calidad literaria de Charlotte; sólo quiero aclarar el tipo de romanticismo literario al que acudimos con Jane Eyre y que –como explicaré al final– dista mucho del que podemos ver en su hermana Emily.

Quiero destacar los tres puntos de inflexión que considero se producen en la vida de Jane: el primero, ese momento en el que inicia una nueva vida en la escuela Lowood; el segundo, cuando decide tomar las riendas de su vida para comenzar a valerse por sí misma; el tercero, cuando conoce al señor Rochester.

Creo que podríamos extraer otros a partir del tercero e incluso habrá quien opine que el tercer punto de inflexión no sea el momento en que conoce a Rochester, sino el instante en el que él confiesa su amor por ella. Yo discrepo: todos y cada uno de los actos que emprenderá la joven Jane desde que conoce a su señor, estarán movidos con el fin de corresponderle de alguna manera, ya sea para mostrarle su determinación como mujer (al principio), ya sea para responderle al amor que la profesa (más adelante).

Es interesante partir de estos tres momentos para poder ver la evolución emocional en la protagonista: si bien desde que se revela contra su tía, Jane demuestra que no es una joven que se deje intimidar por sus superiores, este carácter irá cobrando forma a medida que se tope con la necesidad o el simple deseo de tomar decisiones trascendentales.

Desde el principio se nos muestra como una mujer de inamovibles principios y será precisamente gracias a ellos (o por su culpa) por los que la trama siga un sendero de dolor y pérdida.

No me gustó el modo en que Charlotte definió el personaje de St. John, pues me parece demasiado similar al de Rochester. Es cierto que mientras la frialdad y dureza del primero se mantiene de principio a fin insoslayable, la del segundo termina derrumbándose gracias al amor que siente por la joven. Sin embargo, ese carácter huraño, distante, ciertamente insondable y enigmático, se repite en ambos hombres y creo que esto es motivo suficiente para considerar una ligera falta de originalidad a la hora de trazar los dos personajes masculinos trascendentes en la obra.

Sí me han gustado sin embargo algunas reflexiones interiores de Eyre y que expresan muy bien lo que siente en cada momento, como podría ser la que se desarrolla a propósito comportamiento de St. John, quien quiere torturarla psicológicamente para que termine cediendo a la propuesta de matrimonio:

“A él no le dolía nuestro distanciamiento ni ansiaba la reconciliación. Algunas lágrimas mías que más de una vez cayeron sobre la página que examinábamos juntos no le impresionaron más que si su corazón hubiera sido realmente de piedra o bronce” (p. 640).

Para terminar, diré que sin duda ésta es una novela grata para personas a quienes les guste ese romanticismo del que antes hablaba. Nada que ver con el otro romanticismo, el que a mí me gusta y me enloquece, ese al que debió sucumbir Emily Brönte para escribir Cumbres borrascosas, novela de la que os prometo que haré la reseña, no sólo con ganas sino con verdadera admiración. Y es que mientras Charlotte se ha dejado conquistar por las palabras, Emily se deja llevar por el espíritu del siglo XIX, ese mismo que nos habla de libertad y sentimientos sí, pero también de vida y muerte, amor y desamor, belleza y fealdad.

 

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Charlotte Bronte, Jane Eyre, Signo editores, 2008 (1847), 702 páginas.

El nombre de la rosa

Puede que sea ésta una de mis reseñas más ambiciosas, pues empiezo advirtiendo que es realmente difícil hacer justicia a alguien como Umberto Eco (1932-2016), especialmente si lo que se ha de reseñar es una obra como El nombre de la rosa. Sencillamente, no se me ocurre ningún tipo de lector a quien pueda no gustarle.

Procuraré, en la medida de lo posible, no desvelar partes importantes de la trama, pero no querría comenzar sin decir que la introducción sólo será resuelta una vez que hayamos llegado al final y acudamos a las apostillas[1]. Destaco este hecho para prevenir de que Eco sabe jugar desde el principio con la credibilidad de sus lectores, lo que obviamente tendrá sus máximas consecuencias a lo largo de la historia que nos ofrece.

Soy bastante reacia a hacer comentarios a las versiones cinematográficas de mis lecturas, pero creo que en este caso merece la pena hacerlo por dos razones: la primera, porque es muy posible que haya muchos buenos lectores que hayan visto la película y, sin embargo, no hayan leído la novela; la segunda, porque siempre ha sido una de mis películas predilectas y, aunque no ha dejado de serlo ahora, la novela ha superado con creces mis propias expectativas, lo que no suele ser habitual. Insisto –y estaréis de acuerdo conmigo– en que a quienes a nos apasiona la lectura siempre tendemos a apreciar más la obra escrita, sencillamente porque es mejor (¿para qué negarlo?). La novela de El nombre de la rosa no sólo es mejor. Es perfecta. Por tanto, aconsejo a todo quien haya visto la película que no se amedrente ante este hecho, pues os aseguro que si leéis la novela, vuestras expectativas se verán recompensadas extraordinariamente.

Pero ahora toca justificar todas estas bellas palabras.

Religión y filosofía. Dos hermanas sin las que no podremos entender El nombre de la rosa. En el invierno de 1327, un novicio de la orden Benedictina, Adso de Melk, acompaña a su maestro franciscano, Guillermo de Baskerville, a una abadía benedictina en el norte de Italia, cuya notoria fama se debe a la biblioteca que aguarda en su interior. Guillermo deberá organizar una reunión entre los delegados del Papa[2] y los líderes de su orden, esto es, los franciscanos. La reunión es delicada, pues tiene por objeto discutir una presunta herejía promovida por los espirituales[3] en relación con la pobreza apostólica[4]. El buen término de esta reunión se verá amenazado por una serie de muertes que los monjes relacionan con un pasaje del Apocalipsis[5]. Guillermo, con la inestimable ayuda de su discípulo, se afanará en encontrar una explicación científica a las muertes, impulsado por un escepticismo que le lleva a convertirse en un hombre adelantado a su tiempo. El desenlace vendrá acompañado de un fanatismo religioso que se vale de tanta muerte para destruir un libro que se creía irremisiblemente perdido: la Poética[6].

La novela es un fiel reflejo de la vida de los monjes en la abadía, lo que Eco subraya con la división horaria de la vida monacal y aprovecha, a su vez, para dividir los capítulos en los siete días durante los que se desarrolla la trama, y éstos en las correspondientes horas canónicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas[7]. Hay que tener en cuenta que ya con esta estructura, el lector queda totalmente inmerso en la abadía, convirtiéndose quizás en un observador de los acontecimientos que se suceden. Éste es, en mi opinión, uno de los más extraordinarios recursos de Umberto.

Veréis que el autor hace en ocasiones uso del latín. Esto es algo que advierte desde el principio y justifica diciendo:

“Por último, me preguntaba si, para conservar el espíritu de la época, no sería conveniente dejar en latín aquellos pasajes que el propio abate Vallet no juzgó oportuno traducir. La única justificación para proceder así podía ser el deseo, quizá errado, de guardar fidelidad a mi fuente… He eliminado lo superfluo pero algo he dejado”[8].

No obstante, entre las páginas 719 y 734 tenéis la traducción de todos y cada uno de estos pasajes. Yo no me di cuenta hasta el final.

Poco puedo decir sobre la calidad literaria de Umberto Eco: la narración es exquisita y creo verdaderamente que tiene un poder especial para introducir al lector en la obra, lo que no siempre es fácil, más tratándose de una narración que lleva de telón de fondo un trasunto filosófico tan importante.

La figura de Adso es entrañable, pues se convierte en la máxima expresión de la inocencia y encarna, además, esa predisposición –tan propia de la juventud– a ser de utilidad. Su afán por aprender de su maestro refleja a la perfección su carácter humilde, mientras que la rosa sin nombre se convertirá en el punto de fuga del que partirá una decisión que marcará su vida para siempre.

Por su parte, Guillermo de Baskerville es un personaje de inteligencia, perspicacia e intuición asombrosas; si a ello se le suma esa tendencia al escepticismo que antes mencionaba, ese carácter científico que intenta aplicar a todas sus pesquisas, y un corazón honrado (que no humilde) y dispuesto a amar, el resultado no puede ser otro sino el perfecto ejemplo en el que a todos nos gustaría vernos reflejados, al menos en la mayoría de los sentidos.

Me obligo a terminar ya, pues podría escribir una novela sobre la novela, y no creo que ese deba ser –al menos por ahora– mi propósito. Sí me gustaría hacer hincapié en una reflexión que desarrolla Guillermo alrededor de una serie de acontecimientos casuales que ocurren al tiempo que algunas muertes y que, como finalmente descubre, nada tienen que ver con el origen de éstas.

Desde el principio, Guillermo quiere encontrar el orden en el caos y se afana en hacerlo utilizando un método de causa-consecuencia. No obstante, terminará admitiendo que el orden no existe, pues muchos descubrimientos han sido casuales o, sencillamente, no han sido de ayuda para explicar ciertos hechos. Creo que no se puede llegar al fondo de esta novela sin tener presente esta especie de aceptación interior por parte del franciscano.

En las apostillas del final, Umberto da una clase magistral sobre el papel desempeñado por un escritor, sobre cómo se construye una historia y sobre otras cuestiones como las de la elección del título de su novela.

No sólo he leído El nombre de la rosa, sino que ha pasado a formar parte de mi escueta lista de relecturas obligadas. Creo que no se puede decir nada más grande de un libro.

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”[9].

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Umberto Eco, El nombre de la rosa, Debolsillo, 2017 (1980), 782 páginas.

 

NOTAS:

[1] “Acotación que comenta, interpreta o completa un texto”, Diccionario de la Real Academia Española (RAE): https://dle.rae.es/?w=diccionario

[2] Juan XXII, cabeza de la Iglesia Católica entre 1316 y 1334.

[3] Los espirituales eran una rama de la orden franciscana que defendía el más rígido cumplimiento de la Regla de San Francisco de Asís (ca. 1181/82-1226).

[4] La Orden Franciscana se basaba en la pobreza, lo que evidentemente atentaba contra los intereses de la propia Iglesia Católica.

[5] Último libro del Nuevo Testamento.

[6] En su Poética (335 a.C.-323 a.C.), Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.) desarrolla una reflexión estética sirviéndose de la tragedia como punto de partida.

[7] Aunque al principio de la novela se incluye una nota en la se aclaran estos horarios, me tomo la licencia de incluirlos en la reseña para mejor comprensión: maitines (entre las 2.30 y 3 de la noche), laudes (entre las 5 y las 6 se la mañana), prima (hacia las 7.30 de la mañana), tercia (hacia las 9 de la mañana), sexta (a mediodía), nona (entre las 2 y las 3 de la tarde), vísperas (hacia las 4.30 de la tarde) y completas (hacia las 6 de la tarde).

[8] Umberto Eco, El nombre de la rosa, Debolsillo, 2017 (1980), página 14.

[9] “De la rosa nos queda únicamente el nombre”, Umberto Eco, op.cit., p. 713.

Poesía completa (1970-2000)

Quiero empezar diciendo, antes de analizar la obra de Panero, que por lo general no podré hablar negativamente de una editorial como es Visor, quizás la mejor en su especialidad[1] que tenemos en España. Las ediciones de libros que me encuentro publicadas por esta editorial me resultan exquisitas en todos los aspectos.

No poco ambiciosa es esta edición dedicada a la poesía que escribió Leopoldo María Panero (1948-2014) entre 1970 y 2000, no sólo en lo que respecta al contenido, que evidentemente abarca muchos poemas, sino también en lo que concierne a la responsabilidad implícita de ofrecer al lector un recorrido adecuado en la obra de uno de los Novísimos[2], más tratándose de Panero, cuya vida y obra queda insertada en una ola de oscuridad sin precedentes[3].

Ya comienza diciendo el experto en la figura de Panero, Túa Blesa, que “la lectura de esta obra es, pues, un desafío, ante el cual no cabe indiferencia alguna”. No puedo detenerme demasiado en la introducción que hace de la figura y obra del poeta, por lo que me conformaré diciendo que me parece magnífica. Ciertamente, en la poesía de Leopoldo María Panero me he encontrado con una profunda reflexión en torno a una serie de ideas que se repiten y merece la pena mencionar. Pocas veces he podido aplicar el concepto de “desafío” a una de mis lecturas (y no siempre en el sentido positivo), pero sin duda ésta ha sido una de esas ocasiones, por lo que esa frase de Blesa me parece realmente acertada. Pero, ¿por qué la obra de Panero supone un desafío?

Porque nos rompe. Olvidémonos del concepto de estética que ha venido ligándose al arte de la poesía a lo largo de los tiempos, pues queda totalmente anulado en la obra de este poeta. Tampoco quiero que se piense que acudir al trabajo de Panero es sinónimo de sumergirse en lo grotesco, lo deformado o lo vulgar. No. Introducirse en su obra puede suponer para un lector de poesía emprender un camino hacia un mundo de contrastes, contradicciones e inestabilidad o, al menos, eso es lo que ha supuesto para mí. No se trata de la idea de belleza, ni de la idea de fealdad, sino de su choque, de las ondas expansivas que se producen tras la explosión que nace al intentar unir dos opuestos.

Por otra parte, creo que no se puede entender a Panero sin asimilar su rechazo a la ortodoxia literaria y, más concretamente, poética. Creo que puedo decir abiertamente que, al menos hasta el día de hoy, es el poeta en el que mayor uso he visto de una exacerbada libertad en su creación. En otras palabras: la poesía de Panero es estricta e ineludiblemente libre (qué irónico). Será precisamente por este motivo por el que a muchos lectores potenciales no les guste su obra. Y es por ello que insisto en ofrecer aquí un humilde consejo: procuremos partir de cero con Panero, por mucho que hayamos leído; intentemos olvidarnos del concepto de “poesía” tal y como lo conocemos o lo percibimos, incluso teniendo en cuenta que cada uno de nosotros tiene una concepción diferente y única.

Podría decir muchísimas más cosas, pero me detengo sólo en las siguientes. Destaca en sus versos una constante advertencia sobre el peligro de la poesía, la cual es causa última de autodestrucción:

“Bajo el oro de lo escrito muere el papel siempre en vano” (Un golpe de dados no abolirá el azar, p. 491).

El autor se sumerge en lo que se podría denominar una búsqueda estética de la poesía que escapa totalmente de lo convencional, pues es opuesto a ello. En un mundo de contrastes entre fealdades y bellezas, hace gala de su completa libertad para ensalzar todo aquello que podría considerarse banal e, incluso, soez, convirtiéndolo en poesía y embargándolo con una oscuridad que no puede crear más que deleite en el lector:

“Vida y muerte, las dos fechas” (Teoría, p. 77).

La locura, entendida no sólo como temática, sino también como creadora, supone el culmen de algo muy grande:

“Te asomaste con pánico a su delirio” (Pavane pour un enfant défunt, p. 146).

Panero se convierte por tanto en una figura que ha logrado no sólo atraerme, sino también atraparme en sus versos:

“Yo que todo lo prostituí, aún puedo prostituir mi muerte y hacer de mi cadáver el último poema” (Dedicatoria, p. 226).

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Leopoldo María Panero, Poesía completa (1970-2000), Visor, 2010 (2001), 587 páginas.

 

NOTAS:

[1] Poesía.

[2] Grupo de poetas que recibe su nombre de Nueve novísimos poetas españoles, obra del crítico José María Castellet (1926-2014) que fue publicada en 1970 y presenta a nueve poetas seleccionados, entre ellos Leopoldo María Panero.

[3] Estamos hablando de un hombre afín, desde sus comienzos, a la izquierda radical y antifranquista, lo que le llevó a prisión. Desde pronto vivió experiencias con las drogas (precisamente, en esta obra hay una colección de poemas que escribió en 1992 y que está dedicada a la heroína) y ya en 1968 fue ingresado por primera vez en un psiquiátrico, aunque su estancia en el psiquiátrico de Mondragón se convertiría en algo permanente en la década de los ochenta, estancia que también tiene su amplio reflejo en esta obra.

Dioses y mitos del Antiguo Egipto

Obra de lectura obligatoria para todo el que quiera adentrarse en el mundo de la mitología egipcia. He leído bastante sobre esta civilización y éste es el primer autor que –en mi humilde opinión– hace una síntesis perfecta sobre los principales dioses y mitos. No obstante, es necesario que se tenga en cuenta que se trata de una síntesis hecha sobre un mundo de una complejidad inmensa, por lo que quizás no sea una obra adecuada para alguien que quiera profundizar en ello a un nivel muy exigente.

Ya el índice me resultó prometedor, pues a diferencia de muchos otros destinados a este tema, nos ofrece una organización que considero extraordinaria, pues es realmente difícil lograr una cierta coherencia temática en lo que se refiere a la mitología egipcia, debido a su complejidad. El equilibrio entre texto e ilustraciones me ha resultado magnífico, habiendo sido éstas elegidas de manera muy acertada. Resulta complicado perderse en los nombres y funciones de las distintas divinidades, lo que para mí ya resulta un logro tremendo. Se podría decir que el autor divide a las principales divinidades en tres grandes grupos: la Gran Enéada de Heliópolis, la Tríada de Menfis y la Tríada de Tebas (divididos a su vez en capítulos sobre cada uno de los dioses y sobre mitos importantes), para después dedicar otros capítulos a otras divinidades destacables, explicando dónde, cómo y por qué surgen.

Es importante entender la diferencia entre la mitología egipcia y otras como pueden ser la griega o la romana: mientras que de la segunda tenemos, a día de hoy, una noción bastante completa y una ingente cantidad de documentos que nos permiten ampliar nuestro conocimiento e ir encajando las piezas de un enorme rompecabezas, la primera está aún inmersa en un mar de dudas y cuestiones sin resolver. En mi opinión, esto es determinante a la hora de escribir un libro dedicado al tema, pues es un proyecto no sólo ambicioso, sino arriesgado. Creo que los factores sociales, políticos y culturales tienen muchísimo más peso en la civilización egipcia; por ejemplo, en el caso de la mitología griega podemos saber que cierta deidad tenía más importancia en una ciudad concreta, lo que queda reflejado en el arte y los programas iconográficos de los templos. En Egipto, hasta donde he podido saber, esta idea es mucho más complicada, pues las distintas divinidades parecen trasladarse de unos lugares a otros a lo largo de los tiempos, habiendo tenido mucho que ver la constante sucesión en el poder de las diferentes dinastías, de forma que en un mismo templo[1] podemos encontrarnos escenas dedicadas a divinidades que, en un principio, no tendrían por qué compartir espacio. Si a esto le sumamos una idea fundamental de la civilización egipcia como es la del faraón entendido como el nexo de unión entre los seres humanos y las divinidades, llegamos a tener una idea de la complejidad que estamos intentando abarcar.

Por tanto, me parece que ésta es una obra muy acertada en lo que se refiere a permitirnos dar un paseo a través de una mitología extraordinariamente difícil de trabajar. Al final, A. Armour ofrece un glosario, un esquema de todos los dioses tratados, una breve (aunque útil) cronología, el antiguo calendario egipcio y una relación de museos y bibliografía. En conclusión, una obra totalmente recomendable para todo amante de la egiptología.

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Robert A. Armour, Dioses y mitos del Antiguo Egipto, Alianza editorial, 2014 (1986), 320 páginas.

NOTAS:

[1] Me tomo la licencia de utilizar este término en alusión a las distintas obras arquitectónicas de la civilización egipcia.

2666

Tengo mucho que decir sobre esta obra de Roberto Bolaño (1953-2003). En primer lugar, quiero mencionar dos datos importantes: es una obra póstuma y en un principio fue proyectada por Bolaño para ser publicada como cinco libros que cerrarían una saga. Seguramente no haga falta mencionar el hecho de que es, muy posiblemente, uno de sus trabajos más famosos junto con Los detectives salvajes o El tercer Reich, aunque resulta difícil destacar algo concreto en Bolaño, ya que no se puede negar su reconocimiento en el mundo de la literatura. Lo que siento es haberme sumergido por primera vez en su obra precisamente con este título, y me explico.

Los cinco libros que habrían conformado el producto final de la idea originaria se convierten en cinco partes o capítulos[1]: “La parte de los críticos”, “La parte de Amalfitano”, “La parte de Fate”, “La parte de los crímenes” y “La parte de Archimboldi”. Partamos de la idea de que las cinco están interrelacionadas entre sí. Habrá quien afirme que el nexo común son los crímenes[2] que se producen en la ciudad ficticia de Santa Teresa[3], en México; asesinatos y violaciones de mujeres insertas en un amplio abanico de edades, aunque con una marcada tendencia a la juventud. No obstante, creo que es evidente que el nexo común es el propio Archimboldi, un escritor alemán cuya figura, rodeada siempre de un halo de misterio, abre y cierra lo que considero una obra cíclica, que no lineal.

Me detengo un momento para explicar esta idea, pues sin ella no podría entenderse la obra. Rechacemos la idea de una historia con un principio y un final: no es eso lo que el lector potencial debe buscar en este título de Bolaño. Lo que se encontrará será una historia sin resolver, una historia cuyo final nos deja con los hombros caídos y un gesto de resignación en la mirada, pues creo que instintivamente siempre buscamos, en nuestro oficio de lectores, un resultado, algo que nos permita cerrar nuestro libro, ya sea con un suspiro de alivio, de emoción o de tristeza.

En mi opinión, las mejores partes son la primera y la última, lo que subraya mi idea del carácter cíclico del conjunto, ya que las partes intermedias funcionan como una especie de motor que impulsa la trama, con mucha fuerza en algunos casos, hacia el final del ciclo. La parte dedicada a Amalfitano tiene connotaciones filosóficas y estéticas muy vanguardistas y quizás sea esa la razón por la que se hace un poco más compleja su lectura. La parte de Fate me dejó bastante fría y creo firmemente que el conjunto de la obra habría funcionado a la perfección sin ella; es, quizás, la menos trascendente en todos los sentidos. Me detengo un poco más en la parte de los crímenes: no sólo se me ha hecho interminable, sino que con toda sinceridad, me ha resultado repugnante. Como es evidente, el lector espera encontrarse con el momento más duro de la novela, pues a esas alturas puede anticipar una descripción pormenorizada de los crímenes y violaciones que se dan en Santa Teresa. Lo que probablemente no espere es la ingente cantidad de crímenes y escenas descritas, que –aviso– pueden llegar a ponernos mal cuerpo, algo que hasta ahora no me había ocurrido. Me ha parecido viciosa e innecesaria, en ese orden.

En lo que respecta al título, muchas hipótesis y pocos resultados claros. No se sabe con certeza si hace referencia a un año futuro en el que se podría englobar de algún modo el conjunto de personajes y acontecimientos que se suceden. Personalmente, me inclino a pensar que guarde algún tipo de relación con la cantidad inmensa de asesinatos de mujeres que se produce, aunque eso es algo que dejo para los expertos en el autor. No hay referencia explícita a esa cifra en ninguna de las 1180 páginas de la obra, aunque en algún momento se menciona un número que se le puede acercar.

Podría decir muchas más cosas sobre esta obra, pero tengo la intención de hacer reseñas asequibles y no demasiado extensas, por lo que terminaré destacando un par de reflexiones que, una vez más, coinciden con la primera y última parte, y que son las únicas que me ha merecido la pena destacar o, incluso, rescatar de este caótico pozo: en la parte de los críticos, concretamente en las páginas 44 y 45, hay una reflexión muy interesante en torno a Grosz[4]. También me gustó bastante una reflexión alrededor de la escritura que se desarrolla entre las páginas 1040 y 1045.

Sería hipócrita e irresponsable dar fin a esta reseña sin otorgar a Bolaño el reconocimiento que creo que se merece como escritor pues, independientemente de que esta novela no haya sido santo de mi devoción, cualquiera podría ver la calidad de su narrativa, su enorme capacidad para desarrollar una notoria cantidad de personajes con particularidades visibles o su responsabilidad para con la escritura en general, a la que debió tener un respeto intachable.

Siempre intentaré rescatar una frase o una idea en cada una de mis reseñas que, de algún modo, me haya llegado al corazón. Empiezo pues, con Bolaño: “con un ojo leía, con el otro escribía” (página 1115).

 

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Fotografía: Ana Fernández

Roberto Bolaño, 2666, Debolsillo, 2017 (2004), 1180 páginas.

 

NOTAS:

[1] Aunque cualquier lector puede entender estas partes como capítulos, no me gusta darles ese nombre por no corresponder con la idea del propio autor, que como bien se aprecia en los títulos, habla claramente de “partes”, algo que considero no está hecho al azar.

[2] Feminicidios.

[3] Trasunto indudable de la ciudad de Juárez.

[4] George Grosz (1893-1959) fue un pintor expresionista alemán.