Sapiens. De animales a dioses

Antes de adquirir Sapiens, quise documentarme un poco acerca de la polémica que ha generado. Los expertos en las diferentes materias de estudio siempre están dispuestos a arrojar luz sobre la legitimidad y calidad de una obra concreta y, gracias a ellos y ellas, los lectores en potencia podemos decidir si merece o no la pena sumirse en su lectura. Como historiadora del arte, lo entiendo muy bien. Sin embargo, a medida que me documentaba sobre las cuestiones más polémicas que plantea el historiador, más ganas tenía de leer sus propuestas.

Las obras divulgativas –creo que Sapiens se debe señalar con esta etiqueta, aunque luego podríamos hablar de “antropología”, “ensayo”, etcétera– son aquellas que están al alcance de todo el público. En este sentido, la obra de Harari está escrita en un lenguaje sencillo, desenfadado y fluido, siendo éste uno de sus principales atractivos.

Creo que, como lectores, podemos enfrentarnos a dos tipos de obras divulgativas: las que se han hecho famosas porque las ha escrito cierta persona, pero no tienen fundamentos teóricos ni científicos sostenibles (o simplemente son malas lo miremos por donde lo miremos), y aquellas que sencillamente cobran fama porque, ya sea por generar polémica e incentivar airosos debates, o por su indiscutible calidad, se abren camino entre un gran público. En mi opinión, la obra de Yuval pertenece al segundo grupo y, por ello, recomiendo encarecidamente su lectura.

Obviamente, esto no significa que debamos estar de acuerdo con todo lo que propone: podemos rebatirle, contrastar su opinión con la nuestra e incluso, si nos gusta mucho el tema, con la de otros expertos (no olvidemos que Yuval es profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén). A propósito de esta idea, aquí os dejo un enlace con la entrevista que le hacen a Juan Luis Arsuaga, el famoso paleoantropólogo de la Universidad Complutense de Madrid, sobre su postura con respecto a los postulados de Harari[1].

Dicho esto, creo que ya puedo ofreceros una breve reseña de la obra.

En primer lugar debemos hacernos dos preguntas como lectores en potencia. La primera siempre es la misma: ¿qué me apetece leer? Personalmente, aunque tengo ciertas predilecciones, me considero una lectora compulsiva y no sólo abarco todos los géneros, sino también un amplio abanico de temas: este año he leído desde narrativa y novela, hasta poesía, ensayo, crítica y debate; también me he sumergido en obras históricas, biológicas, astrofísicas, filosóficas y religiosas. Sin embargo, coincidiréis conmigo en que, en ocasiones, como buenos lectores siempre tenemos alguna apetencia especial.

La segunda pregunta que debemos hacernos es: ¿responde la obra que tengo en mente a lo que me apetece leer? Puede pareceros absurdo, pero en el caso de Sapiens considero que es imprescindible hacérsela. Si os apetece leer un manual de la historia universal, Sapiens no es vuestra obra. Si os apetece hacer un fugaz aunque convencional recorrido por los acontecimientos históricos más trascendentes de la humanidad, tampoco lo es; si estáis pensando más bien en un análisis de la historia desde el punto de vista de la evolución humana, tampoco esto se ajusta exactamente a lo que podéis encontraros.

Lo que ofrece el autor es un recorrido por el pasado, el presente y el futuro de la humanidad desde un punto de vista antropológico que mama de premisas hasta ahora no planteadas, al menos no al nivel en que él lo hace. Me explico.

La obra se divide en cuatro partes. La primera (La revolución cognitiva) analiza los orígenes del mundo, la llegada del género Homo y el triunfo final de los Homo Sapiens sobre el resto de seres vivos gracias a la creación del lenguaje. La segunda (La revolución agrícola) habla sobre la transformación de las sociedades nómadas de cazadores-recolectores en sociedades sedentarias de agricultores y ganaderos. Según el autor, esta transformación llevó al surgimiento de sociedades mucho más complejas por la necesidad de organizar los bienes –que evidentemente experimentaron un gran crecimiento–, lo que a su vez tuvo como consecuencia una marcada jerarquización. La tercera parte (La unificación de la humanidad) se desarrolla a partir de dos inventos de gran trascendencia para la humanidad: el dinero y los imperios; además, se dedican varias páginas muy interesantes al papel de las religiones. La cuarta y última parte (La revolución científica) se dedica a hablar de los avances científicos que han tenido lugar en los últimos cinco siglos, evaluando el cómo han transformado la sociedad y cómo pueden seguir haciéndolo. Todo esto grosso modo, pues debéis saber que cada una de estas cuatro partes está a su vez dividida en varios capítulos.

Puede que tras leer este brevísimo resumen, os parezca que la obra no tiene nada de especial, pero os voy a sacar de ese error: en esta obra, la historia humana está ineludiblemente conectada a una premisa que él ya subraya en el segundo capítulo de la primera parte:

“No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos”[2].

Para Harari, el gran salto evolutivo de Homo Sapiens se produce gracias al lenguaje, que no sólo permite a los seres humanos comunicarse, sino también tejer “redes de ficciones” que permiten el correcto funcionamiento de enormes grupos organizados. Lo que nos distingue de otros seres vivos es nuestra capacidad para crear fantasías a partir de la realidad. Con esto, el historiador hace uso de un concepto provocador y a la vez brillante: los Homo Sapiens debemos nuestra posición en el mundo a nuestra enorme capacidad de autoengaño.

Otra de las principales cuestiones que trata Harari es el precio que hemos pagado, como especie, para llegar hasta donde estamos. Concretamente, el autor alude al hecho de que nuestra especie fue la culpable de tres extinciones: por un lado, la del Homo Neanderthalensis; por otro, la de la mayoría de la megafauna australiana y americana.

Hay dos ideas que podrían considerarse polémicas pero que sin duda me gustaría destacar por encima de otras: por un lado, el autor no considera los sistemas político y económico como tal cosa, sino como auténticas religiones; el mejor ejemplo de ello es el capitalismo:

“A los bancos se les permite prestar diez dólares por cada dólar que posean realmente, lo que significa que el 90 por ciento de todo el dinero de nuestras cuentas bancarias no está cubierto por monedas y billetes reales (…). Lo que permite que los bancos (y la economía entera) sobrevivan y prosperen es nuestra confianza en el futuro. Esta confianza es el único respaldo para la mayor parte del dinero del mundo”[3].

Por otro lado, defiende que el sistema político más exitoso de los dos últimos milenios ha sido el imperio. Pero no es mi intención desvelaros los argumentos que respaldan estos dos postulados: merece la pena que los leáis.

El historiador aborda muchos más aspectos de la vida de los seres humanos, desde el origen de las diferencias de género y estatus hasta la explotación animal o la ausencia de guerras a nivel mundial en la actualidad. En mi opinión, ofrece una visión muy completa de la historia del ser humano como especie, siempre y cuando tengamos en cuenta que no pormenoriza en muchos acontecimientos históricos, culturales, artísticos etcétera que sin duda influyeron en el futuro de la humanidad. Sin embargo, si termináis leyendo la obra os daréis cuenta de que esto es totalmente comprensible: sólo tiene quinientas páginas y, además, el objetivo de Harari no es historiar la Historia, sino todo lo contario.

En internet podréis leer críticas y artículos[4] sobre este ensayo que, independientemente de las opiniones que suscite, es indiscutiblemente ambicioso.

HARARI, De animales a dioses.jpg
HARARI, Y.N., Sapiens. De animales a dioses, Debate, 2015 (2011), 496 páginas.

 

NOTAS:

[1] Millenium – De animales a dioses

[2] HARARI, Y.N., Sapiens. De animales a dioses, Debate, 2015 (2011), p. 41.

[3] Op.cit., p. 338.

[4] Os ofrezco dos artículos de diferentes periódicos que me han gustado particularmente:

Pablo Jáuregui (El Mundo) sobre la publicación de la obra en España y una síntesis de las ideas más importantes propuestas por Harari: “Sapiens”: el mono que se convirtió en dios

Crítica de la obra por Antonio Muñoz Molina (El País): Ficciones convenientes

 

It

Os traigo la primera reseña de una novela del gran Stephen King, aunque a este paso estoy segura de que no será la última: señor King, me declaro públicamente su admiradora. Este año, llevada por un inexplicable aunque creciente deseo de sumergirme por primera vez en el género de terror, leí La zona muerta (también de King); me pareció bastante pobre y no me sedujo demasiado. Sin embargo, una buena amiga me regaló El resplandor, una obra que sin duda tenía pendiente. Así fue como empezó mi relación con el género que, a manos de su más reconocido representante, me ha terminado por conquistar.

¿Por qué me ha sorprendido tanto Stephen King? Porque existen prejuicios literarios y yo los he tenido. King es un autor que ha publicado muchos libros en muchas ediciones y algunos de ellos –sin ir más lejos El resplandor o La milla verde– han pasado a la gran pantalla; además, su especialidad es el terror y la ficción. Por esas razones (totalmente ilógicas, si lo pienso detenidamente) no me esperaba encontrar entre sus páginas frases, reflexiones o ideas que han ido a parar a mi cuaderno de “grandes maestros”. De todos modos, me siento feliz disfrutando su obra, pues quizás me hiciese falta esa lección de humildad y también ese ejemplo que demuestra que dentro de la ficción también puede haber grandes lecciones de vida.

It se ha convertido, posiblemente, en uno de los libros que a más personas he recomendado nunca. La considero una obra universal que, muy probablemente, sea del gusto de una inmensa mayoría de lectores, tengan las preferencias que tengan. Esto es algo tan difícil de conseguir, que ya sólo con eso King se merece mis más grandes respetos.

El juego temporal que desarrolla el autor en la novela me parece extraordinario. Los acontecimientos se van sucediendo haciendo saltos entre el pasado y el presente y todo ocurre en Derry, Maine, Estados Unidos. Estos saltos suelen ser peligrosos para un escritor, pues no sólo debe lograr establecer un hilo conductor muy sólido y recordar cientos –miles– de datos concretos, sino lograr que el lector o lectora también lo haga. Pues bien: King lo consigue.

Bajo la ciudad de Derry, un monstruo se empeña en saciar su apetito manifestándose ante los niños disfrazándose de sus más arraigados miedos. A lo largo de la trama, se va entendiendo que si el monstruo atormenta especialmente a los niños, es porque en ellos es mucho más fácil encontrar y hacer crecer el miedo irracional. El disfraz más utilizado por el monstruo, es el de un terrorífico payaso que se hace llamar Pennywise.

La historia la protagoniza un grupo de siete amigos[1] que se hacen llamar “los perdedores”, pues sufren un acoso constante en su colegio por parte de chicos más mayores que también tendrán su protagonismo en la historia, aunque procuraré desvelar lo menos posible. En el presente (1985), esos niños se han convertido ya en adultos que se reúnen de nuevo para acabar con el monstruo, ya que en el pasado (1957-1958), tras debilitar al monstruo, hicieron un pacto de sangre según el cual, pasase lo que pasase, se reencontrarían para asestarle el golpe final. Así, entre saltos en el tiempo, los lectores se sumergen en una historia que le ponen los pelos de punta y que no le permiten dejar de leer en ningún momento (hablo en serio: la narrativa de King es realmente adictiva).

Bill es el jefe de la pandilla, no porque busque serlo sino porque por alguna razón los demás se sienten protegidos bajo su presencia. Desde que son niños, comienzan a referirse al monstruo como “Eso”, ya que resulta imposible darle un nombre menos subjetivo. Esto es importante, pues al final del libro King explicará, aunque dejando siempre margen a la duda y al misterio, qué es el monstruo, dónde y cómo surgió y por qué vive en Derry. Esta última explicación es la parte más difícil de comprender, pero os aseguro que no está cogida con hilos, sino que dentro de la ficción que el autor ofrece, podemos llegar a creer en ella.

Uno de los temas mejor trabajados –aunque de verdad me cuesta mucho hacer una selección– es el de la amistad, con unas frases tan preciosas como ésta:

“Entre los tres se hizo el silencio. Pero no era un silencio incómodo. En él se hicieron amigos”[2].

Pelos de punta.

La amistad es un tema imprescindible en el desarrollo de la trama. Los protagonistas se van a ir conociendo en distintas situaciones, pero será el hecho de que cada uno de ellos se haya encontrado con Eso individualmente lo que les terminará uniendo para siempre, creando unos fuertes lazos entre ellos.

Por otro lado, quiero recalcar el hecho de que estamos hablando de un libro de mil quinientas páginas (en la edición de bolsillo). Como lectores, sabemos que una buena obra puede ser tan extensa como quiera, siempre y cuando mantenga su calidad a lo largo de tantísimas páginas. Más difícil resulta que un autor consiga algo que seguro que os ha ocurrido alguna vez: no querer que el libro que estáis leyendo se termine. Bien. Es la primera vez que a mí me ocurre esto con un libro de semejante extensión (y creedme, he leído libros muy largos y muy buenos, como la saga de Los pilares de la tierra, que seguro que conocéis). Mientras avanzaba por sus páginas, seguía viendo que me quedaba un buen trecho por recorrer y entonces suspiraba aliviada. Increíble.

Entre decenas de narraciones, descripciones y sucesos, os podréis encontrar auténticas perlas que King deposita con absoluta humildad y de modo que podrían llegar a pasar desapercibidas a los lectores de no ser por ser lo que son. Perlas literarias:

“La tristeza del verano no tiene cura[3]

“Los dos rieron, cansados pero felices[4]

“Se sentía a salvo en las lágrimas[5]

“El ruido de la lluvia y el silencio compartido[6]

De verdad que me quedaba sin palabras cada vez que mis ojos se encontraban semejantes joyas, de las que sólo he seleccionado unas pocas. Que un autor logre escribir una obra de semejante extensión, dentro de un género tan particular, con una trama que a pesar de dar saltos temporales constantemente logra no sólo dejar claro lo que está ocurriendo, sino mantener al lector embelesado, me parece algo sublime. Un auténtico don.

No quiero hacer un análisis pormenorizado de los personajes porque en una obra como ésta me parecería un pecado, incluso siendo consciente de que estoy haciendo una reseña para otros lectores y lectoras. Quiero que lo leáis como lo hice yo: partiendo de cero, dejándoos envolver por la narración, por la vida personal de cada personaje, por las descripciones de la lluviosa Derry y sus habitantes. Quiero que la obra os envuelva, que no os deje ir a dormir y que, cuando os levantéis, penséis en el momento en el que podréis volver a abrirla.

Me despido ya, aunque os dejo un adelanto: como os he dicho al principio, ya leí El resplandor. Pero como King me dejó con tantísimas ganas, leí también Cementerio de animales y ahora estoy con El talismán y La milla verde. Y ¿sabéis qué? No tengo intención de parar.

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Stephen King, It, Debolsillo, 2016 (1986), 1504 páginas.

 

NOTAS:

[1] Bill Denbrough, Ben Hanscom, Beverly Marsh, Richie Tozier, Eddie Kaspbrak, Mike Hanlon y Stan Uris.

[2] Stephen King, It, Debolsillo, 2016, p. 317.

[3] Op. cit., p. 221.

[4] Op. cit., p. 363.

[5] Op.cit., p. 1049.

[6] Op.cit., p. 1107.

La joven de la perla

Tras mucho tiempo sin publicar nada (muy a mi pesar, aunque por motivos de fuerza mayor que tienen que ver con la escritura, que me ha llevado desde hace unos meses a sumergirme en nuevos y maravillosos proyectos) vengo a hablaros de algunas de mis lecturas más recientes. La primera de ellas, La joven de la perla[1], es una novela bastante asequible en múltiples sentidos, especialmente en lo que respecta a su fluidez narrativa, que permite una lectura sencilla y rápida. Además, es una obra relativamente corta y el libro es fácil de manejar, por lo que es un excelente ejemplo de lectura para nuestros trayectos en metro o también para entretenernos en la sala de espera del médico[2].

La autora nos ubica en la Holanda del siglo XVII, concretamente en la ciudad de Delft, donde una joven de dieciséis años llamada Griet, se ve obligada por una serie de circunstancias familiares a trabajar como criada de la familia Vermeer, el famoso pintor. Como es de esperar, el argumento irá evolucionando hasta convertir a la muchacha en la famosa Joven de la perla, una de las pinturas más famosas del artista (y mi favorita).

Como es fácil que ocurra con una obra de este tipo, la autora se decanta más por el componente novelístico que por el histórico, algo que es de agradecer por parte de cualquier lector o lectora que no tenga amplios conocimientos sobre el tema. Sin embargo, esto deja la novela un poco coja, y me explico.

Como lectora, no me he sentido transportada a la ciudad de Delft del siglo XVII. Holanda tiene una historia interesantísima y más si estamos hablando del siglo del Barroco. Creo que es una dimensión que cualquier autor debería explotar mucho más, no necesariamente a través de la historicidad, pero sí mediante descripciones más pormenorizadas y la plasmación de la atmósfera que caracteriza a esa ciudad en ese período concreto.

Por otra parte, el componente novelístico en una obra de base histórica siempre es tentador para nosotros, los escritores, que vemos en él una ventana abierta a la imaginación y nos permite tomarnos libertades a la hora de trazar la personalidad de los personajes, sus preocupaciones, sus miedos y, en definitiva, su modo de vivir. Pero esto es, según mi propia experiencia, un arma de doble filo: el resultado puede ser muy bueno, o puede perjudicar nuestro propósito.

En el caso de esta novela, yo la abrí deseando llegar a conocer a la misteriosa joven de la perla; sabía que su personalidad nacería de la cabeza de la autora, pero no me importaba pues lo que quería era imaginarme quién fue esa chica, cómo se sentía, cómo quería vivir, cuáles eran sus intereses, sus inquietudes, sus ambiciones. Ahora que lo he leído, puedo decir que no he llegado a conocerla, al menos no como me habría gustado. Pero, ¿por qué? Porque creo que la Griet persona se ve devorada, prácticamente de principio a fin, por la Griet criada, una joven dócil que se limita a ejercer este papel. No creo que hubiese razón para que esto fuese así, ya que casi trescientas páginas son suficientes para establecer una diferencia entre esas dos personas, la joven y la trabajadora.

Hago un breve recorrido por los personajes destacables. En primer lugar, me gusta mucho cómo ha trabajado la autora el personaje del padre de Griet: nos encontramos ante un hombre que tras quedarse ciego no puede trabajar, siendo ésta la causa por la que su hija comenzará a trabajar como criada; él se siente inútil y desamparado y sólo una cosa parece levantarle el ánimo: cada vez que su hija le visita, le ofrece una descripción detallada de lo que Vermeer está pintando en ese momento. Estas descripciones parecen convertirse en una obsesión para el hombre a lo largo de las páginas y me parece que es un auténtico drama que, sin ser el tema principal de la novela, la eleva grandiosamente, pues refleja con sencillez un estado emocional realmente complejo: el de un hombre que ha sido durante años el principal sustento para su familia y que de pronto ha quedado incapacitado para seguir siéndolo. En este caso, me quito el sombrero ante la autora.

No creo que la madre y la hermana de Griet merezcan especial mención, pues su papel en el desarrollo de la trama es especialmente limitado y en absoluto destacable. Tampoco me ha gustado el modo en que se ha trabajado a Pieter el hijo, un joven que intenta ganarse el amor de Griet pero cuyo personaje nos deja totalmente indiferentes, sin despertar en nosotros empatía de ningún tipo; aunque creo que es un recurso que la autora ha utilizado para darle salida al futuro de la joven, trabajado con más profundidad podría haber sido realmente interesante como contrapunto del propio Vermeer.

En cuanto a la familia del pintor, se podría decir que en conjunto puede resultar interesante, aunque si analizamos a cada personaje de forma particular, van perdiendo interés: la joven Cornelia, una de las hijas de Vermeer, funciona a lo largo de la trama como elemento antagonista de la propia Griet, haciéndole las cosas más difíciles. María Thins, suegra del pintor, nos lleva a querer imaginar a una mujer de edad avanzada cuya perspicacia y astucia podrían haber sido explotadas con mucha más gracia. Catharina, esposa de Vermeer, empieza a hacer una aparición reseñable hacia el final de la trama y, en mi opinión, esto no funciona. En lo que respecta a Tanneke, la otra sirvienta, me ha resultado indiferente de principio a fin.

Ahora vayamos con Johannes Vermeer: aquí sí. Aquí sí nos encontramos con un personaje digno de mención, un personaje en el que –a diferencia de lo que ocurría con el resto– la autora se ha volcado absolutamente. No vayáis a pensar que terminamos la obra conociendo a Vermeer. No. La terminamos intuyendo a Vermeer, haciéndonos una ligera idea de la parte más marcada de su personalidad, pero sin desvelarla por completo. Me ha parecido maravilloso el modo en que la autora describe cómo trabaja el artista, que es metódico y obsesivo y que busca, constantemente, la perfección en sus pinturas.

Hacia el final de la obra, podréis ver una distinción que al principio no estaba tan clara: a lo largo de la mayor parte de la novela, nos sumergimos en una relación muy intensa, una relación entre el pintor y su obra, entre el pintor y aquello que está buscando y que quiere alcanzar por encima de todo. Pero, habiendo avanzado bastante más, nos encontramos con otra relación: la relación entre el pintor y su musa, que en este caso es Griet. Al principio os daréis cuenta de que esto no se ve: Griet es la obra y la obra es Griet. Sin embargo, al final veremos que Griet como persona llegó a existir para Vermeer, o al menos así nos lo quiere reflejar la autora.

En definitiva, ¿es una lectura recomendable? Sí. A pesar de que os he dicho que cojea en varios sentidos para mi gusto (y creo que lo he justificado), opino que es una lectura que todo amante del arte debe abordar.

 

Chevalier, La joven de la perla.jpg
Tracy Chevalier, La joven de la perla, Debolsillo, 2017 (1999), 272 páginas.

 

NOTAS:

[1] Gracias, Pilar, por la recomendación.

[2] Por favor, no toméis esto como una crítica negativa, sino todo lo contrario. Algunas de las mejores obras que he leído nunca (entre ellas El túnel de Ernesto Sabato o la obra completa de Salinger) son especialmente cortas. La calidad de un libro no depende de su número de páginas, sino de la capacidad de su autor o autora para hacernos empatizar de algún modo con la historia que nos quieren contar.

 

Los enamoramientos

Puesto que me es imposible escribir tantas reseñas como libros leo, al menos en este momento, estoy intentando reseñar aquéllos que, por una u otra razón, creo que merecen ser destacados, si bien me dejo algunos que merecerían la pena y que ahora me veo obligada a aplazar.

Uno de estos ejemplos es la novela de Javier Marías, Los enamoramientos, que me ha absorbido terriblemente y me ha ayudado a acercarme más a un autor contemporáneo de conocido interés y del que sólo he leído una novela antes que ésta, Berta Isla, aparte de algunos artículos que también dejan entrever su calidad como escritor.

Ya el título de esta novela nos ha de atraer forzosamente. Todas y todos sabemos qué es enamorarse, cuáles son sus efectos, causas y consecuencias. Lo que creo que nos cuesta más, incluso a los que nos dedicamos plenamente a la escritura, es definirlo de manera más o menos objetiva. Marías lo consigue y sólo con eso ya merece todo mi reconocimiento.

No obstante, el título también es engañoso, pues hay dos temas principales en torno a los que se desarrolla la historia: el amor, por supuesto, y también la muerte. Incluso creo poder decir que éste último es el más importante, el más destacado, pues de no producirse la muerte, los acontecimientos que se suceden no habrían existido y es esto lo que destaca el autor frecuentemente a lo largo de sus páginas.

Además, Javier Marías habla sin tapujos sobre ciertas ideas que yo considero tabús en nuestra sociedad y lo hace de un modo en que no nos queda más remedio que reconocerlas, al menos en nuestro fuero interno:

“Lo malo de las desgracias muy grandes, de las que nos parten en dos y parece que no van a poder soportarse, es que quien las padece cree, o casi exige, que con ellas se acabe el mundo, y sin embargo el mundo no hace caso y prosigue, y además tira de quien padeció la desgracia”[1].

El autor se pregunta cuál es el comportamiento de las personas cuando otra que es cercana a ellas sufre una catástrofe en su vida y su respuesta no puede dejarnos indiferentes:

“Es otro de los inconvenientes de padecer una desgracia: al que la sufre los efectos le duran mucho más de lo que dura la paciencia de los que se muestran dispuestos a escucharlo y acompañarlo, la incondicionalidad nunca es muy larga si se tiñe de monotonía”[2].

La desgracia le ocurre a uno y, por mucho que exista una fuerte empatía en las personas que lo rodean, éstas terminarán cansándose de su melancolía, de sus pocas ganas de luchar por salir de la situación lo antes posible. Marías lo sabe y no duda en expresarlo así en boca de sus personajes, cada uno de los cuales expone sus ideas a partir de sus propias experiencias. En esta novela, todo lo que se hace se hace por amor o, lo que es más importante, por estar enamorado. Pero, al mismo tiempo, es necesaria la muerte para que este estado surja en la protagonista, María Dolz.

Marías no renuncia al misterio, a un cierto componente de novela negra, pero lo hace de forma tan sutil que no nos damos cuenta hasta la última parte del libro y, para entonces, es ya lo que menos nos importa. Precisamente, el momento en que la protagonista se entera de la presencia de un asesinato premeditado, ha sido el que menos me ha gustado, no porque no esté bien tratado (como digo, Marías lo introduce con exquisita sobriedad), sino porque me aleja demasiado de las profundas reflexiones en torno al enamoramiento y la muerte, la reacción y comportamiento de los seres humanos ante esas circunstancias, y es eso lo que el lector quiere seguir “escuchando” en boca de esos personajes que parecen conocernos muy bien:

“Nos trae sin cuidado rebajarnos ante nosotros mismos, al fin y al cabo nadie nos va a juzgar ni hay testigos. Cuando nos atrapa la tela de araña fantaseamos sin límites y a la vez nos conformamos con cualquier migaja, con oírlo a él, con olerlo, con vislumbrarlo, con presentirlo, con que aún esté en nuestro horizonte y no haya desaparecido del todo, con que aún no se vea a lo lejos la polvareda de sus pies que van huyendo”[3].

Estas líneas rompen.

Me gusta mucho el estilo de Marías. No es gran amigo de los puntos ni las prolongadas pausas, aunque sí le gusta coquetear con las comas, pero en mi opinión lo hace de manera extraordinaria, logrando que el lector o la lectora no pueda dejar de leer, atrapándonos en las palabras, las ideas, los sentimientos. No se trata del frenetismo propio de Dostoievski, ni de la exaltación de Salinger. Para mí, se trata más bien de pasión.

“Una vez que se decide que las cosas no floten, que no se diluyan ni se mueran calladas ni sea pálida su conclusión, entonces por lo general se hace arduo y casi imposible esperar; hay que decirlo y soltarlo en seguida, hay que comunicárselo al otro para zafarse de golpe, para que sepa lo que le toca y no ande engañado y ufano, para que no se crea que sigue siendo alguien en nuestra vida cuando ya no lo es”[4].

Los enamoramientos es una novela sobre amor y muerte, sobre a qué nos puede llevar el hecho de estar enamorados, pero también sobre el desvanecimiento de ese amor, ese arduo y lento proceso durante el que nos permitimos –o exigimos– olvidar a alguien: “la corrección de los sentimientos es lenta, desesperadamente gradual”[5]; me encantó esta línea.

Puede que haya lectores que se decepcionen al encontrarse con las entrañas de esta novela tras haberse creado ciertas expectativas con el título. No os vais a encontrar nada cursi, ni romántico, ni siquiera una historia de amor como tal, pues no creo que la haya, ya que para su existencia siempre es necesaria la correspondencia de dos partes y Marías no nos la ofrece. Lo que nos encontramos son reflexiones en torno al amor, a lo que hacemos por amor, a lo que estamos dispuestos a renunciar al enamorarnos de alguien, a lo que estamos dispuestos a tolerar y hacer. ¿Acaso no renunciamos a una parte de nosotros mismos cuando nos enamoramos? ¿Acaso no hacemos cosas que antes no hacíamos, no nos reímos de cosas que no nos hacían gracia, o no hablamos de cosas que desconocíamos? “No quería hablar, sino que él lo siguiera haciendo”[6].

Pero, cuando la historia no es posible, cuando las circunstancias van en contra de la persona enamorada, alega el personaje de Marías, “podíamos haberlo dejado correr y no grabarnos más marcas”[7].

El mejor personaje es, sin duda para mí, la protagonista, María Dolz. Y no creo que lo sea ni por ser la narradora ni por hacer crecer en nosotros un sentimiento de compasión hacia lo que vive. No. Creo que es el mejor personaje porque casi parece que, durante el tiempo que Marías escribió esta novela, se hubiese metido en la mente de una mujer y dijese y actuase exactamente como lo haríamos la mayoría. Pues si bien vivimos en una sociedad que está en pleno camino hacia la búsqueda de la igualdad, cosa maravillosa, no podemos hacernos los ciegos ante las diferencias que creo que nos unen, a hombres y mujeres. Y la forma de pensar y actuar que nosotras tenemos es mucho más compleja, en la mayor parte de los casos, pues tendemos a rompernos, a destruirnos si hace falta, barajando todas las posibilidades, interpretando gestos, actitudes y palabras, aunque sólo sean sombras que queramos ver por pura conveniencia, aunque sólo sean objetos de nuestra insaciable imaginación. Así es María Dolz y nunca antes había visto tanta gracia en un autor a la hora de meterse en la cabeza de una mujer.

Para concluir, deciros que ésta me parece una novela extraordinaria, muy del estilo del autor y que no puede dejar indiferente a nadie, ya que todos podemos sentirnos identificados en mayor o menor medida. Dar palabras a algo tan difícil de explicar y que nosotros podamos ser partícipes de ellas, del dolor que producen, también del amor, me parece algo que todo escritor o escritora de calidad debería conseguir y, a día de hoy, son muy pocos los que lo hacen. Poner palabras a los sentimientos de millones de personas, sentimientos comunes pero difíciles de interpretar, es un logro inmenso.  Bravo, Javier.

Marías, Los enamoramientos.JPG
Javier Marías, Los enamoramientos, Debolsillo, 2011, 408 páginas.

 

NOTAS:

[1] MARÍAS, J., Los enamoramientos, Debolsillo, 2011, página 134.

[2] Op.cit., página 83.

[3] Op.cit., página 141.

[4] Op.cit., página 238.

[5] Op.cit., página 233.

[6] Op.cit., página 130.

[7] Op.cit., página 265.

Nueve cuentos

Jerome David Salinger (1919-2010) escribió cuatro obras: El guardián entre el centeno (1951), Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963)[1].

Creo que es el único autor del que puedo decir que no me habría atrevido a empezar a reseñar sus obras hasta habérmelas leído todas. Quizás podría haber hecho ya una reseña de El guardián entre el centeno, la primera que leí, por ser de cierto modo independiente del resto y siendo, indiscutiblemente, la que le dio su fama. Sin embargo, he preferido esperar y comenzar el trabajo ahora, empezando con la última que he leído: Nueve cuentos. Antes de empezar la reseña propiamente dicha, quiero decir algo sobre el orden en el que es recomendable leer la obra de Salinger. Ahora que tengo una visión global del conjunto, y sin arrepentirme del orden en el que las he leído yo (que os dejo, por si os interesa, en esta nota[2]), os aconsejo que sigáis el siguiente orden: El guardián entre el centeno, Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción y Nueve cuentos.

El guardián entre el centeno puede leerse la primera o la última, indistintamente, pues es la única que, en cuanto a sus personajes y trama, no guarda relación con las demás. Os la he mencionado en primer lugar porque no deja de ser una obra de culto muy representativa de la literatura moderna y porque creo que es perfecta para empezar a tomar contacto con la narrativa propia de Salinger, que no es –ni mucho menos– convencional. Sí es cierto que leerla al principio podría causaros ciertas confusiones al intentar, como lectores, establecer ciertas relaciones entre el protagonista de ésta y los de las demás, pero creo que con que tengáis esto en cuenta no os provocará demasiados problemas.

Voy a intentar justificar, en la medida de lo posible, este consejo, aunque insisto en que me centraré en la reseña de Nueve cuentos, pues haré una de cada obra.

¿Por qué Franny y Zooey debe ser el primero? Porque es en esta obra donde empezamos a profundizar en la familia Glass y, más concretamente, en los hermanos Glass, que han tenido una educación fuera de lo común y se han criado participando en un programa de radio como niños superdotados. Los hermanos son, de mayor a menor, Seymour, Buddy, Boo Boo, Walt, Walker, Zooey y Franny.

Si leyeseis las obras en el mismo orden en que lo he hecho yo o, incluso, en el orden en que fueron publicadas, no pasará nada. Sin embargo, sí insisto en que os dejéis para el final Nueve cuentos, pues en el primero (Un día perfecto para el pez plátano) –que para mí ha sido el mejor junto con el último– se explica un acontecimiento fundamental en la vida de la familia Glass que ya se ha mencionado anteriormente pero que no se ha detallado hasta este momento. El poder saber lo que ocurre después de haber leído el resto de las obras, me ha resultado delicioso y sobrecogedor al mismo tiempo y no me gustaría que alguien se privase se vivirlo de ese modo. Os pido disculpas por la posible ambigüedad de estas palabras, pero en absoluto querría desvelaros una parte fundamental de la trama.

Nueve cuentos está formada por: Un día perfecto para el pez plátano, El tío Wiggily en Connecticut, Justo antes de la guerra con los esquimales, El hombre que ríe, En el bote, Para Esmé, con amor y sordidez, Linda mi boca y verdes mis ojos, El período azul de Daumier-Smith y Teddy.

El primero (Un día perfecto para el pez plátano) es desgarrador y realmente bueno; el protagonista es Seymour, el hermano mayor de la familia Glass y lo que ocurre se puede considerar una continuación de Levantad, carpinteros, la viga del tejado. La trama se divide en dos partes: la primera, la conversación telefónica que Muriel –la novia de Seymour– mantiene con su preocupada madre; la segunda, la conversación que el propio Seymour mantiene con una niña a propósito de los peces banana.

El tío Wiggily en Connecticut habla de dos viejas compañeras de universidad –Mary Jane y Eloise– que quedan en la acomodada casa de Eloise para beber y charlar. A medida que beben, Eloise abre más sus sentimientos y termina confesando lo mucho que extraña a un novio que tuvo y que murió en la guerra y lo maravilloso que era en comparación con su marido actual. Su hija aparece en escena con sus amigos imaginarios para denotar la falta de atención que sufre por parte de sus padres.

Justo antes de la guerra con los esquimales narra una breve historia de dos compañeras de tenis adolescentes, Ginnie y Selena. Siempre se cogen un taxi para volver a casa cuando terminan de jugar al tenis y Ginnie está harta de pagar siempre ella, por lo que sube a casa de Selena para que le dé el dinero que le debe. En casa de Selena, mientras espera a que ésta le pida el dinero a su madre, conoce a Franklin, su hermano de veinticuatro años, quien se queda un rato charlando con Ginnie y le hace cambiar de opinión: ahora prefiere llevarse bien con Selena, por lo que le perdona la deuda. Como veis, un relato que gira en torno a la amistad (o la ausencia de ella) y al amor adolescente.

El hombre que ríe es, con diferencia, el que menos me ha gustado. El narrador cuenta que, cuando tenía nueve años, pertenecía al Club de los Comanches y el Jefe de este club les llevaba en autobús después del colegio a Central Park para jugar al fútbol o al béisbol. Los sábados por la mañana les llevaba a lugares más abiertos y propicios para el deporte. Por las tardes, al regresar en autobús, el Jefe les contaba historias, siendo ésta la ocasión de “el hombre que ríe”, quizás clasificable en el género de terror. A todo esto se suma la presencia repentina de la novia del Jefe, que participa en los juegos hasta que, tras pelear con él, deja de ir a jugar. Esta historia es más anecdótica que otra cosa y si bien podría establecerse una relación entre la historia que cuenta el Jefe a los niños y lo que le ocurre a él con su novia, no creo que merezca mayor mención, aunque sigue dentro de las líneas de la escritura de Salinger y ya sólo por eso merece todo mi respeto.

En el bote tiene como protagonista a una de las hermanas Glass: Boo Boo. La trama se centra en su maternidad, que le está resultando problemática con su hijo de cuatro años, el cual no para de escaparse. Como familia adinerada, tienen una casa al lado del lago, en cuya orilla hay anclado un bote en el que el niño está jugando. La madre y el niño mantienen una conversación que deja entrever los miedos y dudas no resueltas del crío, así como el espíritu de una madre a la que le cuesta serlo.

Para Esmé, con amor y sordidez, es uno de sus cuentos más famosos. Fue publicado por primera vez en 1950 en The New Yorker y su éxito fue inmediato. Narra la historia de un joven soldado norteamericano en dos partes: la primera en plena guerra en 1944, cuando conoce a una chica de unos trece años –Esmé– en la iglesia de un pueblo; la segunda, cuando ya ha terminado la guerra y recibe la prometida correspondencia de la joven. El entusiasmo del soldado ante la perspectiva de hablar con la joven y su hermano pequeño y ante la promesa de ésta de que iniciará correspondencia con él aunque marche de nuevo a la guerra, se ve totalmente eclipsado al terminar la guerra, cuando nos encontramos a un joven pesimista que abre el sobre de la chica casi por casualidad.

Linda mi boca y verdes mis ojos me ha gustado mucho. Arthur llama por la noche a su amigo estando borracho para contarle que no sabe dónde está su mujer, quien es bastante propensa a no aparecer por casa debido a su promiscuidad y carácter despreocupado. El amigo intenta tranquilizarle, pero Arthur es incapaz de entrar en razón debido a su ebriedad y a la tortura psicológica a la que él mismo se somete. Todo queda en nada cuando la susodicha aparece en casa y Arthur vuelve a llamar a su amigo para decírselo, diciéndole que se encuentra mejor y que todo se solucionará. Con este cuento, Salinger nos habla de la volubilidad del carácter humano, especialmente cuando se trata de amor.

El período azul de Daumier-Smith nos cuenta la historia de un joven artista que termina yendo a trabajar con dos japoneses a una academia de arte en Canadá. El trabajo que allí desempeña está lejos de lo que esperaba, pero recibe el trabajo de una alumna que resulta ser una monja y que le llena de entusiasmo por la extraordinaria calidad de su arte. Llega a escribirle una carta en respuesta a su trabajo, quizás indagando demasiado, lo que probablemente provoca que el padre del convento retire su autorización a la monja para que siga estudiando a distancia en la academia. Picasso tiene cierta importancia en la trama, al menos metafóricamente, mientras que la reflexión en torno a la idea del arte se hace bastante profunda en ciertos sentidos.

Por último, Teddy me ha parecido el mejor. Habla de un niño superdotado de diez años que ha llegado a ser entrevistado por varios profesores de religión y filosofía de varias universidades, por lo que podréis haceros ya una idea del tema sobre el que el chico reflexiona en su conversación con un joven llamado Nicholson. El tema central tiene que ver con la idea de reencarnación y la paz interior, dos ideas que Salinger explota bastante en toda su obra, ya que tenía ideas muy cercanas al hinduismo y otras ramas religiosas orientales.

Ya para terminar, sólo diré que esta antología de los cuentos de Salinger me ha gustado especialmente y me parece totalmente recomendable. El autor tiene un estilo único, sórdido, directo y brusco que me encanta y que le caracteriza de un modo que no hay lugar a dudas en cuanto a poder reconocer su genio. Probablemente, uno de los mejores escritores del siglo XX sobre el que os prometo reseñar toda su obra.

SALINGER, Nueve cuentos.JPG
J.D. Salinger, Nueve cuentos, Alianza, 2011 (1953), 240 páginas.

NOTAS:

[1] Su primer relato, Hapworth 16, 1924, no fue publicado en forma de libro ni ha sido traducido al español. No he mencionado los cuentos que publicó independientemente porque fueron recopilados en la antología Nueve cuentos.

[2] Leí primero El guardián entre el centeno, seguida de Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, Franny y Zooey y Nueve cuentos.

Seguro que esta historia te suena

Antes de que un buen amigo me empujase de cabeza y sin manguitos al mundo de K. Iribarren, ya había leído algo suyo, pero por una serie de circunstancias su obra había permanecido en mi lista de lecturas pendientes. No tengo nada malo que decir sobre la edición que voy a reseñar. Seguro que esta historia te suena es la tercera edición de la poesía completa de Karmelo Iribarren (n. 1959) y abarca su poesía entre 1985 y 2015. Sin embargo, se acaba de publicar su Poesía completa de 1993 a 2018; todavía no la tengo, pero sí que debo avisar de que este poeta recicla mucho sus poemas, por lo que os recomiendo que os compréis uno de estos dos ejemplares (teniendo en cuenta que en el segundo habrá bastantes poemas del primero, aunque también los que haya escrito entre 2015 y 2018). En el caso de Seguro que esta historia te suena, se incluyen los siguientes libros: La condición urbana (1995), Serie B (1998), Desde el fondo de la barra (1999), La frontera y otros poemas (2000-2005), Ola de frío (2007), Atravesando la noche (2009), Otra ciudad, otra vida (2011), Las luces interiores (2013), La piel de la vida (2013) e Inéditos y otros poemas. Todavía tengo pendiente Diario de K (que no está incluido), por lo que no puedo deciros nada sobre él por el momento.

El realismo sucio del que os hablaba a propósito de Bukowski se repite en nuestros días en autores como Karmelo, aunque en su caso podamos quizás hablar de una reducción de la crudeza literaria; por el contrario, sí comparte con ese tipo de realismo una palpable sobriedad expresiva, explicativa y descriptiva. Con pocas y sencillas palabras, Karmelo llega a pensamientos profundos con los que todos podemos sentirnos identificados y, aunque pueda parecer justo lo contrario, éste es un talento escaso y difícil de alcanzar.

Como temas comparte muchos con Bukowski o Panero –por ejemplo–, ya que de nuevo estamos hablando de la idea de poeta maldito que se autodestruye escribiendo poesía. Creo que no se podría entender a Iribarren sin el alcohol de por medio, aunque hay otros temas importantes como el paso del tiempo, las mujeres, el amor, la ciudad o la lluvia. Como veis, la variedad de temas es mayor que en los anteriores autores reseñados, por lo que me conformaré con dejaros ejemplos de sólo algunos de ellos.

Al igual que las mujeres terminaban con Bukowski, terminan con Karmelo. Esto no cambia, aunque sí que hay ciertos poemas en los que podemos ver pequeñas treguas para el amor e incluso piedad hacia el autor, lo que no ocurría con Bukowski, ni siquiera cuando escribía Poema de amor para Marina (su hija). En Iribarren vemos descansos de desamor, lo que a su vez enfatiza más el selectivo amor que se abre paso en su poesía. Os dejo dos ejemplos de los opuestos:

Cómo decíroslo:

el nóbel, el cervantes,

el príncipe de asturias,

nada,

papel mojado, chatarra, al lado

de una mirada suya[1].

 

Enamorarse no tiene

mayor mérito.

Lo realmente difícil

–no conozco

ningún caso–

es salir entero

de una historia de amor [2].

Karmelo no se autocensura. Ha vivido, ha experimentado y nos cuenta las consecuencias de todas esas vivencias, que ahora acuden a su memoria disfrazadas de nostalgia. La ciudad y la lluvia son temas centrales en su poesía, convirtiéndose una en escenario de sus pensamientos y otra en perfecta compañera:

¿Qué haces?

Nada. Solo

miro llover

sobre la plaza.

Y se sentó a su lado.

Y se sumó,

en silencio,

a aquella celebración

de la nostalgia,

a aquella exuberancia

de la melancolía[3].

Veamos ahora, resumido perfectamente en un único poema, lo que suponen para el autor las noches y las mujeres:

Me acerco

a la ventana:

la noche

me llama

como el pelo desordenado

de una mujer[4]

Los fragmentos o poemas que os estoy enseñando son totalmente insuficientes para profundizar en el mundo iribarriano, pero creo que sí pueden ser útiles para llegar a formar una noción de su poesía. En el caso de las mujeres, hay una ambigüedad preciosa que nos llena de ternura, ya que al mismo tiempo que algunas terminan con él o le reprochan su actitud, con otras comparte una complicidad deliciosa que sabe reflejar muy bien en algunos poemas. La lluvia, los domingos, las ciudades, los bares, el alcohol, los viejos tiempos y los nuevos, la vejez, la realidad social vista desde perspectivas opuestas, son las reflexiones que caben destacar en este autor. Intuiréis que me estoy agobiando un poco, pues realmente me encanta Karmelo y de ser por mí destacaría bastantes poemas, pero no es ese el fin de la reseña. En cuanto a la pregunta que solemos hacernos en una recopilación de poesía completa (¿qué parte nos ha gustado más?) no sabría responder, aun teniendo en cuenta que utilizo el libro de Iribarren como una biblia de consulta literaria más que como otra cosa. Os habréis dado cuenta de que he procurado dejaros fragmentos extraídos de diferentes libros para dar un sobrio y efímero paseo sin caer en el error de la repetición. Me gustan mucho Serie B (1998) y Las luces interiores (2013), lo que confirma mi idea de que estamos hablando de un poeta constante en su estilo y calidad, al menos por el momento. Pero insisto en que soy reticente a elegir uno de los libros que forman la obra final, ya que todos ellos guardan joyas en su interior. Supongo que os gustaría que terminara la reseña destacando algún poema. Os dejo mi lista de imprescindibles en esta nota[5] y hago el esfuerzo (por vosotras y vosotros), de terminar homenajeándole con este:

Qué hago

mirando la lluvia,

si no llueve[6].

Iribarren, Seguro que esta historia te suena.JPG

Karmelo Iribarren, Seguro que esta historia te suena, Renacimiento, 2015 (2012), 336 páginas.

 

NOTAS:

[1] “Como un trocito de cielo”, La frontera y otros poemas, Karmelo Iribarren, Seguro que esta historia te suena, Renacimiento, 2012, p. 153.

[2] “Lo difícil” (fragmento), Desde el fondo de la barra, Op.cit., pp. 224-225.

[3] “Momentos” (poema completo), Las luces interiores, Op.cit., p. 308.

[4] “Sábado noche” (poema completo), Inéditos y otros poemas, Op.cit., p. 358.

[5] “Lágrimas de mujer”, “Ritual sangriento”, “Los amigos, estar con ellos”, “Tú misma”, “¿Dios?”, “Eso era amor”, “Déjame hacerlo”, “Ahora”, “El incontestable”, “Ana”, “Mejor así”, “Mañana nos vemos”, “Lo difícil”, “Sencillo”, “Tenía que ser así”, “El amigo”, “El amor”, “Los días normales”, “En el tren”, “La vida sigue”, “Solo lo fugitivo permanece y dura”, “Las ciudades”, “En el último bar”, “El pasado”, “Domingo, tarde”, “Momentos”, “Puertas”, “Memorias de un explorador”, “La ciudad”, “Algunos días”.

[6] “Domingo, tarde”, Las luces interiores, Op.cit., p. 307.

Bukowski esencial: poesía

Antes de sumergirme en esta obra había leído ya algunos poemas de Bukowski y, si bien unos me intrigaron, otros me crearon cierto rechazo. No obstante, tenía la sensación de que si profundizaba un poco en su obra lograría comprenderle y acabaría admirándole. Es por ello que terminé decantándome por esta hermosa edición de Visor que se presenta ante nosotros como una especie de antología de la antología: el autor escribió alrededor de cinco mil poemas, por lo que podréis intuir el ambicioso proyecto de la editorial, que finalmente tuvo que conformarse con reunir noventa y cinco poemas del colosal conjunto. Por supuesto, siempre defenderé las antologías a la hora de introducirse por primera vez en la obra de cualquier poeta, pero en este caso específico esa necesidad se hace, lógicamente, más notoria.

Ésta es una edición bilingüe, de modo que quien así lo quiera podrá leer los originales del autor y su consiguiente traducción.

Charles Bukowski (1920-1994) es uno de los máximos representantes del realismo sucio[1], por lo que su obra está dirigida o bien a un tipo de lector de poesía muy concreto o bien a un tipo muy abierto. Voy a destacar algunos temas que se repiten constantemente en su obra. En primer lugar, las mujeres, en todas las cuales parece existir un odio común hacia la figura del poeta:

“¿y qué sabes del amor?

¡para ti es una palabra obscena! “amor” (…).

¿es que no quieres luchar por lo nuestro?

dime, ¿por qué tienes miedo del coño de una mujer?”[2].

Otro tema que se repite es el del oficio de escribir; el autor no deja de lanzar advertencias sobre los riesgos que entraña la escritura y su obra se convierte en un claro reflejo de lo que le ha hecho a él. Creo que el poema que mejor muestra esta idea es ¿quieres salir al ruedo?, que se ha convertido en uno de mis favoritos (por la parte que me toca):

“No malgastes las páginas con tus

necedades.

las bibliotecas del mundo

se morirán de

aburrimiento

no lo empeores

no lo hagas[3]”.

Me gustaría señalar “el autor” como tema propiamente dicho: Bukowski se deforma hasta límites grotescos, pero sin vergüenza, aceptando no sólo que es un hombre feo, sino perfilándose como un hombre que no merece la pena en muchos sentidos y aceptando, a medida que cumple años, que el consumo de alcohol sube y la calidad de su poesía baja:

“y después en la habitación

bebo whisky y cerveza:

la sangre de los cobardes.

este pues

será mi destino:

ganar una miseria en las salas pequeñas y oscuras

por leer poemas de los que me he hartado hace ya

mucho”[4].

Como veis, se trata de una serie de obsesiones que se repiten a lo largo de las páginas y que, como pertenecientes a este movimiento, nos llevan a introducirle en la categoría de poeta maldito[5], al igual que ocurría con Panero. Podría destacar algunas más, como una sutil tendencia a la exaltación de la nostalgia que, a pesar de ello, no me ha pasado desapercibida:

“sólo que ahora

en lugar de

acercarnos

al tiempo

el tiempo

se acerca

a nosotros[6]

No he podido evitar pensar en Salinger mientras leía la obra. Bukowski y él fueron casi coetáneos y ambos representantes del realismo sucio, por lo que la influencia estaría justificada aun hablando de géneros distintos (novela y poesía). Quizás esta influencia sea recíproca, aunque me inclino más a pensar en la influencia de Salinger en la obra de Bukowski.

Me han llamado mucho la atención los últimos versos de los poemas. Creo que a todos los que escribimos poesía nos gusta crear finales que estén a la altura de lo que hemos escrito, pero también creo que nunca debemos forzarlos. No me parece que Bukowski los fuerce, sino todo lo contrario: parecen tener el deber único de estar donde están.

Leo mucha poesía y en la mayoría de los casos me cuesta mucho seleccionar algún poema que destaque entre todos los demás. En esta ocasión, sin embargo, sí que me puedo atrever a ello sin titubear demasiado: la ducha me ha parecido sublimemente sucio y vulgar al mismo tiempo que perfecto reflejo del amor auténtico; jamás pensé que pudiese existir esa combinación en un poema. El pájaro azul no sólo me ha llegado al corazón, sino que me ha ayudado a comprender un poco el alma de este poeta maldito al que, con toda seguridad, volveré:

“tengo un pájaro azul en el corazón que

quiere salir

pero soy muy duro con él,

le digo, quédate ahí, no dejaré

que te

vean”[7].

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Charles Bukowski, Bukowski esencial: poesía, Visor, 2017, 480 páginas.

 

NOTAS:

[1] El realismo sucio es un movimiento literario que surgió en Estados Unidos en el siglo XX. Se caracteriza por la reducción del lenguaje a su esencia más elemental, llegando a formar parte de ello lo que podría considerarse vulgar. Superficialidad, concisión y sobriedad son quizás las palabras que mejor lo definen.

[2] “Tenemos que comunicarnos”, Charles Bukowski, Bukowski esencial: poesía, Visor, 2017, pp. 273 y 275.

[3] Op.cit., p. 435.

[4] “El recital poético”, Opt.cit., p. 141.

[5] Este término, aunque se aplica a día de hoy a ciertos poetas, tiene su origen en Los poetas malditos, conjunto de ensayos publicados en su versión definitiva en 1888 por el poeta francés Paul Verlaine. Podemos entender como “poeta maldito” al que posee un don literario que, al mismo tiempo que le conduce a crear una gran obra, le conduce también a su autodestrucción: vidas trágicas, marginamiento social, alcoholismo, drogas y pesimismo son sólo algunas de las cosas que han caracterizado la vida de estos escritores.

[6] “Suerte”, op.cit., p. 307.

[7] Op.cit., p. 419.