Arraigo

 

Hace tiempo que no leo a Benedetti:

he aparcado la tristeza aunque la añore.

No sé si esto ha traído algo bueno,

el momento se escapa entre mis dedos

y tu mirada va en un tren que se aleja

entre la niebla de mis besos invisibles.

Me quisiste donde anidan mis desastres,

yo pinté poemas dándote las gracias y

me dejé los zapatos en casa aquel día

que confundí tu llamada con mis ganas.

Desde tu silencio escribo verdades

que se confunden entre el humo

y me desentiendo del arraigo de

mis versos (dejan rastro y marca).

He escrito como van Gogh pintaba,

balanceándome en un precipicio de

lucidez precaria.

 

Van gogh, un par de zapatos
Van Gogh, Un par de zapatos, 1886.

Insomnio de verano

 

Mi cuerpo

tiene una forma especial

de pesar sobre las sábanas

en noches cerradas con vistas a espejismos

que se hacen pasar por sueños.

Una angustia en la garganta

me recuerda la adicción de la ciudad

mientras la memoria del silencio

me hace dueña de sus lágrimas.

Revoco mi esperanza de hacerme otra

en los anhelos surgidos

de aquello que no pronuncio.

Son las historias del insomnio de verano

que nacen en camas mojadas

de sudor y lágrimas que se confunden

en sus caídas o suicidios.

 

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Edward Hopper, Hotel room, 1931.

El riesgo de la poesía

 

Hay poemas que

nos envejecen unos cuantos años

por callarlos

y hoy me distancio de las palabras

que apuestan por mí

porque la noche está en tus ojos

y paseo por ella

sobreviviendo a mi memoria,

sobreviviéndote

con peligro,

pero sin prisas.

 

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Francisco de Goya, Perro semihundido, 1819-1823.