Madrid 2020

 

Nadie piensa nunca que vaya a vivir para ver su ciudad vacía, no en altas horas, cuando todavía en la oscuridad puede aparecer de pronto un trasnochador anónimo preguntando la hora mientras el receptor se pregunta a su vez si ese individuo estará ebrio o drogado o ambas cosas, sino a plena luz del día, cuando los vecinos se encuentran por la calle y se detienen a charlar sin plantearse cuándo tendrá lugar su próximo encuentro face to face, esto es, cara a cara circulando entre ambos los alientos recíprocos que sin embargo no nos perturban, los aceptamos casi como un acto de confianza y familiaridad a veces forzadas.

En otros lugares ocurren cosas terribles que vemos desde pantallas planas con una empatía hipócrita y una sensación inconfesable de alivio al pensar que eso no nos ocurre a nosotros. Entonces deslizamos la yema del dedo para dar paso a una noticia que no apele tanto a nuestra conciencia y así sacudir la anterior de nuestra mente como haríamos con el polvo sobre nuestra chaqueta recién estrenada casi virgen. Hay indicios, pero los obviamos como lo haríamos con un mal recuerdo, algo nos avergüenza y lo apartamos, lo almacenamos en un lugar que sólo revisitamos en horas bajas movidos por una valentía fingida por nuestra memoria tan frágil. Esos indicios nos plantean un problema, pasan del susurro al grito en tan breve espacio de tiempo que nos impiden entender las causas, que son nuestra arrogancia y nuestro oprobio. Qué fácil nos resulta en cambio depositar en otros el origen de nuestra vergüenza, los seres humanos estamos diseñados para exculparnos, nuestra capacidad de autocrítica es somera, casi inservible.

El ruido ha concedido una tregua a la ciudad y nos perturba el jadeo de cualquier motor, que pasa a convertirse en el intruso de nuestra rutina tantas veces soñada y ahora repudiada del reino de nuestros deseos por no ser como creímos que sería, acaso una fiesta constante o un lugar donde leer o un tiempo en el que pensar, pero todo lo que se prolonga demasiado termina por intimidarnos, espanta nuestra alegría. Madrid se ahoga en el silencio de esos pasos que no damos y ya casi entrada la noche los aplausos empiezan a pesar en nuestras manos como plomo, qué inútil empeño, pensamos pero no decimos y seguimos mirando desde la distancia esos rostros que desde hace ya años pertenecen a la ventana de enfrente pero nunca antes reconocimos ni nos interesó reconocer. Seguimos porque la esperanza no nace, se siembra.

Vivimos en la creencia de ser espejismos para la tragedia, la esquivaremos sin preliminares ni calentamiento previo, no hace falta prepararse para lo que nunca llega, pensamos. Dejamos la llave puesta o entreabierta la puerta, de nuevo la confianza nos traiciona o quizás se trate más de esa atracción innombrable que sentimos hacia lo que nos es desconocido intencionadamente, tentamos a la suerte con soltura, la tentación es algo que la vida nos da a veces y que no desperdiciamos, no está en nuestras manos rechazarla. El arrepentimiento viene después, siempre llega tarde.

Sólo entonces se acerca la hora del entendimiento, lo imaginado se usurpa y la realidad se hace carne en nuestros lamentos. El futuro es incierto y a la vez ansiado, preferimos hacer predicciones en nuestra esperanza que vivir en la desesperanza de nuestras calles vacías en las que algún gato ocasional nos mira con gesto acusatorio, o eso nos parece, cuánto tiempo tardaremos en entender que lo que nos aflige se origina en nosotros mismos, que en nosotros está ese futuro imaginado e incierto que hace crecer nuestras alas y nos empuja a vivir…

Mañana en la batalla piensa en mí

Pocos escritores me generan la ansiedad que me provoca Javier Marías con sus obras en general y con esta en particular. El primer capítulo es desgarrador, vivimos casi en nuestra piel el acontecimiento de la muerte de otra persona, nuestra respiración se entrecorta por el sentimiento de empatía que, con una narración acelerada que no muestra piedad por el lector, el autor nos hace sentir con cada palabra. Tenemos casi una obligación moral de sentir lo que el protagonista está sintiendo, su evolución emocional se metamorfosea progresivamente y la nuestra con ella. En ciertos fragmentos me he sentido en la necesidad de para de leer por coincidir con uno de mis trayectos en metro y sentir mis latidos acelerados, ese indicio de ansiedad que quizás algunos hayáis experimentado alguna vez y sabido controlar –o no–.

El escritor ni siquiera nos presenta la muerte de un ser querido o cercano, sino la de la amante del protagonista, a la que apenas acaba de conocer. Marta –ese es su nombre– es una mujer casada con un hijo de dos años, Eugenio. Mientras su marido está en Londres por motivos de trabajo, ella aprovecha para encontrarse con nuestro protagonista en su casa. La situación que nos plantea Marías es perturbadora, el niño no quiere irse a dormir, vigila al intruso que su madre ha metido en casa y que él no conoce ni tolera, mientras Marta y su amante intentan convencerle de que se vaya a la cama. Sin embargo, el adulterio no tiene lugar; Marta empieza a encontrarse mal, casi sentimos su malestar, suele resultarnos más fácil sentir el dolor de otro que su alegría, el dolor lo llegamos a hacer nuestro, la alegría la envidiamos.

Qué hacer cuando la vida de un casi desconocido se apaga entre nuestros brazos, ese momento no debería pasar a formar nunca parte de nuestra memoria (“Yo no lo busqué, yo no lo quise[1]”), cuando somos testigos únicos de esa muerte con la que sin embargo nada hemos tenido que ver. Cómo actuar, qué hacer, qué emociones guiarán nuestros pasos a partir de ese momento. Estas son las cuestiones que nos plantea Marías. No sólo las plantea sino que las resuelve, ofreciéndonos una de las infinitas posibilidades que podrían darse, llevándonos a preguntarnos de nuevo, de forma obligada, si sería esa nuestra resolución o acaso actuaríamos con más o menos cobardía, con más o menos intrusión en la vida de los que hasta ahora habían sido anónimos para nosotros, aunque pensemos: “tendría que dejar de ser nadie[2]”.

“Pese yo mañana sobre tu alma, sea yo plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla. Mañana en la batalla piensa en mí, desespera y muere[3]”. Conocidas líneas de William Shakespeare sin cuya obra no se podría entender del todo la de Marías y las cuales se presentan ante nosotros en una danza intermitente a lo largo de la historia. Reflexiones humanas que ahondan en lo más profundo de nuestra conciencia en un intento de retarnos literariamente a que afrontemos momentos que no estamos preparados para vivir, qué será del niño si le dejo dormido con su madre muerta en la habitación de al lado, qué será del niño hasta que alguien encuentre el cadáver de la que ya no podrá ser su madre más que en su precaria memoria. Marías insiste: “Queda el olor de los muertos cuando nada más queda de ellos[4]”.  Como veis, hay ideas terribles, no por serlo en sus palabras sino por el grado de compresión que de ellas tenemos.

El autor nos presenta también las tres edades del ser humano, la niñez con su inocencia en la figura del niño Eugenio, la madurez y sus mentiras y secretos con los cuatro adultos principales, Marta –la fallecida–, su hermana Luisa, su viudo Eduardo y el protagonista, y la vejez con Juan, el padre de la muerta:

“Vi que el padre de Marta aún no arrancaba: tenía un pie en alto, encima de otra tumba cercana, había reparado en el cordón suelto de su zapato y lo señalaba con el dedo índice como acusándolo y sin decir nada; aquel hombre excelente era demasiado bamboleante y pesado para agacharse o para inclinarse, y su hija Luisa, con la rodilla en tierra (ya no lloraba, tenía algo de que ocuparse), se lo estaba anudando como si él fuera un niño y ella su madre”[5].

Como ocurre en toda obra de Marías, la mayor parte de la trama discurre en la mente del protagonista, son sus emociones las que dan forma a aquello que leemos y por consiguiente vivimos. Éste se las arreglará para trabajar con el padre de la fallecida y conocer así a la hermana y al que fue el marido, ahora el viudo. Los acontecimientos se irán sucediendo hasta el encuentro final de los dos hombres, el viudo y el que fue el amante, ambos se necesitan el uno al otro para expulsar lo que llevan dentro, pues Eduardo también tiene algo que contar, no a cualquiera, sino a Víctor, el protagonista cuyo nombre no adquirirá consistencia hasta muy avanzada la historia. Ambos hombres terminan por convertirse en un recipiente de lo inconfesable para el otro, dos canales de transmisión de la pena y la frustración que se alimentan de forma recíproca.

“Lo más intolerable es que se convierta en pasado quien uno recuerda como futuro[6]”. Estas desgarradoras palabras son puestas en boca de un padre que ha perdido a su hija, y qué bien podemos entenderlas para nuestra desgracia y aunque no sea en el mismo estadio. La muerte se convierte en el aura de la historia, está presente en todo momento, es el inicio y es el fin. Sin embargo, nos dice Marías que “no hay curiosidad en el cansancio[7]”, podemos ver la muerte a nuestro lado y hacer caso omiso si nos pueden las horas y sólo queremos cerrar los ojos y desentendernos, verbo por cierto muy apropiado para adjetivar al ser humano en no pocas ocasiones.

Javier Marías siempre ofrece una reflexión incansable que gira en torno a situaciones comunes, situaciones que podríamos estar viviendo en nuestra propia piel o que quizás vivimos gracias a él o por su culpa, depende como siempre de la perspectiva. Hasta ahora sólo he leído cuatro de sus obras (el tiempo escasea y son muchos los libros y autores en mi lista de “imprescindibles”): Berta Isla[8], Los enamoramientos[9], Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí.

Ninguna me ha decepcionado, pero esta me ha consumido muchas horas de sueño.

Pese yo mañana sobre tu alma, sea yo plomo en el interior de tu pecho y acaben tus días en sangrienta batalla. Mañana en la batalla piensa en mí, desespera y muere.

Marías, Mañana en la batalla piensa en mí
Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí, Debolsillo, 2014.

 

NOTAS:

[1] Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí, Debolsillo, 2014, p. 17.

[2] Op.cit., p. 105.

[3] Op.cit., p. 183.

[4] Op.cit., p. 73.

[5] Op.cit., p. 103.

[6] Op.cit., p. 339.

[7] Op.cit., p. 339.

[8] Gracias por la recomendación e insistencia, Edu.

[9] También reseñé esta obra, podéis leer la reseña un poco más abajo.

Sapiens. De animales a dioses

Antes de adquirir Sapiens, quise documentarme un poco acerca de la polémica que ha generado. Los expertos en las diferentes materias de estudio siempre están dispuestos a arrojar luz sobre la legitimidad y calidad de una obra concreta y, gracias a ellos y ellas, los lectores en potencia podemos decidir si merece o no la pena sumirse en su lectura. Como historiadora del arte, lo entiendo muy bien. Sin embargo, a medida que me documentaba sobre las cuestiones más polémicas que plantea el historiador, más ganas tenía de leer sus propuestas.

Las obras divulgativas –creo que Sapiens se debe señalar con esta etiqueta, aunque luego podríamos hablar de “antropología”, “ensayo”, etcétera– son aquellas que están al alcance de todo el público. En este sentido, la obra de Harari está escrita en un lenguaje sencillo, desenfadado y fluido, siendo éste uno de sus principales atractivos.

Creo que, como lectores, podemos enfrentarnos a dos tipos de obras divulgativas: las que se han hecho famosas porque las ha escrito cierta persona, pero no tienen fundamentos teóricos ni científicos sostenibles (o simplemente son malas lo miremos por donde lo miremos), y aquellas que sencillamente cobran fama porque, ya sea por generar polémica e incentivar airosos debates, o por su indiscutible calidad, se abren camino entre un gran público. En mi opinión, la obra de Yuval pertenece al segundo grupo y, por ello, recomiendo encarecidamente su lectura.

Obviamente, esto no significa que debamos estar de acuerdo con todo lo que propone: podemos rebatirle, contrastar su opinión con la nuestra e incluso, si nos gusta mucho el tema, con la de otros expertos (no olvidemos que Yuval es profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén). A propósito de esta idea, aquí os dejo un enlace con la entrevista que le hacen a Juan Luis Arsuaga, el famoso paleoantropólogo de la Universidad Complutense de Madrid, sobre su postura con respecto a los postulados de Harari[1].

Dicho esto, creo que ya puedo ofreceros una breve reseña de la obra.

En primer lugar debemos hacernos dos preguntas como lectores en potencia. La primera siempre es la misma: ¿qué me apetece leer? Personalmente, aunque tengo ciertas predilecciones, me considero una lectora compulsiva y no sólo abarco todos los géneros, sino también un amplio abanico de temas: este año he leído desde narrativa y novela, hasta poesía, ensayo, crítica y debate; también me he sumergido en obras históricas, biológicas, astrofísicas, filosóficas y religiosas. Sin embargo, coincidiréis conmigo en que, en ocasiones, como buenos lectores siempre tenemos alguna apetencia especial.

La segunda pregunta que debemos hacernos es: ¿responde la obra que tengo en mente a lo que me apetece leer? Puede pareceros absurdo, pero en el caso de Sapiens considero que es imprescindible hacérsela. Si os apetece leer un manual de la historia universal, Sapiens no es vuestra obra. Si os apetece hacer un fugaz aunque convencional recorrido por los acontecimientos históricos más trascendentes de la humanidad, tampoco lo es; si estáis pensando más bien en un análisis de la historia desde el punto de vista de la evolución humana, tampoco esto se ajusta exactamente a lo que podéis encontraros.

Lo que ofrece el autor es un recorrido por el pasado, el presente y el futuro de la humanidad desde un punto de vista antropológico que mama de premisas hasta ahora no planteadas, al menos no al nivel en que él lo hace. Me explico.

La obra se divide en cuatro partes. La primera (La revolución cognitiva) analiza los orígenes del mundo, la llegada del género Homo y el triunfo final de los Homo Sapiens sobre el resto de seres vivos gracias a la creación del lenguaje. La segunda (La revolución agrícola) habla sobre la transformación de las sociedades nómadas de cazadores-recolectores en sociedades sedentarias de agricultores y ganaderos. Según el autor, esta transformación llevó al surgimiento de sociedades mucho más complejas por la necesidad de organizar los bienes –que evidentemente experimentaron un gran crecimiento–, lo que a su vez tuvo como consecuencia una marcada jerarquización. La tercera parte (La unificación de la humanidad) se desarrolla a partir de dos inventos de gran trascendencia para la humanidad: el dinero y los imperios; además, se dedican varias páginas muy interesantes al papel de las religiones. La cuarta y última parte (La revolución científica) se dedica a hablar de los avances científicos que han tenido lugar en los últimos cinco siglos, evaluando el cómo han transformado la sociedad y cómo pueden seguir haciéndolo. Todo esto grosso modo, pues debéis saber que cada una de estas cuatro partes está a su vez dividida en varios capítulos.

Puede que tras leer este brevísimo resumen, os parezca que la obra no tiene nada de especial, pero os voy a sacar de ese error: en esta obra, la historia humana está ineludiblemente conectada a una premisa que él ya subraya en el segundo capítulo de la primera parte:

“No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos”[2].

Para Harari, el gran salto evolutivo de Homo Sapiens se produce gracias al lenguaje, que no sólo permite a los seres humanos comunicarse, sino también tejer “redes de ficciones” que permiten el correcto funcionamiento de enormes grupos organizados. Lo que nos distingue de otros seres vivos es nuestra capacidad para crear fantasías a partir de la realidad. Con esto, el historiador hace uso de un concepto provocador y a la vez brillante: los Homo Sapiens debemos nuestra posición en el mundo a nuestra enorme capacidad de autoengaño.

Otra de las principales cuestiones que trata Harari es el precio que hemos pagado, como especie, para llegar hasta donde estamos. Concretamente, el autor alude al hecho de que nuestra especie fue la culpable de tres extinciones: por un lado, la del Homo Neanderthalensis; por otro, la de la mayoría de la megafauna australiana y americana.

Hay dos ideas que podrían considerarse polémicas pero que sin duda me gustaría destacar por encima de otras: por un lado, el autor no considera los sistemas político y económico como tal cosa, sino como auténticas religiones; el mejor ejemplo de ello es el capitalismo:

“A los bancos se les permite prestar diez dólares por cada dólar que posean realmente, lo que significa que el 90 por ciento de todo el dinero de nuestras cuentas bancarias no está cubierto por monedas y billetes reales (…). Lo que permite que los bancos (y la economía entera) sobrevivan y prosperen es nuestra confianza en el futuro. Esta confianza es el único respaldo para la mayor parte del dinero del mundo”[3].

Por otro lado, defiende que el sistema político más exitoso de los dos últimos milenios ha sido el imperio. Pero no es mi intención desvelaros los argumentos que respaldan estos dos postulados: merece la pena que los leáis.

El historiador aborda muchos más aspectos de la vida de los seres humanos, desde el origen de las diferencias de género y estatus hasta la explotación animal o la ausencia de guerras a nivel mundial en la actualidad. En mi opinión, ofrece una visión muy completa de la historia del ser humano como especie, siempre y cuando tengamos en cuenta que no pormenoriza en muchos acontecimientos históricos, culturales, artísticos etcétera que sin duda influyeron en el futuro de la humanidad. Sin embargo, si termináis leyendo la obra os daréis cuenta de que esto es totalmente comprensible: sólo tiene quinientas páginas y, además, el objetivo de Harari no es historiar la Historia, sino todo lo contario.

En internet podréis leer críticas y artículos[4] sobre este ensayo que, independientemente de las opiniones que suscite, es indiscutiblemente ambicioso.

HARARI, De animales a dioses.jpg
HARARI, Y.N., Sapiens. De animales a dioses, Debate, 2015 (2011), 496 páginas.

 

NOTAS:

[1] Millenium – De animales a dioses

[2] HARARI, Y.N., Sapiens. De animales a dioses, Debate, 2015 (2011), p. 41.

[3] Op.cit., p. 338.

[4] Os ofrezco dos artículos de diferentes periódicos que me han gustado particularmente:

Pablo Jáuregui (El Mundo) sobre la publicación de la obra en España y una síntesis de las ideas más importantes propuestas por Harari: “Sapiens”: el mono que se convirtió en dios

Crítica de la obra por Antonio Muñoz Molina (El País): Ficciones convenientes

 

It

Os traigo la primera reseña de una novela del gran Stephen King, aunque a este paso estoy segura de que no será la última: señor King, me declaro públicamente su admiradora. Este año, llevada por un inexplicable aunque creciente deseo de sumergirme por primera vez en el género de terror, leí La zona muerta (también de King); me pareció bastante pobre y no me sedujo demasiado. Sin embargo, una buena amiga me regaló El resplandor, una obra que sin duda tenía pendiente. Así fue como empezó mi relación con el género que, a manos de su más reconocido representante, me ha terminado por conquistar.

¿Por qué me ha sorprendido tanto Stephen King? Porque existen prejuicios literarios y yo los he tenido. King es un autor que ha publicado muchos libros en muchas ediciones y algunos de ellos –sin ir más lejos El resplandor o La milla verde– han pasado a la gran pantalla; además, su especialidad es el terror y la ficción. Por esas razones (totalmente ilógicas, si lo pienso detenidamente) no me esperaba encontrar entre sus páginas frases, reflexiones o ideas que han ido a parar a mi cuaderno de “grandes maestros”. De todos modos, me siento feliz disfrutando su obra, pues quizás me hiciese falta esa lección de humildad y también ese ejemplo que demuestra que dentro de la ficción también puede haber grandes lecciones de vida.

It se ha convertido, posiblemente, en uno de los libros que a más personas he recomendado nunca. La considero una obra universal que, muy probablemente, sea del gusto de una inmensa mayoría de lectores, tengan las preferencias que tengan. Esto es algo tan difícil de conseguir, que ya sólo con eso King se merece mis más grandes respetos.

El juego temporal que desarrolla el autor en la novela me parece extraordinario. Los acontecimientos se van sucediendo haciendo saltos entre el pasado y el presente y todo ocurre en Derry, Maine, Estados Unidos. Estos saltos suelen ser peligrosos para un escritor, pues no sólo debe lograr establecer un hilo conductor muy sólido y recordar cientos –miles– de datos concretos, sino lograr que el lector o lectora también lo haga. Pues bien: King lo consigue.

Bajo la ciudad de Derry, un monstruo se empeña en saciar su apetito manifestándose ante los niños disfrazándose de sus más arraigados miedos. A lo largo de la trama, se va entendiendo que si el monstruo atormenta especialmente a los niños, es porque en ellos es mucho más fácil encontrar y hacer crecer el miedo irracional. El disfraz más utilizado por el monstruo, es el de un terrorífico payaso que se hace llamar Pennywise.

La historia la protagoniza un grupo de siete amigos[1] que se hacen llamar “los perdedores”, pues sufren un acoso constante en su colegio por parte de chicos más mayores que también tendrán su protagonismo en la historia, aunque procuraré desvelar lo menos posible. En el presente (1985), esos niños se han convertido ya en adultos que se reúnen de nuevo para acabar con el monstruo, ya que en el pasado (1957-1958), tras debilitar al monstruo, hicieron un pacto de sangre según el cual, pasase lo que pasase, se reencontrarían para asestarle el golpe final. Así, entre saltos en el tiempo, los lectores se sumergen en una historia que le ponen los pelos de punta y que no le permiten dejar de leer en ningún momento (hablo en serio: la narrativa de King es realmente adictiva).

Bill es el jefe de la pandilla, no porque busque serlo sino porque por alguna razón los demás se sienten protegidos bajo su presencia. Desde que son niños, comienzan a referirse al monstruo como “Eso”, ya que resulta imposible darle un nombre menos subjetivo. Esto es importante, pues al final del libro King explicará, aunque dejando siempre margen a la duda y al misterio, qué es el monstruo, dónde y cómo surgió y por qué vive en Derry. Esta última explicación es la parte más difícil de comprender, pero os aseguro que no está cogida con hilos, sino que dentro de la ficción que el autor ofrece, podemos llegar a creer en ella.

Uno de los temas mejor trabajados –aunque de verdad me cuesta mucho hacer una selección– es el de la amistad, con unas frases tan preciosas como ésta:

“Entre los tres se hizo el silencio. Pero no era un silencio incómodo. En él se hicieron amigos”[2].

Pelos de punta.

La amistad es un tema imprescindible en el desarrollo de la trama. Los protagonistas se van a ir conociendo en distintas situaciones, pero será el hecho de que cada uno de ellos se haya encontrado con Eso individualmente lo que les terminará uniendo para siempre, creando unos fuertes lazos entre ellos.

Por otro lado, quiero recalcar el hecho de que estamos hablando de un libro de mil quinientas páginas (en la edición de bolsillo). Como lectores, sabemos que una buena obra puede ser tan extensa como quiera, siempre y cuando mantenga su calidad a lo largo de tantísimas páginas. Más difícil resulta que un autor consiga algo que seguro que os ha ocurrido alguna vez: no querer que el libro que estáis leyendo se termine. Bien. Es la primera vez que a mí me ocurre esto con un libro de semejante extensión (y creedme, he leído libros muy largos y muy buenos, como la saga de Los pilares de la tierra, que seguro que conocéis). Mientras avanzaba por sus páginas, seguía viendo que me quedaba un buen trecho por recorrer y entonces suspiraba aliviada. Increíble.

Entre decenas de narraciones, descripciones y sucesos, os podréis encontrar auténticas perlas que King deposita con absoluta humildad y de modo que podrían llegar a pasar desapercibidas a los lectores de no ser por ser lo que son. Perlas literarias:

“La tristeza del verano no tiene cura[3]

“Los dos rieron, cansados pero felices[4]

“Se sentía a salvo en las lágrimas[5]

“El ruido de la lluvia y el silencio compartido[6]

De verdad que me quedaba sin palabras cada vez que mis ojos se encontraban semejantes joyas, de las que sólo he seleccionado unas pocas. Que un autor logre escribir una obra de semejante extensión, dentro de un género tan particular, con una trama que a pesar de dar saltos temporales constantemente logra no sólo dejar claro lo que está ocurriendo, sino mantener al lector embelesado, me parece algo sublime. Un auténtico don.

No quiero hacer un análisis pormenorizado de los personajes porque en una obra como ésta me parecería un pecado, incluso siendo consciente de que estoy haciendo una reseña para otros lectores y lectoras. Quiero que lo leáis como lo hice yo: partiendo de cero, dejándoos envolver por la narración, por la vida personal de cada personaje, por las descripciones de la lluviosa Derry y sus habitantes. Quiero que la obra os envuelva, que no os deje ir a dormir y que, cuando os levantéis, penséis en el momento en el que podréis volver a abrirla.

Me despido ya, aunque os dejo un adelanto: como os he dicho al principio, ya leí El resplandor. Pero como King me dejó con tantísimas ganas, leí también Cementerio de animales y ahora estoy con El talismán y La milla verde. Y ¿sabéis qué? No tengo intención de parar.

Stephen King, It.JPG
Stephen King, It, Debolsillo, 2016 (1986), 1504 páginas.

 

NOTAS:

[1] Bill Denbrough, Ben Hanscom, Beverly Marsh, Richie Tozier, Eddie Kaspbrak, Mike Hanlon y Stan Uris.

[2] Stephen King, It, Debolsillo, 2016, p. 317.

[3] Op. cit., p. 221.

[4] Op. cit., p. 363.

[5] Op.cit., p. 1049.

[6] Op.cit., p. 1107.

La joven de la perla

Tras mucho tiempo sin publicar nada (muy a mi pesar, aunque por motivos de fuerza mayor que tienen que ver con la escritura, que me ha llevado desde hace unos meses a sumergirme en nuevos y maravillosos proyectos) vengo a hablaros de algunas de mis lecturas más recientes. La primera de ellas, La joven de la perla[1], es una novela bastante asequible en múltiples sentidos, especialmente en lo que respecta a su fluidez narrativa, que permite una lectura sencilla y rápida. Además, es una obra relativamente corta y el libro es fácil de manejar, por lo que es un excelente ejemplo de lectura para nuestros trayectos en metro o también para entretenernos en la sala de espera del médico[2].

La autora nos ubica en la Holanda del siglo XVII, concretamente en la ciudad de Delft, donde una joven de dieciséis años llamada Griet, se ve obligada por una serie de circunstancias familiares a trabajar como criada de la familia Vermeer, el famoso pintor. Como es de esperar, el argumento irá evolucionando hasta convertir a la muchacha en la famosa Joven de la perla, una de las pinturas más famosas del artista (y mi favorita).

Como es fácil que ocurra con una obra de este tipo, la autora se decanta más por el componente novelístico que por el histórico, algo que es de agradecer por parte de cualquier lector o lectora que no tenga amplios conocimientos sobre el tema. Sin embargo, esto deja la novela un poco coja, y me explico.

Como lectora, no me he sentido transportada a la ciudad de Delft del siglo XVII. Holanda tiene una historia interesantísima y más si estamos hablando del siglo del Barroco. Creo que es una dimensión que cualquier autor debería explotar mucho más, no necesariamente a través de la historicidad, pero sí mediante descripciones más pormenorizadas y la plasmación de la atmósfera que caracteriza a esa ciudad en ese período concreto.

Por otra parte, el componente novelístico en una obra de base histórica siempre es tentador para nosotros, los escritores, que vemos en él una ventana abierta a la imaginación y nos permite tomarnos libertades a la hora de trazar la personalidad de los personajes, sus preocupaciones, sus miedos y, en definitiva, su modo de vivir. Pero esto es, según mi propia experiencia, un arma de doble filo: el resultado puede ser muy bueno, o puede perjudicar nuestro propósito.

En el caso de esta novela, yo la abrí deseando llegar a conocer a la misteriosa joven de la perla; sabía que su personalidad nacería de la cabeza de la autora, pero no me importaba pues lo que quería era imaginarme quién fue esa chica, cómo se sentía, cómo quería vivir, cuáles eran sus intereses, sus inquietudes, sus ambiciones. Ahora que lo he leído, puedo decir que no he llegado a conocerla, al menos no como me habría gustado. Pero, ¿por qué? Porque creo que la Griet persona se ve devorada, prácticamente de principio a fin, por la Griet criada, una joven dócil que se limita a ejercer este papel. No creo que hubiese razón para que esto fuese así, ya que casi trescientas páginas son suficientes para establecer una diferencia entre esas dos personas, la joven y la trabajadora.

Hago un breve recorrido por los personajes destacables. En primer lugar, me gusta mucho cómo ha trabajado la autora el personaje del padre de Griet: nos encontramos ante un hombre que tras quedarse ciego no puede trabajar, siendo ésta la causa por la que su hija comenzará a trabajar como criada; él se siente inútil y desamparado y sólo una cosa parece levantarle el ánimo: cada vez que su hija le visita, le ofrece una descripción detallada de lo que Vermeer está pintando en ese momento. Estas descripciones parecen convertirse en una obsesión para el hombre a lo largo de las páginas y me parece que es un auténtico drama que, sin ser el tema principal de la novela, la eleva grandiosamente, pues refleja con sencillez un estado emocional realmente complejo: el de un hombre que ha sido durante años el principal sustento para su familia y que de pronto ha quedado incapacitado para seguir siéndolo. En este caso, me quito el sombrero ante la autora.

No creo que la madre y la hermana de Griet merezcan especial mención, pues su papel en el desarrollo de la trama es especialmente limitado y en absoluto destacable. Tampoco me ha gustado el modo en que se ha trabajado a Pieter el hijo, un joven que intenta ganarse el amor de Griet pero cuyo personaje nos deja totalmente indiferentes, sin despertar en nosotros empatía de ningún tipo; aunque creo que es un recurso que la autora ha utilizado para darle salida al futuro de la joven, trabajado con más profundidad podría haber sido realmente interesante como contrapunto del propio Vermeer.

En cuanto a la familia del pintor, se podría decir que en conjunto puede resultar interesante, aunque si analizamos a cada personaje de forma particular, van perdiendo interés: la joven Cornelia, una de las hijas de Vermeer, funciona a lo largo de la trama como elemento antagonista de la propia Griet, haciéndole las cosas más difíciles. María Thins, suegra del pintor, nos lleva a querer imaginar a una mujer de edad avanzada cuya perspicacia y astucia podrían haber sido explotadas con mucha más gracia. Catharina, esposa de Vermeer, empieza a hacer una aparición reseñable hacia el final de la trama y, en mi opinión, esto no funciona. En lo que respecta a Tanneke, la otra sirvienta, me ha resultado indiferente de principio a fin.

Ahora vayamos con Johannes Vermeer: aquí sí. Aquí sí nos encontramos con un personaje digno de mención, un personaje en el que –a diferencia de lo que ocurría con el resto– la autora se ha volcado absolutamente. No vayáis a pensar que terminamos la obra conociendo a Vermeer. No. La terminamos intuyendo a Vermeer, haciéndonos una ligera idea de la parte más marcada de su personalidad, pero sin desvelarla por completo. Me ha parecido maravilloso el modo en que la autora describe cómo trabaja el artista, que es metódico y obsesivo y que busca, constantemente, la perfección en sus pinturas.

Hacia el final de la obra, podréis ver una distinción que al principio no estaba tan clara: a lo largo de la mayor parte de la novela, nos sumergimos en una relación muy intensa, una relación entre el pintor y su obra, entre el pintor y aquello que está buscando y que quiere alcanzar por encima de todo. Pero, habiendo avanzado bastante más, nos encontramos con otra relación: la relación entre el pintor y su musa, que en este caso es Griet. Al principio os daréis cuenta de que esto no se ve: Griet es la obra y la obra es Griet. Sin embargo, al final veremos que Griet como persona llegó a existir para Vermeer, o al menos así nos lo quiere reflejar la autora.

En definitiva, ¿es una lectura recomendable? Sí. A pesar de que os he dicho que cojea en varios sentidos para mi gusto (y creo que lo he justificado), opino que es una lectura que todo amante del arte debe abordar.

 

Chevalier, La joven de la perla.jpg
Tracy Chevalier, La joven de la perla, Debolsillo, 2017 (1999), 272 páginas.

 

NOTAS:

[1] Gracias, Pilar, por la recomendación.

[2] Por favor, no toméis esto como una crítica negativa, sino todo lo contrario. Algunas de las mejores obras que he leído nunca (entre ellas El túnel de Ernesto Sabato o la obra completa de Salinger) son especialmente cortas. La calidad de un libro no depende de su número de páginas, sino de la capacidad de su autor o autora para hacernos empatizar de algún modo con la historia que nos quieren contar.