La joven de la perla

Tras mucho tiempo sin publicar nada (muy a mi pesar, aunque por motivos de fuerza mayor que tienen que ver con la escritura, que me ha llevado desde hace unos meses a sumergirme en nuevos y maravillosos proyectos) vengo a hablaros de algunas de mis lecturas más recientes. La primera de ellas, La joven de la perla[1], es una novela bastante asequible en múltiples sentidos, especialmente en lo que respecta a su fluidez narrativa, que permite una lectura sencilla y rápida. Además, es una obra relativamente corta y el libro es fácil de manejar, por lo que es un excelente ejemplo de lectura para nuestros trayectos en metro o también para entretenernos en la sala de espera del médico[2].

La autora nos ubica en la Holanda del siglo XVII, concretamente en la ciudad de Delft, donde una joven de dieciséis años llamada Griet, se ve obligada por una serie de circunstancias familiares a trabajar como criada de la familia Vermeer, el famoso pintor. Como es de esperar, el argumento irá evolucionando hasta convertir a la muchacha en la famosa Joven de la perla, una de las pinturas más famosas del artista (y mi favorita).

Como es fácil que ocurra con una obra de este tipo, la autora se decanta más por el componente novelístico que por el histórico, algo que es de agradecer por parte de cualquier lector o lectora que no tenga amplios conocimientos sobre el tema. Sin embargo, esto deja la novela un poco coja, y me explico.

Como lectora, no me he sentido transportada a la ciudad de Delft del siglo XVII. Holanda tiene una historia interesantísima y más si estamos hablando del siglo del Barroco. Creo que es una dimensión que cualquier autor debería explotar mucho más, no necesariamente a través de la historicidad, pero sí mediante descripciones más pormenorizadas y la plasmación de la atmósfera que caracteriza a esa ciudad en ese período concreto.

Por otra parte, el componente novelístico en una obra de base histórica siempre es tentador para nosotros, los escritores, que vemos en él una ventana abierta a la imaginación y nos permite tomarnos libertades a la hora de trazar la personalidad de los personajes, sus preocupaciones, sus miedos y, en definitiva, su modo de vivir. Pero esto es, según mi propia experiencia, un arma de doble filo: el resultado puede ser muy bueno, o puede perjudicar nuestro propósito.

En el caso de esta novela, yo la abrí deseando llegar a conocer a la misteriosa joven de la perla; sabía que su personalidad nacería de la cabeza de la autora, pero no me importaba pues lo que quería era imaginarme quién fue esa chica, cómo se sentía, cómo quería vivir, cuáles eran sus intereses, sus inquietudes, sus ambiciones. Ahora que lo he leído, puedo decir que no he llegado a conocerla, al menos no como me habría gustado. Pero, ¿por qué? Porque creo que la Griet persona se ve devorada, prácticamente de principio a fin, por la Griet criada, una joven dócil que se limita a ejercer este papel. No creo que hubiese razón para que esto fuese así, ya que casi trescientas páginas son suficientes para establecer una diferencia entre esas dos personas, la joven y la trabajadora.

Hago un breve recorrido por los personajes destacables. En primer lugar, me gusta mucho cómo ha trabajado la autora el personaje del padre de Griet: nos encontramos ante un hombre que tras quedarse ciego no puede trabajar, siendo ésta la causa por la que su hija comenzará a trabajar como criada; él se siente inútil y desamparado y sólo una cosa parece levantarle el ánimo: cada vez que su hija le visita, le ofrece una descripción detallada de lo que Vermeer está pintando en ese momento. Estas descripciones parecen convertirse en una obsesión para el hombre a lo largo de las páginas y me parece que es un auténtico drama que, sin ser el tema principal de la novela, la eleva grandiosamente, pues refleja con sencillez un estado emocional realmente complejo: el de un hombre que ha sido durante años el principal sustento para su familia y que de pronto ha quedado incapacitado para seguir siéndolo. En este caso, me quito el sombrero ante la autora.

No creo que la madre y la hermana de Griet merezcan especial mención, pues su papel en el desarrollo de la trama es especialmente limitado y en absoluto destacable. Tampoco me ha gustado el modo en que se ha trabajado a Pieter el hijo, un joven que intenta ganarse el amor de Griet pero cuyo personaje nos deja totalmente indiferentes, sin despertar en nosotros empatía de ningún tipo; aunque creo que es un recurso que la autora ha utilizado para darle salida al futuro de la joven, trabajado con más profundidad podría haber sido realmente interesante como contrapunto del propio Vermeer.

En cuanto a la familia del pintor, se podría decir que en conjunto puede resultar interesante, aunque si analizamos a cada personaje de forma particular, van perdiendo interés: la joven Cornelia, una de las hijas de Vermeer, funciona a lo largo de la trama como elemento antagonista de la propia Griet, haciéndole las cosas más difíciles. María Thins, suegra del pintor, nos lleva a querer imaginar a una mujer de edad avanzada cuya perspicacia y astucia podrían haber sido explotadas con mucha más gracia. Catharina, esposa de Vermeer, empieza a hacer una aparición reseñable hacia el final de la trama y, en mi opinión, esto no funciona. En lo que respecta a Tanneke, la otra sirvienta, me ha resultado indiferente de principio a fin.

Ahora vayamos con Johannes Vermeer: aquí sí. Aquí sí nos encontramos con un personaje digno de mención, un personaje en el que –a diferencia de lo que ocurría con el resto– la autora se ha volcado absolutamente. No vayáis a pensar que terminamos la obra conociendo a Vermeer. No. La terminamos intuyendo a Vermeer, haciéndonos una ligera idea de la parte más marcada de su personalidad, pero sin desvelarla por completo. Me ha parecido maravilloso el modo en que la autora describe cómo trabaja el artista, que es metódico y obsesivo y que busca, constantemente, la perfección en sus pinturas.

Hacia el final de la obra, podréis ver una distinción que al principio no estaba tan clara: a lo largo de la mayor parte de la novela, nos sumergimos en una relación muy intensa, una relación entre el pintor y su obra, entre el pintor y aquello que está buscando y que quiere alcanzar por encima de todo. Pero, habiendo avanzado bastante más, nos encontramos con otra relación: la relación entre el pintor y su musa, que en este caso es Griet. Al principio os daréis cuenta de que esto no se ve: Griet es la obra y la obra es Griet. Sin embargo, al final veremos que Griet como persona llegó a existir para Vermeer, o al menos así nos lo quiere reflejar la autora.

En definitiva, ¿es una lectura recomendable? Sí. A pesar de que os he dicho que cojea en varios sentidos para mi gusto (y creo que lo he justificado), opino que es una lectura que todo amante del arte debe abordar.

 

Chevalier, La joven de la perla.jpg
Tracy Chevalier, La joven de la perla, Debolsillo, 2017 (1999), 272 páginas.

 

NOTAS:

[1] Gracias, Pilar, por la recomendación.

[2] Por favor, no toméis esto como una crítica negativa, sino todo lo contrario. Algunas de las mejores obras que he leído nunca (entre ellas El túnel de Ernesto Sabato o la obra completa de Salinger) son especialmente cortas. La calidad de un libro no depende de su número de páginas, sino de la capacidad de su autor o autora para hacernos empatizar de algún modo con la historia que nos quieren contar.